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7 min
APUNTES EN SOL MENOR
Varios |
29.01.19
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Sinopsis

Historias de Duque y Martín.

“Sólo los Ángeles ultrajados pueden hablar así.”

 

                                                            Dostoievski

 

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1

 

     Lo único que lo asombra es haberse quedado sin recuerdos: algo tan absurdo como una mujer que hace silencio o un tigre en reposo. Lo cierto es que un día cualquiera decidió descolgarse por una esquina de caras apagadas, hurtando su cuerpo a las manos conocidas, pisando ojos y orejas, usando cada rostro como un peldaño para la fuga, intuyendo que terminar sus relatos sería tan inútil como una inyección de morfina o un tiro en la nuca.

     Conoce su límite: es un individuo sin paisajes; solo dos o tres calles, algún que otro bar, billares y burdeles. Subsiste en base a la repetición reiterada de imágenes concernientes a un período de tiempo específico, a un espacio rodeado de alambradas: alto, Stop, no pase, dánger, mierda, etc (detenga sus pies de sapo y su mirada inerte)

     Conserva la ventaja de poder concebir que el pintor deje a medias la obra: una ceja aquí, un labio allá, un dedo cortado, un falo cubierto, un par de tetas sin pezones. Lo peor es que cada sección mutilada se convierte en un círculo de bocas que se arrastran y murmuran: bocas-lagartija trepando por las paredes, bocas-pájaro burlando redes, bocas-espejo resolviendo enigmas, bocas-laberinto extraviando incautos.

     Nadie que no sepa del horror de los pasos que persiguen puede hablarle realmente. Tal vez se deje llevar por una torpe charla sobre putas y boxeo: le dio duro en el tercero, la tiene toda afeitada, no pudo ni tocarlo, entre las nalgas le crecen unos pelitos rubios, se derrumbó con la boca partida, te lo mama del carajo y se la traga.

     Echa una meada mientras va releyendo estos papeles. Nada de lo aquí escrito tiene los ojos necesarios para retirar el velo, nada es verdadero ni falso en este ir y venir de alegorías mancilladas y párrafos sucedidos, de gestos como sombras perturbadas por la candela del cigarrillo inevitable, ese que se consume entre los dedos sin ser requerido por la boca.

     Supone que no pasa de ser un perverso poeta tratando de capturar hembras para cargar sus cruces, un judas en barata que rebaja su precio sin esfuerzo, un Ángel renegado, último dinosaurio, situación límite, final de línea, punto y aparte.

     Un gran carajo que se rapa el cráneo para que su interior y su exterior estén de acuerdo: alma de preso en cabeza de preso (cabeza de güevo habría dicho Muñeca con ese humor Laurel y Hardy que le movía los labios y le arrancaba la risa)

 

2

 

     la Belleza le regaló un amor inquieto, divertido, y caliente. Un amor sin top secret ni vueltas anamórficas en derredor de las excusas usuales para hacer o no hacer esto o aquello. Un amor fósforo que arde y te quema los dedos. La Belleza le llevó de un lado a otro, estrelló su cabeza contra algunas paredes, recogió los pedazos con su lengua, sumergió su cara en la poceta, se cagó en su boca. La Belleza es la nostalgia de arrancarse el pellejo poquito a poco (incisiva imitación de una parodia que está por escribirse: Del amor como pájaro carpintero o erizo sin escrúpulos)  

 

3

 

     Camina con las manos llenas de ojos y de huellas. Viene de un encuentro con la Belleza. Una Belleza pequeña y culona, flaca y ebria, dulce de labios y boba de palabras.

     Viene de estar con la Belleza, una Belleza puerca, una Belleza triste, que corrompe, que pide nalgadas fuertes, una Belleza que grita escúpeme los dientes cuando acabes.

     Viene de estar con la Belleza que no da crédito, con la Belleza cash nada de tarjetas y te la pasas por el rabo: aquí solo efectivo. Viene de estar con la Belleza y ahora se hurga los bolsillos vacíos: ni para el bus le dejó la Belleza (a patas tocan mamón de mierda)

 

4

 

     Duque alza el cuello de un imaginario sobretodo y sigue andando. Se mira la muñeca vacía y verifica la hora en su pellejo. Escupe caña, y rabia, y ganas de cagar. Entra en el Capri y se va derecho al retrete. Abre la puerta y siente náuseas, se devuelve y aprieta el culo. La pinga -se dice- no vuelvo a meterme en uno de esos. Para sentarse en una poceta de bar se precisa la angustia existencial de los veinte años.

     Sale del local y sigue adelante un pie tras otro, paso a paso, en puntas, en talones, de canto, de bajo, de tenor, de la concha madre que los parió. Llega a ninguna parte y sube dos pisos. Cruza la puerta, se ajusta la corbata, mete las manos en los bolsillos y espera un taxi. Ninguno de nosotros (piensa Martín) sobrevivirá a esta puta invasión de rap, changa, y anís con yogurt. La raza del brandy y el jazz está muriendo. Esa raza que se imagina a sí misma pero que no se sabe, y que proyectada al exterior es poco más que un gesto, una tristeza, una manera de mirar, una forma de alzar la copa, una breve burla que se consume.

 

5

 

     Habituados a hurgar el culo de la noche (dedos largos, lengua loca, falo puyón) andábamos de un lado a otro sin piedad para con los idiotas, esgrimiendo un cinismo feroz que degollaba la faz de bocones y falsarios. Girando como caballos de feria aprendimos las piruetas del espejo: nada es más difícil que amar a una mujer fácil. Pero si atrapas el instante (vuelo de mosca) en el que debes jugar solo una y esa carta, y si la sudas, la ardes, la expulsas, la dejas caer desde tu lengua, la hueles con hocico de perro, la designas con su nombre que es flor y disparo, la hundes en su vientre con un latigazo de besos y la sacas húmeda para mojar su cara, si puedes hacerlo y seguir tan fresco como La Última Cena de Da Vinci o un gato a punto de salto y captura, tendrás una pequeña posibilidad de acceder (tal vez) a la llave que abre todas las piernas (o casi)

 

6

 

     Trataron de escapar varias veces. Ineluctablemente, todo camino que eligieron se convirtió en aporía, obligándolos a volver sobre la viciosa jerga que sus pies conocían de sobra, verbigracia pared de ladrillos frente a la cara o muro insalvable de varios metros de indolencia crónica. En alguna ocasión fueron objeto de la mirada rígidamente atónita de paseantes y comensales: un par de cretinos que con los ojos cerrados y sonriendo daban interminables vueltas sobre un mismo punto.

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Un oldman alto, hosco, y feo; hastiado de cigarros, bares, y noches sin término (hembras que llegan y se van, botellas de Whisky, la vieja escuela, el último dinosaurio, y así de pendejadas una detrás de la otra) Me aburre el sexo sin caras ni compromisos (ya tuve suficiente de esas pajas modernistas) Hoy día no me gustan los bares: parecen agujeros para heridos de guerra. Me gustan las personas y los perros (“Esa misteriosa devoción de los perros”, decía Borges) Amo a mi hija y a mi nieta: mis únicas dos rosas, mis últimas palabras. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

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