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5 min
Amparo. 1933
Amor |
05.03.14
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Sinopsis

Nada como las tardes de domingo

Aún recuerdo las angostas tardes de domingo en casa de Doña Carmelita de aquellos tres últimos años. Era como si el tiempo se detuviera, suspendido en el aire por no sé qué hilo desmenuzado, y dejaran de existir los minutos.

Don Alberto, arrellanado en su sillón de fieltro verde pardusco, fijaba los ojos en un mismo artículo del ejemplar de la semana de "El Arriero", el periódico local. Parecía enfrascado en la lectura, pero lo que verdaderamente le corroía por dentro era la imperiosa necesidad de romper tan tremendo silencio, y el no hallar la forma de hacerlo.
Yo me afanaba con la cristalera del salón; una vidriera de diversos colores y formas que había sido el orgullo  para la familia y un motivo de juego para las niñas, ya que creaba un juego de luces anaranjadas y más verdes que la hierba asturiana. Sacaba brillo a la superficie ya lustrada, y repetía una y otra vez los movimientos con el paño granate, tratando de limpiar tal vez, aquella pesadumbre que se respiraba en la casa de los Bringas.
Elicia y Susanita, menudas y generalmente inquietas, se mantenían sentadas en el suelo con la mirada baja, rozando los adoquines grisáceos de cerámica que cubrían toda la casa. Si era un día de frío de "agárrate morena", yo me deshacía en murmullos de reprimendas para evitar que cogieran un resfriado ante aquella superficie helada.

Falta Doña Carmelita por retratar en tal escenario. La pobre mujer envejeció sentada en aquella tosca silla, cuyo respaldo se clavaba en su serpenteante columna vertebral, ya aterida por los años. Desde semejante trono contempló cómo sus dos hijas dejaban de ser indefensas e inocentes, cómo abrían lentamente los ojos al mundo que las rodeaba. Desde allí sonreía a su marido cuando él se afanaba por cumplir con todas sus labores, en la casa y fuera de ella, cómo trataba de superar la transformación en aquella muñeca de mimbre en que se había convertido su esposa.
Pues allí mismo se mantenía, apoyando la cabeza sobre el codo, tratando de mantener la compostura entre tanta tristeza, con la sensación de pérdida.

Incapaces de mirarse, después de tantos años. Incapaces de, por una milésima de segundo, rozarse y no sentir decepción. Doña Carmelita y Don Alberto habían dejado de quererse. Como se deja de hablar con un amigo que se marcha lejos, como las nubes de una tormenta de verano se dispersan. Ninguna palabra les sanaba, porque al fin y al cabo, ni siquiera había herida. Simplemente... se había esfumado.

Las niñas pronto dejaron de serlo, y primero Susanita y poco después Elicia, contrajeron matrimonio y se dirigieron a las Américas, en busca de nuevas oportunidades. Yo dejé de servir en su casa tan pronto conocí a un funcionario del ministerio de Hacienda, Ignacio, con el que me mudé al barrio de Las Calzadas. Pero Doña Carmelita y Don Alberto continuaban de luto, sin ser capaces más que actuar como autómatas en su repetitiva vida, en duelo por aquel amor que había sostenido los pilares de su maravillosa vida y que, de forma inexorable, se había ido.

Hasta que llegó un día, en el que cuando Don Alberto llegó a casa después del trabajo, encontró a Doña Carmelita de pie en medio del salón. Se detuvo en la entrada, con el sombrero aún en la mano y sin arsenal de palabras con las que comenzar.

Pero no hizo falta. Carmelita avanzó uno, dos, tres pasos hasta colocar su frente junto a los labios de él. Levantando la cabeza desde su metro cincuenta y siete, se encontró con la mirada demacrada de su marido. Buceó en sus pupilas sin ningún pudor como hacía años que no le miraba, y con una lentitud batallada por su corazón dubitativo, depositó un beso con sabor a último intento.

Los movimientos ya estaban estudiados, ambos sabían de memoria las reacciones del cuerpo del otro, y saborearon cada caricia con el ansia de una despedida. Se amaron con experiencia, con seguridad, llamando a las puertas del cielo en el último suspiro exhausto. Alberto cerró los ojos lentamente, y se introdujo en el mundo del sueño sin palabras, sin saber muy bien qué sentir. Las lágrimas de Carmelita no tardaron en resbalar hasta la funda blanca de la almohada. El incómodo silencio se perfumaba con decepción.

La mujer se levantó sin hacer ruido cuando la luna ya brillaba alto cerca de la torre de la iglesia, y en una maleta guardó doblando todos sus vestidos. Dejó la mitad del armario temblando, incompleto.
Carmelita aspiró el aroma de la camisa favorita de su marido por última vez. Y, separándose de él con una expresión derrotada, le besó en la frente y desapareció por la puerta.


Hoy hace veinte años que no sé nada de aquella mujer, que consiguió hacer frente a los miedos de su propia vida, y se lanzó a la vida para ser feliz de nuevo. Una familia que tuvo que desenlazarse porque el nudo terminó estando mal hecho. La vida llama continuamente, y es labor nuestra el cogerle la llamada o dejarla convertirse en una perdida más. Hoy es domingo, 19 de marzo de 1953.
Y hace un sol tan espléndido, que Alberto ha sacado la cerveza al parque, y sentado en la hierba, sonríe a una paloma que acude a hacerle compañía.

Nada como la tarde de los domingos.

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