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16 min
Antes de morirnos (Proyecto Tangana 1)
Amor |
26.03.20
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Sinopsis

Todos tenemos una espina clavada. Una relación que nunca pudimos tener y que nos atormentará toda la vida. Ellos decidieron olvidarse, pero para ello, antes, debían encontrarse. (Podéis encontrar las siguientes partes en https://archiveofourown.org/works/20543774/chapters/48764423 y https://www.wattpad.com/824037255-proyecto-tangana-antes-de-morirnos aunque iré subiéndolas aquí progresivamente)

"Yo no quiero hacer lo correcto, pa' esa mierda ya no tengo tiempo."


Con la mirada fija en el camino de tierra, conduzco sin mirar atrás, sabiendo que si lo hago es probable que acabe huyendo. Mis dedos tamborilean el volante al ritmo de esas voces que me envuelven y me devuelven a noches pasadas, noches donde el sonido de tu respiración me trasladaba hasta tu cama. Miro de reojo el móvil y sonrío al ver tu último mensaje, ese que crees que aún no he leído, ese en el que, a tu manera, me deseas buen viaje y sé que, aunque nunca vayas a admitirlo en voz alta, cuentas uno a uno los centímetros que todavía nos separan.
El calor se condensa dentro del coche y empiezo a dudar si es solo cosa del verano o la consecuencia irremediable de que esté pensando en ti. Me muerdo el labio inconscientemente y pienso si el pintalabios aguantará todos los besos que nos debemos, si permanecerá en su sitio después de todo lo que tengo ganas de hacerte, de que me hagas.
A 2 km de ti, el recuerdo de mis manos colándose entre mis bragas al ritmo de tus palabras me atormenta y, aunque intente concentrarme, el recuerdo de todos los orgasmos firmados a tu nombre con mis dedos hace que mis piernas tiemblen y mi pie pise el acelerador con fuerza. A través de las gafas de sol, veo el sol esconderse y, entre sus rayos, puedo ver tu coche a lo lejos, parado en mitad de la nada, y a ti apoyado en la puerta, fumando impaciente mientras tus ojos se pierden en el infinito atardecer. Y siento envidia del humo que sale de tus pulmones, que te recorre y acaricia, hasta abandonar tus labios que abandona en suave beso.
Paro mi coche al lado del tuyo y, antes de bajarme, respiro profundamente, reviso mi maquillaje y vuelvo a colocarme las gafas de sol. Sé que sigues ahí, sin moverte, como si no hubieses visto mi coche pararse frente al tuyo, como si no supieses que el sonido de las pisadas me pertenece. Camino hasta ti y, en silencio, te quito el cigarro de entre los dedos, rozando nuestras manos ligeramente. Observas, a través de las gafas de sol, como el humo sale despacio de mis labios entreabiertos, como les humedezco despacio, sin apartar de ti mis ojos. Me colocas un mechón de pelo tras la oreja y aprovechas para acariciar mi mejilla con el dorso de la mano. Entonces me doy cuenta de que es la primera vez que me tocas. Que me tocas de verdad y no son mis manos las que sustituyen tus caricias, que es tu piel y no tu voz la que hace que un escalofrío baje por mi nuca y recorra toda mi espina dorsal.
En silencio abres el coche y, tras exhalar la última calada, me siento a tu lado. La luz del atardecer se cuela entre nosotros mientras el aire, que entra por las ventanillas bajadas, hace bailar mi pelo. La radio suena y, aunque sé que conozco esa canción, no soy capaz de reconocerla. Me muerdo el labio nerviosa, ¿quién lo iba a decir, eh? Yo nerviosa. Yo nerviosa por estar junto a ti. Tú, que me has oído gemir al otro lado del teléfono, que has visto mi gesto después de tocar el cielo, tú a quien conozco desde hace más años de los que puedo recordar, consigues ponerme nerviosa sin mediar una palabra. Te miro de reojo solo para comprobar si me miras, pero acabo fijándome en como tus brazos se tensan al sujetar el volante y me pregunto si se tensarán de igual manera cuando sea a mí a quien abracen.
Por tu sonrisa, diría que te has dado cuenta del camino que han tomado mis pensamientos. Por tu sonrisa y por la forma que tienes de quitar la mano del volante para apoyarla en mi muslo, justo donde acaba la falda.
- Ten cuidado – susurro – no quiero que pierdas la concentración.
Tu risa me sorprende. Creo que nunca antes te había oído reírte y si hubiese sabido que iba a sonar así, te hubiera contado mil chistes. Apartas la vista de la carretera apenas un segundo para recorrerme de arriba abajo.
— Eso tenías que haberlo pensado antes de venir, ¿no crees? - Por un instante, alzo las cejas entre divertida y sorprendida. Desde luego, esa no era la respuesta que me esperaba, pero no por eso me disgusta. —Espero que hayas traído el bañador.
Espero unos segundos en silencio, lo suficiente para asegurarme de que miras de nuevo a la carretera, de que has bajado la guardia, antes de responder.
— Solo la parte de abajo.
No dices nada, pero no lo necesito. Todo tu cuerpo te delata ahora mismo. Tus brazos están tensos, la velocidad del coche ha aumentado sutilmente y tu respiración se ha hecho más profunda. Giras y te metes por un camino más pequeño, rodeado de árboles que cada vez dejan entrar menos la luz, creando pequeños espacios de sombra y luz dorada. A lo lejos, sobre la música, puedo oír el agua caer de manera constante y, cuando por fin paras el coche y salgo al exterior, un pequeño lago con una cascada se muestra ante nosotros. Coges mi mano y tiras de mí hacia ti, pegando mi cuerpo al tuyo, tan cerca que puedo notar tu respiración entrando por mis pulmones. Mi corazón se acelera al ver como tus labios se acercan a mi cara y rozan los míos de camino al lóbulo de mi oreja.
— Así que, la parte de abajo, ¿no?
Te separas de mi con una sonrisa traviesa, mirando mis labios entreabiertos que todavía no entienden que no les hayas besado, pero yo no voy a ser menos. Retrocediendo un par de pasos, me separo de ti y te miro. Te miro fijamente a los ojos, desafiándote a abandonarles cuando, despacio, empiezo a deslizar la falda hacia el suelo dejando ver la parte inferior de un bikini turquesa. A continuación, desabrocho mi camisa lentamente para dejarla caer al suelo sin dejar de mirarte, sin dejar de sonreír. Tu expresión cada vez es más seria. Sé que te está costando la misma vida no venir hacia mí y tomarme ahora mismo, así que decido ponértelo fácil. Te guiño un ojo antes de echar a correr y saltar al agua.
Te observo desde el agua que me tapa los pezones y, dioses, puedo ver tu desconcierto desde aquí. Creo que si me hubiese convertido en sirena te hubiese sorprendido menos. Tardas unos segundos, pero, cuando reaccionas, no tardas en quedarte en bañador y seguirme al agua. Y, pese a que toda tu ropa descansa en la roca junto a la mía, entremezcladas como deberían estarlo nuestras piernas, tus ojos permanecen tapados por esas malditas gafas de sol a las que empiezo a tener verdadera manía. Niegas con la cabeza mientras me acerco a ti nadando.
— Eres peor que una niña — dices mientras me salpicas con los dedos. Me rio y te saco la lengua.
— Pero te encanta —replico.
Antes de contestar, me dedicas una pequeña sonrisa llena de picardía.
— Me encanta.
Tú siempre hablas así, misterioso, firme, como si te clavasen cuchillas en los dedos cada vez que dedicas un halago. Y, aunque me gustaría poder negarlo, tengo que admitir que esa pose que ambos sabemos fingida, me encanta y me desespera a partes iguales. Te saco la lengua mientras me acerco a ti bajo la luz que se cuela entre los árboles. Una luz tan suave como lo son tus manos cuando, por fin, acarician mis caderas. En silencio, intentando no respirar demasiado fuerte por miedo a que toda esta magia se desvanezca, alzo las manos y las llevo hasta tus mejillas para después, utilizando tan solo la punta de los dedos, descubrir tus ojos.
Entrecierras los ojos un segundo, como si necesitases acostumbrarte a la luz, y me devuelves la mirada. Y, sin saberlo, porque sé que si lo hubieses sabido me habrías permitido antes perderme en ella, me atrapas. Me engancho tanto a ella que, para cuando quiero darme cuenta, tu mano acaricia mi nuca y tus labios acarician superficialmente los míos, como si, después de todo, todavía sintieses que tienes que pedirme permiso. Pego mi cuerpo más al tuyo de forma que mis labios también lo hagan y me besas. Me pruebas despacio, profundamente, explorando cada rincón de mi boca y, poco a poco, a medida que nuestros cuerpos se acercan y acarician, el beso se va volviendo más salvaje, pasional. Todas las noches perdidas, se condensan en un beso que promete ser el final de algo, el principio de todo.
No tardas en bajar tus manos hasta mi culo, agarrándolo con fuerza. Mis manos, ansiosas, bajan por tu pecho acariciándolo con las uñas, dejando pequeñas marcas en dirección hacia tu ombligo y, una vez que llegan a su destino, siguen bajando. Te acaricio en apenas un roce, pero lo suficiente como para que tu respiración se altere. Mis pechos rozan tu piel, erizados por el agua y por la excitación, necesitados de tus caricias que no tardas en proporcionar. Y, tras unos segundos así, perdidos en la inmensidad de nuestro pequeño cosmos, abandonas mis labios para guiarme hacia la orilla, subiendo a una gran roca blanca que parece haber sido puesta ahí apropósito, solo para nosotros.
No tardamos en volver a besarnos, a explorarnos. Me recorres provocándome mil y un escalofríos. Yo no me quedo atrás, memorizo cada uno de los surcos de tu cuerpo, hasta volver a descender a tu bañador que, mojado, se interpone entre mi objetivo y yo. Juego con la goma del mismo mientras araño tus caderas para, posteriormente, bajarlo despacio a la vez que mis uñas. Gruñes en mis labios justo antes de cambiarlos por la piel de mi cuello. Con cada uno de tus besos, mi piel se eriza como si le hubiesen aplicado pequeñas descargas eléctricas. Me deshago de tu ropa sin importarme donde caiga y, antes de que me dé tiempo si quiera a rozarte, agarras mis nalgas con fuerza para pegarme a ti, haciéndome notar tu excitación justo donde comienza la mía.
Me estas volviendo loca, joder, y lo peor de todo es que lo sabes. Lo sabes perfectamente y eso te excita casi tanto como mi visión prácticamente desnuda. Pero si te piensas que voy a dejarte ganar, estás muy equivocado. Me deshago de tu abrazo con suavidad y con firmeza para dar un paso atrás y poder mirarte desafiante. Paso la punta de la lengua por mis labios muy despacio mientras mis manos acarician de nuevo tus caderas. Tus ojos, excitados, me piden en silencio lo que yo ya estaba dispuesta a darte, así que, frente a ti, me pongo de rodillas. Acaricio el interior de tus muslos hacia arriba con la palma de las manos mientras mis ojos se aferran a los tuyos mientras me muerdo el labio con fuerza. Cuando mis dedos rozan tu miembro, lo acarician despacio, desde la base hasta la punta, recreándose en el pequeño jadeo que se te escapa con el movimiento de mis dedos. Me muevo despacio, lo suficiente para desesperarte y, justo antes de que pierdas el control, acerco mis labios y mi lengua sustituye mis caricias. Te oigo soltar un exabrupto justo en el momento en el que mis labios envuelven tu glande y comienzan a deslizarse sobre ti hasta tenerla completamente en mi boca.
Tu mano envuelve mi pelo, tirando de él y haciéndote con el dominio de la situación. Mientras mis manos acompañan los movimientos de mis labios, noto como tu excitación no es la única que va en aumento. Tras unos minutos, empiezo a tener miedo de que pierdas el control, de que se acabe la diversión, pero entonces apartas tu mirada de la mía y, cerrando los ojos, te apartas de mí. Coges mis manos y me obligas a levantarme. Tus labios atrapan los míos besándome con fiereza, podría decirse que hasta con rabia, y yo me dejo llevar porque hace ya tiempo que perdí el control. Bajas tus manos por mi cuerpo aprovechando para pegarme más a ti, hasta que llegas a mi bikini que no tardas en hacer desaparecer. Jadeo ahogadamente en tus labios al notar como tus dedos se abren paso entre los pliegues de mi piel hasta acariciar mi clítoris. Muerdes mi labio entre los besos y puedo notar como sonríes a cada caricia, a cada gemido. Mis piernas no tardan en empezar a temblar a medida que tus caricias se vuelven más y más intensas, así que me agarras del trasero con la mano libre y prácticamente me obligas a ponerme de puntillas. En pocos minutos, mi humedad envuelve tus dedos y aprovechas para colarlos en mi interior, presionando en el punto justo para que, junto a tus caricias, me arranques un grito que solo nosotros oímos. Aunque sea la primera vez que me tocas, es como si me conocieses perfectamente, como si, con cada gemido, entendieses lo que mi cuerpo te quiere decir. Es por esto que no me sorprendo cuando aumentas la velocidad de tus caricias al oírme confesar lo cerca que estoy del orgasmo.
Exploto de placer y tienes que sujetarme con fuerza para que no me caiga. Me apoyas contra tu pecho dejándome descansar unos segundos, aunque ambos sabemos que no serán demasiados, que esto no ha acabado. Tras besar ligeramente la comisura de tu sonrisa, te empujo traviesa hasta obligarte a sentarte en el suelo. Tiras de mí de tal manera que acabo sentada en tu regazo, pegando mí frente a la tuya. Te robo un beso tras otro hasta que, cansado de que mi boca te provoque y te rehúya, agarras mi nuca y me obligas a besarte. Mis piernas se cruzan tras tu cintura, atrapándote. Acaricio tus hombros bajando hasta tus brazos en los que me apoyo para alzarme sobre mi misma y hacerte entrar en mí lentamente. Por primera vez, nuestros gemidos se convierten en uno.
Al principio, me dejas llevar el ritmo, lento y profundo, haciéndote entrar hasta el fondo de mí, pero llegado el momento propicio, agarras mi cintura con tus manos y procedes a tomar, de nuevo, el control. Te dejo guiarme mientras me concentro en cada una de las oleadas de placer que me provocas y, cuando ya pensaba que no podía ir a más, acercas tus labios a mi oído para pedirme, en apenas un susurro, que me acaricie. Yo te obedezco porque, si algo he aprendido en las últimas horas, es que sabes perfectamente lo que haces. Y con mis manos entre nosotros, empiezo a creer que voy a morir de placer. El boque se llena de mis gritos que, mezclados con tus gemidos, forman un acorde perfecto.
Intento resistirme todo lo que puedo, pero el camino que hemos tomado no tiene retorno. Al llegar al orgasmo, siento como todo mi cuerpo se contrae en torno a ti, como mi respiración se corta y me creo que voy a morir ahí mismo rota de placer. En ese mismo momento, como si te arrastrase, me aprietas contra mí y te vienes conmigo. Y, entonces, se hace el silencio. Un silencio solo interrumpido por el latino sincronizado de nuestros corazones que, en cualquier momento, se van a salir de nuestro pecho. Te miro y sonríes y no puedo evitar besar suavemente esa sonrisa que, creo sinceramente, deberías enseñar más a menudo.
Sales de mí y me giras sin levantarme de tu regazo, abrazándome por la espalda y dejando pequeños besos en mis hombros. Miro el rio y me pregunto hasta qué punto sabías como iba a acabar esta pequeña excursión, pero, ¿a quién pretendo engañar? Los dos sabíamos que, en el momento en el que nos quedásemos a solas y lo suficientemente juntos, nuestros instintos más primarios iban a desatarse.
Estamos así hasta que el sol acaba de ocultarse y la luna pasa a reflejarse en el agua. En ese momento, nos levantamos y, tras vestirnos, volvemos al coche. Una vez dentro te miro, consciente de que esto solo acaba de empezar, de que aún nos quedan dos días por delante, y se me escapa una sonrisa. Vuelves a ponerte las gafas de sol y me devuelves la sonrisa.
— La casa no queda lejos — Me informas justo antes de arrancar el coche y perdernos de nuevo entre los árboles.

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