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6 min
ÁNGELA TAL VEZ VIAJE
Reales |
19.04.14
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Sinopsis

Cariño.

“Ángela quizá ya se haya ido”, dijo tranquilamente para sí mientras eyaculaba pesadas gotas sobre el vientre de Beatriz, su flaca. Quedó colgado al vacío unos instantes. Beatriz sonreía, tal vez extenuada, tal vez reclamándole más. Él nunca iba a estar seguro si en realidad satisfacía a su pareja. Ahora tampoco estaba seguro si Ángela había viajado o no. Le había dicho que era lo que ella quería, pero que tenía un examen importante en esas fechas. Resolvió que era innecesario pensar en eso en estos momentos. Regresó al plano en el que el sudor dominaba sus cuerpos. Beatriz se le acercó, reclamándole gestualmente que la besara. Él sonrió y apretó sus labios contra los de ella, forzando la pasión. Se separaron y se sentaron con las rodillas cruzadas, uno frente al otro. Un agudo silencio perforó su relación por algo más de cinco lentos minutos.

El celular de Beatriz empieza a sonar en el estante. Él, fingiendo desinterés, se levanta a tomarlo, revisando de paso quién la estaba llamando. Los celos estallaron en su pecho, pero, con aparente tranquilidad, se lo pasa. Se sienta nuevamente. Aguza el oído para espiar la conversación. Al cabo de unos minutos, y tras no haber podido rescatar muchas frases, empieza a cambiarse. Lo hace pausadamente. Se pone el calzoncillo, sucio de orines y líquido pre-seminal. Antes de ponerse las medias revisa sus pies, rojizos y con vellos en el empeine. Sus uñas ya estaban largas, y sus talones seguían resecos y destrozados por múltiples ampollas, ahora marchitas, una al costado de la otra. Empieza a retirarse la piel muerta con un gustillo morboso. Se aburre rápidamente y se calza las medias. Busca su pitillo, no recuerda dónde lo arrojó, por pasión desmedida o por rito habituado, antes de empezar el sexo. Lo encuentra debajo del short y la blusa de Beatriz, quien sigue hablando alegremente por el móvil. Se pone dificultosamente el ajustado pantalón y nota que no ciñe sus piernas. Busca el polo, se lo pone. Hace lo mismo con la casaca. Deja las zapatillas para el final. Al tenerlas ya calzadas se acerca a Beatriz. Le besa la mejilla. Ella, asombrada, se da cuenta que él ya estaba vestido. Le dice a su interlocutor que la llame luego. Beatriz le reclama que él sólo busca sexo, y que cuando lo consigue, se larga. Discuten. Luego de un rato llegan a común acuerdo; saldrían mañana a comer algo. Se despiden rozándose los labios. Él abre la puerta, mientras escucha que el celular de Beatriz vuelve a vibrar. Sale al pasillo y cierra de un portazo.

El pasillo estaba oscuro. Camina hacia las escaleras. Las escaleras eran en forma de caracol. Piensa que sería peligroso bajarlas estando ebrio. Piensa también que sería divertido grabar el suceso. Empieza a descender cada escalón sin apresurarse. Llega al primer piso. Se dirige hacia la puerta que da a la calle, la abre. La noche lo acoge en su intensa y vertiginosa mortaja. No había luz en la calle. Lo primero que se le ocurre es un mantenimiento zonal del servicio, pues a lo lejos distingue algunos puntos relampagueando, demasiado bajos para ser estrellas. Se dirige hacia ellos, como un insecto hacia un foco. Se dirige hacia ellos, pero hubiera querido dirigirse hacia las estrellas. Camina despreocupado, había dejado su celular en casa. Llega hacia los postes iluminados. Su vulgaridad le decepciona. Se detiene. Piensa que los postes, al menos, irradian luz. Se ve a sí mismo como un poste, pero en constante mantenimiento. Se ríe de su propia vulgaridad. Sigue caminando. Altos edificios surgen espontáneamente a lado suyo. Le hubiera gustado ir en micro, pero se había gastado su dinero en cigarrillos. Los cigarrillos habían estado buenos. Buscó en su casaca. Aún le quedaba uno, algo doblado. Lo endereza y reafirma con sus dedos índice y pulgar. Lo coloca entre sus labios mientras saca el encendedor del bolsillo izquierdo de su pantalón. Enciende el cigarrillo sin detenerse. Le gusta fumar, más que todo por la pose. La calle estaba casi totalmente vacía. Inhala largamente, retiene un buen rato, y expulsa el humo por las cavidades nasales. Se siente bien, ya no falta mucho para llegar a casa. Acelera el paso. Piensa en Beatriz. La quiere. Piensa en Ángela. Le gusta mucho. Sonríe. El cigarrillo está pronto a terminarse; fuma apresuradamente. Lo termina. Arroja la colilla aún encendida hacia la pista. La arroja con fuerza para que el impacto la apague. No lo logra. Está a una cuadra de su casa. Camina un poco más rápido. Saca las llaves del bolsillo derecho de su pantalón. Le gusta el sonido que hacen al chocar. Empieza a maniobrarlas como de si un instrumento musical se tratase, mientras ríe estúpidamente. El vigilante se le queda viendo desde la esquina. Está serio, como disgustado. Su mirada le ofusca. Avergonzado, deja de hacer sonar sus llaves.

Llega hasta la puerta de su edificio. Introduce la llave. Abre la puerta. Sube las escaleras hacia el segundo piso. Todo estaba muy iluminado. Llega hasta su puerta. La luz que se filtra por las rendijas le sugiere que sus padres estaban dentro. Abre la puerta. Saluda a sus padres, ambos sentados en el sillón principal, viendo la televisión. Va rápidamente hacia su cuarto. Enciende el viejo ordenador. Se impacienta por la demora. Al fin termina de encender. Abre el navegador web y accede a su cuenta de Facebook.  Tiene un solo mensaje. Ángela debía haber viajado a eso de las cuatro de la tarde. Se habían visto la noche anterior. Se habían empezado a enamorar. Se habían visto hace tres noches. Se gustaban mucho. Ángela había quedado en avisarle si viajaba o no. Entra a su bandeja de mensajes en una nueva pestaña. Tenía un solo mensaje. El internet estaba lento. Tamborilea sus dedos sobre el escritorio. La impaciencia le rebalsa. Al fin cargan los mensajes. Un amigo le había preguntado por un trabajo de la próxima semana. Cierra la nueva pestaña. Entra al muro de Beatriz. (fin)        

 

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