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17 min
ARTE
Suspense |
01.06.16
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Sinopsis

Este es el relato con el que logré alcanzar la Final del Torneo tras entablar un apasionante duelo con Ana María Madrigal. Respondiendo a la masiva y popular crítica, que agradezco sinceramente, en relación al cambio de narrador en la parte final, he realizado los cambios oportunos para corregir ese defecto formal. Muchas gracias a los expertos e inspirados comentaristas por ayudarme a mejorar mis relatos.

 

Mi nombre es Saturnino García y soy un monstruo.
La libertad es una quimera. No somos más que marionetas desarrollando un delirante guion concebido por alguna mente maquiavélica.
Estaba escrito que un día me convertiría en un monstruo. Nada podía hacer para evitarlo. Y ese día ha llegado.
Todo comenzó en una jornada como hoy,  sábado, hace cinco semanas. Hoy es el sexto sábado, en el sexto mes del año. Iban a ser siete pero al final fueron seis. Y al séptimo descansó. No es éste mi caso. Dudo que pueda volver a descansar jamás.
Disculpadme…creo que estoy divagando…de un tiempo a esta parte, me ocurre con cierta frecuencia. Se me va la cabeza…me cuesta centrarme.
Retomo de nuevo el hilo de mi narración y, a partir de ahora, prometo no desviarme, al menos no demasiado, del cauce de mi historia.
Imagino que habréis oído hablar de una serie de divulgación cultural que han venido echando últimamente por la 2 de TVE.
El programa en cuestión se llama “Mirar un cuadro” y se ha venido emitiendo semanalmente los sábados por la tarde.
De siempre, he sido un apasionado de las obras de los grandes pintores, los clásicos de toda la vida, no las mamarrachadas modernas que perpetran ahora.
Pues, como os cuento, un sábado por la tarde, hace hoy exactamente cinco semanas, me topé por pura casualidad con el primer episodio de la serie.
 El Arte imita a la Vida. Pero, a veces, ocurre lo contrario. Entonces, es la Vida la que recrea el Arte.

El primer cuadro elegido fue “El Nacimiento de Venus” de Botticelli.
La realización era magnífica, y la comentarista realmente extraordinaria. Oyéndola describir el célebre lienzo, cualquier ciego de nacimiento podía imaginárselo casi a la perfección.
“La Diosa desnuda, de armoniosa silueta y un rostro perfecto de inocente belleza enmarcado por una melena tan larga que le permite ocultar lo prohibido, arriba a la orilla navegando la mar turquesa sobre una descomunal concha de peregrino, empujada por el soplo de los dioses alados, entre una lluvia de florecillas. Enarbolando un florido manto, la ninfa Primavera acude rauda a cubrir el cuerpo de la deidad del Amor.”
La perfecta dicción de la presentadora y  su voz cálida y arrulladora consiguieron captar mi atención desde el primer segundo. Fueron los mejores 30 minutos en mucho tiempo.
 Después de cenar, me asomé al ventanal del salón. El crepúsculo de mayo teñía el cielo de rojo hacia las lejanas montañas del oeste. Una estrella, extraordinariamente brillante, destacaba por encima del resplandor celeste. Entonces, caí en la cuenta de que, en realidad, se trataba de un planeta. El lucero vespertino caminaba lentamente hacia el ocaso.
En unas pocas horas había contemplado el ficticio Nacimiento y la alegórica Muerte de Venus. El periplo vital  de la Diosa Astral  había sido efímero, pero muy intenso, y yo me sentí  como un idólatra  y afortunado mortal.


El sábado siguiente le tocó el turno a “Los Borrachos” de Velázquez.
A las siete en punto, la familiar imagen acaparó en su totalidad las 40 pulgadas del SONY extraplano.
La voz hechicera, que ya había comenzado a extrañar, dio comienzo al subyugante discurso.
“El Dios Baco, Dionisos para los griegos, protector de las Vides, unge a su rendido acólito, que se postra sumiso. Sus camaradas brindan, eufóricos, celebrando el venturoso acontecimiento. El Dios del Vino resplandece, pletórico de luz, atrayendo las miradas y oscureciendo el resto de las figuras, hábilmente dispuestas en una estudiada distribución espacial. “
Terminada la emisión, comenzaron a desfilar los títulos de crédito, y yo sentí la imperiosa necesidad de salir a tomar una copa.
De camino a la taberna, crucé  una pequeña plaza con una fuente de hierro y varios bancos de madera. En uno de ellos había una media docena de jóvenes celebrando un botellón. El que parecía llevar la voz cantante se hallaba sentado, sin camisa, luciendo sin ningún pudor un torso pálido y rollizo. Arrodillado a sus pies, uno de sus colegas de juerga parecía rendirle pleitesía. El resto del festivo corrillo, empuñando grandes jarras de cristal llenas a rebosar,  bebía y gritaba jaleando a los dos camaradas.
Un momento después, el tipo que estaba echado de bruces se levantó con desmañada torpeza exhibiendo con gesto triunfal, en su diestra, un reluciente billete de 20 euros que, sin duda, alguien había extraviado recientemente. El afortunado hallazgo fue celebrado con estruendoso júbilo por sus achispados amigos quienes, ni cortos ni perezosos, se pusieron a entonar el “Asturias, patria querida”.
La Vida imita al Arte, pensé mientras entraba en el bar; aunque, en este caso esa imitación era bastante burda, algo así como el tosco boceto de un borrador apresurado.


La didáctica sesión audiovisual de los sábados por la tarde terminó por convertirse en una placentera rutina.
El tercer capítulo estuvo consagrado, nunca mejor dicho, a “La Última Cena”, la archiconocida obra de Leonardo da Vinci.
En este caso, la sugerente voz amiga, a la que mi exacerbada imaginación ya le había asociado un rostro de sensual belleza, comenzó su hipnótica charla haciendo referencia a la fascinante vida del genial artista florentino, prototipo por excelencia del polifacético Hombre Renacentista.
“Leonardo era un apasionado de las Matemáticas, un orfebre minucioso y perfeccionista a la búsqueda incansable de la Medida Exacta, de la Proporción Armónica y Universal como símbolo del Orden Esencial de las cosas.
El cuadro de Cristo y sus Apóstoles refleja muy bien la atracción que da Vinci sentía hacia el fabuloso Universo de los Números. La obra constituye un prodigio de composición simétrica.
La figura de Cristo se recorta, majestuosa, enmarcada contra el gran ventanal del centro. A ambos lados, a la mesa, los Apóstoles aparecen dispuestos en grupos de tres, estableciendo una equidistancia casi perfecta respecto al poderoso eje vertebrador encarnado por el Divino Maestro.”

Esa noche, mi esposa y yo dejamos a los niños con una canguro de confianza y salimos a comer con unos amigos.
Al llegar al restaurante descubrí que éramos trece a la mesa. La sorpresa fue sólo relativa. En cierto modo, ya me estaba empezando a acostumbrar. Aunque no soy demasiado supersticioso, disfruté poco de la cena. No dejé de mirar a mi alrededor, con cierta inquietud, temiendo que de un momento a otro apareciese un Judas traidor para hacerme la puñeta.


El sábado siguiente fue la vez de “Los girasoles” de Van Gogh.
En comparación con las anteriores se trataba de una obra pictórica mucho más sencilla, al menos en apariencia, y sin mayor misterio estructural.
Mi comentarista favorita- ya lo era a estas alturas y con mucha diferencia sobre el resto- habló de “explosión cromática de cálidos amarillos, para el artista símbolo del sol y la felicidad” y también de “pinceladas vigorosas que distorsionan la realidad tratando de penetrar en el alma de las cosas, como fiel reflejo de la personalidad compleja y atormentada del célebre maestro postimpresionista”. La llamó “pintura sicológica” porque “interpreta la realidad según el estado de ánimo”, y remató con una alegoría metafórica que a mí me pareció particularmente acertada.
Argumentó aquella voz, cuajada de deliciosos matices, que “así como Fausto vendió su alma al diablo, Van Gogh partió la suya en varios trozos, como si fuera una pizza 4 estaciones, y los fue disponiendo, exhibiendo, crudamente expuestos, en cada uno de los cuadros que pintó, sin llegar a imaginar las cantidades astronómicas que un día se pagaría por ellos.”
Al día siguiente, domingo, a eso de media mañana, conducía mi fiel Range Rover por una solitaria carretera comarcal de los alrededores. Mi mujer se había marchado con los críos a visitar a sus padres, residentes en un apartado pueblo de las montañas. Como el lunes era festivo, tenía por delante un día y medio para disfrutarlo a mi antojo.
Marchaba yo, pues, forjando planes en mi cabeza mientras surcaba, raudo, la apacible y casi desierta campiña. De repente, en una curva cerrada a la izquierda, me topé de frente con un gigantesco perro alsaciano, tranquilamente echado en mitad de la calzada.
Tengo el tiempo justo de pegar un volantazo y salirme de la estrecha vía, invadiendo una finca colindante.
Se trataba de un pequeño campo de girasoles.
Después averigüé que era la única plantación existente de la dichosa leguminosa en muchas millas a la redonda. Me hallaba en una parcela de reducidas dimensiones, poco mayor que un huerto, de tal forma que mi mastodonte mecánico la arrasó casi por completo, abatiendo sin piedad la formación marcial de vegetales falangistas, incansables adoradores del astro rey.
¿Insólita casualidad? ¿Simple, aunque inusual, coincidencia? Ni entro ni salgo. Me limito a exponer la cadena de hechos sin saltarme ningún eslabón. Juzgad vosotros mismos.
La semana se me hizo muy larga a la espera del sábado siguiente. En cierto modo, la serie se había convertido en una especie de droga, y yo en un adicto perdido. Traté de combatir el síndrome de abstinencia visionando de nuevo los episodios ya emitidos, que había tenido buen cuidado de grabar. Pero no sabía igual. En cierto sentido, era como tomar la cena recalentada. No tenía la frescura del original, carecía de la emoción del explorador hollando territorios vírgenes.
Así que lo dejé, a riesgo de sucumbir víctima de sobredosis. Recuerdo que de pequeño me gustaba con locura el chocolate. Un día me atiborré de pastelitos hasta el punto de terminar mareado y vomitando las entrañas. Tardé varios meses en volver a probarlo. No quería que con los cuadros me sucediera lo mismo. Eso sería una espantosa desdicha.
 

Al fin llegó el quinto sábado. El lienzo elegido en esta ocasión fue “La jirafa en llamas” de Salvador Dalí.
Si los anteriores eran genios, y alguno medio loco, el maestro de Figueres, abanderado del Surrealismo, no les iba a la zaga en absoluto.
La voz de mis desvelos retornó, pletórica de melodiosa sonoridad, como una vieja amiga a la que se empieza a echar mucho de menos. Presentó el cuadro como “una delirante estampa onírica en la que el excéntrico autor da rienda suelta a su prodigiosa y desbordante imaginación, sustentada en una técnica portentosa, y seguramente no exenta de algún tipo de estímulo externo, más o menos inconfesable”
Luego, tras describir brevemente las dos “esperpénticos y gigantescos especímenes, especialmente el que ocupa el primer plano, fantástico híbrido de humanoide y escritorio de oficina”, hizo especial hincapié en la “insólita figura situada al fondo a la izquierda, precisamente la que da título al cuadro”.
Aquí la voz en off en un tono marcadamente irónico se preguntó, de manera sutil, eso sí, “qué cantidad de opio, o similar sustancia,  habría de fumarse para que el cerebro alcanzara tal estado de ebriedad que fuera capaz de fabricar la alucinante imagen de una estilizada jirafa, recortándose contra el azul del cielo, en actitud de apacible bienestar, mientras todo su cuerpo está siendo devorado por un reguero de llamas que se extiende desde el rabo hasta las orejas.”
El domingo no ocurrió nada. El lunes, tampoco. El martes comencé a impacientarme.
El miércoles, a primeras horas de la mañana, los informativos de la TV regional abrieron con  un trágico suceso que había tenido lugar durante la madrugada pasada.
Un terrible incendio, de origen desconocido, había destruido casi por completo las instalaciones del gran Zoo Municipal, situado en un enclave boscoso a las afueras de la ciudad. Al parecer, y a falta de confirmar los datos, habían perecido abrasados la mayoría de los animales del recinto. El balance provisional de víctimas incluía, entre otros,  tres tigres, dos panteras negras, un elefante, cuatro leones, un número indeterminado de aves exóticas, al menos una docena de monos, y una pareja de jóvenes jirafas, recién llegadas el sábado anterior.
Respiré aliviado al oír los últimos nombres de la larga lista. Por un momento temí que se hubiera roto la cadena de acontecimientos. No estaba rota. Los eslabones continuaban fuertemente enlazados.
Esa noche me acosté temprano y dormí como un lirón. La verdad es que tenía bastante sueño atrasado.
Como les informé al principio de mi recapitulación causal, estaban anunciados un total de siete programas que se emitirían en siete sábados consecutivos, a lo largo de los meses de mayo y junio. Pero hubo un cambio de última hora. Los programadores decidieron terminar  una semana antes emitiendo dos capítulos seguidos. Los motivos de tan abrupta decisión nunca quedaron suficientemente claros. Parece que había prisa por finiquitar la serie, cuanto antes mejor.
Además, la adelantaron una hora. Así que, la última entrega de la serie de divulgación cultural “Mirar un cuadro” fue emitida a las seis de la tarde, del sexto día, del sexto mes.
No podía ser de otra manera. Sospecho que los programadores eran meros instrumentos ejecutores. Poco se puede hacer cuando una fuerza superior impone sus designios.
…Vaya…lo siento…ya vuelvo a divagar…pero no os impacientéis…en cualquier caso, mi historia se acerca  a su fin…como se suele decir, ya está casi todo el pescado vendido…y la mercancía huele a podrido…

 

El programa final abrió con la pintura “El grito” de Edvard Munch.
La cosa comenzaba fuerte, como un funesto presagio de lo que vendría después…el segundo cuadro del día…el último de la serie…la traca final…
Mi idolatrada voz, -¿cómo iba a vivir sin ella a partir de ahora?- echó el resto, explayándose a gusto en el análisis de la icónica imagen, todo un símbolo universal del espanto.
Habló, o eso creí entender, del “infierno de la locura, el mayor tormento imaginable, que emerge, arrollador, como un bramido de horror infinito, convulsionando, distorsionando el cuerpo de la demente y todo el paisaje alrededor.
Grita el espectro, todo él boca abierta, poco más que un sinuoso manchón negro y unas manos imposibles aferrando la deformada cabeza. Grita el mar, grita el cielo y, casi, casi, hasta la tela y el marco del lienzo".

A continuación, casi sin transición, hizo su aparición el segundo cuadro, el último de la serie, y entonces fue mi cerebro, todo entero, el que comenzó a gritar, justo en ese preciso momento.

Si el maldito reloj de pared sigue marchando bien, ya va para cuatro horas que ha ocurrido…cuatro horas han transcurrido desde que la pantalla de mi SONY extraplano fue invadida, infectada, por la imagen del endemoniado lienzo…
…Cuatro horas ya, y continúo envuelto en sudor frío…y mis cabellos han encanecido de forma súbita…y mis ojos siguen extraviados, mirando sin ver…contemplando el infierno…y mi cerebro sigue gritando…y creo que ya no volverá a callarse en mucho tiempo…
…Y la casa sigue en completo silencio…todos los sonidos vienen de dentro…de mi cabeza. El último cuadro se zampó el ruido, lo engulló todo, hasta el murmullo del viento…
Ahora llega mi mujer. Es curioso…hace un momento, ya no recordaba que estuviera casado.
Aparca el coche fuera. Abre la puerta de la entrada. Se detiene, vacilando, con la mano en el picaporte, seguramente extrañada por la profunda calma que envuelve la casa.
Pronuncia mi nombre…una…dos…hasta tres veces…el tono se va elevando…peligrosamente, pienso…y su inquietud va in crescendo…
Yo no respondo…permanezco silencioso y muy, muy quieto…Quisiera desaparecer…mas, no puedo.
Comienza a subir las escaleras del desván. Se aproxima a mi refugio secreto. La muy zorra ha escuchado los gritos de mi cerebro.
Abre la puerta con cautela.
Se sobresalta al verme. Yo no digo nada. Me limito a mirarla en silencio.
- Satur, ¿qué demonios te pasa? ¿Estás tonto o qué?        --hace grandes aspavientos- ¿Es que no me has oído llamarte? ¿Dormías, acaso?
Niego lentamente con la cabeza.
-¿Y los niños?...no los oigo… ¿Cómo es que no han salido a recibirme?... ¿Dónde están?...
- En su habitación –respondo-
- ¿En completo silencio? –se extraña- entonces, seguro que están haciendo alguna travesura de las suyas.
- ¿Una travesura? – por alguna extraña razón lo encuentro gracioso -¿Una travesura? –repetí, y estallé en carcajadas.
Mi mujer me mira asombrada. Instintivamente se echa hacia atrás.
- ¿Una travesura? – volví a insistir, sin dejar de reír – no, no lo creo… pero, de todas formas, será mejor que vayas a mirar.
No era eso lo que quería decir, pero lo dije, de todos modos. Estábamos buenos. Mi cerebro no sólo gritaba, y a ratos reía, sino que también tomaba decisiones por su cuenta.
- ¿Has  estado bebiendo otra vez, no? –mi mujer me apuñaló con el índice mientras echaba chispas por los ojos – no se te puede dejar solo.
A continuación, giró bruscamente y salió de estampida pegando un portazo.
Baja las escaleras y atraviesa el salón sin dejar de vocear los nombres de sus hijos. La escucho apresurarse a lo largo del pasillo y abrir la puerta de la habitación de los niños.
No por esperado resultó menos escalofriante. Creedme, uno nunca está preparado para una cosa así.
Cómo un tsunami invisible pero devastador, el grito de mi esposa llenó, arrasó, hasta el último rincón de la casa.
Imaginé su rostro en la distancia, mientras su berrido seguía y seguía… y toda la casa, todas las cosas gritaban con ella.
Belinda era todo boca, formando una O gigantesca, y ojos desorbitados, y manos deformes estrujándose las sienes…Y pronto, toda la ciudad…y el mundo…y el Universo entero…fueron una mueca de espanto y un grito de horror infinito…
Cómo les dije al principio, mi nombre es Saturnino  y soy un monstruo.
Sigo aquí arriba, en el desván, mirando sin ver a lo lejos. Si en este preciso momento os encontrarais frente a mí, y me mirarais a los ojos, seguramente os parecería estar contemplando las ventanas sin cristales de una casa vacía y abandonada, con el tejado ruinoso, invadida por la hiedra y la maleza.
Permanezco muy quieto, sentado e inmóvil. En la mesa, delante de mí, tengo un ejemplar de la revista TP (TelePrograma), abierto por las páginas correspondientes al día en curso, sábado 14 de junio.
Pero no os quedéis ahí parados en la puerta. Pasad, pasad y acercaros, estáis en vuestra casa. Si os aproximáis lo suficiente, podéis leer por encima de mi hombro.
¿Lo veis ya?...Ahí lo tenéis, en la franja horaria de la tarde:

 

 MIRAR UN CUADRO: HOY, SESIÓN DOBLE.
 18.00: “El grito”,  de MUNCH.
 18.30: “Saturno devorando a sus hijos”,  de GOYA.

 

La Vida imita al Arte, pero a veces, sólo a veces, hay que ayudarle un poquito… ¿verdad que sí?...

 


 

 

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Desde niño, he tenido en los libros a mis mejores amigos y "quién tiene un amigo, tiene un tesoro " ; al día de hoy, sigo buscando cofres enterrados y disfrutando del botín. Os invito a conocer mi blog: castroargul3.blogspot.com.es

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