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4 min
Ángulo de depresión
Varios |
18.01.14
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Sinopsis

Fobos y el sentido de la vida.

F se encontraba arraigado a un silencio sordo, estático en aquella porción de azotea. El sol de mediodía evaporaba el gélido sudor que se deslizaba por su tensionado cuello, causándole escalofríos y alimentando el vértigo que le estremecía las piernas. Se mordía los labios ansiosamente, dejando profundas huellas de su dentadura sobre ellos. Sus ojos acuchillaban las nubes, aferrándose a éstas para que sus pupilas no desciendan a través del ángulo de depresión que lo pondría frente a frente con el suelo, a quince pisos de distancia.

Mientras sus extremidades inferiores temblaban, sus neuronas zigzagueaban a través de escabrosos y patéticos recuerdos de la infancia. Rememoró aquella vez cuando el gran astro incandescente irradiaba, al igual que hoy, un pegajoso calor que adhería la piel a la ropa, y el polvo a éstas dos últimas. Se encontraba en el parque infantil y tenía nueve años de haber sido expulsado del cálido reducto donde todo era dulce protección; nueve años desde que había sido condenado a poder padecer el infierno de alguna fobia injustamente incrustada en su psiquis; cualquiera de ellas hubiera sido igual de maligna, pero ésta en particular le observaba desde el último nivel del castillo de tubos, estructura que él concebía como un artilugio diseñado por los ingenieros del mismísimo diablo. Sus recuerdos de aquel día eran vívidos y coloridos, al mismo tiempo que dolorosamente punzantes; aún le producía arcadas acordarse de los excitados rostros de sus compañeritos de juego al empezar a escalar el castillo. Cuando el último de ellos se encontraba a mitad de camino hacia la cima, se decidió a subir. Infló sus pulmones de aire y su pecho de valor, tentó a subir una pierna sobre el tubo que tenía más próximo, se impulsó con sus manos, subió la otra pierna, al mismo tiempo que abrazaba el frío metal para no caerse. Se encontraba ahora un metro por encima del suelo, mientras sus amigos le instaban a seguir subiendo. Entonces miró hacia abajo… Empezó a temblar. Las lágrimas no tardaron en asomarse al límite que separa el cristal ocular de la carne, reventando en un lloriqueo que le empapó el rostro y que contrastaba con las burlas de los que se encontraban en la cima.

Dejó de lado los recuerdos de su infancia y se enfocó en la luz que hace poco menos de cincuenta horas, centelleante le había designado una nefasta solución al acertijo de su existencia. La revelación se dio en aquella universidad privada, la de los altísimos pabellones. Un encargo innegable le había llevado a dirigir sus pasos hacia el sexto piso de la facultad J, caminando siempre en el centro casi exacto de los pasillos, evadiendo los ascensores y titubeando al subir cada grada. De pronto, un caudal inesperado de estudiantes desembocó desde algún salón hacia el corredor donde F se había detenido a ubicarse para dar con el aula que buscaba. La gran masa de universitarios consumía todo el espacio central, empujando al horrorizado F hacia las barandas de un costado del pasillo, enfrentándolo cara a cara con el más horrible de los demonios que ultrajaban sus desvelos.

Observó el lejano piso de cemento por menos de diez segundos, y por casi un minuto observó su desayuno revuelto con el almuerzo apresurarse en una asquerosa mezcolanza de trocitos multicolores a través de su abiertísima boca. Lo mismo que un romántico encuentra diversas imágenes en las nubes; el vómito se le presentó transfigurado en mil figuras distintas, pero todas ellas desembocaban en él, en su imagen. Fugaz recibió la estocada propia del sentido absoluto. Había nacido para ser el vómito que fluía sin resquemores hacia el pavimento, estrellándose contra el césped aledaño y salpicando sobre las ropas de los universitarios.

Ahora, en la azotea y temblando aún, sonrió con la desesperanza de a quien no le quedan más opciones. Cruzó lentamente con la mirada el ángulo de depresión, mientras un escalofrío surgido desde los abismos del fobos hacía que sus vértebras tiriten. Inclinó unos grados su cuerpo hacia adelante, cerró los ojos y se convirtió en la náusea que desde su garganta caía en picada a estrellarse contra el pavimento ¡Plaf!    

 

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