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6 min
Aniquilación
Drama |
02.07.19
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Sinopsis

Aniquilación

 

    Tendría unos trece años cuando mi primo se enfermó y lo tuvieron que ingresar al hospital. En esos tiempos nadie se lo esperaba, pero estoy seguro que cuando el médico dio las malas noticias tuvo que mirar hacia otra parte. No estábamos preparados para formular la idea de que cuando alguien se marea y empieza a sangrarle la nariz es una señal de muerte segura. En aquellas fechas, que serían las de abril, la esperanza de que el calor del sol hubiese tenido la culpa era muy tentadora.

      No pasó más de una semana cuando las noticias se hicieron llegar. Mi tía estaba sentada en la sala de estar, y mi madre la abrazaba. Escuché cómo se las había arreglado para no echarse a gritar en la estancia de espera al recibir las malas nuevas, y cómo tendría que empezar a secarse por dentro a causa de que las lágrimas se escurrían de sus ojos como un par de ríos negros. Fue entonces que me percaté de la ansiosa idea de que quizá, con la ilusión de que las personas se pueden curar a razón de agujas y quimio, mi primo se podría recuperar y entonces golpearía el balón de fut en las llanuras repletas de pasto.

      Ahora, como verás, yo no sabía cómo comportarme y de manera habitual terminaba las oraciones con tres puntos suspensivos sin ser consciente. Nada más que alguien comentara la situación, aquella, la que había iniciado en abril, me ponía irritado y miraba con odio, dejando que el color de mi pupila rancia se restregara en aquellos labios secos del que se permitía prestigiar la tragedia y luego hacerse el interesante al platicar de ello.

     Era común que fuese a la escuela con un peso en forma de libros y cuadernos, y que regresara sintiendo que los garabatos que había escrito en ellos habían hecho que mi espalda se encorvara de tal manera que mi sombra se viera como una S. Tanto en tanto, que sin ninguna situación que se mereciera la oportunidad de que la analizara con tal minuciosidad, me echaba en la cama y veía al techo, con los brazos extendidos hacia arriba.

     Un día me puse a pensar que era mejor una muerte que se anuncia, pues por lo menos se tiene la oportunidad de ir haciéndose la idea de que un par de ojos se van a cerrar y no habrá otra opción más que cavar un hoyo en el suelo. Pueden besarle la frente, decirle que todo va estar bien, que se deje ir, y todas esas mierdas que la gente hace cuando sabe que el final de un tiempo es inevitable. La cuestión de que si esto es más inevitable o no queda sobrando. Lo que sucede es que si alguien se muere de un día para otro no habrá manera de disminuir la culpa o yo qué sé: todo un martirio que se mira el ombligo. Fin.

    Lloraba, y cada vez que pretendía que mis ojos miraban algo que no fuesen las luces enredadas en los árboles de pino en diciembre, sentía la necesidad de clavar un codo en la mesa y atrincar la mandíbula en la palma de mi mano, sosteniendo la cabeza entre sueños de sonámbulos y de insomnios para darme cuenta de que si los fuegos artificiales explotaran con la luz del sol nadie diría que son preciosos.

    Recuerdo el día en el que adjudiqué mi pena al rechazo. Como lo fácil que fue, yo pretendía, todavía revolviéndome en las sábanas, pensar en que quizá la mayor parte del tiempo había sido un hijo de puta que deseaba que muriera de una vez por todas. Así, de manera que todo lo demás no servía en lo más mínimo como una excusa para verme en el espejo y darme cuenta de que era un reflejo de quién sabe qué. Pero aún más agotador, al percibir los ladridos de mi perro en el patio, deseoso a que me asomara desde mi ventana del segundo piso para verlo saltar de un lado a otro, alzando polvo.

      Entonces lo veo; mi padre sale de la casa tambaleándose con una botella de tequila en la mano, se detiene a dar unos tragos y luego continúa arrastrando los pies en la gravilla. La luna se excita en rojo y ve a ese hombre yendo a la bodega donde guardábamos los leños, agarra un hacha y luego regresa al patio con la mirada embravecida. Mi perro salta, con las orejas pardas y el rabo torcido, con las ganas en las patas de revolcarse en el pasto mientras le rascan la panza. Pero nadie lo acaricia, y sabe que algo va mal. Mi padre toma el hacha por el mango, agarra impulso en el aire y le rompe el hocico. Muerto.

      La verdad es que no supe cómo sentirme en los días que vinieron, y es que tampoco tenía las ganas de sentir algo. No sé si me explico. Las fechas en el calendario se iban desprendiendo y los papeles iban a dar al fuego de la chimenea, convirtiéndose en rastros de humo y de ceniza que se desvanecían cuando el viento soplaba fuerte o cuando alguna sonrisa se escapaba sorprendida por su propia ingenuidad.

     Así que después de tanto, en inicio de clases, estaba anotando las actividades en mi cuaderno de cuadro grande, con la mirada intacta en la pizarra. Mis compañeros también habían guardado silencio y se disponían a hacer las tareas que el maestro había escrito con la tiza. Estaban atentos, con los ojos abiertos y la cabeza iluminada por la luz del sol que se filtraba por los cristales puestos en los costados de las paredes.

    El maestro empezó a tomar lista:

— ¿Sofía?

— ¿Qué Sofía? —dijo alguien.

—Sofía Rodríguez.

—Aquí. Presente.

— ¿Julián?

—Presente.

— ¿Mariana?

—Presente.

— ¿Marcos?

Y nadie contestó.

Luego de contemplar el silencio, el maestro recordó, tomó una pluma y tachó ese nombre.

 

 

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