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23 min
Astaroth (capítulo II)
Ciencia Ficción |
15.06.14
  • 5
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  • 1872
Sinopsis

...El breve reinado de la Humanidad sobre el verde mundo de Astaroth estaba llegando ya a su fin...

VI

El breve reinado de la Humanidad sobre el verde mundo de Astaroth estaba llegando ya a su fin. Los tres meses que la suerte les había concedido en plazo para disfrutar de sus encantos casi habían transcurrido. En la superficie ya comenzaban a embarcar el material hacia la Solaris en una lanzadera que periódicamente ascendía para perderse en la atmósfera azul de aquel hermoso paraíso.

Ese día hacía un calor pegajoso, y los alados seres que habitualmente poblaban el cielo de Astaroth parecían dormitar en el interior de los frondosos bosques. Shackleton se encontraba en una de las tiendas poniendo orden entre los numerosos tubos criogénicos en cuyo interior toda una pléyade de extraños y desconocidos seres hibernarían durante casi un siglo. No lo escuchó llegar hasta que se sentó descuidadamente frente a él sobre un enorme arcón metálico. Gandalf emitió una risita y saludó al Comandante mientras se atusaba la barba.

- ¡Buen trabajo ustedes han hecho, Comandante!. En la Tierra no se lo van a creer cuando estos prodigios contemplar puedan – dijo en su extraña jerga.

Shackleton lo miró de reojo; le recordaba vagamente a cierto pequeño maestro de una religión ya casi extinta.

- Me hubiera gustado poder haber hecho más – replicó lacónico.

- Suficiente es, dadas las circunstancias.

El hombrecillo se levantó de su asiento dando un salto que denotaba una agilidad de la que Shackleton no lo hubiera creído capaz, y comenzó a husmear entre los cachivaches esparcidos por toda la estancia.

- ¡No, no! – exclamó el Comandante temiendo que aquella especie de vagabundo estelar pudiera tirar cualquier cosa – .¡No debe tocar ese material!.

Gandalf respondió con su risita traviesa como si fuera un niño al que hubieran sorprendido robando caramelos. Después de trastear un poco más con un carísimo analizador positrónico se plantó frente a Shackleton observando con curiosidad el estrafalario logotipo con las siglas de la Agencia Espacial luciendo sobre su uniforme.

- Usted demasiado en serio no me toma, Comandante. Pero no olvide que a veces quien loco parece es quien mayor cordura en su cabeza atesora.

El Capitán del Ejército del Aire movió a cabeza de un lado a otro y continuó embalando con mayor avidez, sin prestar más atención a aquel ser estrafalario que la que dictaba la cortesía.

- Déjeme adivinar – siguió Gandalf – .La tripulación del Solaris seis personas la componen, pero sólo cinco visto hemos en todo este tiempo.

- La señorita Renzo tiene mucho trabajo a bordo del transbordador – se apresuró a responder Shackleton.

- Raro es que tras tan largo viaje ella pisar no quiera el suelo del nuevo mundo, ni supervisar de primera mano los experimentos que se le asignaron – replicó Gandalf con una media sonrisa – .Ella debió de haber sido muy poco profesional.

- ¡Valeria era una profesional excelente! – exclamó airado el Comandante.

- ¡Ahá! – vociferó el loco en tono triunfalista –  .“Era”, luego ella ya no es.

- ¡Váyase al cuerno! – le espetó Shackleton a punto de perder los nervios.

- Conmigo disimular no tiene, Comandante – dijo conciliador el hombrecillo – .Yo estoy de su parte, aunque parecer no lo pueda. ¿Pero por que ocultar la muerte de un miembro de su tripulación?. ¿Qué daño causar nos puede a nosotros, perdidos habitantes en este planeta?.

Shackleton no respondió, aquella conversación comenzaba a irritarlo y empezaba a preguntarse cual sería la mejor forma de deshacerse de aquel chalado, que seguía recitando su monólogo jugando a las adivinanzas.

- Tal vez… tal vez porque si ella muerto hubiera de cualquier otra forma una plaza más habría, pero si muerta por causa de la hibernación, significa tal vez que uno de nosotros no regresará jamás al ansiado hogar… ¿cierto, Comandante?. De otro modo explicarse no puede tanto afán por mantener la nave lejos de indiscretas miradas.

- ¿Qué es lo que quiere, Gandalf? – le espetó éste bruscamente mirándolo de frente por primera vez.

El desarrapado hombrecillo emitió de nuevo su hilarante risita y ante los atónitos ojos de su interlocutor dedicó unos segundos a efectuar una especie de pequeño baile de la victoria.

- Comandante, yo tomar no puedo esa decisión por usted, pero venido he a ofrecerle una inestimable ayuda que sin duda las cosas más claras ha de hacerle ver.

- ¿Qué quiere decir? – se interesó Shackleton.

- No todo lo que parece es, amigo mío. Nosotros también secretos tenemos, y no todo el mundo que se conozcan quiere.

- Le escucho – aguardó el Comandante, pensando que no tenía nada que perder más que unos pocos minutos de su tiempo.

Gandalf carraspeó y dilató los segundos, disfrutando de la atención que le brindaban. Se acomodó sobre uno de los baúles metálicos y levantando el dedo índice comenzó a explicarse.

- Comprobado habrá que perfectamente al tanto estamos de los detalles de la misión suya. Euphoria un clásico es entre los tripulantes estelares, todos la estudiamos en la Academia antes de licenciarnos haber sido. El equipamiento de su nave conocemos, y sabemos que la Solaris sólo de 16 cápsulas de hibernación dispone. Descontando los seis tripulantes, diez cápsulas quedan para los pobres moradores de Astaroth. A medida que de su llegada el tiempo se acercaba la inquietud de nuestro pequeño grupo a apoderarse comenzó. Por aquel entonces trece éramos, diez supervivientes y tres retoños nacidos en este mundo. Tres tripulantes sobraban, bien de una tripulación o de la otra.

- Y tres desaparecieron, muy casual, ¿no? – replicó Shackleton.

- Perspicaz usted es, Comandante. Desde el principio Schultz su dominio intentó en el grupo imponer. Pero él Comandante de la misión no era, y su fuerte personalidad chocaba con la de los superiores suyos. El Teniente la circunstancia aprovechó, y uno a uno asesinando fue a los tres que sombra le hacían. El resto del grupo demasiado influenciados por Schultz están, y si algo sabían todos callaron. ¡Cobardes!. Pero nadie de un loco sospecha, y eso una ventaja es para averiguar cosas que uno conocer no debiera.

- Sin embargo ustedes son once, no diez, las cuentas siguen sin salirme.

- Cierto es. La pequeña Maia llegó cuando ya todos pensaban que ustedes no vendrían. Y ahora de nuevo uno sobra… de una tripulación, o de la otra. Usted pensando está en decidir quien debe en Astaroth quedarse, pero Schultz pensando lo mismo está. Él no sabe que la nave un tripulante menos tiene, pero también una cápsula menos. Y esta vez, Comandante, el elegido no será de la Nostromo miembro, puede estar seguro.

- ¿Qué insinúa exactamente, Gandalf? – preguntó Shackleton con evidente preocupación.

- Schultz planeando otro asesinato está, y un accidente lo hará parecer – dijo el hombrecillo entornando la voz –  .Un tripulante del Solaris él será.

Shackleton miró al pequeño hombre, pensativo, con su particular gesto apoyando la barbilla en una de sus manos. Debía decidir si dar crédito al testimonio de aquel loco medio cuerdo o definitivamente tomarlo por loco completo. Ciertamente Schultz no le había  inspirado confianza desde su arribada a Astaroth, pero eso no lo convertía en un asesino. Se le ocurrió que podría escanear las tumbas de los supuestos asesinados en busca de algún indicio de muerte violenta. Al menos sería un comienzo.

- ¿Podría usted mostrarme el lugar donde han sido enterrados los tres fallecidos, Gandalf?.

- Me temo que eso no será necesario, Comandante – exclamó con contundencia una voz grave tras ambos.

El Teniente Schultz había entrado en la carpa con el sigilo de un lince al acecho. Se situó frente a los dos hombres. En su mano portaba una pistola de neutrones muy parecida a las que llevaban los tripulantes del transbordador; aparentemente estaba en buen estado, lista para escupir la invisible llamarada en cuanto el dedo del Teniente apretase el gatillo. Sus ojos por lo general insondables reflejaban al mismo tiempo satisfacción y desprecio.

- Veo que estaba usted teniendo una interesante reunión, Comandante Shackleton.

- Baje esa arma, Schultz, no haga ninguna tontería de la que pueda arrepentirse – le conminó éste.

- ¿Acaso cree usted que he asesinado a tres hombres, tal como le ha contado este loco? – replicó el Teniente con una media sonrisa.

- Lo que yo crea carece de importancia – dijo lacónico el aludido.

- Ya veo. Y sin embargo tiempo le ha faltado para decidirse a perturbar el descanso de nuestros añorados compañeros. Y a los muertos, Comandante, se les debe dejar en paz. Pero no se preocupe, hoy me siento generoso y he decidido liberarle de tan desagradable trabajo. Así que supondré que es usted un sacerdote y yo un pobre penitente en busca de la expiación de sus pecados. ¡Yo me acuso, Padre, me acuso de la muerte de tres hombres!. ¿Sorprendido, Shackleton?.

- En realidad no, Teniente – fue la escueta respuesta.

- A veces hay que ser prácticos, y entre mis virtudes se encuentra precisamente esa misma.

- No sea cínico Schultz, no es usted más que un vulgar asesino.

- No puedo rebatirle lo de asesino, pero en lo de vulgar no estoy en absoluto de acuerdo. Tarde o temprano supuse que éste loco hablaría, y por lo visto no estaba equivocado, ¿no es así, mi querido Gandalf?

El hombrecillo se revolvió nervioso, su expresión desencajada era la viva imagen de la derrota. Cuando habló lo hizo como si cualquier atisbo de cordura se hubiera alejado definitivamente de su cabeza.

- Gandalf nada sabe, Gandalf no más que un pobre loco es – lloriqueó.

- Un pobre loco que acaba de servirme en bandeja la solución al único problema que tengo. Por suerte tomé la precaución de vigilar todos tus movimientos, Gandalf – dijo volviendo después la vista hacia Shackleton – .Y ahora tengo dos candidatos a dejar un asiento libre en el pasaje hacia la Tierra. Cuando encuentren sus cadáveres no será difícil hacer creer a los demás que este chalado disparó contra usted, Comandante, y yo mismo le quité la vida tratando de protegerle. Una solución sencilla para un problema complejo – dijo con la mirada henchida de odio.

No hubo aún terminado Schultz la última frase cuando el apagado siseo de un arma de neutrones recorrió la estancia. La mano del Teniente se convulsionó como si hubiese agarrado un cable desnudo y éste cayó sujetándose el brazo malherido. La Subcomandante Sánchez apuntaba al traidor con su pistola reglamentaria, mientras la punta de su bota apartaba el arma que había ido a parar al suelo. Tras ella se escondía asustada la muchacha a la que habían sorprendido sola en los bosques el primer día de su llegada.

- Siempre tan oportuna, Diana – aprobó aliviado Shackleton.

- Ha tenido suerte, Comandante. Lía me previno acerca de que algo grave ocurría, y por lo visto estaba totalmente en lo cierto.

Entonces la gutural risita de Gandalf se dejó oír bajo la carpa, helando la sangre en las venas a todos los presentes.

- Usted no es el único que sospechas tenía, Teniente Schultz – dijo en tono triunfalista, pareciendo de nuevo el loco medio cuerdo de siempre – .También yo vigilancia encargado había a la joven Lía, con instrucciones de avisar a algún miembro de la tripulación del Solaris cuando el momento llegado hubiera. Usted sólo se ha delatado, tal como yo previsto había, y creo que la solución a la falta de espacio en el transbordador resuelto hemos ya – añadió mirando de soslayo a Shackleton, mientras en su boca desdentada lucía una amplia sonrisa.

Al día siguiente Schultz fue sometido a un improvisado consejo de guerra formado por los cinco tripulantes del transbordador Solaris. Kamarov y Van de Bogaerde abogaban por una solución drástica, aplicando la pena capital al Teniente caído en desgracia. Por el contrario Sánchez y Abe defendían el destierro como medida de castigo, que en aquellas circunstancias significaba precisamente ser abandonado en aquel lugar que por no ser, no era la Tierra. El voto de calidad de Shackleton se decantó por la segunda opción, y Schultz fue dejado en Astaroth desarmado y con algunas provisiones. El Comandante no podía imaginarse peor condena que pasar el resto de sus días en la infinita soledad de aquel mundo repleto de vida. Era 14 de Mayo de 2172 cuando las 15 personas a bordo del transbordador Solaris contemplaron por última vez la ovalada silueta de Astaroth antes de recostarse en las cómodas cápsulas de hibernación para dormir el sueño de la esperanza durante largos años.

 

VII

Frío. A veces siento frío en la extraña quietud de este mundo empequeñecido cuyo cielo es de cristal y las paredes lucen blancas como el olvido. Los recuerdos se enmarañan entretejiendo vivencias, inventando soledades, palpitando en una mente cansada de ensoñaciones que remedan burdamente la realidad tan ansiada, congelada un día aciago para dormitar durante noches eternas en el interior de un cuerpo cuya rigidez cadavérica haría sospechar el peor de los finales si los casi imperceptibles rastros de vapor sobre la cubierta acristalada no gritaran a los cuatro puntos cardinales que allí todavía existe vida. A veces soy un niño correteando por los campos entre girasoles de amarillos pétalos, la brisa me lame el rostro y el ladrido de Tobías me persigue, sabedor de que mis pasos me conducen al olvido, sabedor de que un día todo lo que es dejará de ser para transformarse en hubo sido. Los rostros de mi gente se aparecen en mis sueños y envejecen lentamente hasta guiñarme un ojo desde una cuenca putrefacta, transformados en la imagen de la muerte. Mi mente se avejenta igual que sus cuerpos, imposible adormecerla enteramente. A veces escucho el rumor de las olas golpeando sin piedad los sufridos acantilados, mis ojos imaginarios contemplan la espuma elevarse en las alturas hasta confundirse con las nubes deshilachadas que tapizan la bóveda azulada. Mis pulmones se llenan de aire puro, reclaman famélicos su gaseoso alimento y en mis sueños se atiborran del olor de las mimosas, de la dulce fragancia a hierba mojada en una tarde de verano y del impúdico perfume del que fuera en tiempos mi primer amor. Paladeo con avidez el dulce sabor de una copa de buen vino, siento su calor quemándome la garganta y los etéreos efluvios de la embriaguez dibujan una sonrisa bobalicona en mi rostro petrificado. Cuanto echo de menos sentir el agua tibia del riachuelo corriendo despreocupada sobre mi piel; contemplar el cielo moribundo teñido de rojo en un atardecer interminable mientras la brisa mece las espigas que resignadas esperan el día en que las cercene su verdugo; hundir mi bandera en el interior de un cuerpo trémulo acompasando los latidos desbocados de dos corazones, piel con piel, miradas que se buscan y labios que se besan, sonrisas furtivas que se regalan a cambio de una caricia, palabras susurradas a la noche que se convierte en confidente de sinceras confesiones.

 Estoy cansado, dormir me cansa igual que si llevase días en completa vigilia, este sueño eterno que parece no acabarse nunca me consume como si fuese el castigo que corresponde a una interminable condena. Mi delito, desear estar donde nadie antes hubo estado, alimentar mis vanidades legando mi nombre a la posteridad de la memoria de una raza, violentar por primera vez el suelo virgen de un mundo nuevo y desconocido. Mi condena, 82 años, sentenció el juez con su sardónica sonrisa acomodado sobre el sillón del puente de mando, rodeado de pantallas titilantes y botones de colores. 82 años vagando por las soledades de mi propia mente, agazapado entre mis recuerdos, reclamado por mis miedos y, en ocasiones, reconfortado por las esperanzas enredadas en las aristas de mi alma. Astaroth, un día te quise mas que a mi propia vida, mas que a mi pasado, mas que a mi presente y mi futuro, fuiste el amor platónico que todo ser humano sufre al menos una vez en su existencia. No dudé en dejarlo todo por tenerte, hasta que comprendí que poseerte es imposible, quimera inalcanzable para quienes cuentan primaveras mientras tú lo haces por eones. Hogar, regreso al hogar añorando el útero que me dio la vida, cansado de fútiles guerras, contaminado con los restos de siglos de opíparos banquetes, podrido de mezquindades y ambiciones, pero hogar al fin y al cabo.

 

VIII

La luz se hizo de repente en la gran estancia principal del transbordador Solaris. Las pantallas se encendieron salpicando en tonos azulados las paredes. Los cierres herméticos de las cápsulas en las que durante años habían hibernado quince inertes cuerpos se descorrieron uno por uno, dejando que el aire reciclado de la sala penetrase en su interior. El Comandante Shackleton abrió los ojos legañosos como si despertase de un mal sueño, y con movimientos torpes se incorporó sobre el interior acolchado. Lo primero que pudo ver fue el hermoso cuerpo de Diana sentada en el borde de su habitáculo, vestida tan sólo con la ceñida ropa interior. Se permitió dejar a un lado su profesionalidad por un momento, recreando su mirada en las suaves curvas que se recortaban contra el blanco fondo de las paredes. Durante un instante le pareció recordar que soñara con ella, pero le costaba fijar con exactitud todo lo que había desfilado por su cabeza en aquellos años de ensoñaciones. Sólo cerró los ojos cuando sintió una aguda punzada que le taladró las sienes. Sabía que los indeseados efectos de la hibernación todavía lo acosarían durante días. Se sorprendió cuando contempló quince seres humanos tratando de desembarazarse del aturdimiento, hasta que cayó en la cuenta que habían traído diez pasajeros rescatados de la superficie de Astaroth. Poco a poco los cuerpos doloridos fueron incorporándose entre hondos quejidos. La iluminación era tenue, pues la nave sabía, por decirlo de algún modo, que los cansados ojos de los tripulantes aún no eran capaces de soportar una luz excesiva. Con una lentitud desesperante todos se enfundaron en los monos espaciales colocados junto a sus cápsulas y se obligaron a beber suero para evitar la deshidratación, conteniendo las arcadas. Por fin habían llegado al hogar, tras más de siglo y medio de ausencia. ¿Cómo habría cambiado la humanidad en todo ese tiempo? ¿Qué maravillas los sorprenderían al poner de nuevo los pies sobre la superficie de aquel mundo azul y blanco?. Poco les faltaba ya para averiguarlo.

Abe fue la primera que se acercó a la consola de mando y tecleó algunas instrucciones con los ojos aún entrecerrados. Interpretar en aquellas condiciones la miríada de datos que desfilaban ante ella le suponía un esfuerzo casi sobrehumano. Cuando consiguió que su cerebro procesase la información más relevante cerró los ojos y pulsó el botón de reset varias veces. Tenía que haber un error en las lecturas de las sondas que escaneaban la superficie de la Tierra. Al aparecer ante sí de nuevo los datos no pudo hacer otra cosa que requerir la presencia del Comandante. Varias de las lecturas eran normales, pero había otras inquietantes: “Presión a nivel del mar: 123 KPa… Nivel de Ozono: 0,01 ppmv… Temperatura superficial media: 37 º C…”. Shackleton apretó un botón y al momento un pesado panel metálico comenzó a abrirse, mostrando ante sus ojos la hermosa vista del espacio exterior separado de ellos tan sólo por un grueso cristal. Un planeta azulado exhibía sus redondas formas frente a la nave. Las masas continentales se dibujaban claras sobre los océanos, tras algunos remolinos de nubes blancas. No cabía duda, aquel pequeño mundo era la Tierra, de la que habían partido hacía tanto tiempo que casi no podían recordarlo. Sin embargo había algo extraño en los bordes de los continentes, algo que a aquella distancia no se apreciaba con claridad, pero que tras unos minutos de observación sus cansados cerebros empezaban a decodificar. La silueta de las tierras emergidas tenía unas formas vagamente diferentes a como las recordaban, e incluso su volumen parecía haber disminuido. Sánchez fue la primera en interpretar correctamente el significado de aquella desconcertante visión.

- Quisiera equivocarme, pero me temo que el nivel de las aguas es más elevado del que debiera ser normal – dijo compungida.

Shackleton asintió, resignado ante lo que parecía una evidencia. Jamás hubiera imaginado que tras el largo sueño pudieran acabar sumidos en una pesadilla todavía peor.

- ¿Había algo cuando abandonaron la Tierra que pudiera hacer pensar en una cosa así? – lanzó al aire la pregunta con la esperanza de que alguno de los antiguos tripulantes del Nostromo respondiese.

- En absoluto, todo era perfectamente normal – contestó alguien.

- Kamarov, quiero un rastreo de todas las comunicaciones provenientes del planeta – ordenó Shackleton en tono imperativo.

El ruso tardó un instante en responder. Cuando lo hizo su voz sonó quebrada.

- Negativo, Comandante. Ninguna señal procedente de la Tierra.

- ¡Acérquese a ver esto, Adam! – exclamó de repente Abe dejando de lado los formalismos.

En la pantalla parpadeaba intermitentemente de forma amenazadora una nueva lectura de una de las sondas: “Radiación media de fondo: 10 rems…”.

- ¿10 rems? – dijo impulsivamente Shackleton –  ¡10 rems!.

 

IX

A las 12:45 p.m. hora terrestre universal, una pequeña lanzadera no tripulada abandonó la Solaris en dirección a la Tierra. Las imágenes que iban llegando, acompañadas de multitud de datos transmitidos por la aeronave, no hicieron sinó confirmar lo que ya todos sospechaban. Vastas extensiones desprovistas por completo de vegetación, grandes ciudades totalmente arrasadas de las que no quedaban en pie más que solitarias ruinas, pequeños asentamientos abandonados sin ningún atisbo de vida inteligente… A las 14:57 p.m. toda la tripulación se reunió en el puente de mando. Los rostros cabizbajos reflejaban el estado de ánimo en que se encontraban. Durante unos interminables minutos nadie fue capaz de pronunciar palabra, tan sólo se limitaron a compartir su abatimiento, como si la pena fuera menos amarga repartiendo su peso con otras almas. Unos se cogieron de las manos, otros movían los labios en silencio como si elevasen al cielo alguna plegaria. Sólo el sonido de los ordenadores que no dejaban de procesar datos incesantemente rompía la asfixiante atmósfera. Al cabo de un tiempo Shackleton se obligó, muy a su pesar, a pronunciar unas palabras.

- Supongo que no tengo que explicarles que todo parece indicar que la Tierra ha sufrido un conflicto nuclear de proporciones colosales, que ha transformado su superficie en un territorio no apto para la vida humana.

- ¡Maldita sea! – exclamó Van de Bogaerde golpeando con su puño una mesa – Todo era perfecto, los pueblos de la Tierra convivían por fin en armonía… ¡Maldita raza de necios podridos de ambición!, ¡yo los maldigo, los maldigo a todos…!.

El llanto incontrolado de una mujer rompió el silencio embarazoso.

- ¿Y ahora qué? – se preguntó Sánchez en voz alta.

- Ahora nada – replicó Kamarov, derrotado.

- ¡Ahora nada! – sonó como un eco la voz de Gandalf, que hasta ese momento había guardado un discreto silencio.

Una espesa quietud volvió a reinar en la sala. Las lágrimas se deslizaban de las cuencas apagadas de los ojos, y algún que otro suspiro martilleaba los oídos de la congregación. Entonces, Shackleton se incorporó inesperadamente, elevándose por encima de todos los presentes. Sus ojos brillaban como los de un felino acechando en la oscuridad, el rostro imperturbable se vestía con la serenidad que sólo le es concedida a quien actúa con una determinación férrea, sus palabras, pronunciadas con una firmeza que parecía habérsele otorgado por designio divino, sonaron imbuidas de tal fuerza que semejaba un inesperado Mesías aleccionando a sus dóciles discípulos.

- Señores, no conseguiremos nada lamentándonos. Debemos asumir lo inevitable, y esto es que la Tierra tal como la conocíamos ha dejado de existir. El que era nuestro hogar se ha convertido… lo hemos convertido los descendientes de Eva… en un lugar inhóspito donde reinan la destrucción y la muerte. Pasarán siglos, tal vez milenios, antes de que el ser humano pueda volver a poner un pie sobre su superficie y poblar de nuevo sus continentes. Quizás, tras tanto tiempo soportándonos, el que fue nuestro planeta se merezca tomarse un largo descanso de sus más díscolos habitantes. Pero vano será nuestro entendimiento si no somos capaces de aprender la lección con la que nuestra propia arrogancia nos ha golpeado. Podríamos estar tentados de pensar que la ambición desmedida, el yo por encima del nosotros o el desprecio absoluto por las leyes de la naturaleza son tan consustanciales a nuestra existencia que tropezaremos sin remedio una y otra vez en la misma piedra. ¡Pero quiero creer, necesito creer que otra Humanidad es posible!. Somos los descendientes de esa raza que fue capaz a un mismo tiempo de lo más grande y lo más mezquino, y a nosotros nos corresponde la labor de cribar el legado de nuestra civilización y refundarla sobre unas bases cuyos valores se sustenten en el respeto al prójimo y a nuestro entorno. Amigos míos, sólo hay un lugar donde podemos hacer posible ese sueño, un paraíso del que ahora somos responsables. Preparaos para dormir el sueño de la esperanza, liberaos durante ese tiempo de todos vuestros miedos, dejad atrás vuestras ambiciones y mezquindades… porque vosotros sois los escogidos para plantar la semilla que hará germinar esa nueva humanidad. Amados compañeros, ¡Regresamos a Astaroth!.

FIN

© Lucio Voreno 06/2014

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