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6 min
anhelos
Reales |
01.11.09
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Sinopsis

Anhelos durante un paseo matinal.

Me senté en un frío asiento de metal de la estación, a leer unas cuantas páginas de Proust sobre su amada Gilberta. Desde un puesto de 'Bocatta', el jóven vendedor me miraba con constancia, sin conocer yo demasiado bien el motivo. De vez en cuando, el eco de la voz que anunciaba los trenes de Gandía o de Xátiva resonaba con estruendo metálico en el vasto espacio que comprende la estación. Con cierta rapidez acabé cansándome de leer sobre la dicha y desdicha (mucho más importante esta última) del jóven narrador de 'En busca del tiempo perdido', y las razones de ese cansancio hay que buscarlas más en las circunstancias de lo que mi vida era en estos últimos días que en la calidad del libro, que me seguía pareciendo de lo mejor que me había atrevido a leer.

Así pues, me dispuse a salir de la estación, no sin antes echar una mirada nostálgica al cuadro de salidas que marcaba la hora en que los próximos trenes de París iniciarían su viaje, y me encaminé con paso suave y mirada perdida a dar un paseo por el centro de la ciudad. Quizás me detuviese un rato en la plaza de la Virgen a contemplar a todas esas niñas recién salidas de sus escuelas privadas, que aprovechan que aún hace algo de buen tiempo para hacerse fotos y reirse bajo los rayos del sol. Puede que pasase también por el parque del Muvim, y que entrara a la biblioteca a mirar uno de los tantos libros que tengo que empezar a leerme si quiero aprobar los parciales de enero.

Por donde tuve claro que no pasaría, a pesar de que mi corazón me lo suplicaba con una aflicción tal que llegué a sentir de una forma física eso que dicen de que el corazón duele, era por tu instituto. No me hallaba demasiado lejos, y el camino hasta allí era agradable, por la Gran Vía. Pero supe que si iba sufriría, primero por saber que estabas dentro, y yo fuera, y que te lo estarías pasando bien, riéndote con tus compañeras, quizás devolviéndole una sutil mirada a un chico, mientras yo sólo pasaba por allí como parada nostálgica de un paseo sin rumbo que reflejaba demasiado bien lo perdido que me sentía aquellos días de octubre. Segundo, porque sé que no te agradaría verme por allí, si en una ocurrencia te diese por mirar a través de la ventana y contemplarme con la mirada alicaída, viéndome como el reflejo, la evidencia empírica, de que tú tampoco estás del todo bien aún, a pesar de que tú lo afrontas todo con una sonrisa, y me hubiese entristecido más que cualquier otra cosa borrarte la sonrisa al recordarte todo el daño que nos hicimos, aquellos muchos días en que salimos.

Alejé la idea de aparecer por allí de mi mente, ya que de mi corazón era imborrable, pero vino a sustituirla un capricho repentino, irracional, pero que me inundó de una energía que no sentía desde hacía semanas. Volví tras mis pasos a entrar en la estación, y me quedé anonadado, embobado, mirando el cuadro de salidas al que antes echara una mirada con nostalgia. Quería marcharme, lejos. A otra ciudad, a ser posible europea, grande, cosmopólita, donde pudiera pasear entre ríos de gente, donde olvidase las penurias contemplando fachadas señoriales, modernos edificios, paisajes novelescos. Bullía en mí el deseo de cosas nuevas; sentía la necesidad de ponerme en camino y alejarme del pasado al ritmo que aumentaban los kilómetros entre donde me encontrara y donde me encontraba ahora. Fui prácticamente corriendo a las taquillas, preguntando allí con una voz que denotaba la impaciencia y el fervor de quien se da cuenta de que la solución al problema que tanto le ronda la cabeza está guardado en la habitación de al lado, y que sólo dando unos pasos logrará al fin alcanzar eso que durante años no se había fijado que sería tan útil estando tan cerca. Pero bien pronto toda esa exaltación quedó derrocada, pues viajar a París, destino que en los segundos previos mi mente se estaba decidiendo a tomar, implicaba un gasto de dinero con el que no contaba. Pensé tal vez en sacar dinero de mi cuenta, pero esa mención del dinero abrió más brechas en mi inmeditado plan. Una vez allí, tendría que dormir, alimentarme, lavarme, entre otras muchas acciones de primera necesidad, y todas esas cosas conllevan un gasto de dinero. ¿Cuánto podría subsistir por las calles parisinas, pasando noches a la intemperie y alimentándome en los centros de beneficiencia, o aun incluso rebuscando en la basura de las salidas de los supermercados? A pesar de tener un cierto encanto romántico, no era esa la sálida que buscaba, ya que en pocos días adquiriría el aspecto y la condición de vagabundo, reduciendo drásticamente las posibilidades que la vida social de París podría brindarme.

Porque otro de los anhelos que había despertado el súbito deseo de marcharme, era el de conocer gente nueva, gente de allí arriba, de Europa, que yo me imaginaba como mejores en todos los sentidos a nosotros. Mi imaginación volaba de café en café, pasando por los selectos clubs nocturnos, la gente elegante que pasearía por los Campos Elíseos, las numerosas personas que, como yo, vendrían de otros lugares a probar suerte en la anciana y a la vez jóven ciudad, personas que quizá viniesen de recónditos lugares de Alemania, o de la pluviosa Londres, o del frío norte aquel de los países escandinavos. Y me sentí mal por hallarme donde me hallaba, con la sensación de que no le podía sacar más partido a la ciudad, donde la experiencia me había demostrado que cuanto más empeño ponía en algo, más me destrozaba la evidencia de su imposibilidad.

Me senté en otro banco y seguí leyendo. Pronto se hizo la hora de comer. Me fui a un McDonalds, y vi a dos francesas sosísimas comer con hastío una hamburguesa. Luego vi a una alegre colegiala que hablaba por teléfono con una amiga sobre el botellón de hace dos noches. Y pensé que, bueno, quizá España no estuviese tan mal.
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