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2 min
Anécdota de mi sufrimiento
Drama |
27.05.13
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Sinopsis

Ahora sí tenía la mente clara, calmada, más distante de mi entorno, de las llamadas, los llantos, sufrimientos y la espera, esa espera insufrible. El dolor era demasiado intenso, pero el infierno se había acabado, y su agonía con él.

La decadencia de tu ser querido, su piel, antes suave y delicada; pero se marchita lentamente, con sus ojos enfermos y vidriosos que te miran, valientes, diciéndote “ voy a luchar; vamos a luchar”. La miras buscando fuerzas de donde sea para estar a su altura, para ser tan valiente como ella y no defraudarla; sonríes, ella también, y por un instante reíamos otra vez en aquellas escalera de la universidad que tantas horas habían soportado nuestras geniales estupideces, con su rojiza melena ondeando…como le gustaba lucirlo…

Despierto de mi ensoñación; Javier, mi primo segundo y el familiar más próximo –cuatro años habían pasado de nuestro último encuentro, en las fiestas locales-, me daba su más sentido pésame y me ofrecía todo su apoyo y ayuda cuando yo lo requiriese. Se lo agradecí, un poco descolocado por mi abstracción anterior, y seguidamente recibí más consuelo de otros presentes al funeral. A los cinco minutos necesitaba airearme y fumarme un cigarrillo –otra de las tonterías que decimos los fumadores-, así que salí a la terraza disculpándome con un mareo, y mientras encendía el cigarrillo contemplé el jardín del tanatorio, diseñado precisamente por la madre de un gran amigo mío. Era realmente precioso, con setos artísticamente recortados para darles formas extraordinarios. En la planta baja había un grupo de gente esperando, seguramente a una ceremonia celebrada al instante. Muchos lloraban, desesperados. Entre la multitud, una pareja salía atropelladamente entre la muchedumbre, apartando casi bruscamente a la gente reunida. Era mi querido primo Javier que marchaba precipitadamente con su actual pareja –no la de la semana pasada, ni tampoco la de la semana que viene- , supongo que con la creencia de que su cometido había sido cumplido.

Me acabé el cigarrillo y entré otra vez a la sala, donde estaban todos los asistentes esperando saludarme para poder irse; todos conocidos, ningún amigo.

“¿Dónde estás, cariño? Te hecho de menos”.

 

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