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7 min
Andrew visita los raros jardines de cipreses como producto de una alucinación inducida en su habitación
Fantasía |
13.02.18
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Sinopsis

Un cuento demasiado extraño para ser tomado en serio.

Era un 8 de abril cuando decidí vagar por las calles de pavimento de la avenida arbolada en busca de la chillante melodía sonrosada de una tarde matizada también del verde tornasol proveniente de los relentes arbustos, en una tarde sofocada.

Siendo un día soleado por la llegada de la primavera, que es cuando las flores y los botones imaginarios de los tulipanes transparentes se encienden bruñidos y titilantes, era perfecto para perderse en un cuadro salpicado de tonos brillantes y glaucos, frescos y lozanos.

Cuando dí vuelta para dejar atrás la avenida arbolada esperaba encontrar el mismo parque de siempre, y rodearlo o atravesar su verdemar extensión, pero en vez de eso, me maravillé extrañado por que el mismo parque de allí no estaba allí. En vez de eso, al llegar a la calle que daba la entrada al parque, divisé a lo lejos, una pared alta y larga de extremo a extremo de color verde, formada de árboles medio enanos como cipreses o pinos verdinegros, que daban su punta piramidal al cielo celeste y limpio. Me sorprendió en efecto, y, tras caminar unos metros, vi que era la entrada como a un laberinto muy estrecho de árboles cipreses olorosos. El suelo daba un salto abrupto y extravagante al piso de césped tierno, muy verde y algo largo. Frente a mí, cipreses de unos dos a tres metros de altura, que no me dejaban ver que había al otro lado.

Había dos caminos. Tomé el de la izquierda. Caminé por este pasillo y topé con una pared de concreto, muy alta, de unos cinco metros, pero dí vuelta pata continuar con el camino angosto de árboles. Dí la vuelta entonces y continué con mi camino, que daba a un largo sendero de césped y árboles de mi lado derecho y la gruesa pared del lado izquierdo. Anduve a través de este camino de altos pinitos que emitían una bocanada de olores aromáticos, como de especias marinas que reinaban el ambiente circundante. Pero al llegar al final del pasillo, topándome con otra alzada de filas de cipreses, escuché un leve rumor entre sus ramas intrincadas. Pude ver que entre las ramitas de abajo me saludaban unas calabazas y manzanas amarillas, a la vez que me decían que este laberinto ya no tenía salida.

 

-¿A qué se refieren?

 

Y no me respondieron más que con unas carcajadas inocentes, para volverse a esconder. Luego, un pajarito azul rey apareció de entre las ramas más medias de los pinos:

 

-Si logras encontrar la salida llegarás al mismo punto, y te encontrarás con unos anfitriones muy molestos.

-No me lograrás aterrar- le dije.

-Pero, no trato de asustarte- contestó sereno.

 

En eso me seguí conduciendo entre los verdes caminos enrevesados de pinos. Un extraño conejo de color igualmente azulado hizo su aparición de entre los rincones, de ojos saltones y andar inquieto.

 

-Yo te podría guiar entre estos senderos, pues estás perdido y yo conozco la salida.

-Pero no estoy perdido… - dije medio dudando por que gracias a eso me había dado cuenta de que estaba perdido.

No sabía qué caminos había tomado cuando volví a topar con una pared verde y volví a ver otra bifurcación de caminos.

 

-Está bien, accedo. -le dije. -Pero quiero algo de comida.

-Puedes comer una de esas piñas de los árboles.

-Pero son amargas, duras y secas.

-No, corta y verás…

 

Corté una piña café, férrea y rugosa, para ver que en mi mano se tornó mágicamente de colores iridiscentes y después violeta, como zarzamoras con una pulpa deliciosa que me hizo crispar los párpados.

Tras comer varias mientras seguía al conejo, mi lengua ya estaba rasposa y acidificada. El conejo me guió por rincones y pasadizos irreconocibles ya por el mismo aspecto uniforme y verdoso.

El conejo azul seguía avanzando a saltos muy graciosamente. Ya no sabía donde estaba. De pronto, el conejo dijo:

 

-¡Oh no! ¿Escuchas eso?

-¿Qué cosa? ¡Dime, que yo no oigo nada!

 

El conejo no me respondió una palabra y solamente, presa de agitación, colocó su gran oreja pegada a uno de los cipreses, como queriendo oír algo. Y si, se escuchaban unas voces lejanas, como risas consecuencia de una plática ociosa. En es yo también coloqué mi oreja para tratar de percibir. El conejo musitó:

 

-¿Lo oyes? ¡Son ellos!

-¿Quiénes?- pregunté cuando, en ese preciso momento salió de entre los pinos sorpresivamente un rostro de un pingüino, asustándonos y provocándole casi un infarto al conejito.

Me pareció gracioso ver como se quedaba tirado en el suave pasto, mientras el pingüino, gritaba:

 

-¡Hola!

¿Quién eres tú?- dije, ya nada sorprendido.

-¡Soy Mrkewjlakivav!- mientras seguía asomando sólo su cabeza.

Luego salió de entre las ramas con inusitada calma para dejar ver su cuerpo rechoncho. Era un pingüino muy grande, de mi altura, pero de color rosado subido y no antártico. Fue, con su andar lento, a ver que le ocurría al conejo, que seguía tendido en el césped.

 

-¿Qué te pasa?-le preguntó una vez a su lado.

 

Me pareció muy cómica ver esta escena. El conejo despertó como presa de un exagerado letargo y, tallándose los ojos, miró un instante al pingüino y, en un santiamén, huyó a saltos, lejos de allí, luego de dar un divertido grito.

 

-¿Por qué te tiene miedo?

-No lo sé- me dijo muy calmado.

¿De dónde saliste, o qué haces aquí?

-Ven conmigo.

 

Y lo seguí lento para atravesar una especie de puerta o agujero abierto entre dos cipreses del que él había salido, y que yo no había notado hasta entonces. Luego salimos al otro lado y ¡allí estaban! Una docena de aves rosadas y patas palmípedas saltando y jugando en un espacio rectangular y algo espacioso también, cubierto de una alfombra de césped suave.

 

-Ellos son mis amigos, somos tus anfitriones- me dijo.

 

Y luego todos se soltaron en molestos graznidos, murmullos, farfulleo y aplausos de aletas, tan chirriantes que hicieron taparme los oídos.

 

-¡Ven, ven a saludar a cada uno de nosotros!

 

Pero no quería, y más bien fui obligado a estrechar la aleta rosácea de cada uno de los residentes tan extravagantes seguido de una procesión de nombres tan extraños que no recuerdo.

 

-Bueno- dije al final harto, -tengo que irme ya.

-¿Pero por qué?- dijo el que me había dado la bienvenida al principio. -Quedate a comer flores de tulipanes. ¡Hay de muchos colores!

-¿¡Qué!? ¿Ustedes comen flores?

-¡Sí!- dijo mostrándome un racimo de orquídeas y tulipanes de colores opacos y transparentes que para entonces no había notado.

En ese instante, todos se lanzaron presa de una jocosa locura a devorar las flores.

 

-Quizás en otra ocasión- contesté, comprendiendo al fin por qué el conejo, el pájaro azul y todos le temían tanto a este laberinto. Creo que la primavera es mejor dando los acostumbrados paseos solitarios en la calle arbolada, en la que en ese momento deseé con avidez estar.

 

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