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62 min
Años de Amor, Pasión y Soledades
Amor |
06.01.17
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Sinopsis

PROLOGO De improviso se escucha el tableteo de metralletas desde helicópteros y detonaciones de bombas lanzadas desde aviones de caza. Con el ruido de la metralla, ya se oyen los primeros lamentos, gemidos y gritos que provienen desde una de las columnas del Frente Guerrillero Ezequiel Zamora alzado en armas contra el gobierno. Junto a sus camaradas de patrulla, corre a buscar refugio en las trincheras, pero una explosión estruendosa resuena tan cerca, que Luis ve la tierra abrirse a sus pies. Cegado, sordo y asfixiado, es lanzado por los aires junto a la Madsen que porta. Cae entre un espeso matorral, mientras un ruido infernal lo estremece y la cabeza es invadida por una especie de radiación. Se siente morir al sumirse en un estado de insensibilidad, de muerte. Quizás ya Luis levitaba en esa dilación temporal de vida después de la muerte. Quizás eran delirios de negación, en que lo imposible puede hacerse posible. El instinto agónico le lleva una mano hacia la pierna derecha, palpando la viscosidad de la sangre. Pero vuelve al estado de inconsciencia, y es cuando siente que el alma se le alarga cargando con la conciencia, pero sin querer soltar la carnalidad del cuerpo. En ese letargo entre vida y muerte, en esa montaña que ahora ruge y grita su ausencia, Luis veía o creía ver a Paola. La percibía vestida toda de blanco y llamándolo con los brazos extendidos. Pero, ahora duda. Mira unos portales luminosos a lo largo del sendero que va a una colina y se pregunta “¿Eres realmente tu Paola esperando mi regreso, o es simplemente la Muerte esperando para conducir mi partida?” El velo se desliza por un estado inconsciente, de pensar sin pensar, de actuar sin conciencia y queda al descubierto la desnudez de los recuerdos, al evocar sus Años de Amor y Soledades.

  1. LA HACIENDA PARAÍSO

 

La lánguida y preciosa mirada del amanecer se ilumina, en la medida que una cortina de nubes blancas se mece rítmicamente al compás de la brisa, para dar paso a los primeros rayos solares de un alborear, que viene a marchitar la húmeda soledad de los sueños en la Hacienda Paraíso. La noche había sido otra más de vigilia para el abuelo, ante los desajustes para dormir de su nieto.    

 

Luis tendría unos seis años cuando sus padres se fueron a la Capital para continuar sus estudios universitarios, interrumpidos precisamente a causa de su nacimiento. Conscientes de la responsabilidad, lo dejaron en la Hacienda Paraíso a cargo del abuelo. El abuelo Carlo, con la mejor intención, le metió en la cama a Nancy, una joven mulata muy hermosa que ayudaba con los quehaceres de la Casa Grande. Pensaba que, a esa edad, a falta de los afectos de una madre, todo niño necesitaba compensarlos con la cercanía de una mujer para el sostén emocional de sus sentimientos. Y, —se decía— que la falta de padres, muchas veces, produce ciertos problemas de  tristeza, incertidumbre y miedos, que, posteriormente, en períodos de tensión, se activan dando lugar a intentos de escape hacia la soledad emocional inconsciente, por la falta o pérdida de una relación intensa o relativamente perdurable de una madre.

 

—Buen día, patrón —saludó Nancy— ¿Usted me mandó a llamar?

 
—Buenos días, Nancy —le respondió el abuelo Carlo— necesito encargarte a mi nieto. 


— ¿Y qué necesita el niño Luis? 


—Los padres de mi nieto están en la Capital, pero todo niño, a temprana edad, necesita de la educación afectiva y amorosa de una mujer y he pensado en ti. A pesar de que aún eres muy joven, creo que en las noches podrías acompañarlo en sus momentos más inquietantes, que es a la hora de dormir. 


—Uhm, jajaja 


— ¿Y se puede saber de qué te ríes? 


—Es que recordé unas palabras en boca de mamá, “Quien con niño se acuesta, amanece mojado” y disculpe usted, patrón, no era mi intención ofender. 


—Tranquila Nancy que mi nieto no tiene esas mañas. Solo tienes que pensar la forma en que se duerma lo más rápido porque sufre de trasnocho —dijo el abuelo— mientras pensaba “Hay quienes se preguntaran si el colecho no es nocivo para el niño, cuando lo verdaderamente perjudicial al niño, son las consecuencias emocionales que acarrea el adoctrinarlos para que aprendan a dormir solos”. 


—Será como usted mande, patrón. 


—Tú harás el papel de su nana y estarás pendiente todo el tiempo de su aseo, comida, juegos y de su buena relación con la peonada y sus familias. Para tus quehaceres personales, tendrás una habitación al lado del cuarto de Luis.

 

Pero Nancy con dieciséis años, le gustaba desnudarse toda para dormir y, a su edad, ya al niño lo atacaba el síndrome de fatiga a causa de sus desvelos e insomnios. No tenía una rutina para dormir y regular su ritmo de sueño. Ella, muy inteligente y atrevida, encontró el remedio. Le adosaba la cara a su cuello y le abría la mano para que con los dedos jugueteara con cualquiera de sus pezones. Enseguida, él, aún sin goce alguno, se dormía con placidez, mientras ella procedía a bajarle la mano y se volteaba para tomar su sueño. 

Con su viveza, una mañana le hizo levantar su mano derecha para que enlazaran ambos sus dedos meñiques, en señal de que sería un secreto bien guardado entre ellos.

Ese "piscolabis nocturno" le duró a Luis hasta llegar a los once años, cuando el negro Benito, que ya cortejaba a Nancy, la raptó y se la llevó a una de las cabañas de la Hacienda, para que lo acompañara a dormir en su hamaca, algo que el abuelo nunca aprobó porque pensaba que Nancy merecía un hombre de mayor nivel intelectual.  Sin embargo, la convenció para que  conservara su trabajo en la casa principal.

 
A pesar de su niñez, esas imágenes de formas y olores con aroma de mujer ajena, se le quedarían prendados a Luis en la piel, como las cicatrices que dejaban los brutales latigazos que recibían negros e indios en épocas pretéritas. Tres años después, Nancy, con marido a quien atender, haría realidad la primera fantasía sexual de Luis, poco antes de cumplir los catorce años.

 

El abuelo Carlo era de ascendencia italiana. Su padre era un joven biólogo de nombre Alessio Bounichelli, que en compañía de otros, llegó al país desde Milán, para sus estudios de investigación sobre la Amazonía sudamericana, con la idea de valorar su alto índice de bosques pluviales que constituyen el pulmón más grande del planeta y abrigan la gama más increíble formas de vida animal de la madre Tierra. Después de algunos meses de estadía, compró la “Hacienda Paraíso” que, luego, heredó el abuelo. La producción estaba dedicada en exclusividad a la siembra y cosecha de cacao, aunque, en menor escala, se cultivaban cereales, hortalizas, plantaciones diversas y se criaban animales de corral para el consumo de los moradores. La hacienda, al bajar desde una loma, se situaba al borde de un litoral bañado por el mar y muy cerca de un poblado de playas turísticas. Su emblema era la casa principal que se llamaba "La Casa Grande". Contaba el abuelo, que al posesionarse de su propiedad, Alessio conservó todo el personal incluyendo al capataz.

Cuando, por primera vez, Alessio se apersonó a la entrada de su plantación en un carruaje a caballos y otra carreta con su equipaje que en su mayoría eran baúles llenos de libros, un letrero sobre madera la presentaba como “Hacienda Paraíso”. A la entrada del portón lo esperaban el capataz, el ama de llaves y tres peones prestos a ayudar con el equipaje del patrón. A lo lejos se oía el crujir de los cueros de unos tambores, porque así amenizaban el comienzo de la temporada de recolección del cacao y todo el personal de campo, incluyendo el servicio de la Casa Grande se abocaba a las tareas de cosecha, fermentación y secado del producto. 


Alessio bajó de su coche a caballos y se dispuso a entrar caminando a su propiedad, mientras los vehículos con las pertenencias se dirigían a la casa, seguidos por los tres jornaleros. Vestía un pantalón de vaquero tipo tejano y una camisa de cuadros manga larga arremangada a los codos, botas pantaneras y la chaqueta en una mano, que acostumbraba a usar sin hacer caso al calor reinante.

 
—Buen día patrón, bienvenido a su casa —dijeron casi al unísono sus empleados— tendiéndole la mano. 


—Buenos días Juan Crisóstomo y Buenos días Magdalena —saludó Alessio y extendió su mano con amabilidad  — ¿Ustedes son el capataz y el ama de llaves? ¿Cierto?

 
—Si mi Don  —respondió Magdalena. 


—Pues, mientras Magdalena se hace cargo de acomodar el equipaje, de una vez, Juan Crisóstomo me conduces hacia la plantación. Necesito empezar a verificar en sitio todo el proceso de producción, desde la formación de semilleros hasta el empaquetamiento para la venta del mismo. Ya he realizado algunas gestiones ante la Presidencia de la República para la contratación de técnicos, buscando mejorar la calidad del producto y proceder a la exportación de una parte del mismo hacia Italia. 


—Usted mande patrón —respondió el capataz.

 

Al pararse frente y luego entrar a lo que sería su hogar, Alessio se llenó de imágenes que luego iría tejiendo para recordar. El frente de la Casa Grande estaba edificado en adobe cocido que para ese entonces pintado de verde, tenía una puerta de entrada que corría hacia el portal de un zaguán. Se acompañaba de ventanales a cada lado, labrados en maderas y ornamentados en hierro, que terminaban en alféizares externos e internos y se adornaban con inclinadas marquesinas tejadas para su protección contra el sol. El techo entejado terminaba en una larga canaleta que recogía las aguas y las expulsaba a la calle por aberturas laminadas que simulaban la boca de un caimán o cocodrilo. El techo interno era un entretejido de caña brava, sujeto con listones de madera. El zaguán terminaba en un gran salón limitado al frente por las paredes de dos grandes cuartos: la alcoba matrimonial que ocuparían primero Alessio y Niki y después el abuelo Carlo y su esposa Isabel. El otro cuarto fue acondicionado con posterioridad como una sala de estudio, tramado de una gran biblioteca surtida en su mayoría de las obras y autores renacentistas, del barroco y el romanticismo. Alessio era políglota. Dominaba los idiomas italiano, francés, inglés y español. El gran salón, al gusto del antiguo dueño, estaba destinado a recibir visitas sociales, de negocios y a realizar actividades domésticas para disfrute familiar. Actividades como conversar, leer, escribir, escuchar la radio, ver televisión y no faltaba el costurero para coser, bordar y tejer. El espacio estaba ambientado y adornado con estanterías para libros, mesa de centro, poltronas, mecedores, un ture de madera y hamacas. En una pulida alacena destacaba un reloj con base de madera, un florero en vidrio verdoso acabado en unas flores naturales recién cortadas y las figuras de ángeles celestiales en adornos de porcelana. A ambos lados del salón corrían dos galerías de salones y habitaciones. Al final había dos baños para ducharse, que quedaban al frente de una cocina de fogón. La parte central y el lado izquierdo del salón convergían con el jardín interno, que armonizaba al final con el patio encorralado en estancos. El jardín interno estaba situado al centro de la casa, coronado por un ciruelo, que se adornaba alrededor con las siembras de coloridos capachos, cayenas, corolas, rosas, hortensias y un florido jazmín, que junto a la fragancia de los azares del limón y naranjas del patio, llenaban los cuartos de aromas y frescura en las madrugadas. 


A los meses, Alessio había contratado un maestro de escuela del pueblo aledaño, para instruir en la lectura y escritura, a todo el personal a su servicio, que serían unas treinta, entre el personal y sus hijos. Más tarde, esa labor la ejercerían los alumnos más adelantados, que recibían certificados de grado por exámenes que rendían ante autoridades educativas del poblado.

 

Dentro del personal de servicio en la Casa Grande, había una morisca descendiente de español y mulata, mujer de un integrante de la peonada pero sin hijos. La muchacha de nombre Niki, llamaba la atención del científico por el zarandear de sus caderas al caminar y por lo diligente y coqueta al atenderlo.

Al referirse a su nacimiento contaba el abuelo, que en una de sus expediciones científicas hacia la selva amazónica, dentro del personal de servicio acompañante, Alessio su padre, se llevó al peón y su mujer. Al mes hubo un regreso intempestivo de una parte del personal, entre ellos Niki porque Alessio se había envenenado por ingestión de mercurio. Le prestaron la primera atención médica para desintoxicarlo y aliviar el dolor gastrointestinal, pero el diagnostico era de extrema gravedad y se mantenía casi que en estado de inconsciencia. A la siguiente noche de su estadía como enfermo sin proceso de evolución efectiva y mantenido a base de calmantes, Niki, pasada la media noche y en tanto que los demás dormían, se encerró con Alessio y mientras él agonizaba sin ninguna lucidez, le suministro un brebaje indígena para las náuseas y la purificación. A las tres de la mañana y después de un vómito negro y baja de la fiebre, Alessio mostró signos de comunicación cuando ella le lavaba la cara y el resto del cuerpo. Él le tomó los dos brazos atrayéndola para acoplársela encima. Ella entendió el mensaje y sin ningún pudor y con mucha paciencia, ambos colmaron sus deseos de incontinencia. 


En una manifestación que sus allegados consideraron de un acto de vida antes de la muerte, Alessio con un sofoco de voz, pidió que no quisiera visitas ni siquiera médica, que solo debiera entrar Niki para ayudarle en sus necesidades fisiológicas, mientras llegaba la hora de su muerte. Y durante una quincena de días de soles y lunas, dieron rienda suelta a una desbordada pasión que dio como fruto, el acto generativo de la gestación del abuelo.

 

—Gracias Niki, en los delirios de inconciencia pensaba en que tú me salvarías y así fue. Por mi apego a las ciencias y mi posición de no creyente, siempre he tenido confianza en la medicina natural. 


—Calma patrón, aún no está del todo bien

 
—Desde mi entrada a la hacienda y a pesar de que eras mujer ajena, tu cuerpo bien formado y tu bonito rostro fueron una constante atracción para mí. Por mi trabajo nunca tuve la presencia de una compañera a quien amar. ¿Quieres ser mi mujer? 


—Ya soy tu mujer y quiero tener un hijo contigo. En tres años Pedro no me preñó y para cuando regrese debo estar embarazada y esa será mi excusa para haberle puesto los cuernos. 
 

Pedro, el peón marido de Niki, a su regreso meses después, hubo de aceptar la infidelidad y con el tiempo desapareció de la Hacienda. Después del alumbramiento del abuelo Carlo, Niki se hizo amante del bisabuelo por veinte años más, cuando Alessio murió de un ataque al corazón a los cincuenta y tres años de edad.

 

Sus últimos años en los que ya Alessio no viajaba con frecuencia, los había dedicado a traducir al inglés e italiano, sus trabajos de investigación relacionados con estudios biológicos, climatológicos, geográficos y ambientalistas del ecosistema amazónico, ante la necesidad de mantener ese hábitat libre de depredación. Sostenía que la degradación forestal estimulada por la tala y quema indiscriminada de grandes extensiones de árboles, para la sustentación de tierras cultivables y producción de madera, estaban provocando una enorme emisión de CO2 a la atmósfera y un deterioro de su sistema hidrogeológico que le proveía de sus propias lluvias. Advertía sobre los efectos negativos de la industria minera, que se expresaban en la contaminación de las aguas superficiales y subterráneas, del aire, suelos, vegetación, fauna, además de la intoxicación por efectos del mercurio y otros residuos cancerígenos provenientes de la actividad minera.

 

El abuelo Carlo nació y creció bajo la tutela de sus padres Alessio y Niki, adosado a la siembra, recolección, fermentación y el secado del cacao. Para la recolección y almacenamiento del fruto, entre viaje y viaje junto a los peones, se terciaba cada vez una cesta de mimbre a la espalda y las tijeras y el machete a la cintura para desgarrar el fruto de la planta y llevarlas al centro de almacenaje bajo techo, donde el fruto aún sin abrir se guardaba en las cestas durante unos cinco días, necesarios para fomentar el desarrollo de procesos bioquímicos en el interior del fruto. Luego se codeaba con los jornaleros en la tarea de abrir el fruto para separar la pulpa y la cáscara y extraer las almendras de cacao, que eran colocadas en bandejas de madera con drenaje y bajo un ambiente aireado, con el propósito de fermentar los azúcares de la pulpa que cubren los granos para formar las sustancias precursoras del sabor y aroma del chocolate. Por último intervenía en la fase del secado, cuando las almendras se extendían sobre largas plataformas de madera o bambú, exponiéndolas a la radiación solar en forma gradual y por días para controlar la humedad. El secado era el último proceso de los elementos físicos y químicos del cacao, que en definitiva darían origen a la aromatización y saborización del chocolate.

 
Pero además, el abuelo de joven se hizo un jinete extraordinario y buen vaquero, promoviendo y participando en torneos de toros coleados de la región. Así como caracoleaba sobre un caballo y corcoveaba atenazado a los cuernos de un toro, el abuelo de joven, corría a escondidas detrás de la mujeres e hijas de la peonada y de familias del pueblo circunvecino a la Hacienda. Se inscribió en la Universidad con el propósito de estudiar Ingeniería agronómica, pero ante los constantes viajes a la hacienda para atender su administración, hubo de abandonarlos definitivamente. 

 

Por un embarazo de noviazgo, se casó con una madrileña, cuya familia había migrado a estas tierras y vivían en una Villa situada en una colina, colindante con el mar y el hato ganadero de la familia, que les servía de posta para la comercialización ilegal del oro y piedras preciosas. A Isabel la conoció en una verbena. Fue en las terrazas de un jardín adornado con faroles y cintillos de colores, cuando la sedosa música de un bolero, lo sedujo a invitar a bailar a una joven bonita y de ojos azules.

 
—Puedo saber tu nombre ¿Cómo te llamas? 


—Isabel ¿y tú? 


—Me llamo Carlo. Por las facciones de tu rostro pareces extranjera. 


—Soy madrileña de nacimiento; pero tú también por tu porte y el nombre pareces de ascendencia italiana. 


—Mi padre nació en Milán, próximamente debo viajar a Italia para tramitar la doble nacionalidad. 


— ¿Qué estudias y dónde vives Carlo?  ¿Por qué no te había visto antes? 


—Estoy inscrito en Ingeniería, pero he congelado mis estudios porque debo atender la gerencia de una hacienda de cacao muy cerca de aquí.

 
— ¿Será la Hacienda Paraíso, entonces tú eres el heredero de Alessio Bounichelli? 
Carlo la atrajo un poco más y ella se dejó llevar. 


—Bailas muy bien, ¿Tienes novio? 


—Ahora no. 


Isabel recién salida de un tormentoso amorío, le mostró su orfandad y desolación amorosa pegándose a su cuerpo para rozarlo con su vientre y sus muslos. El abuelo mordió el anzuelo y la abuela Isabel se embarazó y así vino al mundo Giuseppina, la madre de su nieto Luis.  

 

Fue día cualquiera de abril, estando el jardín recién afeitado por los animales de corral y  bañado por un radiante sol, cuando Carlo e Isabel, ambos con veinte años, se casaron en la Casa Grande con la asistencia privada del jefe civil y del cura de la Iglesia del pueblo. Los asistentes a la boda eran en su mayoría familiares de Isabel y algunos prominentes hacendados, dueños de hatos, proveedores y clientes de la “Hacienda Paraíso”. Después del matrimonio Isabel se mudó a la hacienda, donde convivió su felicidad con sufrimientos por las andanzas mundanas del abuelo. A los dos años de su parto, la abuela Isabel murió de una fiebre palúdica, que rápidamente ataco sus defensas y desembocó en un cuadro clínico trombo embolico y hemorrágico, que afectó su ritmo cardíaco. Cuenta el abuelo años después, que fue la primera y única vez que vio su cara al espejo sepultada entre sus manos y salpicada con lágrimas. Es así, que la niña Giuseppina quedó bajo la tutela de sus abuelos maternos.

 

Este percance mortal, conllevó a ahondar las diferencias entre las familias Bounichelli y Avellaneda. La parentela de Isabel Avellaneda acusaba al abuelo Carlo, de ser responsable directo de la muerte de la joven, por el escarnio al que consideraban, la sometió desde el noviazgo, a causa de unos desvaríos falderos y mujeriegos del dominio público. Pero al referir Niki sus cuitas con su nuera, Isabel le confesaba, que la discordia de su padre provenía más de su apetencia económica que del afecto sentimental, porque a sus espaldas la había comprometido con el hijo de un próspero productor ganadero colindante con el suyo, con la idea de crear un emporio pecuario. El compromiso fue todo un fracaso e Isabel rompió esa relación a despecho de su padre. Luego, sus amores con el abuelo Carlo fueron tormentosos, ante la oposición de la familia, al valorar que su linaje español estaba muy por encima de ese mestizaje italiano.  Así, la morisca Niki, se hizo confidente de un capítulo de novela de Isabel, iniciado con su nacimiento en una vivienda en la Casa de las Flores del distrito Chamberi de  Madrid, hasta su fuga apasionada entre besos y caricias, sobre las ancas de un brioso caballo conducido por el abuelo Carlo, galopando por la montaña, la llanura y luego bajar la loma y aminorar la cabalgata, con el trote a la orilla de la playa del Paseo Colón, para llegar a la Hacienda Paraíso, donde días después se efectuó su matrimonio con la asistencia irritante de sus familiares.

 

 

El abuelo ya de adolescente, montaba un brioso caballo y se terciaba en la cintura un revólver para dirigirse al poblado, a hacer visitas y diligencias personales o relacionadas con la Hacienda. El establecimiento principal para la compra de víveres para el hogar y labranza de la tierra, era el bodegón “La Fontana” regentada por el alemán Hanz. La primera vez, que el abuelo se presentó al negocio hizo buena amistad con Hanz, quien luego de reconocerlo como el quinceañero hijo de Alessio, le contó además de otras cosas, acerca de cómo en un viaje turístico conoció en este pueblo a Alexia, una jovencita mulata de apenas dieciséis años para entonces y él de cuarenta y siete, a quien embarazó y luego hizo su esposa para hacer vida juntos. De eso hacían catorce años, edad que ahora tenía su hija mayor Teresa, además de un varoncito de diez años.

En cierto momento de la conversación, Carlo quedó impresionado al ver merodear por los estantes dentro de la tienda a una joven y hermosa mujer de color ébano, de rostro anguloso con unos ojos almendrados coloreados con tonalidades entre verde y amarillo y su cabellera negra que se abrazaba a una espalda nacarada que dejaba libre su blusa. Ella al acercarse al mostrador para colocarse al lado de Hanz, dejó ver en su vuelo, una silueta de caderas ondulantes y una mirada perturbadora e insistente que el abuelo resistió. Tan aturdido estaba y en las nebulosas andaba, que sin pensarlo dijo: 


—Con todo respeto Herr Hanz, pero es preciosa su hija Teresa 


—No, figlio mio, ella es mi esposa. Alexia, conoce a Carlo el hijo del dueño de la Hacienda Paraíso. 


— ¿Carlo? Bonito nombre para un muchacho encantador. Mucho gusto, aunque ya te había visto de lejos en varias ocasiones, cuando escoltabas a tu papá por el pueblo y también sé de tu participación en las competencias de toros coleados. Eres bien desarrollado para tu edad y tienes un cuerpo atlético. 


Carlo desentendiéndose de los halagos y de esa mirada solícita, que ya conocía en ojos de otras mujeres casadas que le rodeaban, se aprestó a decir:

 
—El gusto es mío señora Alexia. Un placer conocerla 


—Traeré a nuestra hija Teresa para que la conozcas –y tendió una estela de aromas al alejarse hacia la parte trasera del negocio. 


El joven abuelo Carlo de ese tiempo, aún impresionado por la cadencia de la mujer, pidió disculpas a Hanz por la confusión y este muy comprensivo le respondió que no había nada que disculpar, que ya estaba consciente de la impresión que causaba su mujer en los hombres.

 
Un mes después de unos fogosos amores con la niña Teresa, que salvo por el color de su piel blanca, tenía los mismos rasgos esculturales y danzantes del cuerpo de su mamá, el abuelo se decidió romper el cántaro y se citó con Teresa para que lo recibiera en su habitación. Esa noche, después de saltar una empalizada hecha de astillas de bambú y tantear a ciegas el pasadizo de la cocina, el abuelo se sentía más sosegado porque ahora ya podía caminar con los ojos cerrados por el corredor a oscuras, que conducía al cuarto donde lo esperaba Teresa.

 
La sombra de ella le salió al encuentro y le tomó de la mano y con la otra llevó un dedo a sus labios en señal de hacer silencio. El abuelo trataba de acallar su respiración y contener los latidos de su corazón, mientras un frío cadavérico le recorría la espalda. Pero ese riego de acceder a una joven casi que prohibida, le devolvió el calor al cuerpo y sintió un fuego abrazador de locura, cuando ella le tomó una mano para que le rodeara su cintura y juntaran sus cuerpos. En la oscuridad buscó sus labios y se dejó conducir para volcarse ambos en la cama de un cuarto cercano. Ya encima y en posesión de sus carnes se detuvo sorprendido, cuando una espiga de luna se asomó a la habitación y le vio su cara.

 
—Soy yo, Alexia, no hables y sigue  —dijo ella— mientras gemía y lo adhería a su humanidad con una intensidad salvaje. 


Pero el abuelo por un momento se había quedado congelado y su espíritu decaía

 
—No tengas miedo, eres todo un hombre. Sigue

 
Sus anhelos y deseos solapados por la mujer de su amigo Hanz, se reanimaron y la debilidad cedió. Ella tenía treinta y un años y el abuelo apenas quince. Una hora después de dejar satisfecha y dormida a Alexia en el lecho, al desandar el camino, le pareció oír el llanto contenido de una mujer en la oscuridad de aquel pasillo, que conducía a la habitación de Teresa. 


A partir de aquel encuentro nocturno con Alexia, dejó de visitar el establecimiento y encargó de hacer las compras al capataz de la Hacienda. Luego se enteró y dedujo que aproximadamente un mes después de aquel día, Teresa se había escapado con un muchacho de origen español, con quien se casó y vivía en la Capital. De regreso al establecimiento, observó que Alexia seguía tan hermosa como siempre y buscaba la oportunidad de coquetearlo y asecharlo de nuevo. El abuelo por unos cuantos años después, seguía saltando empalizada y escalando pared para sus encuentros a escondidas con Alexia.

 

Al regreso de los padres, Luis con trece años, siguió viviendo en la Casa Grande con su abuelo y cursó sus estudios de primaria y empezó el bachillerato en el Colegio Salesiano Pío XII, mientras su padre Abogado, su madre Giuseppina con doctorado en Filosofía y Letras y sus pequeños hermanos, vivían en un urbanismo residencial construido por la empresa petrolera Mene Grande Oil Company, donde el papá laboraba. Su mamá nunca ejerció y solo se dedicaba a labores sociales de la comunidad. Luis vivía con su abuelo en la Casa Grande, aquella donde abrigó junto a sus hermanos los momentos más felices e inolvidables de la niñez. El abuelo ya de adolescente adquirió una flota de barcos pesqueros, cuya administración compartía con la hacienda de cacao. El abuelo Carlo era alegre, dulzón y divertido. Hacía reír a todos con su buen humor y siempre tenía a flor de labio una sonrisa. Pero a veces trasmitía sensaciones de miedo, susto o pánico. Luis idolatraba de su abuelo la fantasía creada para relatar chistes, cuentos e historias. Él lo oía y al mismo tiempo lo veía entrar y sobresalir del mar como si fuera un pez, pues parecía formar parte de ese mar que bordeaba a la Hacienda por uno de sus linderos. El abuelo era contador de cuentos. Repetía una y otra vez sus historias cambiando los personajes y escenarios. Sus nietos se acurrucaban unos a otros ansiosos de sus palabras y a la espera de ese agudo final.

 

Un día cualquiera, el abuelo partió para realizar un largo viaje de negocios hacia las Antillas y la mamá de Luis se encargó por cierto tiempo de la Hacienda Paraíso. Nancy que por ahora dormía en la Casa Grande, andaba realenga porque Benito su hombre, había decidido acompañar al abuelo en su travesía. Luis ahora con catorce años, transitaba por la edad en que el pensamiento no le pone freno a las sensaciones y aparecen las primeras fiebres del delirio y la excitación de una pubertad en declive. Entonces llegaba a sentir una sensación de calor entre las piernas, que iba invadiendo todo su cuerpo en forma de contracciones e impulsos eléctricos y se abandonaba al placer de mojar sus pantalones. La leyenda sobre el castigo de Dios a Onán por el desperdicio del semen lo confundía. Sentía temor y hasta terror de recurrir a la masturbación. Pero sentía curiosidad por lo del acto sexual, el acto generativo con una mujer. Fue entonces, cuando un día temprano en la mañana, su mamá decidió hacer unas diligencias en la capital del Estado y le pidió a la ama de llaves que la acompañara, al tiempo que daba el día libre a las otras empleadas del servicio de la casa Grande. Como calculó que regresarían ya entrada la noche, dejó la encomienda a Nancy, que ahora era la asistente al ama de llaves, de hacer la limpieza normal de la casa y además con ayuda de Luis, realizar la mudanza desde una habitación a otra, de muebles, baúles y armarios que contenían objetos en desuso. Una mirada pícara se asomaría a los ojos de aquel atardecer decembrino, para purificar una velada, que dejaría por siempre en Luis, un apreciable sabor inacabable de intimidad.

 


Eran aproximadamente las dos y media de la tarde cuando al fin terminaron. Cansados y sudados se tumbaron sobre una colchoneta con la idea de descansar y dormir un poco. En la penumbra del cuarto y sin ninguna intención, Luis buscó con la mirada a Nancy y la distinguió con sus ojos mirando con fijeza la inmensidad del cielo reflejado en el techo de la habitación, mientras en su mano izquierda sostenía el pichón de una perdiz. De pronto encogió sus piernas y al doblar las rodillas su faldita se corrió hacia la entrepierna, dejando al descubierto aquellos torneados muslos. El calor estival insoportable y el calor corporal de la excitación se juntaron, al mirar la semi desnudez de la moza, ilusionó la oportunidad de acostarse por primera vez con una mujer para ahogar sus fantasías eróticas. Fue entonces, cuando inesperadamente, ella se puso de pie para quitarse no solo la blusa sino también la deslucida falda, y se quedó en pañales con un sostén de tela que hacía notar los botones de sus senos y una enagua que por el sudor se plegaba a su esbelto cuerpo, dejando en evidencia unas bien moldeadas caderas. Ella se acostó de nuevo y con inocente indiferencia le dice: 


—Quítate esa franela y los pantalones, no ves que te vas a cocinar con este intenso calor 


—Me quitaré la franela, pero no los pantalones porque no llevo puesto calzoncillos 


Nancy enmudeció y se quedó en silencio con la mirada vuelta al infinito. Sigilosamente y con atino él levantó su enagua y la tocó. Ella le dijo “el coño de tu madre” y le lanzó un fuerte golpe a la cara. Pero al bajar el brazo, su mano inocente tropezó con aquel farol encendido, cimentado en una vellosidad incipiente y entendió que ya no podía resistir aquello. Allá abajo, las cenizas que  anidaba en su fogata apagada por días de ausencia desde la partida de Benito, habían tomado fuego con la brisa del deseo. Las esquirlas ígneas que dispersaba la brasa ardiente, le abrazaban los muslos y la entrepierna, acelerando los latidos de su corazón.     

 
—Ay niño Luis, ¿Usted cómo que quiere dejar de ser niñito? 


Luego siguió acostada sin mirarlo y algo pensativa. Y sucedió que de repente tenían los cuerpos atados con sus brazos. Las manos de Luis se aferraban al fragor de las carnes de Nancy que hervían, en tanto se aceleraba el ritmo de los cuerpos. Dentro de ese paroxismo de querer morir de gusto y placer, al rato, un bramido reptiliano del joven irrumpe en la habitación. Minutos después, al regresar del letargo agónico, Luis notó que Nancy aún gemía con los ojos cerrados. El corazón que Luis le amarraba con la mano apretada sobre su seno izquierdo, latía apresurado y en sus dedos yacía la perdiz asfixiada. Luego, ella abrió sus ojos, lo miró y se sonrió.

 
—Muchachito del carajo, que ni el negro Benito carga al cinto un machete panga tan afilado, ni corta la maleza en la plantación con tanta furia. ¿Te quedan fuerzas para repetir, mi niño Luis?


— Nancy, si quieres por estas noches y mientras regresa tu marido, yo muevo el escaparate que cubre el marco sin puerta que separa nuestros cuartos, y así, me remedias en las noches, la misma medicina  de cuando estaba pequeño.

 
—Tu abuelo nunca me pidió que te sirviera de amante, algo inventaré para quedarme a dormir por un tiempo en la Casa Grande. Este será otro secreto entre nosotros.

 

Pero el abuelo no era tan tonto y tiempo después, sometió a confesión a Nancy, lo que ella aprovecho para hablarle al abuelo de una conducta desvariada de Luis. Decía Nancy que luego de un acto sexual normal, Luis le lloraba abrazándola y besándola con tal ansia y fuerzas que la inutilizaba, dejándola cansada y casi mareada. Al abuelo no le quedó dudas de una reaparición del Complejo de Edipo, en su nieto Luis, ahora en la pre-adolescencia. “Difícilmente en su vida superará  ese síndrome —se dijo— siempre en una búsqueda inconsciente de la imagen de una madre amorosa, en la figura de una mujer algo mayor”.

Cuantas veces e incluso en años recientes, Luis en cama de mujer ajena, hubo de invocar y recitarse de memoria y en toda su extensión “La casada infiel” del cantor al amor y dramaturgo granadino  Federico Corazón de Jesús García Lorca: “Y yo que me la llevé creyendo que era mozuela, pero tenía marido…”

 

El abuelo también escribía versos, hacía arreglos y con el cuatro llenaba a sus nietos de canciones y leyendas. Tenía una inclinación natural para ello porque era un lector empedernido. La biblioteca heredada de su padre, era prolija. La cuidaba como a la niña de sus ojos. Sabía el nombre y ubicación de cada libro. El mismo se encargaba de su limpieza. Nadie podía tocarlos. Por fortuna solo Luis, su nieto preferido y a quien le había enseñado a ser disciplinado en eso. De allí nació su voracidad por la lectura y el abuelo lo ayudaba en la comprensión. Además el abuelo iba al cuarto de los nietos cuando ellos los acompañaban, y se aventuraba a que le prestaran atención a sus lecturas. Los otros se dormán quizás por la tierna edad y mientras él leía, Luis lo escuchaba y elaboraba en su mente otra historia sobre la historia que le leía.

 
Nunca le dieron una explicación, ni tampoco él la pidió; pero el abuelo y su madre a pesar de su posición económica y social tenían tendencias socialistas. Quizás era influencias de sus genes o de sus lecturas. Luis heredó eso y así fue como de liceísta y universitario antes de ser ingeniero, se hizo comunista y convivió como guerrillero urbano y luego guerrillero rural, al alistarse en un frente de combate en el cerro “El Bachiller” del Estado Miranda.

Al regreso de los padres, Luis siguió viviendo con el abuelo en la Hacienda Paraíso. Éste con la edad fingía síntomas depresivos con la idea de mantener al nieto a su lado, aunque la cercanía de ambos hogares permitía la comunicación permanente. Pero las vacaciones escolares eran exclusivas para la convivencia con padres y hermanos en el urbanismo residencial. Sin embargo, en la  profundidad del amor maternal, se había sembrado la impronta de los espacios vacíos, del diálogo silente y voces de ausencia, que Luis aún adolescente, buscaba cubrir con años de amor y soledades, en brazos del cuerpo redondeado en palabras amorosas de una mujer, de una novia, de una amante. Y siempre, pero siempre allí y en momentos apremiantes, estaba el abuelo, para canalizar inquietudes, sentimientos y emociones al borde de lo indecible.

 

Es solsticio de verano el 23 de mayo. Ese día coinciden la entrada de las lluvias, el comienzo de la recolección de  cosecha y el inicio de Fiestas en adoración a San Juan Bautista, una tradición afro descendiente, basada en la imposición de divinidades por parte de la Iglesia Católica, para contra restar las teorías de nuestra ascendencia extraterrestre.  En la noche de ese día, en la población marcada al pie de la Hacienda Paraíso y al ritmo de tambores, se dejan ver la instalación de los altares en casas y calles. La noche es larga y transcurre acompañada de licor. En la mañana del 24, bien temprano, se prepara el santo en la casa donde está guardado y luego, es llevado a la iglesia acompañado de devotos y seguidores, para recibir los honores de una solemne misa. Una vez concluido el acto religioso, se inicia la procesión con el repique de los tambores y el bamboleo del santo en hombros de feligreses y mediante paradas, va recibiendo las dádivas, agradecimientos y reconocimientos. Los bailes que se dan en cada parada, se acompañan con el ritmo batiente de los tambores, las bebidas y los fuegos artificiales, En el baile, el hombre y la mujer se acosan y escurren entre ritmos eróticos y provocadores. Todos llevan pañuelos de colores que agitan durante la caminata. Los músicos, cantores y bailadores entran en un estado de éxtasis, al calor del típico brebaje alicorado por tres días del 23 al 25 de mayo.

 

El día 24 y como siempre bajo fogatas en la noche, se va a celebrar la fiesta para los trabajadores de la Hacienda Paraíso. En la madrugada, ya el abuelo Carlo se había levantado, despertado por el olor más agradable de la vida, el del desayuno. Luego de cepillarse, se enjuagaba la boca al lado de la pila de agua,  que queda frente a la cocina, donde en ese momento se colaba el café y se molía el maíz para tender las arepas del desayuno. Mientras, veía a un peón hendir el hacha en unos troncos  que servirían de leña para avivar el fuego del fogón.  Después de lavar y secar la cara más su rubio cabello, el abuelo Carlo, tomó una tapara y la llenó de leche recién ordeñada.

—Dese una vueltecita por los corrales mi niño Carlo, que pronto le serviré el desayuno —le habla Micaela, la vieja cocinera de la Casa Grande— y dígale a mi hija Casilda, que traiga esas gallinas que vamos a preparar para la fiesta de esta noche.

Allí estaba Casilda, en aquel basto gallinero lleno de aves de corral. Vestía toda de amarillo y calzada de alpargatas con puntos negros, que más parecía una mariposa colgada de una flor de mayo. Juntaba a su cintura una lata llena de maíz, cuyo ruido al golpearla para llamar la atención, se perdía ante el estruendoso cacareo de las gallinas.

—Tranquilas mujercitas o me voy y se quedan sin comida —decía, al tiempo que seleccionaba a las que le echaría mano. 

Colocó el envase a buen resguardo, se acercó y cerrando algo los ojos, atrapo una con cada mano y las llevó a la cocina, cuando ya en el camino le había torcido el pescuezo. Cinco viajes y diez gallinas, se adosarían a un ternero y dos cochinos, que habrían de trocear para la festividad del día de San Juan de la peonada de la Hacienda Paraíso.

 

Al terminar el desayuno, y ya ensillados por el capataz de la Hacienda, tanto el abuelo Carlo como su nieto Luis, montan en sus caballos de raza andaluza, utilizados ocasionalmente tanto en las festividades de toros coleados como para visitas a la vecina población.  En esta oportunidad se dirigían comprar la confitería, juguetes, aguardiente y refrigerio, que había prometido a la peonada e hijos, para la celebración de la cosecha del cacao y la festividad de su santo patrón San Juan Bautista. Hicieron parada en una cantina, amarrando los caballos en el palenque que bordeaba la entrada del local. Pasando entre las mesas se dirigen a la barra, que atendía el portugués Bartolomeu, quien al verlo tomó una botella de la estantería y sirvió un vasito de ron, que el abuelo consumió de un solo trago.

—¿E o jovem que quer beber?

—Sírvame una CocaCola bien fría

—Agora sirvo jovem Luis

Gracias Bartolomeudice el abuelo Carlo— y sírvame otro trago, que tengo la garganta seca

Al rato Luis se dirige al urinario y mientras orinaba, escuchó dos disparos. Al salir rápidamente del baño pensando en el abuelo, lo ve flaqueando en su caída al suelo, con una mano sobre su hombro izquierdo que sangraba en forma abundante. Asistido por otros parroquianos, es llevado al Centro Asistencial. Afortunadamente la herida fue leve y sólo le rozó el hombro, ameritando un vendaje  y la colocación de un cabestrillo. La experticia en sitio a la concha de la bala determinó el uso de un revolver 38 disparado por un sicario, que huyó del sitio en un jeep que manejaba otro acompañante. Las averiguaciones seguirían, pero al abuelo Carlo no le quedaban dudas de la injerencia de la familia Avellaneda en el hecho. Cuarenta años transcurridos, no eran suficientes para lavar la afrenta sufrida por los Avellaneda, cuando el abuelo raptó de su lado a la niña Isabel  para convertirla en mujer. Las compras del día, las complementó Basilio, el ahora capataz de la hacienda.

 

Nancy de soltera y luego de maridaje, era la “Shakira” en el baile de tambor de toda la Hacienda y Luis su alumno más aventajado en ese baile, cuyo ritmo lo marcó como un ícono en su vida. Aunque tiempo después y ya cursando el bachillerato en el Salesiano Pio XII, suplió en esa sensualidad de la joven mulata por la imagen de Salomé, la hija de Herodías, que pidió a su padrastro Herodes Antipa le entregaran en bandeja, la cabeza indecible de Juan El Bautista. Esa suplencia se produjo, cuando a escondidas se coleó en el cine Rio donde una bailarina llamada Salomé, en faldita corta de muslos al aire, con vientre al desnudo y dos tapas doradas cubriéndole los senos, convulsionaba su cuerpo con la epilepsia danzante de un fox-trot. Esa escenografía, indujo a Luis para adentrarse en la lectura y recortes de escritos, sobre los misterios putañeros de la senda religiosa, que luego le valieron junto a otras gilipolleces para su expulsión del Colegio Salesiano. Unos quince años después, Luis aún relaciona el crecimiento de su estatura con ese aprendizaje de baile. De pequeño Nancy al ilustrarlo en el movimiento de cintura, lo empujaba para darle vueltas sin soltar sus manos y al regresarlo, por su pequeña talla, su rostro se incrustaba en la falda donde justamente se escondía una semilla embrionaria, que se aromatizaba con la sudoración de Nancy. Años después, con más o menos diez años, en ese envión para juntar cuerpos, su cara chocaba y quedaba prensada en la hendidura que separaba sus turgentes senos. Al cumplir los trece, Luis con todo su cuerpo in crescendo, la había nivelado en estatura y el roce corporal de sus muslos, el obligo y las bubis contra su humanidad, por los movimientos eróticos de cintura y caderas, lo excitaban. Nancy se dejaba atraer por la cintura juntando cuerpos, mientras Luis con las hormonas alborotadas, pero respetando a medias su condición de mujer ajena, sólo buscaba sorber el aroma achocolatado que emanaba de su cuello.

 

  

El baile del tambor como tal, se caracteriza por movimientos y quiebres violentos de cintura, cadera y región abdominal, pasos cortos con vueltas y giros rápidos, mientras mantienen los brazos en alzada para menear todo el cuerpo. Es un baile dinámico y alternante que conlleva imaginación corporal y disposición gestual. Es de tal inmensidad que aparenta ser una batalla amorosa y extenuante entre el hombre y la mujer, que mientras bailan, se acosan mutuamente en forma provocadora al son y ritmo ferviente de unos tambores.   

 

Las mujeres en faldas floreadas recogidas con sus manos, junto con los hombres pañuelo en mano, hacen filas separadas moviéndose al ritmo del tambor. Precisamente esa noche, Luis nombrado jefe de parranda, le corresponde dar inicio al baile de tambor. Doblando rodillas y mostrando cadencias de cintura al bailar, se acerca e invita a Nancy, que cimbreando caderas al compás del tambor, se le encima con movimientos rotatorios y eróticos de cadera, como ofreciendo su sexualidad, luego hace giros de saltos y pasos cortos alrededor de sí misma y ahora se viene de espaldas ofrendado  su trasero, todo ello, con la intención de aplicarle una zancadilla para tumbarlo al suelo y luego ventilarlo con su falda recogida. Luis evade la trampa, revertiendo el paso y como el cortejo del gallo a la gallina, la ronda y se le encima para hostigarla con ondulaciones abdominales y de cintura. Ambos giros danzantes de asedio y ruptura, constituyen una alegría y emoción, tanto para los demás bailadores como para el público que acompaña la parranda. Pero al final,  Luis acorrala a Nancy contra un árbol paralizando sus movimientos y sin roce alguno, la hostiga con movimientos acelerados de erotismo, que la obligan a levantar sus brazos en señal de rendición, lo que arranca aplausos de los asistentes. En ese momento la pareja de Luis y Nancy rompe, anunciado por la baja tonalidad de los tambores  y otra pareja de baile hace la mudanza, saliendo al ruedo para continuar la danza. Nancy, presa aún de una sonrisa nerviosa y turbada por el momentáneo apetito sexual que le provocó la bailo-terapia, tomó de la mano a Luis y se alejaron del escenario para dirigirse a reposar en unas tumbonas, donde pasaron toda la noche y parte de la madrugada, conversando de baile, música, películas, novelas, que constituían una pasión y sinónimo de vida para Nancy. No solo bailaba bien todos los ritmos, sino que tenía una melodiosa voz para la interpretación de boleros. Ejecutaba con sobriedad instrumentos como el cuatro, la guitara y el viejo piano  Steinway, que se trajo de Italia el bisabuelo Alessio. Llegó a amenizar con su versatilidad, las veladas ocasionales que se daban en la casa Grande.  Esa cultura autodidacta de Nancy, adquirida sin estudios de académia y extraída de la radio, la TV, el cine y la lectura, llamaba la atención de Luis. Muchas veces llegó a pensar, que Nancy era una hija Ilegítima del abuelo, producto de una sus aventuras amorosas con mujeres de la peonada. Ella también fue su tutora, en la modulación y vocalización del canto, lectura de partituras y ejecución de instrumentos de cuerdas.

Esa noche, Casilda la hija de la cocinera, se encargó de la fermentación de sus estómagos y cada cierto tiempo, les proporcionaba el caldo de gallina, la parrillada de carne de ternero y cochino con tortillas de patatas y legumbres y para refrescar un termo de agua de papelón con limón, porque no tomaban alcohol. Siempre les llegaba alguien, sobre todo el abuelo Carlo, para amenizar la tertulia con un chiste, un cuento, una anécdota. Fue tan entusiasta y productiva la charla, que al final a Luis le provocó y Nancy no se resistió, en darle como despedida un abrazo, más un tierno y fugaz beso en cada mejilla. Lástima que el destino no se apiadó de Nancy y la buena vida que merecía llevar, se tornó en un infierno.

 

Un lunes cualquiera y después de su retorno de U.S.A., a donde lo enviaron sus padres por dos años, luego de su expulsión del Colegio Salesiano Pio XII por causas de conducta indebida relacionada con símbolos y personajes de la religión católica, Luis acompañado por la soledad de los recuerdos, transitaba sin rumbo por las calles asfaltadas y bordeadas de casas de aquella Urbanización, asentada sobre el terreno de lo que alguna vez fue  La Hacienda Paraíso. La molienda inexorable del tiempo y la mano constructora de la modernidad, se llevó todo vestigio latente de lo que fue parte de su niñez y juventud. Sólo quedaba el murmullo de gente adinerada, expulsando su banalidad improductiva, ante  un revuelo de hojas secas, que cubría la sepultura de lo que fue parte de la riqueza agraria del país.

Esa misma noche oscura, profunda e infinita con aroma a nostalgias, e impregnado aún por esa narcosis de ensueños, extendida hasta cuando la aurora matinal amenaza con desteñir el lunar de la noche, Luis  en ese vivir la vida y desandar lo vivido con los recuerdos, se vio transportado en el tiempo para revivir los memoriales de aquella edad tan feliz, a través de una brisa cálida y mensajera, que se niega a alimentar las ausencias sin retorno y las soledades sin remedio. En su letanía evocó a Nancy, la primera mujer que humedeció, al forjarse el dejo de su niñez. Nunca más supo de ella, aunque la reconocía por una historia sin destinatario del abuelo,  al narrar  que después de acompañarlo en un largo viaje por las Antillas,  el negro Benito regresó adinerado y compró una casa para vivir con su mujer Nancy. Pero como todo no es perfección, además de dinero, el negro Benito adquirió el vicio del alcohol. Así fue que conoció a un amigo, a un perro realengo, callejero y sarnoso. Pero un perro  de esos que asoman su inteligencia luego de que alguien les tiende la mano y los cuida.  

Se conocieron por las andanzas de su ahora protector, en su sobrio ir al bar de Bartolo y de regresar borracho a casa. Siempre por esa calle empedrada y llena de perros vagabundos.  Calle que los unió para convertir al Negro Benito y Mandarín en amigos fieles.  A media noche, se les veía trajinar por el empedrado en ambigua confidencia. El hombre dando tumbos y relatando incoherencias. El perro apenado le miraba y a la vez oyéndole, movía el hocico en señal de afirmación.

 

Nancy la mujer de Benito llena aún de carnes firmes, estaba harta de esperar para ayudarlo a desvestir y acostarlo, cayendo en la profundidad de un aletargado dormir. Pero desde un tiempo cercano, no le guardaba consideración alguna. Había encontrado tiempo y manera de revelarse a la amargura de un maridaje truncado por el alcoholismo. Al tenderse en el lecho matrimonial, ella se volteaba hacia la pared, y mientras se hacia la dormida, evitaba cualquier capricho de contacto carnal.  Ahora Benito se acostaba vestido y siempre al pie de la cama se echaba su perro Mandarín.

 

Un día cualquiera después de acostado, el Negro Benito por vez primera pudo oír los gemidos de su perro, que siempre lo llamaba después del anochecer para que mirara a su alrededor. Subestimando el quedo ladrido del animal, que cual persona desesperada le llamaba, al despertar, el hombre le dio un manotazo sobre el lomo para hacerlo salir del cuarto. Aun así desde la puerta entreabierta y todavía adolorido Mandarín seguía aullando y volteando hacia el pasillo, como instando a su dueño a seguirlo. El hombre sacudió las sabanas llamando a su esposa:

 

 –Nancy, Nancy

 

Pero nadie le contestó  porque no había más nadie en la cama.

 

— ¿Y qué se hizo esta mujer?

 

Y volvió a llamarla mientras se levantaba y salía al corredor en su búsqueda. Ahora Mandarín más alejado le llamaba moviendo la cabeza y el hocico de arriba a abajo.

  

 — ¿Pero aún no amanece? ¿Dónde andará Nancy?

 

 

Dando traspiés siguió a Mandarín que meneando la cola lo conducía hacia el bar de Bartolo. Había luces y se oían voces. Empujo la puerta entre abierta y con sorpresa vio a su mujer Nancy sentada en una mesa y con un vaso en la mano haciéndole compañía a su compadre Bartolo. También pudo distinguir a una mujer de mala reputación y un desconocido vestido de marinero, que sentado al lado de su mujer, le pareció que le manoseaba los senos.  Pero el compadre Bartolo le rompió los malos pensamientos y con un vaso lleno de aguardiente se le acercó diciendo:

  

 —Brindemos por usted y la comadre Nancy. Beba compadre y no se preocupe por los tragos que la casa paga.   

 

 

El Negro Benito apuro el trago y Bartolo le acercó el otro rápidamente.

 

Faltando tres horas para el amanecer Benito era llevado en volandas por su mujer y el marinero que se sentaba a su lado y a quien Mandarín no dejaba de gruñirle. Al llegar a casa lo acostaron y apagaron la luz. Mientras, el perro levantaba una pata para adosarla al pecho de su amo, con la idea de contarle algo más que su amo no sabía.  Ahora el perro ladraba quedamente tratando de despertarlo, pero con la resignación de no ser escuchado, se quedó dormido. 

 

Después de un silencio,  algo brillo en la oscuridad y se oyó un lastimero y ausente ladrido de Mandarín. Luego se percibió un ajetreo de raros movimientos y luces con linternas en mano, tanto en la casa como en el patio. Más tarde, un poco más tarde, flameaban los prolongados gemidos de placer en otra cama, sobornados con la promesa de una inminente fuga hacia otra ciudad. Pero como las sombras de tiempos perdidos, la infidelidad no es eterna y tiene sus días contados.

 

En pocos días, Benito  que aún amaba a Nancy, sorbió el engaño y preparó su venganza. Degolló al marinero sobre el cuerpo desnudo de su mujer y luego la obligó a cavar un hoyo, para sembrarlo al lado de donde yacía Mandarín. La desaparición del desconocido marinero no llamó la atención. Dicen que Benito hizo propósitos de dejar la bebida y junto a Nancy se mudaron a un pueblo vecino. Nunca más el abuelo logró contactarlos.

 

 

En ocasiones, el padre de Luis se hacía acompañar de su hijo, cuando salía a trotar los caminos rumbo a algún lejano alberge de tolerancia. El más asiduo, era regentado por un amigo o ex compañero de trabajo. Una casa de frente muy largo que al lado izquierdo tenía la puerta de entrada y un callejón que recibía los carros de visitantes y los camiones para abastecer el negocio. Del lado derecho se corrían seis ventanas de madera grande y ancha, con postigos abiertos para ventilar un poco, la sudoración de los cuerpos que se revolcaban en cada habitación. El recorrido de aquí para allá y de allá para acá de esa fachada desnuda de movimiento, era una distracción al cansancio del joven Luis por hacer el papel de monje a la vera de su papa y sus amigos en el Bar. 



El fin de semana anterior al encuentro con la humanidad de Lucinda, la llegada de ellos, fue recibida por las cortesanas del lugar con alegría y entusiasmo: 


—Llegaron los petroleros de la refinería de Puerto La Cruz 


Una vez allí ocupaban los rústicos bancos de madera al pie de la barra donde se servían las rondas. Al parecer había una especie de acuerdo porque las chicas no los acompañaban en la barra como se acostumbra. Se sentaban en unos muebles de madera en un pequeño salón que estaba separado del bar por una cortina de hilos coloreados por cuentas de plástico. En ocasiones, Luis se preguntaba ingenuamente el por qué a veces veía un hombre hablando con alguna de ellas y al voltear con discreción y regresar la mirada, habían desaparecido. Hasta que su viveza despertó. Sucedió, cuando le dieron para comprase un snowball o cepillado. Se encontraba con su vaso sorbiendo el hielo caramelizado cerca de la barra. Una de las chicas abrió la cortina, lo vio y se levantó su falda sin calzones abajo, diciendo:

 
— ¿Ese jovencito lindo no está listo para una mermelada como esta? 

 

El papá ignorante de que Luis ya había probado del néctar de esa flor, de lo caliente que estaba, tuvieron que retenerlo para evitar algo peor. Sin embargo, hubo un cambio de estrategia. Con el juego ya ganado, Luis cruzando las cortinas salió a sustituir a un centro delantero. Recibió un pase de feria y en un lance espectacular perforó la malla contraria. A la gritería de los hinchas, se unieron los aplausos en la barra del bar. La experiencia tomada de una mujer experimentada, le permitió responder a las señales en morse que trasmitía Lucinda, cuando preparando las rondas de cervezas en la cocina, percibía los impulsos eléctricos provenientes de sus palabras y roces.

Lucinda una descendiente de la tribu wayuu, era la esposa de Juan Cayupa, un obrero de la empresa petrolera, que cumplía trabajo en guardias diurnas y nocturnas. De unos veinticuatro años, Lucinda lucía un moreno azucarado, era alta y de rasgos finos, herencia quien sabe de un clan dominante. Una noche, Luis tradujo las señales que emanaban del par de luceros luminosos y de los pliegues que escondían la voluptuosidad de sus labios. Entonces, sucedió que como a la una de la madrugada, sin ser navidad se subió a un trineo desenfrenado, que en una loca carrera lo descarriló por lo infinito de los cielos. 


Casi todos los sábados, los más apasionados y fanáticos formaban las partidas de dominó en la bodega de los Silva. Pero era en la casa de Juan Cayupa, donde unos pocos compañeros de trabajo se citaban, más para ensalivar con la mirada a Lucinda, que por afición al dominó. Entre las incidencias del juego, se oían las chanzas, chistes y risas de “trancao”, “mataron esa cochina”, “mal jugador” “ahora viene el bonito”, “Lucinda, otra ronda de cerveza”. El papa de Luis más comedido por su fidelidad hogareña, se limitada a reírlos con serenidad y le decía a su hijo, que lo acompañaba a esas tertulias de juego  —vaya y ayude a la señora con las cervezas— Hasta que sucedió lo que le dejaron al destino en sus manos. 


Esa noche del sábado, Lucinda siempre pendiente porque formaba parte de sus sueños, notó la curiosidad disimulada pero ansiosa, con que toda esa noche Luis la buscaba con la mirada. Mientras el joven acomodaba las botellas vacías en la caja, ella se asomó al porche y midió cada segundo, cada milímetro en tiempo y espacio de las posibles reacciones de los contrincantes. En ocasión de una jugada que requirió la atención de los mismos en el juego de dominó, rápidamente regresó a la cocina, le enderezó la posición inclinada que tenía Luis hacia la gavera de cervezas en el piso y lo abrazó para estampar en su boca un beso adulto, que le ensalivó el paladar con un sabor azucarado parecido al papelón. Pronto se retiró y con el aroma del pecado aún licuado en la boca, le pregunta: 


— ¿Te gustó? 


Con la angustia y el sofoco que le produjo con el beso la congelación del aire en la laringe, Luis atinó a decir con voz entrecortada:

 
—Sí, mucho


—Ahora finges que te vas a dar serenatas con unos amigos y le dices a tu papá que no te esperen en casa porque vas a amanecer. Pero estás pendiente para cuando todos se vayan, te metes por el patio de la casa y me esperas escondido, que yo te abro la puerta cuando mi esposo se duerma.

 
— ¿Y después de esta noche? 


—Tranquilo, que yo me encargo de hacer los planes para cuando a Juan le corresponda hacer las guardias de trabajo de ocho de la noche a cuatro de la madrugada.  


Luis moldeo tantas veces y con tal afán el torso y espalda de Lucinda, que por muchos años llevó en la exudación de su cuerpo el aroma a caña dulce de su piel. 

 

Al hilar las historias de Lucinda en sus cuitas a la sombra de ese mundo íntimo que idealizaron, Luis la recuerda como una indómita, originaria del alto occidente del país. En la niñez ya resaltaba en su rostro los rasgos de una princesa indígena. Pero la estrechez económica, la obligada a colaborar en las duras tareas agropecuarias que sostenían a la familia. Entre tunas cardones y cujíes, pastoreaba unas veces y en otras andaba por los campos del circunvecino clan familiar, en la búsqueda de granos y tubérculos. Casi siempre en compañía del también niño Juan Cayupa, quien formaba parte de una prole cercana a su vivienda. 



Contaba ella, que un día en la tarde cuando tenía unos diez años y correteaba entre matorrales, sintió de repente un dolor abdominal debajo del ombligo, que la forzó a hincarse de rodillas y llevar las manos a su eje embrionario. Allí mismo y a solas sintió dolores de parto e invocando a sus dioses empezó a pujar y pujar, mientras sentía que su vientre se abría y sus manos se llenaban de sangre al tomar el niño que brotaba de su ser. Todo era un sueño; pero perdió el conocimiento y se transportó a una increíble introspección de felicidad ya radicada en su inconsciente. Esta le rebotó al subconsciente y se vio luego en el mismo sueño con indefinición de la edad, acunando en sus brazos a un bebe blanco criollo de sanado linaje. A su lado, bordeando sus hombros, sentía el abrazo amoroso de un joven de refinadas facciones y  bien parecido. No pudo olvidar jamás el rostro del joven de ese maravilloso sueño. 

 

Ese espejismo pasajero de verse dando a luz a su primer hijo, le dejó como tarea encontrar la clave del punto donde convergen sol y luna para templar mente y espíritu haciendo realidad los sueños. La crisis fue acompañada por la aparición de una disentería amebiana que se diseminó y contagió sus intestinos, además de órganos del cuerpo. Estuvo tendida en una hamaca, postrada, desfigurada, casi al borde de la muerte y sometida a baños de luna por diez años de convalecencia, que al fin pudo superar. Más otro año de trecientos sesenta soles, doce lunas y una lluvia, que empleó para volver a nacer y pensar en ir lejos donde darle sentido a su vida. Dentro de sus tribulaciones siempre recibió el apoyo de su tío materno que ejercía la autoridad del clan familiar, a quien contó las vivencias de su catarsis espiritual. Luego le tomó la promesa de ayudarla si sobrevivía a su estado agónico. Así, por años llevo cuentas de los pasos de sol y luna que convergían en una estela que en sus alucinaciones nocturnas confluían en una estrella que apuntaba hacia la parte este del país. 
Convino con su amigo y vecino Juan Cayupa en ir hacia el oriente del país y casarse con él sin necesidad de que aportara una dote. Su tío le había dado, además de una misiva de recomendación, lo suficiente para comprar una vivienda y sobrevivir ambos por algún tiempo, mientras se proveían de un trabajo. Solo que Juan debía cumplir con lo acordado de respetar su castidad. Ella debía encontrar al joven que los dioses le habían señalado como el padre de su primer hijo. La ventura dirigió a Juan hacia la refinería de Puerto La Cruz, fue contratado por Gulf Oil Corporation, pero inmediatamente fue transferido a la Mene Grande Oil Company y más tarde les asignaron una casa en la urbanización destinada al personal obrero y empleados de menor jerarquía dentro de la petrolera. Fue así, que Lucinda al ver por primera vez en persona a Luis, lo recordó como el joven que hacía10 años se le apareció en su visionaria gestación, para sentir el calor de su abrazo y que de nuevo anoche regresó a sus fantasías alucinadas, tal como lo estaba viendo ahora.

 

Un atardecer cualquiera recién a ese sábado por la noche, venían por esa misma calle y a paso ligero, Luis y tres amigos que acababan de jugar beisbol en el estadio de la escuela Guaraguo. Ahora, se dirigían a un terreno cercano para jugar parelita con las barajas de jugadores de las grandes ligas que compraban acompañadas de un chicle de hacer bombas en el Comisariato de la empresa. De repente, mientras los demás seguían en su carrera, Luis se detuvo impávido. Las barajas de cartón que traía en sus manos, cayeron zigzagueantes hacia el suelo. La mujer que gravitaba en sus sueños la noche anterior, la veía ahora en la misma posición y situación regando las matas del jardín. Al mismo tiempo, a ella se le volteó encima la vasija de agua que tenía en sus manos y quedó rígida con la mirada fija en el joven. Era mismo de hacía 10 años, que vio y del cual sintió el calor de su abrazo ya de joven adulto y que de nuevo anoche regresó a sus fantasías alucinadas tal como lo estaba viendo ahora. Despertando de ese mágico realismo  y al continuar sus rutinas, se siguieron con la mirada hasta desaparecer las figuras. Al soñarse en sus sueños mutuamente y luego verse igual que en esa realidad soñada, convinieron días después, que una telepatía onírica de sueños lúcidos compartidos, los había juntado para algo muy especial en la vida, algo de lo que ella por sus creencias estaba consciente.

 

Al mes del primer encuentro Lucinda estaba embarazaba, pero lo supo a los dos meses en una consulta al hospital de la empresa. Un día, a los cuatro meses, extrañamente su esposo Juan había salido a realizar unas diligencias fuera del perímetro de la ciudad. En esa cita meridiana en casa de Lucinda, fue la primera vez que Luis pudo moverse alrededor de la cama sin temor a tropezar en la oscuridad. A lo mejor debió ser un acuerdo entre esposos, porque ella quería hacer partícipe a Luis de ver y sentir a la luz del día, los primeros movimientos fetales del bebe. La conexión con el feto reflejaron a su tacto un revolotear de mariposas. Una o dos veces por semanas desde hacía dos meses, él le transmitía sus afectos nocturnos en besos y caricias, a través de los pliegues de la barriga de Lucinda. Ella siempre le decía: 


—No te encariñes ni lo asocies a tu proyecto de vida 


y le recordaba: 


—En cualquier momento desapareceré de tu vida, porque así está escrito

 
No imaginaba Luis que ese preciso momento simbolizaba el borde del precipicio que lo separaría por siempre de ese su primer amor consumado, con solo una pizca de catorce años de vida. Al siguiente día, Lucinda despareció y lo supo al averiguar la ausencia de notificación de la pactada cita nocturna pendiente para esa semana. Más tarde se enteró que la casa estaba en proceso de entrega, porque a Juan lo habían transferido hacia una oficina petrolera en otra región del país.

 

Dos años más tarde, cuando Luis cursaba el segundo de secundaria, se presentaron a la salida del Colegio Pio XII, Juan y Lucinda. Ella llevaba cargado a un bebe de dos años. Se saludaron, mientras Luis expresándole la bendición, recorrió con su mano la cabellera, espalda y pantorrillas del niño. Juan, discretamente se alejó a cierta distancia permitiendo a Lucinda expresarse:

 
—Por favor no digas nada, tengo miedo de que tu voz que aún atormenta mis sentidos pueda quebrantar lo que entiendes es mejor para los dos. A pesar de tu edad, fuiste increíble para el amor y me llenaste de cariños y afectos. 


Ella colocó su índice a mitad de sus labios en señal de silencio y continuó: 


—Obedeciendo a mis Dioses y por voluntad propia, te quise mucho. Tu silente amor de ahora, estará conmigo eternamente, aún después que mi espíritu tome el camino de la eternidad. De nuestro hijo no te preocupes, el llevará y vivirá mis sueños. Juan le dará su apellido y quizás tenga hermanos. Será un buen padre. Tiene buenos sentimientos porque fue capaz de entender y aceptar mis premoniciones espirituales. 


Se acercó le dio un beso en la mejilla y para reconocerlo, besarlo y bendecirlo, le tendió al niño. Al regresárselo, dieron la vuelta y se alejaron. Y así como llegó Lucinda a su vida envuelta en un soplo de brisa agradable, así entrañablemente desapareció de la vida de Luis, girando en ese infinito lleno de soles y lunas. 

Fin del capitulo I

Continuacion: Capitulo II  ¡Me gustas, pero tengo novio!

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  • Hola Gilbert! Queria invitarte a votar en la ultima semifinal del torneo. solo falta este duelo y la final. Aqui el link: http://www.tusrelatos.com/relatos/duelo-12-semifinal-3-3
    Agradecido Bella por la lectura, comentarios y la consecuencias con mis escritos. Un afectuoso saludo para ti.
    Lo que más recuerdo es a ese perro Mandarín, ladrando para despertar al que pasea en las calles con la botella en la mano, y su “vida” con Nancy, más que un “amor” es un engañado, es un sentimiento perdido y azorado. La última parte me deja con una emoción melancólica, una despedida del progenitor para vivir con el posible padre del niño. Que sigo y sigo y no acabo, pues que te digo; que me ha gustado mucho, resume todo este comentario. Saludos Luis.
    Literatura, es la expresión de la lengua. Aquí, en este cuidado texto, pones en uso la descripción plena de la “hacienda paraíso”, infestada por la pasión que emanan los personajes por medio de gemidos y pensamientos que salen a flote para terminar en los cultivos de cacao. Tu prosa me recuerda a la de Manuel Paino, con una forma de narrar en cierto sentido costumbrista; los sonidos del tambor y los bailes de la región, más una detallada historia del cómo fueron naciendo los personajes, liándose por los hombros del “abuelo” descrito como una posible unión de lo que se conoce ahora.
    Gracias tocayo luis c. por el apoyo y no temas en hacer la crítica que consideres necesaria. Eso es precisamente lo que fomenta el aprendizaje. Saludos
    Gracias Néstor por dedicar tu valioso tiempo en leerme. He podido cortarlo en varios relatos, pero opté por esta presentación. Saludos amigo.
    No había encontrado texto tan extenso antes en la página, pero vale la pena pasar por cada uno de sus párrafos, eso si, a tramos, como seguramente fue escrito. Ahí voy en los primeros párrafos disfrutando de tu texto tocayo.
    Luis, querido y estimado amigo. Acabo de terminar de leer tu publicación. Te juro que no imaginé que era un primer capítulo. No sé si este formato resiste a la Internet pero te prometo mi mayor voluntad para leer el resto.
  • Código Safe Creative: #1702172……

    Código Safe Creative: #1702172……

    A 119 años de su advenimiento el próximo 5 de junio. en el municipio Fuente Vaqueros de Granada (España). Pero fue un dieciocho de agosto de 1.936 que murió para renacer a través de su obra.

    PROLOGO De improviso se escucha el tableteo de metralletas desde helicópteros y detonaciones de bombas lanzadas desde aviones de caza. Con el ruido de la metralla, ya se oyen los primeros lamentos, gemidos y gritos que provienen desde una de las columnas del Frente Guerrillero Ezequiel Zamora alzado en armas contra el gobierno. Junto a sus camaradas de patrulla, corre a buscar refugio en las trincheras, pero una explosión estruendosa resuena tan cerca, que Luis ve la tierra abrirse a sus pies. Cegado, sordo y asfixiado, es lanzado por los aires junto a la Madsen que porta. Cae entre un espeso matorral, mientras un ruido infernal lo estremece y la cabeza es invadida por una especie de radiación. Se siente morir al sumirse en un estado de insensibilidad, de muerte. Quizás ya Luis levitaba en esa dilación temporal de vida después de la muerte. Quizás eran delirios de negación, en que lo imposible puede hacerse posible. El instinto agónico le lleva una mano hacia la pierna derecha, palpando la viscosidad de la sangre. Pero vuelve al estado de inconsciencia, y es cuando siente que el alma se le alarga cargando con la conciencia, pero sin querer soltar la carnalidad del cuerpo. En ese letargo entre vida y muerte, en esa montaña que ahora ruge y grita su ausencia, Luis veía o creía ver a Paola. La percibía vestida toda de blanco y llamándolo con los brazos extendidos. Pero, ahora duda. Mira unos portales luminosos a lo largo del sendero que va a una colina y se pregunta “¿Eres realmente tu Paola esperando mi regreso, o es simplemente la Muerte esperando para conducir mi partida?” El velo se desliza por un estado inconsciente, de pensar sin pensar, de actuar sin conciencia y queda al descubierto la desnudez de los recuerdos, al evocar sus Años de Amor y Soledades.

El seudónimo es por un anuncio en internet de Viillanueva del Segura en Murcia. Nací en Caracas-Venezuela de profesión ingeniero proyectista y mi nombre es Gilbert Bounichelli. Lector compulsivo de novelas porque desde niño el abuelo y mi madre fueron mentores de las primeras lecturas. Con apenas 9 años el abuelo me impuso el castigo de leer La Montaña Mágica y casi que no podía con el peso del libro. Sólo utilizo la palabra escrita para comunicar realidades e imaginarios que deambulan por mi mente, sin pretender algo más. El intento de escribir es reciente desde abril del 2.015 que entré en Tusrelatos.com. Espero la colaboración de todos para no quedar en el intento

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