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5 min
Anestesia
Terror |
09.08.19
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Sinopsis

El pelo del joven chocaba contra las paredes. La larga melena estaba desbocada y sin ningún tipo de control, dirigida por la cabeza que forzaba el cuello, al que estaba sujeta, al máximo. El adolescente no parecía sentir dolor cuando lo que pasó a darse contra todo lo que encontraba a su paso fue su cráneo. Se encabritó y bailó como si estuviera cabalgando a un caballo invisible. Tenía los ojos cerrados y una extraña expresión de placer en la boca. Cuando empezó a berrear las canciones que más de moda habían estado los últimos tiempos, con la boca abierta y desencajada la mandíbula, los demás integrantes de esa extraña habitación apenas se inmutaron.

Varias mesas y un sofá estaban desperdigados por la sala; todos los muebles volcados por un hombre mayor, de unos cincuenta años. Su calva incipiente relucía a la luz, pues mostraba gotitas de sudor que le poblaban gran parte del rostro. Cada una de ellas hacía un recorrido diferente por las irregularidades de la cara, para acabar en el mismo suelo repleto de suciedad. La creación de estas pequeñas compañeras de cuerpo era consecuencia de la gran actividad física que estaba realizando su portador. Embestía como un toro todo objeto no viviente que se encontraba a su paso. Sus ojos estaban bien abiertos, observando con pavor todo lo que sucedía a su alrededor. Cuando mayor gesto de miedo adquirió su rostro, de manera descontrolada, atrapó de los pelos al joven que cantaba y lo arrojó contra una pared, de donde descendió hasta el suelo goteando sangre e inconsciente.

A su lado, sin mirarlo, se encontraba una señora de unos cuarenta y cinco años. Estaba encogida y con las rodillas a la altura del pecho. La mirada la tenía perdida, en hondos pensamientos de los que solamente ella tenía noticia. Su cuerpo tenía un tic que le hacía contraerse más cada vez que le ocurría. Estaba tan guardada en sí misma, que no observaba lo que estaba pasando en la ventana, enfrente suyo.

La última persona que residía en ese lugar se disponía a abandonarlo. Encaramada al alfeizar de la ventana, miraba el mundo entero una joven de unos veinte años. Su rostro repleto de granos denotaban indiferencia hacia lo que estaba ocurriendo en el interior de la vivienda y debajo de sus pies. En la calle los disturbios eran duros y numerosos. Dirigió un vistazo hacia el cielo. Era evidente que el final se acercaba. A ella eso no le preocupaba lo más mínimo, al contrario que a los que se encontraban detrás y debajo de su persona. Sobre sus cabezas, todo se tornaba rojo y naranja del fuego que se avecinaba sobre la raza humana y todo morador del planeta tierra.

El calor se empezaba a hacer evidente, y no era por el fuego generado en los coches de la calle. Decidió no tirarse y esperar el final en el interior de su casa. Las otras tres personas seguían a lo suyo, cada una en su mundo psicotrópico. La joven miró un rato como actuaban y se empezó a sentir un poco sola. Se dispuso leer las instrucciones para saber cómo iban a seguir actuando sus familiares. La caja se encontraba dada la vuelta debido al gran trajín existente. La cogió y leyó el titular: “Anestesia: programa mundial para un final feliz”. La chica suspiró observando las pastillas sin tomar que continuaban en el interior. No pensaba hacerlo, ella era fuerte y aguantaría el final lúcida. Quería observar como millones de años de historia desaparecían para siempre en unos pocos segundos. Nadie recordaría nunca más todas las historias ocurridas en la Tierra; desde un simple vuelo de una mosca hasta las guerras mundiales. Todo se acababa para siempre.

Terminó de leer las instrucciones y se dio cuenta de que los efectos no acabarían antes del fin:estaba sola. Seguramente sería una de las pocas personas del mundo que habían decidido no acogerse al programa. Toda la gente a su alrededor había perdido el juicio debido a ello. Las mentes de muchos ciudadanos habían reaccionado de forma violenta, como comprobaba la joven mirando por la ventana o a su propia familia.

Los últimos segundos los pasó mirando al cielo desde la ventana, como había hecho tantas otras veces en tardes veraniegas. Pudo sentir, como entonces, un calor especial por todo el cuerpo, solo que en este caso sería mortal.

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Estudiante de Periodismo. Intento de escritor. Intento de periodista.

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