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4 min
Asesino
Suspense |
03.05.19
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Sinopsis

Desde el primer instante que me siento en la butaca del tren, me convierto en una sanguijuela que absorbe lo que ve. A los asesinos, reconozco no a mi pesar, que nos place hallar nuevas víctimas y anotarlas en un librillo de bitácora, quizás de segunda mano por eso del sentimentalismo metafórico. Y así, poder recordarlo, una y otra vez, en la intimidad. Somos animales de costumbres, aunque la mayor parte de los infelices que pueblan el mundo crean lo contrario. 

Viajar en tren me ayuda a refrescar la mente, pensar con claridad y distanciarme de aquellos que no me entienden. ¿Entendemos algo? No, creo que nadie lo hace.

Podría contaros infinidad de historias. Sé que estaríais, a su vez, deseosos de leerlas, yo también. Pero lo más plausible es que quizás os apetezca más escucharlas a viva voz, en directo y en un tono cantarín, tipo anuncio de televisión. Si eso es cierto, siento deciros que sois, para mi propia desgracia eufórica, como yo. Partícipes de vuestro fin como de un verdugo jornalero. 

¿Habéis comenzado a leer? Ya puedo ver entonces la soga que luce en vuestro cuello cual collar de diamantes. Os quedaría mejor la cuerda, pero quien soy yo para juzgar nada cuando prefiero los dedos limpios. La suciedad tiende a ser difícil de quitar, máxime cuando se pega en el espíritu. Ya puedes frotar, que no se irá.

Siempre he encontrado apasionante la dualidad que existe en cada persona respecto a sus pensamientos y acciones meditadas. Me he llegado a enamorar de esa vileza, doble cara y entusiasta definición del libre albedrío. Creo que el narcisismo maquiavélico se ha vuelto algo transgresor, simple rostro bonito y apetecible de una sociedad que opta por la sencillez de la vida, antes que encontrar un motivo preciso para morir.

La muerte es dulce, es preferible abrazarla.

Tengo que sonreír, el revisor cree que estoy loco. Puede ser, hablo solo. No he encontrado compañero más delicioso en este rumbo impreciso, que yo mismo. Soy de conversación amena, especial e inteligente. Para qué más. Me basto y sobro.

En unos veinte minutos llegaré a mi destino, tu ciudad. Me pondré en pie, estiraré las piernas y me dirigiré a la puerta. Mientras tanto, me iré abrochando la gabardina negra, de corte elegante y refinado. Ceñiré la corbata al cuello, mientras observo la hora en mi reloj de treinta mil euros. Entonces, con calma y silbando una dulce melodía que muchos no reconocerán, bajaré del tren. Estarás allí esperándome entre la multitud. Destacarás, claro, tu mirada resacosa y perdida, es por supuesto imperdible. Soy redundante, lo siento. Todos tenemos fallos, aunque los míos sean mínimos. Te acercarás raudo a mí, jadeando, te desnudarás dejándome ver tu cetrina piel. Gritarás que eres puro, inocente y mil historias más que no me interesan. En ese momento me acercaré a ti, te acariciaré para notar como tu respiración histérica te hiperventila. Alzaré mi mano, he de pensar cual, y agarraré tu cuello hasta asfixiarte.

Ese momento, cuando el fino hilo que aún mantiene tu corazón latiendo, no se acaba de romper. Lo saboreo.

Y entonces, me iré. Claro, con un nuevo trofeo. Guardaré mi cámara, y buscaré mi próxima víctima. Quizás una montaña, tal vez un océano, o salvajes de selvas indómitas, todo sirve y todo vale.

 

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