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3 min
ÁNGELES EN EL AVERNO.
Históricos |
08.04.17
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Sinopsis

Nuestros actos son los que nos definen, pues incluso en la hora más oscura es posible ver la luz de la esperanza.

A mis 84 años, todavía recuerdo a aquel soldado alemán que salvó la vida a mi madre y a mis hermanas. Yo era tan solo un crio de doce años, pero en mi memoria parece que ocurriera ayer. Vivíamos de lo que nos daba la tierra en una pequeña granja al norte de Odesa, en una comunidad rural, y a pesar de nuestras raíces judías, antes de la invasión alemana nadie parecía percatarse de ello. Un día vimos acercarse a los soldados alemanes hacia nuestra granja, pero en ese instante no sentí miedo. Mi padre nos escondió en una especie de cripta secreta excavada en el granero, la cual a través de un túnel conducía a los bosques adyacentes a la granja. Esa fue la última vez que vi a mi padre con vida. Junto a mi madre y mis dos hermanas menores, nos acurrucamos intentando no hacer ningún ruido. Escuchamos algunos tiros, uno de ellos sería el que mataría a mi padre. Unos gritos y unos pasos inundaron el granero. Eran soldados alemanes que vociferaban en su gutural idioma. De repente, los pasos se detuvieron y alguien abrió la trampilla que conducía a la cripta. Nunca olvidaré esa mirada azul y esa cara tiznada.

- Al anochecer coged todo lo que podáis y esconderos en el bosque. Siento lo de su marido - se dirigió el soldado alemán a mi madre en un ruso muy simple.

Luego, lanzó una tableta de chocolate al suelo, hizo un gesto para que no hiciéramos ruido, cerró la trampilla y desapareció. Algo gritó a sus compañeros. Minutos más tarde, un ruido de motores desapareció en la lejanía. Tal y como había dicho ese joven soldado, esperamos a que anocheciera. Al salir al exterior vimos el cuerpo sin vida de mi padre, pero mi madre, haciendo honor a la fuerza de las mujeres ucranianas, nos alentó rápidamente a que cogiéramos toda la ropa de abrigo y la comida que encontráramos entre los escombros de lo que había sido nuestro hogar. No había tiempo para llorar a nuestro padre. Después de recuperar lo que pudimos, nos adentramos en el bosque con los demás supervivientes. Allí, vivimos como pudimos hasta el final de la guerra. Gracias a ese joven soldado alemán nunca perdí la esperanza, ya que, hasta en la más absoluta oscuridad puede brillar la luz más pura.

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Licenciado en historia. A veces, me visitan las musas y escribo lo que mi mente dibuja. Hago mía la máxima de Juvenal: "Mens sana in corpore sano". Solo quiero que me lean.

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