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21 min
ASESINO SERIAL DEL AÑO Capítulo cuarto
Ciencia Ficción |
17.02.17
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Sinopsis

—En síntesis —pensó divertido el mercp de Morgandus— no soy más que un puto e insignificante microente en un mundo capsular. Algo con lo que una parva de hijos de perra se divierten allá, mil años en el futuro.

                                                      
                                         Un error solucionable

                                                          I

Lucas amaneció agitado y con un punzante dolor de estómago. Soñó que revivía la noche de su graduación. Un Julio orgulloso le entregaba el diploma. Reinaba un ambiente de felicidad, el vals La Laguna de Strauss peinaba el aire del Fillmore, en Miami Beach. Esta vez estaban allí su madre y sus hermanitos. Sonrientes, aplaudían a rabiar desde la primera fila. En una línea interminable, todos los presentes comenzaban a palmear su espalda calurosamente. Sin embargo algo lo incomodaba sobremanera. Sentía de a ratos como que, desde lo alto, dos gigantescos ojos lo observaban. Intuía una mano amenazante suspendida sobre el auditorio, como dispuestas a aplastarlos en cualquier momento.

El apartamento que alquilaba sobre West Avenue era amplio y bien iluminado con una hermosa vista a la Bahía. Helechos y orquídeas le daban, junto a las coloridas imitaciones de Romero Britto, un toque caribeño de distinción. La renta era cara, 1600 dólares, pero las excelentes propinas en el hotel Delano le permitían vivir holgadamente.

Luego del fallecimiento de su padre en el 2003, víctima de un ataque cardíaco, consiguió un trabajito de medio turno en una empresa que limpiaba restaurantes. Laburó de noche durante ocho meses mientras por la tarde cursaba en el Miami Dade College. Sus aspiraciones académicas le duraron poco, antes del fin del segundo semestre, abandonó, se dedicó a trabajar de lleno, ya en el hotel, y ahorrar pesito sobre pesito. Incubaba la ilusión de traer a los suyos a vivir a los Estados Unidos. Seis años después, ni su madre, ni sus hermanos conseguían visa y el seguía indocumentado, trabajando con papeles falsos. Más allá que los ayudaba mandándoles una generosa mensualidad, sufría horrores el hecho de no tenerlos a su lado.

Lejos de aliviarlo, el deceso inesperado de Julio lo terminó de desestabilizar de una manera jamás imaginada. Había anhelado la muerte de su querido cretino, pero una muerte en sus manos, exigiéndole una rendición de cuentas y no de esa manera tan afortunada. Lo que más lo confundió fue el insondable pesar que lo arrasó tras la partida del tirano. No tenía noción de lo mucho que lo quería. Aquella lejana mañana de sábado, mientras cremaban sus restos, Lucas lloró hasta secarse. Vertió galones del salobre líquido por una persona a la que había planeado matar esa misma noche.

Tras tomarse un alka seltzer, abrió un envoltorio de Nobleza Gaucha y al tiempo que se calentaba el agua preparó el mate y regó con delicadeza todas sus plantas. Sacó un paquetito de Sonrisas, comprado el día anterior en el súpermercado Meridian y pese al malestar estomacal lo saboreó glotonamente, rascando con sus dientes la crema del centro antes de comérselas. Llenó el termo con el escudito de Boca Juniors y se acomodó frente a la computadora para revisar las noticias deportivas del dia. En eso timbró el teléfono. Supo al instante que era de Argentina. Nadie en Miami utilizaba esa línea, la del departamento. La tenía solamente para las llamadas desde y hacia su país, pues allá las comunicaciones con los celulares eran un desastre.

Era su hermana Leticia desde la Capital Federal. Gracias al apoyo financiero de Lucas, toda su familia vivía desde una semana atrás en un lindo country de aquella ciudad.

—¡Hola perdido! —le recriminó la mujer— pensé que no íbamos a hablar nunca más. ¿No nos dijiste que no te llamáramos porque nos salía muy caro?

—¿Qué tal Leti? Besote, discúlpame la demora pero perdí tu nuevo número. El sábado cuando te iba a llamar, descubrí que había perdido la cajita de fósforos del hotel donde lo tenía anotado. Debí grabarlo de una vez en el celu. —se excusó afligido.

—Podrías haber preguntado en tu laburo, hasta ellos tienen mi número telefónico chabón.

—¿Qué tienen qué? ¡Si yo nunca se los di!

—Anoche me llamó un tal José, conserje, o algo así, del Delano. Querían confirmar mis datos por si tenías alguna emergencia. ¿Todo bien Luquita?

—Si, si. No entiendo un carajo que fue lo que pasó, que yo sepa no hay ningún José en recepción. No sé cómo pudieron conseguir esa informa… Cortó la frase quedándose mudo. El corazón se le detuvo por unos segundos tras pegar una voltereta. Respiró hondo, le había regresado al dolor de estómago, sumado ahora a unos estiletazos que perforaban su cien. Trago dolorosamente saliva. Creía saber adónde había ido a parar la cajita de fósforos extraviada.

—Te… te llamo más tarde Leti, los quiero un montón hermanita.

Se hundió en el sillón, con el rostro despintado por la palidez, respiraba sofocádamente, como si el peso de los treinta Julios Agüero asesinados por sus manos le hubiese caído encima de un solo golpe.

 

II

El mate le supo amargo, un ardor descendió por su laringe instalándose en el estómago. Tomó dos o tres seguidos hasta aplacar la sensación y mientras entornaba los parpados infló los pulmones buscando regularizar sus pulsaciones. La noche del pasado sábado fue tomando forma poco a poco en sus pensamientos.

Acababa de trabajar un banquete en el hotel Delano, en el área de la terraza que miraba al jardín interior. Serían las tres treinta de la madrugada y estaba nublado. El tiempo preñado de humedad presagiaba aguaceros. Le encantaba caminar a esas horas de la noche por las calles de South Beach, cuando solo las almas viciosas merodeaban las veredas. Venia tarareando un hit de los Babasonicos con la boca llena de M&M cuando divisó el teléfono público, uno de los últimos que quedaban en la ciudad. El celular se le había caído al inodoro la semana anterior y no se hizo tiempo para comprar uno nuevo en alguna tienda de metro PCS .Buscó la tarjeta de larga distancia junto a la cajita donde tenía anotado el número de Leticia y tras poner cincuenta centavos comenzó a teclear. Su hermana siempre tenía amigos a cenar los sábados. Se quedaban hablando, tomando y bailando hasta la madrugada. Días atrás Leti le exigió que la llamara sin falta, estaba interesada en contarle sobre los problemas con la mudanza y lo hermosa que era la nueva casita familiar en el country.

No había terminado de marcar cuando lo vio saliendo del pool bar, se quedó petrificado dejando caer el tubo que se azotó pesadamente contra el acrílico de la caseta. Lloviznaba y para su desgracia no traía la camperita impermeable ni el paraguas. Poco le importó, solo sintió que el asco y la rabia lo invadían en una mixtura explosiva que sacudía su cuerpo. Se ocultó tras la cabina esperando que su objetivo se alejara unos pasos. Estudiaba la rutina de Camacho desde un par de meses atrás y cuando entro al oscuro Ally comprendió que se le brindaba en bandeja. Conocia sobre la no existencia de cámaras en esa cuadra, no habría testigos, ni los vagabundos se animaban a pernoctar por allí. Hasta el cielo estaba de su lado con la tormenta que dificultaba la visión.

—Debo haber perdido los fósforos junto al cuerpo del bastardo aquel —musitó Lucas mientras revolvía la yerba con la bombilla.

Se preguntó si sería un policía encubierto el que llamó a su hermana y si ya lo tendrían en la lista de sospechosos. No poseían ninguna prueba concluyente que lo involucrara. Como sea, estaba inquieto, nervioso, debía meditar, elaborar cuidadosamente una cortada.

Presentía que no tardarían mucho en golpear a su puerta.

 

III

—Siéntese por favor señor Agüero. —lo invitó el agente flacuchento con fingida sonrisa —El teniente Avalon estará llegando en un momento.

Lucas estudió los muros blancos y acolchonados de lo que debía ser una sala de interrogatorios. De unos tres metros por cinco, tenía en el centro una mesa rectangular de formica. Se ubicó en una de las cuatro sillas blancas de lata, por cierto muy poco confortable. Un bombillo pendía desde el centro del techo y en una esquina existía una liviana lámpara de pie, tipo reflector. A su derecha una cortina gris abarcaba casi toda la pared enfrentada a la entrada.

—Todo montado como en las películas, seguro que oculto allí atrás hay un gran espejo y alguien me está mirando —pensó fascinado.

Un ronco vozarrón lo sacó de sus observaciones.

—Gracias Rubén, puedes dejarnos solos por favor, cierra la puerta al salir.

El muchacho miró con curiosidad al inspector de homicidios mientras se sacaba la gabardina negra y la colgaba en el perchero de la puerta. “Setenta años bien puestos”, pensó Lucas sintiendo un inexplicable respeto por la persona aquella. Sus cejas, inundadas de canas, eran tan espesas como los bigotes y al sacarse la gorra reveló una calva prominente. Los ojos, de un color verde grisáceo se sostenían sobre abultadas ojeras. Poseía un físico atlético para su edad y su andar era seguro y elegante

—Buen día, ¿cómo le va? Disculpe lo haya hecho esperar, no es fácil venir desde Kendall a esta hora, el tráfico cada día está peor.

—Lo sé, vivo aquí, no hay problema, pero aun no entiendo para que me han citado —dijo el joven simulando sorpresa.

—Creo que sabes muy bien por qué estás acá —contestó Fredy, comenzando el tuteo mientras le sostenía la mirada. —Encontramos un paquete de cerillos del lugar donde trabajas, con el número de teléfono de tu hermana escrito en él.

—¿Y? —dijo Lucas levantando los hombros.

—Que estaba en la mano de un hombre asesinado. Que tu hotel está a tres cuadras y esa noche saliste de trabajar solo diez minutos antes y que el lugar del crimen está camino a tu apartamento. ¿Te parece poco? ¿Me puedes contar lo que hiciste al salir del Delano el sábado a la madrugada?

—Caminé a mi casa y me acosté a dormir, nada más. Pero aun no veo qué prueba eso, todos los días encuentro por la calle tarjetas y paquetes de fósforos de ese tipo. Lo perdí y cualquiera puede haberlo encontrado. ¿Acaso tiene algún testigo? —agregó el elegido sintiendo que comenzaba a jugarse en su terreno.

—Antes de continuar Sr. Agüero, ¿está seguro que no quiere un abogado? La ciudad le puede proporcionar uno de oficio. Está en serios problemas —acotó Avalón intentando amedrentarlo.

—No veo para qué lo necesite si no he hecho nada malo. No sé de qué me está hablando, debe haber algún error y no estoy para perder el tiempo, además tengo que entrar a trabajar en una hora—acotó Lucas frunciendo el ceño disgustado.

—Más tarde verás la prueba que te involucra, ahora me interesa preguntarte otras cositas, si me permites —exclamó el policía con demasiada caballerosidad.

—Adelante.

—¿Sabías que ha habido treinta crímenes con las mismas características de este en los pasados cinco años?

—¿Quién no conoce sobe el asesino de los golpeadores? Un dolor de cabeza para la inepta policía de Miami, ¿no? —dijo Lucas irónicamente, pensando que la conversación se ponía cada vez más interesante.

—Las víctimas son abusivos padres de familia, acusados reiteradamente de violencia doméstica… —Fredy hizo una pausa, sopesando el posible efecto de la frase que iba a largar— Como tu padre Lucas…

La estocada sorprendió al muchacho, tomándole completamente desprevenido. Pestañeó repetidamente no hallando respuesta.

—Tu padre maltrató a tu madre y a tus hermanos por muchos años, quizá hasta violó a uno de ellos… ¿no es cierto, Lucas? Tienes que haber sentido mucho odio por él. ¿Acaso no fue Julio Agüero quien provocó la muerte de la madre de tu noviecita de secundario? —aventuró el teniente estudiando cada expresión en el rostro de su interlocutor.

Cerró con tal fuerza los puños, que las uñas le lastimaron las palmas. Aquel estúpido policía no sólo lo provocaba sino que le traía recuerdos desgarradores. No entendía cómo había podido recabar tanta información en tan poco tiempo. Aspiró profundo y contó hasta diez evitando mirar a los ojos al veterano oficial.

—Puedo ver cómo te afecta todo esto Lucas. Hubieses querido acabar con tu padre, pero la parca se te adelantó y ahora te desquitas con estos pobres infelices —agregó estudiando los puños crispados del muchacho.

Después de casi medio siglo en su rol de perseguidor, Fredy conocía como nadie la psiquis de los criminales, no le quedaba duda de que frente a él se hallaba uno de ellos. Tal vez el más despiadado e inteligente al que se hubiese enfrentado jamás. Intuía que no le iba a resultar sencillo quebrar al joven, por eso no le sorprendió la serena y medida voz que le respondía.

—No perdamos tiempo con estas pendejadas teniente. No tengo mucho tiempo. Muéstreme la supuesta evidencia que tiene y terminemos con esta insensatez.

—Antes de ello, ¿podrías escribirme algo, por favor? —le pidió acercándole una hoja de papel, seguro que se negaría.

Lucas agarró la lapicera y sin problema garabateó el número de teléfono de su hermana que el teniente le dictaba.

No cabía duda, era la misma grafía que de la cajita de fósforos.

—Comprueba tú mismo cómo de cerca estamos de agarrarte —mintió Avalón mientras buscaba la bolsita de plástico en su bolsillo. Sabía que la evidencia no era vinculante, que procesalmente no tenía nada. Solo intentaba que el muchacho cometiera un error que lo delatase.

Se levantó confundido, tanteando nervioso el pantalón y la camisa. Revisó la campera también. Estaba seguro de haber tocado el ziplock momentos atrás en el bolsillo derecho de su jean. Dio una vuelta por la habitación, mirando ansioso el piso de baldosas color crema. Llamó por el celular a Rubén, preguntándole en voz bien baja:

—Rodríguez, por favor, busque con cuidado desde mi auto hasta este cuarto. Creo haber perdido la única evidencia que teníamos.
Lucas se paró sonriente, dirigiéndose a la puerta de salida. El teniente no hizo nada para detenerlo, solo lo miró incrédulo, conmocionado.

—Se lo dije Avalón, no tiene absolutamente nada. Espero no volver a verlo en lo que me resta de vida —dijo al despedirse, sintiendo en el fondo pena por el buen policía que estuvo a punto de atraparlo.

El elegido cruzo la avenida y subió a su Toyota blanco cantando “Una prima lejana” de los Auténticos Decadentes. El auto era un Célica modelo ’83, una verdadera reliquia como solía decir. Abandonó downtown subiendo a la autopista en el mismo momento que el velocímetro le indicaba 80 millas por hora .Adelante comenzaba a dibujarse Miami Beach. Bajó las ventanillas, la brisa entró de golpe. Se sintió más vivo y feliz que nunca. Puso un cd de Janis Joplin y tarareó entusiasmado el primer tema mientras tiraba a la ruta una cajita de cerillas hecha pedazos.

—Esto de jugar a Dios, de vez en cuando, puede llegar a ser muy muy entretenido —dijo metiéndose siete tic tacs de mentol a la boca.

 

IV
 

Le encantaba abandonarse cada tanto en aquella saliente de roca en South Point que, suspendida sobre el atlántico, desafiaba la ley de la gravedad. Allí donde las olas rasguñaban los peñascos creando un murmullo adormecedor. A la luz del crepúsculo todo sucedía como en cámara lenta, los colores se aplacaban, los ruidos se ralentizaban demorando en alcanzar los oídos.
Lucas maceraba con sus muelas un chicle de frutilla, a la vez que sus ojos se sumergían en el horizonte junto a los cruceros que abandonaban Miami Beach. Una garza desteñida se posó sobre el primer poste de un atracadero cercano, como a veinte metros a su derecha. Unos segundos luego lo saludó agitando sus alas y lanzando un quebrado graznido.

—¡Carajo, no puede ser verdad, todo es tan real. Debe ser solo una puta alucinación! —insultó angustiado notando como se descompasaban los latidos de su corazón.

Miró el cielo matizado de nubes en degrade de oscuros naranjas. Se observó con curiosidad el antebrazo mientras lo recorría con las yemas de sus dedos. Entonces se dio un fuerte pellizco y el gemido que escupió solo logró, además de espantar al ave, certificar su desesperante situación.
Aun no terminaba de asimilar los extraños acontecimientos pasados. Hasta esta mañana, cuando en el cuartel de policía aplicó su nuevo e increíble don, había venido creyendo que se trataba solo de un simple sueño. Perdió su vista en el mar inabarcable y puso piloto automático a sus sentidos. Los recuerdos del martes brotaron a borbotones…

Andrés Reyes era un dominicano procedente de Santo Domingo, había comenzado a trabajar un par de días atrás como mesero en el Delano. Simpático e hiperactivo como pocos, el caribeño de piel morena era alto, musculoso y hablaba hasta por los codos. Al elegido le cayó muy bien y le ofreció al manager entrenarlo en sus primeras jornadas de trabajo.
Entre mesa y mesa charlaron abiertamente de sus vidas. Hubo una identificación casi inmediata. Andrés venía de Los Minas, uno de los barrios más miserables de la capital isleña, era el mayor de once hermanos. El padrastro abusó de la familia desde que tenía uso de razón. Emigraron a Miami a fines de los noventa y desde el 2007, el abusador estaba preso después de propinarle una golpiza a su esposa. La pobre madre del joven se encontraba desde entonces en un cuarto del Jackson Memorial Hospital, inmersa en un coma profundo.
Lucas se sintió reconfortado al encontrar una especie de alma gemela. Al fin un amigo fiel con quien compartir sus secretos más sórdidos. Alguien que podía comprender el infierno en el que se hallaba sumergido.

Al mediodía del martes bajaron a almorzar a la cafetería ubicada en el subsuelo del hotel. Estaban enfrascados en una charla que versaba en como las leyes norteamericanas no bastaban para proteger a las víctimas de violencia doméstica. En que había que ayudarlas de alguna forma.
Cuando Andrés saboreó el bocado inicial de lasaña, todo lo que los rodeaba quedó inmóvil. “Como cuando se congela mi computadora” pensó en esos momentos el aterrado argentino. Enfrente, al dominicano le había cambiado el semblante, ya no sonreía, y la voz que expulsó su garganta nada tenía que ver con la de su verborrágico amigo. Tenía otro acento, era pausada y flemática.

—Tranquilo Lucas, no te asustes por favor. Nada malo va a sucederte —rogó la micro conciencia de Morgandus mirando a su creación con inocultable cariño.— Soy tu verdadero padre y estoy aquí para ayudarte.

—¡Mierda! ¿Estás loco, o qué Andrés? —musitó el muchacho con sonido gutural.— ¿Me podes decir qué diablos está sucediendo aquí?

—No soy más Andrés y tengo apenas quince minutos para explicarte todo, para convencerte que tu supervivencia depende enteramente en que sigas mis instrucciones. Después, esto que está pasando ahora quedará solo registrado en tu memoria y tu amigo Andrés regresará a este cuerpo. Sé que te resulta increíble, pero por tu seguridad y la de tus seres queridos, es vital que a nadie le cuentes sobre nuestro encuentro. Significaría el inmediato fin de tu mundo —lo amenazó, intentando medir el impacto de sus palabras en el rostro de un atribulado Lucas.

—No… no entiendo absolutamente nada.

—Presta muchísima atención, y no me interrumpas a no ser que tengas una pregunta importante. Cada minuto es oro.

A través de una elaborada síntesis, Morgandus II le bosquejó al elegido el fantástico panorama. Le habló del mundigrama del tercer milenio y del primordial rol que Lucas allí cumplía. Le prometió que si llegaba a la víctima número treinta y tres sería muy bien recompensado.

—Si no lo logras, si cometes algún error que me delate, serás desconectado al instante. Solo podrás seguir viviendo hasta el fin de tus días si alcanzas la meta. Hazlo por tu madre y por tus hermanos. Ellos nunca sabrán que son parte de un entretenimiento, más de mil años en el futuro. Seria lindo que pasases sus últimos años junto a ella. Piénsalo Lucas.

—¡No la pongas de nuevo ni un segundo en tu boca, la putísima madre que te re parió! O te juro que te mato — gritó desquiciado sintiendo brotar sus lágrimas.

El falso Andrés reculó la silla un metro por precaución, los puños cerrados de su creación preanunciaban un ataque. Le pidió calma observando con pena al mayor de los Agüero.

—Comprendo lo difícil que resulta para ti, pero estoy seguro que superarás este trance y saldrás adelante por el bien de todos nosotros. Déjame explicarte la razón por la que vine. Poseerás un don clave para tu supervivencia. Algo que te permitirá burlarte del estúpido de Avalon y toda su corte de ineptos policías.

Le enseñó entonces la manera en la que podría paralizar su planeta virtual, como coordinar hasta el último detalle. Le suplicó que solo lo utilizase como recurso in extremis, pues solo dispondría de cuatro oportunidades.

—¡A la mierda con todo esto! no tengo la menor idea de lo que me está pasando, pero le aseguro que no le creo ni un poquito de la sarta de boludeces que acaba de decir. Es una maldita pesadilla de la que ruego despertar pronto.

—Créeme hijo mío, todo es real. El tiempo se me acaba y ya no volveremos a estar frente a frente. Cuídate, suerte y… te quiero mucho —se despidió Morgandus II sintiendo que una incontenible ola de afecto e incertidumbre lo rebalsaba. Acercó la mano hacia la de su elegido y este la retiró asqueado mientras profería un crudo insulto.

A Lucas le dolía el pecho, respiraba con dificultad. Su frente brillaba empapada en sudor. Se apoyó contra el respaldo de la silla y sus desorbitados ojos enfocaron el techo. Una mosca se debatía en la tela de una araña patas largas que se acercaba raudamente. Se sintió peor que ese pobre insecto, desahuciado, sin salida alguna.

—¡Che pedazo de boludo, están macanudos los fideos estos! —dijo el dominicano imitando el acento porteño.— ¡Ehhh Luquitas! ¿Te pasa algo?

—No… no es nada Andrés, creo que me bajó un poquito la presión, pero ya me siento mejor. Un trago de agua fría ayudará —dijo el mercp principal bebiéndose medio vaso en tres o cuatro tragos a la vez que estudiaba con curiosidad la hora en su celular. Había transcurrido solo un minuto desde que se ubicaron en la mesa.

Despatarrado sobre aquel risco, sabia entonces que la historia contada por su “creador” era dolorosamente cierta. Comenzó unos ejercicios de relajación, aprendidos el año anterior en un curso de yoga que ganó en un sorteo de fin de año del Delano. Poco a poco su agobiada mente fue aclarándose y el pensamiento frio y analítico del exitoso asesino serial afloró nuevamente.

—En síntesis —pensó divertido el mercp de Morgandus— no soy más que un puto e insignificante microente en un mundo capsular. Algo con lo que una parva de hijos de perra se divierten allá, mil años en el futuro.

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  • El agua, el hambre, el hacinamiento, las enfermedades y las guerras pusieron a la raza humana en el vértice de la extinción. Fueron décadas oscuras, salvajes, de retroceso, donde solo los más dotados físicamente sobrevivieron. Cuando la inundación al fin cesó, quedaban en la tierra solo seis millones de los ocho mil existentes al comienzo de la catástrofe.

    —En síntesis —pensó divertido el mercp de Morgandus— no soy más que un puto e insignificante microente en un mundo capsular. Algo con lo que una parva de hijos de perra se divierten allá, mil años en el futuro.

    La nano ingeniería genética se desarrolló de tal forma que, en los pasados siete años, en las competencias ya se recreaba el mundo en su totalidad y se llegaban a poner en la cápsula hasta seis mil millones de marcps corporales. O sea una reproducción precisa del planeta pre-inundación, mil y pico de años atrás.

    Mientras buscaba la libretita más el grabador y acomodaba su glock 9mm bajo el sobaco, rogó que el joven tuviese razón y que el asesino de los golpeadores, como lo bautizó un reportero del New Times, hubiese aumentado el número de víctimas. El psicópata se había cargado veintinueve hombres en el área de los condados de Dade, Broward, Palm Beach y Monroe, en los pasados seis años...

    Podría haberse arrojado de una vez y acabar rápido con su agonía, pero, además de querer gastar sus últimos 500 dólares, sentía un placer morboso por desgastar sus horas postreras en esa plena conciencia de víctima, repasando su no-vida sobre esta tierra. Un último ajuste de cuentas con un individuo timorato, acomplejado, holgazán y depresivo en el cual ya casi no se reconocía. De repente parecía anestesiado, observándose desde otro plano, más moral y ético, como si el tomar la decisión de acabar con esta bazofia humana lo hubiese imbuido de un aura superior. 

    Es extraño, afuera llueve a rabiar y aunque los cristales están empañados, puedo ver la luna llena apoyada en una esquina de la ventana. Un lunón hermoso, intimidante, como el pasado que me asfixia y me obliga a descargar mis sentimientos en una hoja de cuaderno.

    Si se busca una zona en el sur hemisférico a la que pueda catalogarse como modelo de hacinamiento, narcotráfico y miseria, esa es la villa 31, en Retiro, ciudad de Buenos Aires. Miles de argentinos mesclados con bolivianos, peruanos y paraguayos atiborrados en apenas cien manzanas, en muchos casos sin acceso, ni siquiera, a los servicios básicos. Un barrio de diez mil familias, con basurales como únicas plazas. Donde bullen los niños y arroyuelos de agua servida serpentean por las calles. Allí, en un lugar diseñado más por Satán que por Dios, nació y vivió hasta los doce años Lucas Mariano Agüero.

    El bolso resultó ser una caja de pandora. Cualquier cosa podía salir de allí adentro. Entre otras inutilidades se encontraban: Un par de auriculares rotos. Un libro de Coelho con la mitad de las páginas arrancadas. Un puñado de tickets del subte de Buenos Aires. Una caja de condones que parecía tener varias unidades… ¿usadas? Un despertador a cuerda. Una tarjeta de biblioteca… ¿del servicio penitenciario nacional? El pasaje de Lan Chile junto al pasaporte y el D.N.I. ¡Ahh! y por suerte la llave magnética del hotel donde estaba Pablo alojado.

    —Hay un sitio de unos locos en internet que te pagan re bien por hacer cosas sinsentido, un primo mío ganó casi cien mil dólares un año atrás —le dijo Juanchila, el colombiano de Medellín que trabajaba con él en la cocina de un chicken kitchen. — Es arriesgado, pero sino querés perder el auto, la casa, tu esposa y tus tres hijos con ella, yo que vos lo haría parce. Total que más podés perder, si ya sos un muerto en vida Pepito.

    —La situación es extremadamente delicada —dijo el presidente intergaláctico y movió la cabeza mirando consternado a su hijo y a su primer asesor.— Como no propongamos ya una medida seductora y viable, no tendremos argumentos para seguir sosteniendo la existencia de este planetita tan problemático.

Walter Gerardo Greulach nació en Jaime Prats, departamento de San Rafael, Mendoza, República Argentina. En 1964.Cursó la secundaria en la E.N.E.T de General Alvear. Mas tarde se recibió de técnico en propaganda y publicidad y Licenciado en Comunicación social en la Universidad Nacional de Córdoba. Sus primeras armas en la profesión las hizo como crítico teatral, productor de revistas barriales y conductor de programas de entretenimiento en pequeñas emisoras radiales de Córdoba. A fines de los ochenta se mudó a Paraná, Entre Rí­os, contratado para trabajar en un novedoso proyecto radial (FM Capital). La década de los noventa lo encuentra en Aruba isla del Reino Holandes, desde donde colabora asiduamente a traves de arti­culos con publicaciones locales y extranjeras. Desde el 98 esta radicado en Miami y es columnista en diversos medios de la red. Pese a escribir poemas y cuentos desde su temprana adolescencia, recien en el 2008 tuvo la desfachatez suficiente para publicar El Guionista de Dios¿o del Diablo?, su primer libro. En el 2011 salió su segunda obra de relatos cortos, Awqa Puma, temporizador. En la actualidad se halla trabajando en la novela El quijote Verde, un thriller ecológico.

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