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12 min
Aquellos de madera....
Históricos |
24.06.18
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Sinopsis

Como han cambiado las cosas en tan pocos años....

 Fue realmente algo automático. Nada más sentarme allí, en aquel cómodo y amplio sillón, más propio de un avión - antes de inventarse eso del low cost - que de un autobús, reclinable y con reposa pies, se me vinieron a la mente imágenes de hace tiempo. Sí, bastante tiempo ya.


Recuerdo cuando las guaguas nuevas, las más grandes, más modernas, con mejores asientos y hasta con hilo musical, eran las que llevaban a los turistas al Teide o a La Orotava. ¡Ellos sí que sabían! En esas nosotros sólo nos subíamos el día de la excursión del colegio. Ese día también parecíamos turistas, si no fuera por el escándalo que llevábamos con nuestros cansinos cánticos; las mismas canciones todo el viaje; las mismas canciones todos los años.

Las de todos los días eran las otras. Aquellas guaguas de mi niñez, hechas de madera. Si, de madera. Todo era madera, excepto el motor y el chasis, supongo.
De madera era la carrocería, con ventanas en los laterales que se podían abrir subiendo el cristal inferior para despedirte con la mano o para sacar la cabeza a que te diera algo de fresco los días de calor, porque, claro, el aire acondicionado, en aquella época, ni se conocía.

De madera eran los sillones, formados por listones alargados que se te clavaban en la espalda al apoyarla. Por eso doblábamos el jersey o la chaqueta para ponerla entre los huesos y los largueros, intentando acomodarnos un poco más ¡Así quedaba la ropa hecha un guiñapo por el surco de las arrugas!

De madera era el piso. Sí, construido con gruesos tablones que iban de lado a lado, a los que en ocasiones se les nacía un ojo al perder alguno de los nudos, por el que se podía ver pasar el asfalto mientras rodábamos por aquellas bacheadas carreteras ¿te lo puedes creer?


Aquellas eran las guaguas en las que todos nos movíamos de un lado a otro, porque coches apenas había. Nada más decir que en el barrio el único que tenía coche era don Ramón, el del colmado, y tan solo lo arrancaba de madrugada para ir al mercado en busca de frutas y verduras. Lo usaba para eso y para limpiarlo los domingos; un ritual que le ocupaba toda la mañana; cualquier cosa por no ir a misa con su mujer.

Las nuestras, las que utilizábamos a diario, eran las rojas. También las había azules, pero esas sólo se movían dentro de Santa Cruz y las verdes, que unían los barrios de La Laguna. Todas iguales. Sólo les cambiaba el color.

Tampoco se había inventado ninguna “Estación de guaguas”. Los inicios y finales de trayecto se hacían en una calle, marcada por el ayuntamiento, ancha, eso sí, para no entorpecer el tráfico, donde paraban junto a las señales que indicaban el destino de la que allí paraba: “La Cuesta”, “La Laguna”, “Puerto de la Cruz”, “Güimar”,… El chofer, antes de abrir la puerta, cambiaba la tablilla donde llevaba impreso el destino, para evitar errores. Así y todo, la gente preguntaba; normal, porque habían muchos que no leían; apenas juntaban letras, por lo que preferían consultar antes de subir. No sería la primera vez que alguien se tenía que bajar en la siguiente parada después de decir “¡Ah! ¿pero esta no va a….?”, para volver al origen en busca de la buena.

Yo tenía suerte, porque en mi calle, allí junto a mi casa, había un final de trayecto. Por eso cuando teníamos que coger la guagua mi madre me mandaba a mirar por el balcón a ver si ya había llegado; entonces bajábamos a toda prisa. Así no teníamos que esperar en la calle. Aquí no, porque es un barrio, pero en Santa Cruz…¡no imaginas las colas que se hacían!

En esa época no pasaban con tanta frecuencia, ni había abonos, ni venta anticipada, ni….nada, y la salida era cuando se llenara. No quedaba más remedio que, a pie derecho, hacer cola junto a la señal que indicaba el destino de la guagua que querías coger. Bueno, junto al cartel o donde te tocara, porque en ocasiones esas colas eran interminables; hasta el punto que no siempre podían entrar todos los que esperaban, porque eran muchos más los desesperados pasajeros que los que cabían en cada uno de los viajes. Y así podías estar esperando dos o tres guaguas, hasta que pudieras colarte en una.

¡Por fin! Ya estamos dentro. Ahora lo difícil era encontrar un sitio libre y si no, de pie todo el trayecto, cogidos de aquellas barras, oliendo el sobaco resudado del vecino, manteniendo el equilibrio en las curvas, apoyándote en los pasajeros de al lado, porque, en ocasiones, las sardinas iban más holgadas en sus latas.

Por suerte, como éramos pequeños, algún señor le cedía el asiento a mi madre y nosotros….sobre las rodillas, pero… ¡sin cinturones de seguridad! Sí, es que en aquellos tiempos los caballeros y, sobre todo, los jóvenes – sin distinguir sexos – cedían el asiento a las personas mayores, a embarazadas o, como en nuestro caso, a señoras con niños pequeños; se ve que también éramos una carga: “pobre mujer, cargada con esos dos chiquillos” pensaría alguno.

Íbamos tan apretujados que al cobrador, que ya estaba acostumbrado a esto, le costaba deslizarse entre los pasajeros. Sí, cobrador. Es que tú subías y cuando habías encontrado sitio o hueco entre la gente, aparecía el cobrador, con su maletín de cuero marrón colgado del hombro – parecido al de los carteros, algo más pequeño -, te preguntaba “¿a dónde?” con una tablilla entre las manos en la que llevaba sujetos con elásticos los  tacos de tickets, de distintos colores dependiendo del destino y del precio; “a La Cuesta; uno”. Sí, porque los menores de cinco años no pagábamos y hasta los doce era sólo medio billete. Creo que tuve cinco años hasta casi cumplir los siete. En realidad fue hasta que le dijeron a mi madre “pero señora, si dentro de nada le sale bigotillo”. Ahí fue cuando volví a cumplir años…., hasta hoy, que no he parado ¡lástima!

¿Y para mandar a parar, qué? Cuando ya vislumbrabas la parada en la que querías bajar tenías que tocar el timbre, que sonaba justo al lado del chófer; si no, con el traqueteo del motor y el barullo de la gente, no se enteraba. !El timbre! Un cordel tendido desde atrás, enhebrado a través de argollas colocadas por encima de las ventanillas, llegaba hasta la palanquilla metálica que, cuando tirabas de la cuerda, golpeaba la campanilla y sonaba: ting-ting. Yo, como no llegaba, me ponía en pie sobre los maderos del sillón y tiraba con fuerza, pensando que así el chófer haría más caso. Esto hasta que, una de las veces, me fui de morros sobre el cardado de la señora sentada en la fila de delante al frenar la guagua, justo cuando intentaba activar el cordón mágico. Y encima acabé con el culo caliente de la nalgada que me llevé, no sé si por inquieto, revoltoso,....; Cualquier cosa de estas me solían decir.

Y el revisor ¿Qué me dices del revisor? Era un ser extraño, con aquel uniforme gris replanchado, adornado con los vivos de la chaqueta de color rojo, subiendo y bajando de la guagua donde quería y cuando aún estaba en marcha, con aquella actitud inquisidora que pedía cuentas a todo el mundo, dándole un aura de poderío sobrenatural. Sólo era el revisor, pero lo normal era que le temblaran las piernas a todo el mundo mientras buscaba en el bolso o los bolsillos el dichoso ticket ¡ni que no hubiesen pagado! Pasaba a tu lado con una única palabra en la boca: “ticket”; alargabas la mano entregándoselo, lo miraba, lo perforaba, te lo devolvía y ….a por otro que agujerear.

¿Y esa chulería de bajarse en marcha? Al final lo prohibieron y con razón porque fue allí, junto a mi casa, donde un cobrador – que también tenían esa mala costumbre, como los revisores, y para colmo muchas veces caminaba dando tumbos, seguramente por los muchos pizcos de ron que llevaba en el cuerpo – al saltar de la guagua tropezó un pie con otro, con la desgracia de caer debajo de las ruedas traseras y allí se quedó.

Pero sin duda, lo más emocionante fue cuando los trabajadores hicieron huelga, no sé si con razón o no. Sólo sé que apenas circulaban guaguas, y las pocas que lo hacían iban casi vacías, porque los huelguistas apedreaban, al grito de esquiroles todas las que veían aparecer, reventando las ventanillas y acojonando a los pocos que se atrevían a subir.

Claro, cualquiera se arriesgaba a llevarse una pedrada, porque anda que no eran brutos: no tiraban chinas, no; eran piedras bien gordas. Fue entonces cuando, como por arte de magia, aparecieron furgonetas clandestinas - todas ellas con la parte de atrás cerrada para que no se viera el interior – que, de forma fugaz, recorrían las paradas habituales de las guaguas en busca de pasajeros. Te apretujaban en la caja – amontonados y casi sin aire - y te cobraban algo más, eso sí, que el precio habitual del ticket, pero era una manera de poderse desplazar. Alguna también fue atacada al descubrir los agitadores que les estaban haciendo su trabajo, aunque, como no iban identificadas, la mayoría hizo un buen negocio durante las semanas que duró el conflicto. Para nosotros una aventura; para los mayores…..

Es que la guagua, en aquella época, era la única forma de transporte que teníamos, ya fuera por obligación o por devoción y si no funcionaban, mal asunto.

Y si no, ¿qué me dices de las azules que también iban a San Andrés? Esa era la que cogíamos para ir a la playa; nosotros y todo el que quería darse un baño.
También allí se formaban interminables colas: los padres, los hijos, los abuelos, la sombrilla, los flotadores, la cesta con el pan y las tortillas,….; un mercadillo parecía aquella larga fila de ilusionados domingueros, pero, al menos a la ida, no nos importaba aguantar hasta que llegara la siguiente si en esta no cabíamos, porque lo que nos esperaba era un día de baños y juegos.

La vuelta era más dura: cansados de correr y saltar durante todo el día, con la arena y el salitre rozándote entre los pliegues de la piel, con la mala cara por irnos ya, cuando todavía había sol,…; y así, con la misma sombrilla, los flotadores desinflados, la cesta vacía,…., nos tocaba ponernos a la cola a esperar y esperar. Esta sí que se hacía larga, muy larga.

Con el tiempo las guaguas de madera las aparcaron definitivamente. Fueron sustituidas por otras, ahora sí, de hierro – o de chapa, o yo qué sé -, más altas, más amplias, más modernas; estas eran – así las llamábamos – “las guaguas nuevas”. Imagina: el cartel del destino – el que está en la parte alta del parabrisas – ya no había que cambiarlo a mano. Estas llevaban una bobina – del ancho del cartel - con los diferentes destinos impresos y con una manivela el chofer lo cambiaba dependiendo de la ruta que tuviera que hacer ¿es esto moderno o no?

Las guaguas nuevas sí que eran cómodas: habían muchos más asientos y éstos ya no eran de madera; ahora eran mullidos, rellenos de gomaespuma y recubiertos de escay ¡donde va a parar! La lástima que seamos tan salvajes, porque al cabo de poco tiempo los asientos tenían colores diversos o parches que tapaban los agujeros que les habíamos hecho. Será que la gente se aburre o tienen el dedo descontrolado que, sin ser conscientes de ello, agujerean el escay y sacan la gomaespuma hasta vaciarlos; será ¿no?

Pero no todo eran mejoras, al menos para nosotros. Ya no podíamos sacar la cabeza por la ventana y todo porque el cristal de la ventanilla era fijo; apenas habían dejado un trozo – estrecho, eso si – en la parte alta que se podía deslizar – dos palmos, no más - para que entrara algo de aire, porque por muy modernas que nos parecieran, el aire acondicionado seguíamos sin conocerlo.

Con tanta modernidad, hasta la parada que estaba al lado de casa la habían quitado. Ya no paraban allí las guaguas; ya no podía ver desde el balcón si estaba allí, antes de bajar; ya no teníamos el privilegio de no esperar en la calle. Ahora también nosotros, como todo hijo de vecino, teníamos que ir hasta la parada que estaba en la carretera a esperar que apareciera, asomando por la curva de la Higuerita, el color rojo de la guagua y que, con suerte, fuera esta la nuestra; si no, paciencia hasta la llegada de la siguiente.

Un sobresalto me sacó de mi ensimismamiento al escuchar “estación sur” por la megafonía del autobús. “¡Qué barbaridad! Ya hemos llegado” pensé; “no sé para qué me puse los auriculares, si ni siquiera los he conectado”.

¡Ya ves!, tan acostumbrados estamos a las modernidades que ni las utilizamos.

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