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4 min
Aquella noche no era un policía
Suspense |
06.07.09
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Sinopsis

El funeral de Marcos fue un martes. No hubo banderas sobre el féretro, pero sí una veintena de policías uniformados que se mantuvieron de pie en la última fila de la iglesia. La viuda sólo tenía 26 años, uno menos que mi compañero muerto. El ataúd tenía la tapa bajada.
El tipo que se lo cargó era un camello del casco viejo. Lucía unas enormes patillas negras que le bajaban hasta el mentón y dos ojos de rata, pequeños y maliciosos. La pistola con la que le voló los sesos era un revólver de un calibre grande, un 38 ó puede que un 42. La detonación había sido brutal.
Yo la había oído desde el coche. Estaba dando el aviso por la emisora cuando Marcos se bajó del Peugot y se acercó hasta la zapatería. Eran las tres de la madrugada y la luz estaba dada. La persiana metálica tenía una esquina doblada como las solapas de una chaqueta. Un hueco lo suficientemente amplio como para colarse dentro. Marcos soltó un grito dando el alto. Yo le oí y abrí la puerta del patrullero. Entonces sonó el disparo. Uno sólo. Su eco se quedó rebotando en la nochea, al principio, y dentro de mi cabeza después. Luego escuché las rápidas pisadas del caco abandonando el lugar. El muy imbécil se dio la vuelta justo bajo una farola y pude verle la cara, pero no corrí tras él. Fui hasta mi compañero, tumbado en el suelo. Cuando llegué ya estaba muerto. Tenía la cabeza envuelta en un charco de sangre. Me senté a su lado y pedí una ambulancia.
- Ha sido un buen funeral – me dijo el comisario Herrera a la salida de la iglesia.
Asentí en silencio.
- Él era un buen policía. Pillaremos a ese cabrón.
Volví a asentir.
- Escucha Claudio, tienes que tener fe. Sabes que le vamos a coger. Es mejor que no te obsesiones.
- No lo haré, señor –le dije. Mi tono de voz ni siquiera lograba convencerme a mí.
- Bien – contestó-. No merece la pena.
Y se alejó hacia el aparcamiento. Al rato se me acercaron los compañeros. Todos llevaban una banda negra sobre la camisa del uniforme. Quien habló fue Julia.
- Los chicos y yo vamos a tomar algo en el Sensarrosa. ¿Por qué no te vienes?
- No tengo ganas –contesté.
Ella colgó su brazo en mi hombro.
- Te vendrá bien. No debes estar sólo.
Retiré su mano y la miré fijamente.
- En serio, no me apetece. Id vosotros.
El grupo estaba sinceramente abatido. Sé que muchos se emborracharían esa noche para tratar de superarlo. No es cierto que los policías ahoguen sus penas en alcohol, pero sí que tienen muchas penas por ahogar. Cuando no era un compañero muerto, era uno al que la navaja de un ratero le había dejado prácticamente inválido, y sino un juez soltaba a un violador de menores. Otras veces veías como desvalijaban un negocio y sabías que su dueño nunca recuperaría nada de lo que le habían quitado, o te encontrabas con un retrasado al que un grupo de jóvenes le había dado una paliza simplemente porque sí. Era como ser soldado de una guerra que no terminaba nunca. No había vencedores, sólo vencidos. Cuando terminaba la noche, tenías la sensación de que no se había ganado nada.
El convoy funerario se alejó de la iglesia y un monaguillo cerró sus enormes puertas. Lentamente yo me fui a mi coche y una vez dentro puse la radio. La tarde estaba plomiza, pero no llovía. El suelo estaba seco. Daba la sensación de que hubiera absorbido el calor de los días anteriores y se respiraba en el aire un ambiente de tormenta. Recliné el respaldo y me quedé escuchando un CD de Jazz que me había prestado Marcos hasta que el coche pitó amenazando con que la batería pudiera agotarse. Encendí el motor, ajusté el asiento y me fui conduciendo a casa. Aquella noche no lloré. Tampoco bebí nada. Aquella noche, cuando me enfundé mi pistola, no era un policía.
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