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8 min
APUNTES PICTÓRICOS
Varios |
19.09.18
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Sinopsis

Historias de Duque y Martín.

“Bajo una sábana blanca que lo protegía del cielo y con la muerte al lado, para la que no existe protección. ¿O sí? ¿Un condón?”

Fernando Vallejo.

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He visitado lugares que tú nunca visitarás (a menos que lleves una voladora de ácido y lujuria que te deposite por casualidad en el segundo y momento indicados, o que te golpees la nariz contra la conexión subterránea, esa que va más allá de la puerta para invidentes y te lleva al sótano de los supuestos elegidos) Y es que en Caracas todo se puede conseguir (Ámsterdam y Berlín me sudan las pelotas) si tienes una buena Credit Card dorada o una amiguita que la tenga y te conduzca de la mano y te crea merecedor de un tour free para novatos del  Underworld.    Hay    de    todo    un poquito: fumaderos de opio (decadencia verbal que evita el uso del moderno y menos dramático aspiraderos de coca), lamederos de barbitúricos (idem al anterior solo que a punta de pepas), sofás reclinables para tatuarte venas con puyones de heroína (también en la entrepierna o detrás de la rodilla o en la sien si es que quieres irte de una vez al otro barrio, cruzar la orilla, hablar con el barquero, negociarle un par de óbolos a Caronte) Espectros y sombras que solo están ahí, quietos, absortos, nebulosos: chupa que te chupa, aspira que te aspira, puya que te puya. Lo demás es incierto, ni puta idea de lo que atraviesa sus costillas. Nada, ni siquiera un párpado se agita, ni una ceja, ni una pestaña (algún episodio de pseudo agresividad que los guardias armados contienen de inmediato. Uno que otro encuentro hetero, bi, trans, lesbo, u homo, que surge como flama de lastimosa violencia, y que se apaga sin tapujos a la luz facial de todos los presentes  (en plena jeta de los mirones, quiero decir) dejando claro que el interés principal no radica en recibir o empujar pene, sino en vislumbrar el sentido de la constante metamorfosis vital: Buda como habituè de un cine porno que está por aquí cerquita (en la esquina y entre dos burdeles donde te miden el tiempo a la antigua: reloj en mano y ni un minuto de gracia) Y claro, las infatigables salas de sexo en vivo (sólo actrices y actores: público en general se da lengua y consume tragos. Para zingar por cuenta propia están las habitaciones, con tarifada o con novia, es igual, te cobran lo mismo aunque te cabrees) Clubes de placer garantizado:  anterior, posterior, bucal, de pezones lacerados, látigos y cadenas, collares y pinchos, nalgadas a granel (las das o te las dan: no hay problema), asentadores de navaja, foetazos, mordidas, mamones, cuero negro o rojo, enfermera, colegiala, sirvienta, camaleones y disfraces, consoladores, muñecas y muñecos (inflables o al natural, usted me dice) mujeres bien comidas para cagarte en la boca o tú a ellas, esposas, cadenas, braguitas rosa tipo nenita, mediecitas blancas, zapatos de hebilla, tacones de aguja, ligueros, pantys de huequitos, uniformes varios para hembra o macho o lo que le salga ser in this moment : nazi SS tipo gorra con calavera, macana, lengua babosa y un retrato del Führer; general de cuatro estrellas (una en la pinga o en el útero o en el ano, según sea el caso); judía de época (moviendo el culo en popa y sudando) resignada a una violación múltiple y doble coito anal; amantes literales de cualquier animalito (para el perro y el burro se hacen filas increíbles) cerditos y cerditas que gruñen y se retuercen comiendo en el piso y cagándose por todas partes.

Sitios en los que al entrar te revisan el sexo por si acaso, no sea que traigas algún invitado indeseable en forma de chancro o herpes, o VPH, y luego un disculpe señor, seguro comprenderá, y te regalan un paquetico de condones o pastillas. Y tú entras con aquella mierda en la mano y tratas de acostumbrarte a la luz bajita que sirve de marco a las litografías stylus Sade (Los 120 días de Sodoma,  que  ninguno  de   estos  hideputas  habrá   leído  ni   leerá) y alguna referencia al desconocido Masoch  (a cuatro patas en el piso, lamiendo el zapato de su Venus predilecta, sintiendo el tacón sobrante hincado en su cráneo)

Sitios que semejan colmenas a fuerza de celdillas como cuartos quese repiten adentrándose en la tierra: uno al lado del otro y   del otry del otro, apenas separados por una parecita de nada que lo deja escuchar todo de todos,  y  una  puerta  de  tres  cerraduras   con  un fálico aviso de no molestar (Do not disturb) debidamente colgado en cada uno de los pomos que se figuran culos y ya sabrá usted donde meter la llave. Eso sí, es  justo reconocer que todos los cuartitos están debidamente identificados y además con la típica decoración apropiada a cada género de experiencia (conocimiento empírico, no veas tú semejante joda) que el cliente y su pareja o parejas ( o pareja o parejas que escoja in situ) tiene en mente, que es como decir que tiene entre bola y bola si es que le queda algo que tener después de tanta fumadera, inyectadera, ingestión, revulsión, y absurdo carnaval combinatorio de los más diversos psicotrópicos y licores disponibles (prepago, no sea que borrachito y drogo se nos fugue por la ventana) a lo largo de una interminable mesa estilo sírvase usted mismo y pase por caja para sacarle la cuenta del platito, que nada le sale gratis amigo, no lo dude, ni el entierro: ¿qué más quiere? ¿en qué podemos servirle? ¿La de rojo a lo María Antonieta? claro, ¿por qué no?, ¿habitación o salita?, ok, tome su llave, suba y espere que ya se la mando (si quiere subo con usted y se lo mamo, para que luego le dure más a la morena, mire que esa es hembra de cuidado: dos meneadas y se la saca todita, créame, le hago el favor con gusto)

Sitios en los que no puedes mostrar dolor ni asco, cavernas en las que soltar una lágrima puede conducirte a la muerte (¿qué te pasa bolsa, no te gusta el show?, más tarde tenemos tiernitas ( verás la de viejos babeando), verdaderas vírgenes de todo hueco, no más de trece añitos, y la Casa te devuelve el dinero si al romper no hay llanto y sangre. ¿El baño?, al final, sigue derecho, no te caigas, mira que llevas una de brandy como para irte de culo o de  narices.

Sitios en los que al llegar al baño te arrodillas para vomitar largo cuanto te cabe adentro: los sesos, las uñas, los codos, las costillas, los pájaros que aún te anidan en las manos, tú de niño en la iglesia los domingos, tu madre llamándote a comer, tu padre durmiendo cigarrillo en boca, tu matrimonio  y tu divorcio (no hacen fotos cuando te divorcias), tu sed de confesiones y distancias, tu voz de payaso articulado que el viento dispersa, tu próxima y futura, cercana muerte, esa dulce puta siempre dispuesta y siempre  desnuda, mostrándote rabo, pubis y tetas, señalándote la cajita de calmantes, la hojilla de afeitar, la ventana y de cabeza, la navaja de barbero infame. Y esa muerte, tu muerte, es la muerte que te deja colocar las palabras que decidas poner en su boca, es la muerte que se asume con paciencia por saberse inevitable como su look de siglos apagados: negro hábito de monje inalterable, guadaña filosa, cráneo en close-up de fauno sin rostro, es la muerte que se resume y explica ella misma en su ineptitud para cambiar de contexto: tierra sobre tierra y todos de vuelta a casa menos el muertito.

Sitios de los que salir con vida es sólo una cuestión de suerte o de inercia.

 

 

 

 

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Un oldman alto, hosco, y feo; hastiado de cigarros, bares, y noches sin término (hembras que llegan y se van, botellas de Whisky, la vieja escuela, el último dinosaurio, y así de pendejadas una detrás de la otra) Me aburre el sexo sin caras ni compromisos (ya tuve suficiente de esas pajas modernistas) Hoy día no me gustan los bares: parecen agujeros para heridos de guerra. Me gustan las personas y los perros (“Esa misteriosa devoción de los perros”, decía Borges) Amo a mi hija y a mi nieta: mis únicas dos rosas, mis últimas palabras. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

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