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10 min
ARENA EN LOS BOLSILLOS
Fantasía |
26.04.08
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Sinopsis

      Nadie hubiera imaginado que las consecuencias de aquello serían tan nefastas. ¿Quién había hipotetizado sobre algo así? Lejos de ser una salvación, se convirtió en una condena de la que muchos no supieron salir indemnes. Con las primeras muertes llegó la alarma, la verdadera conciencia de que jamás volvería a ser nada como antes. Era a lo que estábamos destinados, tarde o temprano habría de llegar un momento como aquel, que nos afectara a todos por igual y del que no podríamos escapar. Un día teníamos una vida más o menos apacible, con nuestros más y nuestros menos... al otro, ya no teníamos nada. Todo empezó con un hombre, con su aparición, con su palabra. Un solo gesto de su mano bastó para que todo se volviera del revés. Y aún hoy, creo que se equivocó. Erró su acción en pos de hacer de ella su intención. Yo, como muchos, hemos comprendido, no obstante, el cambio. Huimos de las ciudades y comenzamos una nueva vida lejos del pasado. Ahora los campos nos cobijan y dan alimento. Somos parte de uno de los tercios supervivientes del planeta. ¿Fue aquello un final o tal vez un nuevo comienzo? Es pronto para saberlo.


MENSAJERO



      Apareció con ropas ajadas y nadie le tomó en cuenta sus primeras palabras. ¿Quién iba a hacer caso de un mendigo por mucha sabiduría que sostuviera en su garganta? No bastaron sus soliloquios callejeros para que el mundo se diera cuenta. Tuvo que mostrar. Ver para creer. El eco de sus actos recorrieron las calles de aquella ciudad al principio, las de todo el mundo al final. Los medios de comunicación apoyaron lo increíble de aquel tipo. Sanaba enfermos con sus manos, devolvía la vista al ciego y hacía hablar al mudo. Levantaba los brazos y la lluvia arrastraba el recuerdo de una incipiente sequía en cuestión de minutos. Pero no era su intención aquella que le estaba haciendo famoso. Tan sólo estaba buscando una manera de llamar la atención y llegar a todos. Una vez tuvo radio, prensa y televisión pendientes de él, fue cuando obró lo que el dio en llamar “el verdadero milagro”, el desencadenante de todo lo que vendría después. Jamás, en las semanas que duró la disposición de los medios a hacerle publicidad, cambió sus atuendos ni rasuró su espesa barba. Y allí estaba él, de pie en un púlpito, con cientos de cámaras enfocándole, pendientes del más mínimo detalle. ¿Qué iría a hacer ahora? Se preguntaron. ¿Convertir el agua en vino? Pero no fue lo que esperaban. Alzó los brazos como siempre que comenzaba un discurso, levantó la vista al cielo y asintió, como recibiendo una señal invisible de un ser superior. Miró al frente entonces y una frase bastó para que todo cambiara. Dijo: “no más dinero”. Al instante, se comenzaron a oír murmullos de confusión, luego gritos de disgusto y abucheos de los presentes. Desde sus casas, los telespectadores de todo el mundo también ofrecieron una mueca de desagrado, no ante la noticia, sino al comprobar, como el resto, que esa frase no era más que un hecho a partir de ahora. Quienes hurgaron en sus bolsillos con el fin de extraer alguna moneda, no encontraron más que arena, una arena blanquecina y resplandeciente al reflejo del Sol. Y eso, después de todo, no fue lo más grave. Realmente no había dinero.



PAPEL MONEDA



      Los bancos también descubrieron que sus cajas fuertes parecían más playas desiertas que salvaguardas de caudales. La excitación ante lo acontecido hizo que las autoridades apresaran al hombre y emitieran un comunicado de calma al que pocos hicieron caso. Aún quedaban los números de las cuentas, pues al fin y al cabo, eso eran los ahorros de los ciudadanos para los grandes empresarios que dominaban las entidades bancarias. Los gobiernos establecieron un plan de acción que consistía en poner a trabajar a marchas forzadas todas las casas de moneda de todo el planeta. En pocos meses habrían conseguido restablecer el orden monetario y la paz entre los angustiados habitantes. Lamentablemente, cuando aquella frase fue pronunciada, no hizo referencia a pasado, presente o futuro, sino que se forjó un aura atemporal libre de espacio. El papel moneda existente también fue arena clara y cada vez que las máquinas se ponían a obrar, nada más que limos se creaban. Ahí fue donde el caos se hizo incontenible y los gobiernos ya no supieron que más hacer salvo condenar al que les había hecho aquello.


CAMBIO DE ORDEN



      En verdad, ya no había motivos suficientes para seguir llevando una vida normal. Hubo pocos que vieran aquello como una bendición y muchos los que se apostaron a las puertas de la prisión reclamando la muerte del maldito. Las tarjetas de crédito eran inservibles, los valores de inversión en bolsa tampoco servían de nada. Quienes tenían algún tipo de posesión podían considerarse afortunados, pues eso era lo que valían ahora, lo que tenían. Ya no más facturas del gas, ni de la luz, ni del agua o teléfono. Era una bancarrota generalizada que comenzó a tomar partido en el asunto recortando los gastos de producción y, más tarde, quedándose sin operarios que en nada estaban dispuestos a trabajar por un salario que no existía. Las tiendas ya no podían vender y los clientes comprar. Surgió de este nuevo orden una nueva forma de subsistencia que consistía en tomar cuanto se pudiera con la mayor diligencia. La ley del más fuerte y rápido, la supervivencia sin más. No pudieron a esto hacer frente los políticos, quienes también sufrieron las consecuencias de esto. Se descubrió entonces el alma oscura que encerraban muchos ante la sociedad que, ahora sin necesidad de fingir, robaban, violaban e incluso mataban por conseguir saciar sus apetitos. Muchos fueron también los que se refugiaron en las iglesias, mezquitas y sinagogas, recuperando su fe en Dios y pidiéndole les devolviera cuanto tenían. Otros tantos repudiaron a su Señor y dejaron de ser siervos de una buena causa para dedicarse a servir a otras causas menos loables y más ruines.


LA CAIDA DE LOS PODEROSOS



      No tardaron tampoco los menos favorecidos en allanar las opulentas mansiones de los más ricos y poderosos. No había nada que pudiera proteger a nadie. La policía seguía sus propias normas. Unos pocos se agruparon en un nuevo operativo de seguridad que apenas podía mantener a salvo a sus propias familias. Cualquier persona, animal o cosa que habitara la faz de la Tierra, estaba exento del peligro que ahora rondaba al acecho en cada esquina. De este modo, quienes no podían robar lo imprescindible para la supervivencia acaban en el estómago de otros en su misma situación o enfermaban. La tasa de mortalidad fue creciendo paralelamente inversa a la de natalidad. Sólo aquellos que vieron que el futuro de su existencia estaba lejos de las ciudades consiguieron sobrevivir mediante el autoabastecimiento. Los comercios se cerraron por completo una vez hubieron sido desvalijados. Los dirigentes políticos emigraron de sus puestos y se perdió su rastro en el olvido. Las cárceles se abrieron y las ratas poblaron nuevamente las alcantarillas de las que habían salido. Una única persona permaneció encerrada aún, paciente.


MEDIDAS GUBERNAMENTALES



      Los gobiernos decidieron que no podía haber cabida para aquel desorden y crearon zonas de cuarentena que acabaron por exterminar. Un genocidio que contribuyó a despejar las ciudades de insania. Esas medidas tan drásticas acarrearon consigo la aparición de guerrillas y grupos rebeldes organizados. Cada lugar del mundo tenía así su propia guerra civil, algo que fue extendiéndose para convertirse en guerra entre naciones. Lo que quedó después de aquellos enfrentamientos... fue como limpiar un jardín de hojas secas. Donde antes se levantaban grandes edificios, ahora no había más que llanuras y amasijos de hormigón y acero. Los cadáveres fueron abono para la nueva tierra durante muchos años.


RECONSTRUCCIÓN



      Ninguno se planteó la reconstrucción del planeta. ¿Qué merecía la pena de lo perdido? Se abrumaban pensando en las respuestas. Lo que sí sucedió fue algo sorprendente. Una vez abandonadas las ciudades por un gran número de personas, comenzaron a cultivarse los campos y a criar ganado. Renacieron oficios olvidados y quien sabía hacer algo lo hacía en pos del bien de la comunidad. Los albañiles construyeron nuevas viviendas para sus vecinos; los artesanos hacían vasijas y útiles para el hogar, zapatos y herramientas; otros tejían sus ropas... Se creó un hermanamiento insólito y todos los integrantes de cada comunidad se sintieron agradecidos por ello. Lejos de pensar más allá de la simple vivencia plácida, al entrar en contacto con otras comunidades, no sufrieron contiendas ni luchas por el poder. Surgieron vínculos comerciales en los que se utilizaba el trueque como moneda. Surgió un nuevo orden de fraternidad y, poco a poco, fueron comprendiendo que tal vez aquello no había sido una maldición sino todo lo contrario. El coste fue muy elevado, muchos habían muerto por hambre, enfermedad o guerras. Sin embargo, como decía, aún es pronto para saber si allá hacia donde nos dirigimos es un final o un nuevo comienzo.

      Del hombre ya no se sabe nada. Si quedó encerrado en la prisión o alguien lo liberó se desconoce. Algunos aseguran haberlo visto después paseando por sus comunidades con la sonrisa amplia y los ojos llenos de ternura. Quienes afirman haber entrado en contacto con él, siempre dicen lo mismo, que no sentían rencor ni ansias de vengar en las carnes de aquel hombre el mal que había caído sobre el planeta. Y el hombre de espesa barba les acariciaba el rostro y bendecía con dulces palabras. Yo sigo pensando que quizá erró su sentencia, cuánto tiempo pasará hasta que vuelva la rivalidad entre los hombres no lo sé. Quizá no hubo de haber liquidado el dinero, transformándolo en arena. Quizá lo que debió aniquilar fuera otra cosa menos material y más dañina, la codicia. Sin embargo, lo que yo piense está de más. Tal vez venga algún día por nuestras tierras. Puede que entonces sea momento de saber.
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