cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

4 min
Ansiedad, Ed Harris y Mou. Si con esta mezcla no lo leéis...
Humor |
02.09.14
  • 5
  • 1
  • 1978
Sinopsis

"No fue el primero. Posiblemente sí el segundo, pero no sé bien por qué la memoria lo ha empujado hasta salir. Pum [...]".

No fue el primero. Posiblemente sí el segundo, pero no sé bien por qué la memoria lo ha empujado hasta salir. Pum.

Los ataques de ansiedad son como transitar por un bosque desconocido, vacío; lleno de árboles fantasmagóricos en plena noche de pleno invierno. Supervivencia pura; instinto animal desatado.

En esta ocasión era abril, un día de calorro y una tarde de miércoles, si no voy mal tirá. Lo creo porque me dirigía a la segunda jornada de un cursito de cine impartido por una asociación de barrio, el de Canillas, si tampoco recuerdo mal. Mi amiga Diana y servidora íbamos a reincidir con la segunda jornada, a pesar o por ello mismo, de un primer día curioso en que explicaron cómo íbamos a hacer un corto. Mucha gente, grupos grandes, roles variados y allá, donde Cristo perdió la Sandalia. Vamos, todo ventajas, pero siempre nos ha ido la marcha y decidimos seguir.

Ciertas sensaciones rarunas se presentaron minutos antes de coger la amada línea 10, aquel segundo día, cuando preparaba la mochililla con la que todo cineasta de éxito debe equiparse. La misma que se me atragantó en Alonso Martínez. El mismo instinto que me llevó a bajarme de aquel autocar, meses antes, en el desconocido pueblo de La Seu d’Urgell, aquella noche en la que el Madrid de Mou pringaba en Pamplona. Ese mismo instinto de supervivencia tiró de mi cuerpo desde el vagón, aún abierto, al andén en esa tarde de abril.

Sin saber bien de qué manera, como tantas otras veces, no sé quién coño empezó a mover los pies (seguramente yo) de subida a la calle, por las mecánicas que nunca vieron echar tanto humo. Con la presión de un martillo pilón, la náusea viviendo sus minutos de fama (más de 15) y la incertidumbre de quien huye del infierno con el culo chamuscao, llegué a la bonica plaza de Santa Bárbara.

Bueno, no es que fuera el paraíso pero era el exterior, la calle, en la que no se veía el techo. En la que una parecía más libre, sin esa sensación de agobio. Bueno, igual no. La claustrofobia abrasiva, oprimente, no tardó en volver a aparecer. Lo que luego descubriría tiene un término más molón: “agorafobia”.

Las creencias de seguridad y protección fallaban sucesivamente y, ahí estaba yo, más flipada que los de Agárralo como puedas, con mi carpetita-portafolios universitaria. De un precioso azul, casi más que los ojos de Ed Harris pegado a ella por obra y gracia de White Label. “El carácter no admite liftings” rezaba el eslogan. “No te ofendas, Ed, chato, pero ahora puedes meterte bien dentro el carácter...” podía haber pensado yo, antes de haberme disculpado porque a un bigardo así solo se le idolatra.

En esos momentos, lo único que sale es el instinto de supervivencia, que aflora cuando menos lo esperas. Pum. Sacas los ases escondidos en la manga (a veces hundidos en el sobaco) en forma de recursos y, por increíble que parezca, no mueres. La Martín Magaña Senior se ha comido muchas llamadas-recurso con un estoicismo que ni los muchachos del 112 y ese fue el primer día. Sin saber cómo, el cajero de Caja Madrid (ni Bankia ni leches) pasó de estar a una distancia infinitamente imposible de reducir a escupir un milagroso billetito de 20, con Martín Senior haciendo la ola de fondo.

Como si de las rebajas se tratara, pasé a regalar dinero al primero que saliera para que me llevara al hogar. Bueno, no tanto, pero quedaba molón. Pillé el primer taxi que se me cruzó, le escupí la dirección con voz más temblona que las niñas de Pesadilla en Elm Street y me volqué en la llamada. Desvié mi atención como pude. Ésa es la clave. Dejé, en algún punto, de pensar en la angustia para fundirme en los brazos virtuales de una hermana que siempre ha tenido esa habilidad.

Con la ventanilla bajada a lo Thelma y Louise, con problemas pero sin barranco, debí de hacer aquello que dicen de respirar y llegué. Casa, guarida, morada, nido, seguro, y un sinfín de adjetivos protectores que, ahora, con el estómago vacío paso de pensar.

Ese día no había partido con Mou pero el instinto de supervivencia tiró de mí como acaba tirando de todos en cualquier situación. En aquel Osasuna-Madrid, de enero, simplemente el instinto le cambió por Pep.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

Tienda

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta