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16 min
Apologia de la histeria: El juicio de Lady Igby
Amor |
05.05.19
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Sinopsis

Un relato victoriano sobre la locura de la epoca y a lo que puede llevarte una obsesión

Hay noticias que marcan a un reportero. Que lo dejan pensando. Esta era la noticia que
había conmovido a la nación.

Lady Charlotte Igby era un pilar de la sociedad. La heredera de la fortuna Igby, que
consistía en 200 acres de la mejor tierra que los ingleses le habían robado a los clanes
escoceses. Así de antigua y pura era su reputación y su raza.

Lady Sara apenas tenía 18 años. Era alta, esbelta y rubia. Sus padres, fuertes seguidores
de la fe, habían pospuesto su presentación en sociedad. Temían que a los 14 años, su hija
no estuviera preparada para enfrentar la malicia que es la condición masculina. Lo que no
se dieron cuenta, es que no importaba cuanto tiempo pasara, una vida de encierro en el
campo, nunca prepararía a nadie para el juego de tronos que era pasar la temporada en
Londres.

Lady Igby y Lady Sara no podían ser más opuestas. Sara era dulce y sin malicia,
acostumbrada a ser protegida y a que la gente tomara decisiones por ella. Podía ser
honesta y transparente como agua de glaciar, porque no había nada en ella que valiera la
pena ocultar. No había pensamiento complejo, culpa o deseo reprimido, más allá de querer
usar zapatos rojos.

Igby por su parte, solo guardaba secretos. Había una Lady Charlotte Ibgy, que actuaba en
sociedad el papel que era esperado de ella. Amable, cordial, inteligente pero no demasiado,
dedicaba su tiempo a su familia y a su comunidad, siempre desde el rol que se le permitía.
Pero, no tan en el fondo, Igby guardaba incontables deseos.

Quiso el destino que Lady Igby y Lady Sara se conocieran esa temporada, y que fuera esa,
la temporada en la que Londres se vió conmocionada por la llegada de refugiados de la
nobleza rusa.

La revolución bolchevique había expulsado a sus nobles que ahora buscaban refugio en
otras partes de Europa. Aceptarlos era peligroso, pues ellos eran el recuerdo de todo lo que
fallaba en la monarquía, ese sistema de privilegios derivados de la suerte y las apuestas.
Los nobles ingleses se debatían entre la empatía de lo que los pobres estaban viviendo, y el
temor de que su sola presencia fuera como un virus contra el que no había remedio.

Entre los refugiados se encontraba el Conde Dimitri Romanov. Que su apellido no los
engañe, era solamente un primo segundo o tercero del Zar, pero las gotas de sangre que
los unían eran las suficientes para contagiar el encanto y el misterio de la malvenida familia
real. Ni la tristeza de viajar casi desposeído por toda Europa podía apagaba el brillo de un
Conde, que mostraba sus heridas de la Gran Guerra con orgullo pero sin querer dar
explicaciones de que las originó.

Ese brillo y esas heridas llegaron primero a Lady Igby. Hasta el momento la familia Ibgy se
había quedado al margen, sin expresar opinión sobre la triste situación rusa, pero en el momento en que Lady Igby conoció a Dimitri Romanov, su opinión fue fuerte y clara. Había que ayudar a nuestros hermanos rusos.

Esa temporada organizó eventos para juntar fondos, habló con el Ministro de Finanzas para
establecer líneas de crédito respaldadas por las mejores familias inglesas, impuso como
norma social que cada noble adoptara a una familia rusa y le ofreciera al menos su casa de
verano y convenció a los mejores sastres y modistos, para crear colecciones de verano e
invierno inspiradas en el sufrimiento de la nobleza rusa que fue llamada la colección Igby.
Un gran esquema de protección y amparo que la convirtió en la santa de la temporada.
Mientras las señoras más tradicionales opinaban que sería mejor que se concentrara en
conseguir un esposo ya que ya tenía 26 años, la inmensa mayoría de la alta sociedad
londinense admiraba su desinteresada labor.

Pero lejos estaba de ser desinteresada, pues en la mente clara de Igby, ese esquema era
necesario para poder tener a Dimitri Romanov donde quería sin que nadie sospechara: en
su castillo de Inverness.

Tres semanas pasaron juntos recluidos en Inverness. Tres semanas en las que el conde
Romanov le confió su travesía por Europa, sus tristes recuerdos de la Gran Guerra y hasta
se animó a revelar el origen de sus heridas. Tres semanas planeadas por Igby con atención
y cuidado para que nada afectara el desarrollo de su mutuo afecto. Pues Igby ya había
elegido.

Luego de tres semanas de reclusión y compañía, llegó la fecha que lo cambiaría todo. Una
gala benéfica en Londres a favor de los refugiados rusos. Igby la había organizado por lo
que tenía que ir. Con disgusto, pero confiada en que la red que había armado alrededor de
Romanov era lo suficientemente fuerte, viajaron a Londres para la gala.
Para Lady Igby iba a ser una noche fantástica. La noche en que Londres iba a saber de su
decisión. Amante del simbolismo, escondía en su vestido y en sus joyas señales de su
nuevo amor por la madre rusia. Tenía en su cabeza el mapa de sus vidas y esa noche sería
la noche que se correría la cortina.

Sólo lo dejo solo un momento. Sólo para ir a buscar champagne para ambos, fue que soltó
su brazo. Para cuando volvió, su brazo estaba ocupado con la mano de Lady Sara, quien
también vestía de azul, pero con zapatos blancos de niña bien. Las manos de Romanov y
Lady Sara estaban tan ocupadas, que ni siquiera había una copa de champagne para Lady
Igby.

Lady Sara y el Conde Romanov bailaron juntos toda la noche. El resto de los participantes
felicitaron a Lady Igby por la maravillosa jornada, por su buen corazón y hasta por tener tan
buen ojo como casamentera. Sara y Dimitri fueron durante dos horas, la pareja del
momento.

Fue cuando el reloj tocó sus doce campanadas, que algo comenzó a hervir dentro de Lady
Igby. Náuseas. Sentía náuseas. Se disculpó con quienes la rodeaban en el momento y se
retiró al cuarto que todo lugar de bien todavía guardaba para que sus damas puedan desmayarse. Venía siendo una noche tranquila y se notaba que los corsets no estaban demasiado apretados ya que el cuarto del desmayo estaba vacío y todo para Lady Igby.

Detrás de las pesadas cortinas negras, casi no se oía la risa y la música de los demás.
Detrás de las pesadas cortinas negras estaba sola y libre para ser ella en ese momento. Y
en ese momento, por primera vez en 26 años, gritó con todas sus fuerzas. Su compromiso
con su grito fue tal, que no escuchó cuando alguien de pronto la acompañó.
- ¿Estas bien querida? - La dulce voz de Lady Sara la tomó por sorpresa
- Si. Estoy bien. - Dijo Lady Igby
- ¿Es el corset? A mi también me molesta, no puedo acostumbrarme. Pensé que
después de la guerra no tendríamos que volver a usarlo, pero mis padres insisten. -
Lady Sara se dedicó entonces a hacer una apología por sus padres, la sociedad
inglesa y los buenos modales que le habían inculcado. Metida en su discurso, no
llegó a percibir lo que estaba pasando por la mente de Igby, ni la sonrisa que
comenzaba a reflejarse en el lado izquierdo de su rostro y a levantar levemente su
ceja.

De ninguna manera pensó Igby. No hay chance que este ser pueda entender, contener,
satisfacer a…
- ¡Pero qué sorpresa ha sido el Conde Romanov! - la dulzura de Lady Sara le volvió a
dar nausea - Gracias por presentarmelo. Ya he hablado con mis padres para poder
alojarlo en nuestra casa de verano y les ha parecido una idea fantástica. No te
preocupes, puedes enviar sus cosas cuando te sea más conveniente, aún tenemos
toda la ropa de mi hermano, que en paz descanse. Un par de ajustes con un buen
sastre y quedará listo. Tú tienes contacto con varios sastres ¿verdad?

Dicen que las mujeres son sutiles y le huyen a lo agresivo. Veneno, ahogamientos,
accidentes. Pero Lady Igby tenía muchos deseos ocultos.

Lo primero que atacó fueron los ojos azules de Lady Sara. La pobre Sara debe haber
gritado de dolor, pero nadie pudo socorrerla una vez que se animó a atravesar esas
cortinas. Igby no podría haber imaginado al inicio de la noche que el alfiler de su broche
hecho con zafiros rusos iba a terminar en la carótida de Lady Sara, ni que su vestido azúl
terminaría incriminandola al quedar bañado con la vida que abandonó en pocos minutos a
Lady Sara.

Una vez estuvo hecho, volvió a sentir paz, volvió a sentir fuerza, se puso en pie y corrió las
cortinas con dramatismo y determinación, como perverso que exhibe su cuerpo a extraños.
La música paró de golpe. Las señoras de bien se desmayaron. Los hombres quedaron
anulados. Nadie sabía qué hacer ante tal tragedia. En una habitación donde el tiempo se
había detenido, Romanov, sorprendentemente, dio un paso al frente y se acercó a Lady
Igby quien todavía sostenía las pesadas cortinas negras, como un titán sostiene la tierra.
- Shhhhh - dijo Romanov, interrumpiendo el silencio con más silencio.

Tomó las manos de Lady Igby y las puso en su pecho. Las cortinas volvieron a caer y la
sala se sintió más tranquila. Colocó sus brazos alrededor de ella y la abrazó. Al hacerlo, la
sangre virgen de Lady Sara reaccionó contra el almidón de sus ropas y se escuchó un
pequeño crujido. Y mientras Lady Igby respiraba profundamente por primera vez en dos
horas, relajada, feliz y plena en los brazos del hombre que amaba, Romanov hizo la señal
universal de llamen a la policía.

Mientras la nación se conmocionaba por el crimen, la familia Igby contrató al mejor
abogado. En las semanas antes del juicio, la opinión pública estaba polarizada. ¿Qué le
había pasado a Lady Igby? ¿Cuánta culpa tenía en este horrible asunto el Conde
Romanov? ¿Podría Lady Sara haber dicho algo que justificara tan horrendo final? ¿Era esta
la prueba final de que la monarquía y la nobleza eran sistemas corruptos?
Luego de dos semanas, el día del juicio de Lady Igby llegó. La sala estaba llena. Mucho se
había especulado sobre qué estrategia podía llegar a utilizar el abogado. Todo el mundo lo
había visto, no había duda de que Igby había asesinado a Lady Sara. Se podría argumentar
que había sido un crimen pasional, que era la respuesta de una débil mente femenina.
Quizás había sido porque ambas tenían un vestido azúl. Quizás porque Igby había
comenzado a preocuparse por su soltería y envidiaba la frescura de Lady Sara. Se podía
argumentar que salvo esa excepción, Igby había sido un miembro referente de la
comunidad, ¡todo lo que había hecho para ayudar a esos pobres refugiados rusos! Quizás
eso le diera una sentencia menos dura. O quizás había sido una de esas fiebres de verano
que atacan a las mujeres y las hacen entrar en locura. Un tiempo en un hospital psiquiátrico,
choques o lobotomía, podría ser la forma de asegurar que no volviera a lastimar a nadie.
Había llegado el día. Ahora dependía del abogado.
El juez comenzó el procedimiento habitual. Advirtió a la sala que era importante mantener
silencio y mantener el orden. Fue así, que dio paso al abogado.
Para sorpresa de todos los presentes, el abogado no hizo más que mirar el papel que tenía
frente. Fue Igby quien se paró y con calma se dirigió al centro de la corte para dar su
testimonio.

Lo que siguió, nadie puede estar seguro. La historia ha sido contada tantas veces que es
difícil separar la leyenda de la realidad. Luego de entrevistar a los presentes, creo que esta
es la versión más precisa de las palabras de Lady Igby.
Señor Juez, me declaro responsable, pero no culpable. - el público de la sala comenzó a
murmurar. El juez pidió orden. Irby alzó la voz más de lo que era apropiado para alguien de
su circunstancia. Pero nadie de su circunstancia había estado nunca en una situación así. -
Sé que usted y todos los presentes están esperando la defensa de mi muy competente
abogado, pero hoy he decidido hablar por mi misma. Y eso es lo primero de lo que soy
responsable. Hoy es la primera vez que me permito hablar por mi misma.
Me declaro responsable de ser. Cuando mis hermanos hicieron el sacrificio de pelear por
este país y por nuestro Rey, fui yo la que mantuvo nuestra herencia a flote. Estoy feliz de

que retornaron a salvo, pero soy responsable de la envidia que siento. Envidio ese lugar
que no voy a volver a tener.
Soy responsable de esperar. Temporada tras temporada, esperar, porque quería más. Soy
responsable de mi codicia. Soy responsable de no aceptar, a pesar de la sugerencia de mis
amados padres, a Lord Fenton, a Lord McCantire o a Lord cualquiera sea su nombre y su
relación con la Reina Victoria.
Más recientemente, soy responsable de ser ansiosa. De ver algo y saber en el momento
que lo quiero. Soy responsable de decidir no quedarme sentada en un sillón esperando a
ser elegida. Soy responsable de organizar una estrategia, un partido de ajedrez entre la
realidad y mi ingenio, para ayudar a que las condiciones estén en mi favor.
Soy responsable de permitirme soñar. De creer que lo que nuestras abuelas y madres nos
prometieron puede ser posible. De desear que, si alguna vez tengo hijas, pueda decirles
qué deben buscar en un esposo.
Soy responsable de no poder decir simplemente, te amo. Te veo y te amo. Así, desposeído,
roto y hasta traicionero. Porque sé que hay un héroe dentro tuyo y me muero de ganas de
sacarlo a relucir. Soy responsable de que no me importan las formas, las condiciones.
Soy responsable de aceptar que tengo que hacer malabares para poder de una forma sutil,
dejar entrever mis deseos, pero sin que asusten, sin que avasallen. Soy responsable de
aceptar las condiciones de otros, sin hacer comentarios, sin preguntar, sin quejarme.
Y todo esto, me hace responsable de asesinar a Lady Sara, pero no culpable. Soy
responsable del enojo y del odio que me llevaron a matar a alguien que, quizás, no se lo
merecía. Pero no soy culpable.
Culpo al momento en el que vivimos. Este momento donde el futuro nos tienta y nuestro
pasado no nos deja ir. Donde nos aferramos a casas y un estilo de vida que ya no podemos
sustentar. Donde tememos acercarnos a nuestros iguales en su momento de necesidad,
porque tememos que al acercarnos compartamos su destino. Este momento en el que el
mundo nos está diciendo que no, que ya no somos útiles, que ya no tenemos privilegios.
De pronto, el público que afuera de la corte se pegaba a los vidrios y se colgaba de las rejas
para poder escuchar las declaraciones de Lady Igby explotó de emoción. Igby ya no era una
noble que había cometido un crimen. Ya no era la acusada, sino la acusadora de un
sistema que la había llevado a cometer un horrendo crimen.
Culpo a estas reglas que no dejamos ir, que no nos permiten decirnos con honestidad lo
que sentimos y lo que somos… reglas que nos llevan a la locura.
Así que me paro ante usted, como una no culpable. Sé que si analiza mi historia y mi
situación desde mi punto de vista, llegará a la misma conclusión. Sólo le pido eso. Que mire
el momento en el que vivimos, desde el punto de vista de una mujer que lo tuvo todo y, aún
así, no tuvo nada.

La sala estaba perpleja. Los hombres estaban a punto del desmayo y las mujeres reflexivas.
Algunos no podían creer lo que habían escuchado. ¡El descaro de Igby! Otros se sentían
incómodos al sentir que podía haber algo de razón en sus palabras.
- Muy bien. - Dijo el juez - Me retiraré a analizar el caso. Se levanta la sesión. - El
silencio acompañó al juez mientras abandonaba la sala y a Lady Igby mientras
volvía al lado de su famoso abogado, quien aún miraba la misma hoja en blanco.
Un policía se acercó a Igby con la obligación de llevarla a su celda. Una vez junto a ella, se
sacó su gorra en respeto y le indicó el camino. Igby le dedicó una sonrisa en el lado derecho
de su cara y siguió el camino señalado. Sabía que todas las miradas estaban sobre ella,
pero no le pesaban. Pasaron unos minutos antes de que la sala llegara a liberarse.
El aire había quedado pesado. Sin importar la clase social, las esposas ya no miraban a sus
esposos con la misma ternura. Los esposos comenzaban un penoso proceso de autocrítica.
Los nobles habían llegado a la conclusión de que no era un buen negocio cuidar de sus
hermanos del Este.

Más allá del mito detrás del discurso de Lady Igby, todos coincidimos en lo mismo, no
deseábamos tener la responsabilidad del juez.
Londres murmuraba y gritaba con opiniones desencontradas. La temporada estaba
terminando y era entendido que, después de Igby, ya no habría más temporadas. Tampoco
habría más corsets.

Ya había comenzado la noche cuando el juez retornó con una decisión. Para ese momento,
Dimitri Romanov ya había tomado un barco hacia América. Tratando de no ser reconocido,
sin animarse a decirle nada a Lady Igby y con la vergüenza de no poder sostener ni una
más de sus verdades. No pudo siquiera llegar a escuchar el veredicto. Inocente.

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