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12 min
Arreglarme la mente
Terror |
02.02.16
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Sinopsis

Un día en un centro, donde supuestamente, te arreglan la mente.

Cuando uno está preso en una camisa de fuerza, la vida puede pasar lentamente ante los ojos. Por aquel entonces los días eran pausados; podía sentir como cada fracción de segundo era un pozo donde mi existencia caía  y se ahogaba ante la impotencia de no poder parar el mañana.                 Son pocos los que podemos decir que estando con vida, nuestro cuerpo yace prematuro en un cuarto amortajado por un sarcófago de cuatro blanquecinas paredes. Aquel lugar era de unas dimensiones irrisorias. Si conseguía dar dos pasos, y no encontrarme con una pared que limitara mi hábitat, era un milagro. Como decorado, una arcaica cama de metal. En ella pasaba largos tramos del día intentando buscar un aliento para continuar con vida. Los muelles oxidados bailaban bajo mi espalda acompañados de una orquesta de chirriantes ruidos acompasados a mis movimientos. Pegar ojo en ese lecho era síntoma de estar muerto, pues cualquier persona, aún viva, se vería imposibilitada a ello con aquel compacto jergón.               Las noches eran un buen momento para dar paso a las visitas. Cientos de insecto aprovechaban la oscuridad que les brindaba la estancia para merodear por los pasillos y por las celdas. Aún recuerdo cuando uno de esos repulsivos parásitos invertebrados, rebuscó entre mi oído un lugar donde acobijarse. Fue una de las pocas noches donde mi cuerpo no pudo resistir la vigilia del lugar. La somnolencia pudo conmigo, dejándome en un perfecto y agradecido sueño. Mi cuerpo, casi insensibilizado e innocuo a todo mal, relajado ante la paz de la tregua nocturna, apenas percibía los gritos de desolación de los compañeros. Fue en ese descuido. Una cucaracha trepó por una de las metálicas patas de la cama, recorrió parte de la almohada hasta alcanzar mi oreja. Es fácil entrar en un orificio tan pequeño cuando llevas en el planeta más de trescientos millones de años. Seguramente mi oído sea un palacio comparado con sepa dios que lugares. Esa noche no sentí nada. Fue a la mañana siguiente cuando al despertar, casi entre convulsiones y delirios, mi temperatura corporal se disparó.                 Perfectamente podría haber pasado desapercibido. Haber muerto, comido por cucarachas y gusanos. Mi destino burló la muerte. Probablemente, las cámaras frigoríficas que albergan los cadáveres de aquellos que no aguantaron la vida del día a día, se encontraban en su límite. El celador que hacia la ronda a primera hora de la mañana hubiese preferido no complicarse la vida, y dejarme perecer en aquel lugar a merced de la fiebre. Pero no siempre es lo que uno quiere, y cuando comprobó el aglomeramiento de cuerpos en la zona fría previa a la fosa común, decidió llamar al médico. En nuestro caso al veterinario.                 Aquel albéitar, viejo y desaliñado, entró en el cuarto donde yo sufría mis alocadas sacudidas. Vestía una blanca bata, creo. La fiebre apenas me dejaba reconocer la realidad. Dejó un maletín de cuero junto a mi hombro. Haciéndose con mi cabeza con toda la brusquedad del mundo, me examino las pupilas. Pude distinguir una conversación entre él y el celador. Volvió a hurgar en su cartera. Extrajo una jeringa, y de un pequeño bote color marrón, aspiro un líquido del mismo color. Sin previo aviso me torció el cuello con la misma amabilidad, e inyectó en mi cuerpo aquel fluido. Conforme se diluía en mi sangre y se distribuía por mi interior comencé a experimentar un escozor interno. Me quemaba. No podía resistir aquel dolor.                 Mientras aquel liquido me tenía envuelto en mi suplicio, el veterinario aprovecho para sacar de mi oído aquel sucio insecto. No fue tan doloroso como la inyección. Enseguida sentí como la presión se disipaba. Ahora estaba al cien por cien para centrarme en aquella abrasante sensación. Al cabo de unos instantes solo había oscuridad. No recuerdo nada más.                 Vivir en este lugar no es recomendable. Al principio me hablaban de una corta estancia. Pero mis esperanzas se disiparon hace ya mucho tiempo. Ayer hizo trece años que entre por primera vez. Trece años desde la última vez que experimente la sensación de una brisa de aire, del sol quemar mi blanca tez. Mis pies resentidos buscan el recuerdo de unas caminatas por verdes bosques que no volverán jamás. Estar aquí es estar muerto.                 Por suerte mi habitación es de las pocas que posee un foco de vida.  Aquí llamamos foco de vida a una pequeña apertura cuadricular forrada con barrotes de hierro. A ella me agarro, y aupando mi cuerpo del suelo, acerco mi cara hacia las frías barras y dejo que algún rayo de luz me toque. Reconozco que las vistas son pésimas. Un muro que sobrepasa la altura de las barracas me entorpece la vista. Pero hay algo que no pueden impedir. El canto de los pájaros. Me hacen saber que aún sigo aquí, con vida.                          Tenemos tres momentos al día para hacer nuestras necesidades. El agujero que se encuentra en nuestras, justo en mitad de la celdas, que comunica con una cañeria comunitaria, conlleva otra misión. Hacer las necesidades en la habitación está penado con castigo. Por eso, si te orinas o tu cuerpo se ha descompuesto, será mejor que esperes el momento para tal fin.                 A las nueve de la mañana, el celador de turno abre el portón que nos encierra en nuestros aposentos y pide que te tumbes bocabajo, con las manos pegadas a la espalda. Una vez postrado en el suelo y con la atenta mirada de la porra, el centinela saca de su cinturón unos grilletes que usa para apresar los pies. Hace el mismo procedimiento con las manos, que siempre estarán fijas a la espalda. Con la ayuda de la brusca cortesía de los hombres que trabajan en este lugar, te incorporan. Ya estás listo para ir al WC. Hacen que te esperes bajo el quicio de la puerta, en una lenta espera a que todos los demás apresados se encuentren en tu misma condición. Cuando todos se encuentran listos, al grito de una orden, todos nos encaminamos por un largo y amplio pasillo. Acompasado a su longitud, se abren a sus laterales decenas de celdas, de esos que nosotros llamamos: Compañeros. El pasillo se recorre a una lentitud marcada por la movilidad de los grilletes. Pasos cortos. Debes andar con toda la cautela posible, caerse no es recomendable.                 En mi barracón somos cuarenta presos. Hay días que incluso menos. Sabes cuándo te acuestas, pero no sabes si al día siguiente conseguirás levantarte. Treinta y nueve personas en fila, cuarenta si me cuento yo; hilados en una fila lúgubre. Todos en un largo y sucio pasillo. Al final de este, un pequeño codo hace que gires a la izquierda, dando lugar a un pasillo algo más corto que el anterior, apenas apreciable. Es en ese corredor donde puedes distinguir un letrero comido por el tiempo, oxidado, desconchado. En él, con letras negras y con relieve, destaca WC. Bajo el letrero, una puerta. Allí puedes aliviar tu cuerpo.                 Dos minutos te dan. Ni uno más, ni uno menos. Te posicionan ante la puerta y sin más, el carcelario que se encarga de medir los tiempos te baja los pantalones hasta la altura de los tobillos. No llevamos nada más. Solo unos pantalones y una camisa de largas mangas que pueden anudar a la espalda, y que te impide el movimiento. La famosa camisa de fuerza, otorgada nada más entrar a formar parte de este club. Cuando el carcelario te da la orden, puedes entrar al retrete.                 En el interior se concentrar todos los olores. En mi caso, treinta y dos olores previos a mí. Los de todos mis compañeros. El cuarto tan solo alberga un váter color amarillo y un pequeño depósito de agua del que surge una cadena. Seguramente, tiempo atrás, aquel servicio rebosaba de blancura. Pero el temor y las prisas lo han cubierto de un amarillo algo desagradable.                 Con los pantalones por los tobillos y dispuesto al fin, uno debe darse prisa y aprovechar el momento. En esos dos minutos, que han empezado mientras te bajan los pantalones, ¿Qué revista podría leer? Una vez que he terminado de hacer mis necesidades, debo tirar de la cisterna. De un pedazo de plástico, donde se pueden diferenciar distintos incisivos, para agarrar con tu dentadura. Con una leve sacudida de cabeza, el depósito que se encuentra por encima soltará una pequeña descarga de agua, suficiente para deshacerse de los excrementos. Cuando el guarda que se localiza en el exterior oye el sonido del rugir del agua, entra y busca con su mano el cuello de la camisa. Te agarra con fuerza y te obliga a salir del WC para dar paso al siguiente compañero. Con el mismo movimiento anterior, y sin más actuaciones, el guardia vuelve a subirte los pantalones ocultando todo en su interior.                   Otra fila opuesta a la primera te encamina hacia tu celda. Este procedimiento lo repetimos dos veces más a lo largo del día. A las tres y a las ocho de la tarde. Solo cuando regresamos de la última visita al escusado, nuestro aseo llega a la mejor parte. Como conté al principio, en mitad de nuestros calabozos se ubica un orificio que comunica con una cloaca comunitaria. Es ahí donde nos duchamos. Siempre con la atenta mirada de los carceleros, esta vez sin grilletes, te piden que te desnudes. Tras un rato de espera, hace presencia un guardia provisto de una manguera y un depósito de agua a presión. La temperatura del agua es la misma para todas las épocas del año. Abre una válvula que hay bajo el motor que impulsa el agua. Sirve para aumentar o disminuir la presión de salida del chorro. La válvula queda abierta más de la mitad, por lo que sentir el impacto del agua en el cuerpo es algo que no aconsejo a nadie.     Apenas pasan cincuenta segundos, según ellos, suficiente para una limpieza profunda. Te extienden una toalla desgastada, con un acre olor a lejía. Un minuto más complementan a los cincuenta y te retiran la toalla, es un utensilio potencial para hacernos daño. En el momento que los guardias recogen su maquinaria de limpieza, el último de ellos empuja con dificultad la pesada puerta que cohíbe mi libertad, dejando tras de sí el sonido del cerrar de un cerrojo.                 Cuando todo se tranquiliza, hace presencia la hora de comer. Una pequeña ranura a ras del suelo se abre para dar paso a una bandeja de comida, seguida con un nuevo atuendo limpio. La comida es muy variada. Una pieza de fruta, un pequeño bol de pasta hervida con agua y sal y un vaso de plástico con una infusión.                  He de reconocer que la infusión ayuda a relajar el cuerpo. Las noches aquí pueden ser peores que las mañanas. Oír a los compañeros gritar, envueltos en una espiral de locura, me enloquece.                 Una vez al mes tenemos la visita de un especialista. Un docto en Psiquiatría. Nos evalúa y nos orienta. Nos habla de nuestras enfermedades y de la repercusión que tendríamos si saliéramos a la calle sin estar sanados del todo. Nos pregunta si reconocemos a unas personas que nos muestra en diversas fotos. Nos pregunta por la familia. Nos pregunta que vemos, indicándonos unos dibujos abstractos. ¿Qué día es hoy? Nos dice. ¿En qué año vives? ¿Desde cuándo estas aquí? Siempre preguntas. Pero él nunca responde a las mías. Él siempre dice que intenta arreglarme el funcionamiento de la mente. Como si fuese una máquina, a la que unos simples ajustes aquí y por allá lo solucionan todo.        Hoy el doctor me ha felicitado. Dice que las alusinaciones que me atacan cada vez me dan con menos frecuencia. Pronto seré uno mas, y podré vivir junto a mi familia. Yo creo que lleva razon, y pronto estaré fuera de aqui. Pronto me arreglará la mente.     
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