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6 min
Archivo del 7/08/19 8:43 PM
Reales |
07.07.20
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Sinopsis

En el verano de 2019 saqué una foto a mis tres amigas. Inmediatamente supimos que cuando nos volviéramos a encontrar nunca seríamos las mismas.

El 7 de agosto del verano pasado les saqué una foto. Estábamos paseando por La Laguna como solíamos hacerlo, ya se había puesto el sol y la luz había cambiado a azul grisácea. Creo que cualquiera que la viese diría que es una mierda de foto, desenfocada, con calidad de cámara de móvil ampliada, torcida, mal encuadrada. La ropa que habían escogido ese día las hacía dignas de una viñeta de cómic de los ochenta. Creo que luego añadimos una frase en letras amarillas debajo y me emocioné al haber capturado ese momento retro. Detrás de ellas se había colado un suso (al que traté de recortar sin éxito) con cara de pescado, suéter amarillo y pelo muy rizado. Las tres habían quedado totalmente desprevenidas, con un pie en el aire, una mueca de risa, mirándose entre ellas y concentradas en una conversación en la que nunca llegué a entrar. El único recuerdo que tengo de ese instante ajeno a mí es la dichosa foto. Me sentí lejana y espectadora, como un filmmaker de cine alternativo de los 2000. Realmente casi que no recuerdo haber apretado el botón, probablemente se sacó sola, una ráfaga de viento acompañó al disparo. 

Ese año nos habíamos graduado en el instituto, era casi el fin de mis vacaciones y pronto nos separaríamos cuando entráramos a la universidad. Aunque las chicas seguirían en mi clase, ella se iba a Madrid. Pienso que en esas circunstancias fue lo peor que nos pudo pasar a todas, supongo que esa tarde nuestra historia comenzó a arder, sigilosa, como el carrete de una cinta antigua. 

Ella y yo solíamos tocar la guitarra por la noche, dormir escuchando una radio de jazz porque nos daba miedo mi piso vacío, repleto de cajas sin abrir. Era realmente divertido cuando salíamos a pintar las paredes con monigotes y palabras clave mal escritas que sólo nosotras entendíamos. Grabábamos muchos vídeos estúpidos que ahora tengo prohibido mirar. Siempre bromeaba con que se enrrollara con mi hermano, les dejaba solos en la cocina para que se pusiera roja y nerviosa. Hablábamos muy alto, nos reíamos de forma estridente. Hacíamos ruido con las botas al bajar las escaleras de mi edificio. Yo le enseñaba a vestirse como una estrella de punk con cadenas y maquillaje, luego íbamos a nuestra cafetería favorita a dibujar y hablar sobre conceptos atemporales. 

Me duele recordar estas escenas a día de hoy, casi un año después y sabiendo cómo ha cambiado todo. Siempre hablábamos del tempus fugit y de lo irremediable que sería que todo siguiera como antes cuando nos volviéramos a ver. Su concepto favorito siempre fue la melancolía o saudade. La bossa nova era un estilo de vida para ella, lloramos la muerte de João Gilberto en la playa. 

¿Cómo no iba a cambiar todo?, estábamos tan inmersas en el presente y teníamos tanta fe en aquella amistad que pensábamos que podríamos capturarla como una estúpida fotografía desenfocada y mantenerla viva eternamente. 

Pienso que cambiamos las dos, cuando nos volvimos a encontrar me vi de pronto frente a una completa desconocida. No sé si ella pensó lo mismo de mí, nunca más hablé con ella de mis sentimientos tras aquel verano. Después de la despedida en la estación de tranvía, con nuestra canción "I hope time doesn't change him" de The Drums sonando de fondo había perdido a la amiga que siempre soñé tener. Otro pedazo de lo que fuimos se desvaneció poco a poco mientras hacía la maleta. Nunca he llorado tanto.

La ciudad corrompe, siempre lo he dicho. La verdad es que había bordado el manual "How to be a city girl". Odiaba ese nuevo tono altivo suyo, la apatía, el derrotismo, las terribles ojeras bajo sus ojos. Odiaba su relación tóxica, verla sufrir bajo el maquillaje, no soportaba ni si quiera pasar más de una tarde con ella. ¿Cómo iba a decírselo?, ¿cómo podría saber si que lo que sentía era cierto y no una mera ilusión provocada por mi estúpida obsesión con el pasado?, ¿quién era yo?, ¿era digna de criticar su comportamiento?, ¿de sentirme como una esfinge impertubable a pesar del paso del tiempo? 

Estoy convencida de que yo también me he transformado, he intentado con todas mis fuerzas ser fiel a mí misma pero supongo que habré traicionado a mi antigua yo en algún aspecto. Cada vez que miro hacia atrás veo fotogramas de películas antiguas que suceden a cámara rápida. No hay sonido, solo un rumor extraño y tranquilo. Hay muchos recuerdos en diferentes horas del día, pero todos se han cubierto de polvo y una luz azulada perpetua. Supongo que ese es el precio que hay que pagar por intentar retener la felicidad pasada. Cuando quieres destaparla se marchita, se convierte en fragmentos, polvo en suspensión que se mete en los ojos y hace llorar. Poco después dibujé la foto. Nunca volvimos a ser las mismas, dejamos de ser tres. Olvidamos nuestros chistes, nuestras referencias. Perdimos casi toda nuestra confianza. Obviamente no las culpo, si escribo esto es solo para tratar de expresar estas emociones que he tenido archivadas tanto tiempo, cómo duele. Las chicas siguieron siendo pelo azul y lunares. Ella se convirtió en otra y yo nunca tuve el valor de decírselo. Cobarde, cobarde, cobarde. 

A pesar de todo las quiero, no solo por los recuerdos ni por la persona que fueron en el verano 2019. Gracias a lo que vivimos nos pudimos transformar en quién somos y en quién seremos en un futuro que ahora veo gris y borroso. Cómo duele. Crecer. Cambiar. Tratar de retener el presente es tan absurdo como creer que viviremos para siempre.  

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