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19 min
April y August vs Seren
Suspense |
15.12.20
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Sinopsis

Camina por la acera de la calle adoquinada, sin prisa, llenando sus pulmones del fresco aire de la mañana. Le gusta el color de la ciudad a finales del otoño del sesenta y dos, con el sonido de las hojas secas crujiendo bajo sus pies, el vaivén de las personas que la habitan, la alborotan y la llenan de vida, de casi un absurdo trajín. Sus voces, sus risas, sus innumerables desplazamientos, a veces asemejan hormigas, hormigas obreras. Todo aquello contrasta con el silencio y la calma de la noche.

Entra en el pequeño despacho situado en el centro. El edificio no tiene ascensor, pero el piso es acogedor y soleado. Desde su ventanal hay unas magníficas vistas a los jardines de la plaza.

Se atusa el fino bigote frente al enmarcado espejo de la entrada y guarda la llave en un bolsillo del pantalón. Se desprende de la gabardina y el sombrero y los cuelga en el perchero.

Lleva una mala racha en las últimas semanas a causa de la escasa demanda de encargos, aunque tiene el presentimiento de que pronto va a cambiar su suerte.

Se debe el alquiler del corriente mes, pero su socio está en ello, el señor Gerard, encargado de la dirección del despacho y de captar clientes gracias a sus buenos contactos, contactos que ha conseguido frecuentando los locales de alterne más representativos de Barcelona.

Cree que tiene muy buen olfato para ese tipo de trabajo, posee un don, y él está todavía lejos de alcanzar su profesionalidad, aunque sabe que es cuestión de tiempo y tesón conseguirlo.

Oye pasos a su espalda.

- Buenos días muchacho - saluda con alegría y seguridad.

August se gira y le devuelve la cortesía.

- ¡Vaya! Qué elegante señor Gerard - observa - ¡Si le han quitado diez años!

El hombre se acaricia la barba y sonríe abiertamente. El barbero le ha hecho un excelente recorte a la poblada y larga pelambrera que albergaba bajo su mentón.

- Pues eso parece estimado socio. Pero dejado ese tema... traigo buenas noticias.

Al joven se le agrandan los ojos y mentalmente se frota las manos.

- ¿De qué se trata?

En los azules ojos de aquella pelirroja mujer se podía percibir tristeza y preocupación. Pero a sus cincuenta y tantos todavía conservaba el porte y la belleza de una década anterior.

Elegantemente ataviada en su vestido de delicada seda violeta y cabizbaja, miraba de reojo al señor Gerard, sentados en el diván de su lujoso salón.

Este dió un sorbo a la humeante tacita de café que le había ofrecido. Sonaba con fuerza el tic tac en el brillante carrillón de maderas nobles, y su voz rompió el ruidoso avance del tiempo.

- Y ¿a qué se debe el honor de su invitación, señora Fábregas? ¿En qué puedo ayudarla?

- Por favor, puede llamarme Clara, querido - le permitió en un tono plano mirándole sin pestañear.

- Por supuesto.... me ha quedado claro - bromeó él elevando una ceja con estilo y un resplandor en sus ojos pardos.

La mujer enmudeció un par de segundos pero inmediatamente le correspondió con una leve sonrisa y fue directa y sincera.

- Quiero hacerle un encargo - hace una pausa mientras Gerard asiente - Necesito saber en qué oscuros negocios anda metido mi hermano. No dude que su discreción será muy bien remunerada.

- No dude que está contratando al mejor profesional de Barcelona, señora Clara - le contestó con total garantía y seguridad en su voz.

- ¿Le suena el apellido Fábregas, August? - arquea su ceja Gerard.

- ¿Fábregas? - se sorprende el joven - ¿Quim Fábregas, el presidente de la cervecera Damm?

- El mismo - se recoloca las gafas redondas de montura negra - Al parecer debemos descubrir su segunda ocupación.

- Interesante - susurra expresivamente.

Ambos se ponen manos a la obra y acuerdan que August será su prudente sombra, mientras Gerard indagará en los lugares que normalmente frecuenta.

Una fresca y soleada tarde lo sigue por la avenida del Paralelo hasta que entra en el Café del teatro. August se fija en una de las camareras que atiende una de las mesas e inmediatamente la reconoce.

Es la señorita que a veces se encuentra en el tranvía, el tranvía sesenta, sí, sí que es ella. Cruzan miradas interesadas durante el trayecto pero ninguno de los dos se atrevió a romper el hielo.

Lleva un estampado vestido cortito y escotado, que deja sobresalir parte de las blancas y lindas lunas, decorando sus bordes un sujetador de negro encaje para alegrar la vista de los clientes del local, hombres en su mayoría, por supuesto. Observa que su maquillaje es excesivo, pues siempre ha pensado que nunca añadiría azúcar a la fruta madura.

Tal vez es un ángel caído del cielo atrapada en aquel tugurio del infierno con escenario al fondo, y se pregunta que hace esa delicada flor entre tantos espinos. Es innegable que debe existir una razón de peso, supone peso económico, que le ha llevado a alternar en ese modo con la aristocracia de la ciudad. Sirve en las mesas y quizás, también en los reservados, lugar donde se satisfacen los deseos de los mejores clientes.

Casi le hace descuidar su cometido y desde la entrada regresa la vista para observar a Fábregas, que se encuentra con otro personaje adinerado, don Francesc Rivas, dedicado al negocio de los casinos, propietario de uno de los más importantes de la ciudad. Hablan pero no puede escucharles, aunque aparentemente por los gestos puede deducir que es una conversación bastante trivial, nada sospechosa.

Les sirven unos carajillos y pasan un par de horas charlando sin que nadie les interrumpa, mientras el joven espera fuera a una distancia prudente, sin dejar de vigilar el acceso al Café. Mientras piensa en qué decirle a la linda camarera la próxima vez que se encuentren.

Fábregas por fin sale a la calle, ya iluminada por los altos faroles. Se detiene un momento para abrocharse el abrigo y elevarse el cuello de la prenda. Mira a izquierda y derecha de la calzada mientras los transeúntes se cruzan, saca un cigarrillo y lo enciende, pegando una larga calada. Luego comienza a caminar tomando una dirección opuesta a su domicilio.

El joven lo sigue. Deja la gran avenida y se mete por las callejuelas del antiguo y emblemático barrio enclavado en la falda de la montaña de Montjuic.

Tras caminar unas travesías se detiene delante de la portería de un edificio de tres alturas, no demasiado antiguo.

De repente echa la vista atrás y la clava en la figura de August, entre las sombras de la noche. Transcurren unos segundos de incerteza, mientras continúa su trayecto con paso firme por la embaldosada acera para no levantar atisbo de sospecha. Quizás intuye que lo siguen o tal vez ha sido un casual acto reflejo. Finalmente entra y cierra la puerta.

August pasa de largo, toma nota de la dirección en su pequeño libreto y se marcha del lugar. Investigar lo que se cuece ahí dentro es trabajo de su compañero de fatigas.

De regreso al despacho, la imagen de la muchacha le ronda la sesera. Ni siquiera conoce su nombre pero al verla de servicio en aquel café de alterne, no puede dejar de pensar en lograr conocerla y tal vez cortejarla. Tenía el presentimiento de que no estaba comprometida.

Es al siguiente día, de tarde, cuando la ve acceder al tranvía en el que viaja. Viste una acarminada alegría en su pálido semblante que le hechiza. Al acercarse, se levanta.

- Señorita, si es tan amable, permítame cederle el asiento...

- Gracias - le agradece el gesto con una leve sonrisa al tiempo que se sonroja.

August permanece de pie a su lado hasta que llega a su destino y despidiéndose con un toque al ala de su sombrero le habla.

- Buenas tardes. Espero de verdad verla otra vez - añade complaciente al descender del vehículo.

Silba una melodía romántica durante todo el camino hasta cruzar la puerta de la oficina. Gerard le está aguardando de pie, sentado sobre el escritorio tallado para comentarle los avances del caso.

- ¡Vaya, vaya! - se sorprende al verle aparecer con los ojos brillantes y su expresión satisfecha - Al parecer a alguien le ha tocado la lotería o se ha enamorado - termina la frase con voz susurrante.

- Muy suspicaz, señor Gerard.

- Es mi trabajo August, no lo olvide - ríe detrás de su barba - Déjeme adivinar... Creo que me inclino por la segunda opción.

El joven asiente divertido y se quita el sombrero.

- ¿Y se puede saber quién es la afortunada?

- Una señorita del café del teatro.

El hombre frunce el entrecejo.

- ¿Ha intimado con ella mientras vigilaba a nuestro amigo Fábregas? - entona una regañina.

- ¡Por supuesto que allí no! - se jacta el joven - Sólo he sido cortés con ella en el tranvía.

- Bien - se relaja aceptando su respuesta - Pero que una jovencita no le distraiga de su cometido, estimado August.

Hace una pausa y a continuación le da sobriedad a su voz.

- Debe extremar las precauciones con ese hombre y no cometer errores.

- ¿Qué ha podido averiguar señor Gerard? - entorna sus párpados quitándose la gabardina.

- Es un asunto peligroso - le previene - Fábregas tiene un par de socios... en el negocio de la prostitución, del juego y las apuestas. Aunque necesito más datos, todo apunta a que se trata de un depredador con piel de cordero.

- ¿Tiene pruebas que lo puedan implicar? - se muerde el labio inferior preocupado el ayudante.

- Todavía no, pero debemos obtenerlas en los próximos días, mi querido colega. Estamos muy cerca de terminar la investigación. Péguese a Fábregas, intente escuchar las conversaciones con sus asociados si se encuentran en el café o algún otro lugar, pero sobre todo no ponga en riesgo su vida. Puede que incluso la policía esté metida en ese negocio, y muerto no me servirá de mucho.

Posa sus rechonchas manos sobre sus hombros, como un padre habla a su hijo. Después un par de palmadas en la mejilla para que no se olvide del consejo.

El muchacho lo respeta, sabe que es un buen hombre.

La luz del día despierta a August de madrugada, aunque continúa entre las sábanas un buen rato mientras se despereza. Esa noche ha empezado a caer nieve y la luz es blanca, fría.

La inquietud por las nuevas órdenes en el caso Fábregas no le han dejado dormir demasiado. Se asea y se viste con ligera lentitud. Cierra la puerta de su casa y baja las empinadas escaleras rumbo a ser la sombra de aquel hombre de doble filo. En realidad no lo teme pero percibe que bien pudiera ocurrir alguna circunstancia inoportuna que le truncara su carrera.

Hoy hace frío. Fábregas vuelve a entrar en café del teatro. Espera unos segundos antes de traspasar la puerta. Hay pocos clientes en las mesas.

Lo ve dirigirse a los reservados después de hablar con el encargado. Es posible que haya pedido compañía femenina. Éste le da órdenes a la hermosa chica del tranvía, con restos de nieve todavía en el abrigo. Acaba de llegar también. Ella asiente resignada. El joven investigador deduce que es la elegida para servirle. Fábregas se da la vuelta y descaradamente fija la mirada sobre la figura que percibe le sigue para luego desaparecer.

Decide que debe ir hasta el escondido rincón donde la espera el magnate de la cerveza. Debe adelantarse a la camarera mientras ésta se prepara. Piensa que tal vez sea una cita de negocios con alguien que le espera ya allí dentro. Debe arriesgarse a pesar de las advertencias de Gerard. Se quita el sobrero y se peina el escueto bigote.

El pulso se le acelera al pasar frente al escenario y observa de reojo el comienzo de la actuación de un mago. La música de fondo acompaña al número, ejecutada por un trío de cuerda oculto tras el telón.

Le pide al encargado que le envíe a alguna camarera con una botella de champán y le acompaña hasta la puerta que da a los reservados. Un sudor frío le sobreviene al quedarse solo y caminar por el enmoquetado pasillo granate. Los apliques apenas dejan ver. Emiten una luz quejumbrosa y sucia, a juego con el lugar. Hay una batería de cortinas dispuestas, la mayoría abiertas. Pasa despacio frente a los dos primeros habitáculos vacíos. El corazón retumba con fuerza en su pecho. El tercero, con la cortina echada. Hay alguien dentro. La aparta unos centímetros para mirar de quién se trata. Una camarera se entrega a los juegos prohibidos con un desconocido, subida sobre él, se mueve como una serpiente con los pechos escondiendo la gruesa cara de su cliente.

Sin hacer ruido, suelta la cortina y duda en continuar aquella aventura. Calcula que unos diez o doce reservados tienen cabida allí dentro. Da unos cuantos pasos, casi de puntillas, hasta la próxima cortina a medio usar.

Fábregas le sigue con los ojos, impávido, serio, callado. Se ha quitado el abrigo tres cuartos y luce un chaleco de terciopelo gris sobre una camisa blanca. El joven traga saliva y pasa de largo aguantando el desafío, sin dirigirle ni siquiera un saludo para disimular.

- ¿Busca a alguien, joven? - le pregunta de repente.

- No - casi tartamudea, pero sale airoso - es mi primera visita a ésta zona del café - logra contestar acertadamente con una cínica mueca.

Consigue una falsa sonrisa de incredulidad en el semblante de Fábregas.

- Esperemos que no sea la última señor.... August - apunta el hombre en tono sarcástico.

Aquella revelación deja desconcertado y sin habla al novel detective. Esa es la reacción que deseaba obtener para saltar sobre él y colocar el resplandeciente filo de un punzante cuchillo cerca de su cuello. Luego le obliga a meterse dentro del reservado y le habla en perfidos susurros con los dientes apretados, cogiendo la ropa de su pecho y acercando su rostro irascible.

- ¿Quién te envía, eh? - lo agita y el gran cuchillo tiembla en su mano - ¡Dímelo malnacido!

Pero August sigue sin temerle. Confía en sus posibilidades, en su preparación física en la lucha cuerpo va cuerpo. Su padre, con galones en el ejército, le ha entrenado durante meses para evadir y contestar esa clase de ataques con arma blanca. Con un rápido movimiento del brazo se zafa del aprisionamiento al que estaba siendo sometido.

Entre tanto, la chica del tranvía hace su aparición en escena, portando una bandeja con vasos y bebida que, perpleja ante tal contienda, se detiene sorprendida. August la ve a su espalda, aunque no puede dejar de concentrarse en la ejecución de los movimientos. Ha de ser preciso o... cagada pastoret.

Los dos hombres enfrentados, moviendo los brazos, intercambiando la dirección del arma que ostenta Fábregas, apuntando a uno, rozando a otro. Hay forcejeos, sonidos de garganta, hasta que finalmente el detective consigue hacerse con la empuñadura tras una llave en la muñeca del magnate cervecero y le clava el puñal limpiamente en el cuello, sin un grito de dolor, produciéndole la muerte en el acto. Fábregas se desconecta y al soltarse de su verdugo, se desploma sobre el sofá. Permanece de pie, quieto, unos miserables segundos, observándolo, respirando ruidosamente. Después se gira lentamente hacía la bella camarera, vestida con su provocador atuendo. Entonces le reconoce.

- ¡Usted! - musita sorprendida.

August se da cuenta entonces de lo sucedido y de la gravedad del asunto.

- ¡Ayúdeme! - le pide en voz baja.

Tarda un poco en reaccionar, pero al leer la nobleza y la inocencia en sus ojos deja la bandeja sobre la mesa y le coge de la manga, estirando de él. Pasan por los reservados, por suerte vacíos, y llegan al último, el que tiene una puerta discretamente oculta y ambos escapan por ella al edificio contiguo.

- Espéreme aquí. Recojo mi abrigo y vengo a buscarle.

Él asiente con la cabeza.

Es posible que nadie en la sala se haya percatado del supuesto asesinato. La camarera regresa y salen juntos a la calle. Continúa nevando y el suelo embaldosado comienza a resultar peligrosamente resbaladizo. Una capa de blanco frío cubre la ciudad, engalanada de luces navideñas.

Poco después, resguardados de la nieve en el sesenta, ella decide ocultarlo en su casa. Piensa que es el lugar más seguro. Hacen el recorrido en silencio, sólo hablan los ojos asustados de la nerviosa chica, sin entender dónde le llevaría aquel feo asunto. Ya en la finca, entran separados, para evitar chismorreos innecesarios de los vecinos.

- Le agradezco la ayuda señorita...

- Me llamo April - continúa ella - y usted es...

-August —contesta con cara de preocupación. —April, sabe que cuando descubran el cuerpo y su ausencia irán a por mí pero también vendrán a buscarla. Si no la hacen asesina, al menos la harán cómplice. Y será la gente del café la que nos buscará, no la policía.

—¿Qué vamos a hacer? —Se sienta en una vieja butaca y cubre su cara con las manos.

Aún no sabe muy bien porqué, pero confía en ese hombre. Él se arrodilla frente a ella y recoge sus manos, sus ojos tropiezan. Sus miradas son un reflejo de su miedo y su necesidad. Saberse en peligro los ha unido, y August se acerca más a ella. Esa mujer le ha salvado la vida. Finalmente se sienta a su lado y abrazándola con ternura, bajo la tenue y ocre lámpara que les ilumina, deposita un beso en sus labios.

April se deja llevar por el intenso deseo que siente en su interior, sus largos dedos se enredan en el pelo de August, respira de él profundamente, párpados cerrados, se entrega, en alma, en cuerpo.

El joven detective, hechizado por sus encantos, olvida por unos instantes lo ocurrido en el café, toca el cielo sintiendo llegar el fuego apasionado que desprende April.

Ambos comprenden en ese mismo instante que juntos pueden conseguir salir adelante. El beso les hace afines. Se complementan, se reconfortan, en silencio se prometen no separarse.

August toma sus sonrosadas mejillas con las palmas, la mira, con reflejos en los ojos, perdido en el laberinto de la bella desconocida a la que desea seguir descubriendo.

- Todo saldrá bien - la quiere calmar - y no dejaré que te ocurra nada.

Ella le sonríe, le cree.

Esa noche cae una gran nevada en la ciudad. Todo queda colapsado, desde negocios hasta transportes. Eso les da tiempo para comprender su situación y a decidir sus próximos pasos.

Lo primero que hace April es recoger sus cosas en una maleta y en cuanto la nieve permita moverse, preveen coger un tren en dirección a Francia.

Sin pasaporte, planean ir hasta Portbou, cruzar por algún punto no controlado la frontera y llegar hasta Perpignan.

Desde allí hay pocos kilómetros hasta Castelnou, el pueblo donde viven sus hermanos.

Un viaje sin retorno, una nueva vida les espera, mientras caminan firmemente cogidos de la mano hacía la Estación de Francia, bajo la blanca y fría noche.

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