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11 min
Ascensión
Fantasía |
14.03.19
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Sinopsis

En un planeta condenado, dos encapuchados aparecen.

HERMANOS

 

Dos encapuchados caminaban en silencio a través de un mar de flores. Sus pisadas se hundían en la espesura de los pétalos y dejaban un rastro de putrefacción a su paso. Vestían dos gabardinas negras sin ostentación, lisas y sin mangas. De allí donde venían, no estaban bien vistos los complementos.  

Una patrulla de guardias los avistó a lo lejos. Fue un joven de pelo rizado quien se dio cuenta de su presencia, pero antes de que pudiera avisar a sus compañeros, él y los demás guerreros se desplomaron inertes. Pasaron por encima de ellos sin inmutarse por la sangre y continuaron su viaje sin descanso; no dormían, no comían, no se miraban. Era una marcha en estricta línea recta que diezmaba cualquier obstáculo que se opusiera a su avance. 

Al cabo de dos días, llegaron a un camino de piedras lleno de viajeros y comerciantes. Se unieron a la multitud que andaba con alegría hacía una ciudad construida en una montaña gigantesca. Los dos encapuchados hicieron un leve gesto hacía la muralla de treinta metros, blanca como solo podían serlo aquellas piedras vírgenes de guerra. 

Silenciaron su poder para no dejar la estela de muerte que dejaban sus pies. Un niño que yacía medio dormido a la falda de su madre los contempló durante un largo tiempo. Vio un profundo vacío negro en las capuchas, como si allí dentro no hubiera nada tangible. Se inquietó y acabó escondiendo la cabeza entre la ropa de su madre. 

Una esfera ocre protegía toda la estructura de la ciudad. Era una barrera espléndida, imbatida, que se movía como las ondas de un lago cuando se arroja una piedra. Absorbía la luz de un sol inerte, casi muerto y la almacenaba para mantener la temperatura de la ciudad. Uno de los encapuchados miró irritado al astro que los seguía a todas partes. Solo se veía una cuarta parte de aquella estrella antigua y decrépita, que estaba explotando sus últimas energías antes de convertirse en un gigante rojo tan frío como el hielo del espacio. 

Después de tantos días de viaje, la escarcha los había envuelto por completo y parecían como dos pequeños seres de hielo caminando perezosamente hasta la calidez de ese sitio. 

 

Almaantigua era el bastión de un reino que ocupaba todo el planeta Ascensión. Era una civilización antigua que aun después de millones de años de evolución e involución, de creaciones magníficas a la par que horrendas, continuaba buscando el significado de la vida. Habían sido grandes como dioses y habían caído como tales. Sabían lo que era el horror y también la gloria: pero una les perseguía y la otra parecía evitarles durante toda la eternidad. Habían conquistado su galaxia con su magia y la habían destruido con el mismo poder. La vida les había dado unas cartas y ellos como patéticos jugadores las habían derrochado. Y ahora solo les quedaba la resignación de morir en ese frío páramo que era su planeta. 

Esa civilización se había acomodado a la resignación de la muerte, como un molino de viento entre edificios, quieto y esperando a ser demolido.

Las puertas de la ciudad se abrieron ante sus cabezas escondidas. Uno de los hermanos levantó la vista para contemplar la cúspide de esa ciudad, una estatua dorada que representaba al rey que les había guiado en sus años de más gloria. Tenía las palmas de las manos abiertas hacía delante, en un gesto de bendición ante sus súbditos. 

Avanzaron luego de una pequeña pausa, y el sol proyectó por primera vez sus sombras. Eran simples representaciones de sus cuerpos pero escondían secretos y abominaciones; la locura y el horror yacían allí dentro. 

Atravesaron las puertas y se quedaron de pie ante la primera hilera de casas grises, de estructura simple pero elegante. La gente corría a su alrededor, la vida avanzaba hacía su precipicio aprovechando los últimos momentos que le quedaban. El suelo era blanco y ellos parecían un desajuste en esa estructura. Miraron arriba, a los cinco quilómetros de altura de la montaña. Fue un movimiento sincrónico, todo lo que hacían lo era, ya que llevaban miles de años juntos. Eran el silencio entre la fiesta, eran la garra que sacudía una familia feliz, eran la causa de las conspiraciones en tiempos de paz, eran ese matiz que no dejaba que todo fuera perfecto; eran el viento que movía los molinos abandonados. 

Inspiraron por primera vez desde que llegaron hacía una semana. Se llenaron los pulmones de ese aire enrarecido por la monotonía y la paz. Y luego invocaron la guerra. 

Con un pequeño chasquido uno de ellos creó cien columnas de fuego negro y el otro robó el aire de toda la calle. Luego avanzaron por caminos opuestos, andando como si todo ese caos no fuera cosa suya. 

Las campanas de la ciudad sonaron en cánticos de ataque. El sonido era oxidado después de tanto tiempo sin entonar esas notas. La ciudad se llenó de gritos y desesperación y los soldados que la debían proteger temblaron al coger sus escudos. 

Los dos avanzaron sin dejar nada vivo a sus espaldas, invocaron magia antigua y extinguida, despertaron recuerdos de civilizaciones dormidas en el velo eterno de la muerte y nada los pudo detener. Lucharon durante dos día enteros en las calles, en las casas, rodeados de enemigos que les impedían ver el final. Se enzarzaron contra las Huestes de Calix, contra las Hijas de Arax; despertaron el poder dormido de ese imperio que aun recordaba, a pesar de todo, como luchar. 

Ellos no se movían, solo avanzaban lentamente. Dominaban la magia de su alrededor con su mente y ella bailaba frenéticamente al compás de su órdenes. No había vacilación en sus pasos, no había miedo ni burla. Solo querían llegar a su destino. 

Sus trajes se llenaron de sangre, la oscuridad desapareció de su vestido y dejó paso a un color más desagradable. Llegaron a la cúspide, intactos pero cansados. Llegaron al mismo tiempo desde lugares opuestos, como debía ser. Con la respiración rota miraron a la estatua dorada y se sentaron en sus manos, mirando fijamente el horizonte. Esperaron entre columnas de ceniza y ríos de fuego. Sin moverse, sin parar atención a nada más, los esperaron.  

 

Venara y Retión atravesaron el horizonte con sus respectivas monturas. El enano, de barba blanca y ojos duros como el hierro, cabalgaba a lomos de un tiburón alado. Su compañera, una mujer de pelo canoso y arrugas, de ojos azules, iba sobre un dragón de piedra. Avanzaban incrédulos, pero con la confianza de años de entrenamiento y un poder que solo se entregaba a quienes lo merecían. 

Uno de los encapuchados vio a la pareja a lo lejos. Miró a su compañero y el otro asintió. Ellos sabían a que se habían enfrentado; a un dragón dormido, pero un dragón al fin y al cabo. Y eran conscientes de lo poderoso que era ese dragón. Podrían derrotar sin problemas a los dos guerreros que llegaban, pero no en su estado, no después de dos días de lucha. En ese momento eran dos títeres en sus manos. 

Por eso tenían sombras a sus espaldas. Empezaron a burbujear, primero como pequeñas semiesferas de aire; luego como pandemonios de alquitrán líquido. Un ejército salió entre las sombras, miles de monstruos salieron al encuentro de esos dos guerreros que vieron como se abalanzaban hacía una turba de poder incontenible. 

Ahora les tocó a ellos luchar durante horas. Eran dos pequeños haces de luz batallando histéricos entre una nube de bestias. Sus monturas cayeron al cabo de unas horas pero ellos continuaron en el aire gracias a su magia. Venara lanzó meteoros ante las huestes de los encapuchados, incluso alguno los apuntó, pero la barrera detuvo el impacto. Retión invocó a los muertos, los soldados que habían muerto en la contienda anterior.

Finalmente los dos llegaron delante de los encapuchados, el enano con una herida en el rostro y su compañera sin una de sus manos. Detrás, la alfombra de cadáveres olía a destrucción. 

    — Mostrad vuestros rostros.— dijo Retión con una voz dura y fría. Respiraba con dificultad y sus invocaciones de ultratumba habían desaparecido. — Al menos si tengo que morir, quiero ver quienes sois.

Los dos encapuchados permanecieron quietos, como si fueran ajenos a toda la realidad que los envolvía. Finalmente se quitaron las capuchas y dejaron a la vista el rostro de dos niños de no más de doce años. Sus cuerpo empequeñecieron y finalmente esas dos túnicas desaparecieron entre las corrientes de aire. Eran dos gemelos, de pelo rojizo y alborotado y ojos de color fuego. Tenían un rostro pálido, con pecas debajo de las órbitas. Sus facciones eran refinadas, inocentes. Eran de una hermosura siniestra y perturbadora. Hablaron a la vez, sus voces se fusionaron en un eco ensordecedor y endemoniado. 

    — Somos Erhan y Ritualis, somos emisarios de nuestro imperio, somos súbditos de nuestro maestro. Somos su voluntad. Somos la muerte— Venara se intentó serenar. Olía el poder entre esos dos muchachos y dudaba de una victoria en su estado. Les sonrió y dejó ver una dentadura fina y cuidada. Sus rasgos aguileños se suavizaron. 

    — Nuestro imperio es como un segundo, un soplo. No durará bajo este sol. Marchad y olvidaremos vuestra presencia. Vuestras huellas serán solo una leyenda, la verdad debajo de una mentira.— les expuso Venara con una voz dulce. 

    — No. Los deseos de nuestro maestro son claros. Debéis desaparecer. — Se quedaron callados, el viento avanzó entre las dos parejas y el silencio se interpuso sobre ellos. Retión se agarró a su hacha con fuerza y esperó. — Sois los guerreros más poderosos de este mundo. La capital ha muerto, ahora es el turno de las leyendas. Grekan no masris.

El enano y la mujer reconocieron esas palabras y se abalanzaron hacía ellos, desesperados. Lucharon durante medio día más. El cielo se oscureció y la barrera crepitó hasta romperse en miles de trozos. Batallaron entre el frío y el fuego de la magia. Fue una contienda sangrienta y sin descanso, pero los gemelos no dudaron ni una vez. No se dijeron nada, no se miraron. Lucharon serios y concentrados hasta que Erhan partió el cuerpo del enano por la mitad con su espada. Luego fueron a por Venara. No la mataron enseguida. La dejaron medio muerta en el suelo, nadando en una mezcla de su sangre y la de su amigo. Ritualis le tocó la frente con suavidad y le lanzó en un huracán de vivencias y muerte. La encerró en una realidad horrenda y roja. La mujer chilló con el cuerpo petrificado y encorvado. Luego la despertaron y la mataron. 

 

Caminaron hasta el trono, envueltos en un silencio roto solo por los crujidos de las brasas. Se sentaron en ese lugar de diamantes y lujuria. Trazaron otra barrera, más oscura, con los restos muertos de los caídos, y esperaron, sin moverse ni parpadear. Inmortales como dioses.  

 

Un brazo salió entre las runas de una calle destruida. Era una mano agrietada y débil que tembló con fuerza hasta a agarrarse a algo que no fuera putrefacción. Se quedó en esa postura unos segundos, hasta que su cuerpo encontró fuerzas para levantar el peso de dos piedras. Se dejó caer en el suelo ennegrecido y contempló, con lágrimas en los ojos, la barrera. Lloró a la vez que contenía los sollozos, no quería que lo oyeran. Al cabo de unos minutos se levantó sin mirar el agujero donde estaban los cadáveres de sus padres. Se llevó una porción de la tela de su madre, en la cual se había escondido de esos dos encapuchados, de esos dos asesinos sin alma. Miró el castillo, derruido y lleno de agujeros. Caminó cojeando entre las runas, caminó en línea recta, con la mirada vacía tal y como lo habían hecho los gemelos

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  • Hola Vero! Muchas gracias por leer el relato. Corregiré lo que has comentado. Cuando pueda leeré alguna de tus historias. Saludos
    Hola Josep. Leyéndote creo ver influencias de El Senyor de los Anillos, Vikingos, Juego de Tronos.... Vaya todo un mundo maravilloso de fantasía. Me ha gustado mucho leerte. PD: no crees que tal vez es más correcto "después" ? (Avanzaron "luego" de una pequeña pausa) Saludos
  • El rey Jav II ha muerto sin hijos. En su testamento están las instrucciones para poder convertirse en su sucesor. Con las instrucciones en la cabeza, miles de personas han peregrinado a su planeta natal, Olandis, para hacerse con la corona.

    Un viaje cualquiera entre Barcelona y Valencia. Nota: No sabía muy bien en que categoría incluir este pequeño relato. Si alguien tiene una sugerencia mejor que me lo haga saber. ¡Gracias!

    Los perlistas son soldados con un poder inimaginable. Sus leyendas parecen ser eternas, sus logros, se vitorean alrededor del mundo. Ragnarök, una ciudad sin límites, ha efectuado El Último Barrido, una medida de emergencia para reclutar nuevos perlistas para la guerra. Esta vez, llegan a la ciudad una serie de chicos cuyo pasado turbulento agitará todas las entidades del Reino. Entretanto, Andros, el Capitán de los Atlis, luchará contra un consejo abotargado, un rey sin capacidad de liderazgo, y una conspiración que se cierne lentamente sobre los estamentos políticos de la ciudad.

    En un planeta condenado, dos encapuchados aparecen.

    Los perlistas son soldados con un poder inimaginable. Sus leyendas parecen ser eternas, sus logros, se vitorean alrededor del mundo. Ragnarök, una ciudad sin límites, ha efectuado El Último Barrido, una medida de emergencia para reclutar nuevos perlistas para la guerra. Esta vez, llegan a la ciudad una serie de chicos cuyo pasado turbulento agitará todas las entidades del Reino. Entretanto, Andros, el Capitán de los Atlis, luchará contra un consejo abotargado, un rey sin capacidad de liderazgo, y una conspiración que se cierne lentamente sobre los estamentos políticos de la ciudad.

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¡Hola a todos! Me llamo Josep y soy estudiante de Medicina. Desde siempre me ha gustado leer y escribir, sobretodo para relajarme y despejar mi mente. He decidido, después de que me animaran mucho, a publicar las cosas que escriba. Gracias por pasarte!

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