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3 min
Ascención.
Varios |
17.11.15
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Sinopsis

Algo que escribí hace demasiado tiempo y recién descubrí. Me da ternura.

Por  un momento se sintió en paz. Cada recuerdo que había desfilado con desdén vistiendo de tristeza sedosa, se resbalaba de su piel, de su alma y de su mente. Cada respiración era más suave que la anterior; por primera vez desde que era un niño, sintió la felicidad perfecta, ese sentimiento que llena el alma de esperanza, ese que hace que los colores tomen el más brillante tono, un tono que brilla pero no encandila, Ramiro se sentía agradecido por ese momento.

La familia estaba reunida en esa casa vieja en la cual por lo menos la mitad habría vivido alguna vez. El piso de madera no emitía ningún sonido; los pies se quedaban tan quietos que desde afuera se podía pensar que no había nadie, claro, si ignorabas las ventanas. Las caras desentrañaban un dolor creciente, una desilusión que llegaba a lo más profundo, el aire olía a desesperación. Estaban todos los que alguna vez significaron algo para él: su esposa, que vestía un hermoso vestido negro, no pasaba desapercibida, pues su llanto era tan silente como sonoro, un susurro en el viento. Los niños aún sin entender del todo lo que pasaba -el abuelo está enfermo- se limitaban a comportarse como en la iglesia, bonitos y callados, fingiendo respeto a algo que no entendían. Si, como en la iglesia.

El reloj de la pared era un cucú suizo que un compañero del ejercito le regalo justo antes de partir a la guerra, era hermoso y su tictac le recordaba a los días en los que al llegar de ese trabajo tan mal remunerado, se encontraba con Margaret en la puerta sonriendo, como saludándolo pero al mismo tiempo riéndose de él.  Se sentaban en el suelo de roble, mirándose con amor, ese que desaparece al pasar los años pero que para ellos, era una pieza indispensable de su vivir, no solo como pareja sino como seres individuales, ella lo amaba y necesitaba y el a ella la necesitaba aún más.

Cerró los ojos. La hora había llegado y cada respiración era más lenta. Que destino tan cruel, y que eternidad tan perfecta. El tiempo se congeló y un ligero golpe en el pecho lo despertó de la vida.

A los 65 años de edad, Ramiro murió de una enfermedad sin cura, sintiendo una felicidad que no encandila.

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