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6 min
Atalanta
Fantasía |
16.11.19
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Sinopsis

Este relato es mi versión del mito de Atalanta, una mujer muy interesante de la mitología Griega.

En cuanto Ménalo supo que su mujer, Clímene, había dado a luz a una niña entró furioso en la habitación y le arrancó a la madre la recién nacida de los brazos. Clímene le suplicó llorando que no se la llevase, pero el padre salió de la casa como un rayo en mitad de la noche. 

Ménalo dejó a la pequeña en la ladera del monte Partenio y, sin el menor remordimiento de conciencia, regresó a su casa. Ya se lo había advertido a Clímene: sólo quería hijos varones porque, en su opinión, las niñas no valían nada.

La pequeña no tardó en empezar a llorar. Tenía miedo, frío y hambre. Por suerte, no muy lejos de ella, se encontraba una osa en su cueva junto con sus tres oseznos. Al oír el llanto de la niña, la osa salió de la cueva y, guiándose por el olfato y el oído, encontró enseguida a la bebé.

La osa olisqueó a la niña y, tomando entre sus dientes la tela que la envolvía, la transportó hasta la cueva donde se hallaban los tres oseznos. La osa se tumbó cerca de ella y la dio de mamar. A partir de ese momento la niña ya no sintió ni miedo ni frío ni hambre.

La pequeña fue creciendo hasta convertirse en una joven inteligente, ágil y fuerte. Ella consideraba que la osa era su madre y los tres osos sus hermanos. Y, a pesar de verse tan diferente físicamente de ellos, la joven se sentía tan integrada en la familia que no sospechaba que pertenecía a otra especie.

Hasta que un día, cuando se dirigía sola al río vio a un grupo de amazonas. Como estaba muy lejos se acercó sigilosamente para verlas mejor. La muchacha se ocultó tras un árbol y las observó con sorpresa y curiosidad durante un rato.

Pero, de súbito, alguien le asestó un golpe en la cabeza haciéndola perder el sentido. Cuando la joven abrió los ojos se sentía aturdida y mareada. Tenía las manos y los pies atados.

―¿Quién eres? ¿Por qué nos espiabas?

La pobre muchacha no entendió las preguntas que le hizo una de las amazonas y comenzó a emitir los sonidos con los que se comunicaba con los osos.

Las amazonas la miraron extrañadas y sus duras miradas empezaron a suavizarse.

―¿Crees que podría ser una niña abandonada? ―preguntó una de las mujeres a Marpesia, la reina de las amazonas.

La reina asintió y después preguntó señalando con el dedo índice:

―¿Veis aquella osa?

Todas las mujeres dirigieron sus miradas hacia el punto que señalaba Marpesia. Allí estaba la osa observándolas con atención.

―Es su madre. ¡Soltadla!―Ordenó con voz potente.

Una de las amazonas se apresuró a cortar las cuerdas que apretaban las manos y los pies de la joven y esta salió huyendo hacia la osa a la que abrazó con fuerza.

Pero la osa la empujó con el hocico apartándola e instándola a que regresara con las amazonas. Con lágrimas en los ojos, la joven regresó asustada con el grupo de mujeres que la miraban ahora con compasión.

―Bienvenida―le dijo Marpesia―. A partir de ahora eres una de nosotras: una amazona. Te llamarás Atalanta y adorarás a la diosa Artemisa.

Tras estas palabras, la reina Marpesia le entregó un arco a Atalanta quien lo sostuvo con sus temblorosas manos.

Poco a poco las amazonas enseñaron a Atalanta su idioma, sus costumbres y su destreza con el arco. Y así fue como Atalanta se convirtió en una de las más valientes y hábiles cazadoras. Por ello un día Marpesia le dijo:

―Atalanta, debes partir de inmediato a Calidón.

Atalanta se quedó sorprendida ante el repentino mandato de la reina de las amazonas pero, antes de que le preguntase el motivo, Marpesia continuó diciendo:

―Artemisa ha enviado un enorme jabalí a Calidón para devastarlo. La razón es  que está muy furiosa porque Eneo, el rey de Calidón, ha dejado de rendirle culto. Debes cazar a ese jabalí antes de que arrase la región.

De este modo Atalanta viajó hasta Calidón. Allí se reunió con los mejores cazadores de Grecia, entre ellos estaba Meleagro (el hijo de Eneo). La mayoría de los cazadores se opusieron a ir de caza con Atalanta por ser una mujer, pero Meleagro les convenció para que la aceptasen.

Cuando encontraron al jabalí, Atalanta pensó que no era un animal sino un monstruo por su gigantesco tamaño y por su terrible aspecto. Vio como varios cazadores morían aplastados bajo sus enormes pezuñas. Atalanta, pensó que no conseguiría acabar con él, pero, aún así, se mantuvo firme mientras veía cómo avanzaba hacia ella. Le apuntó con su flecha y la disparó hacia su cabeza. Tras el impacto, el jabalí se detuvo súbitamente. En ese momento, con rapidez, Meleagro le asestó un golpe mortal con su espada.

Todos los cazadores supervivientes se reunieron para felicitar a Meleagro y Eneo le ofreció la piel y los colmillos del jabalí como premio. Sin embargo, Meleagro le entregó el trofeo a Atalanta explicando que era ella la primera que había conseguido herir al jabalí con el disparo de su flecha. Entonces dos de los cazadores reaccionaron con hostilidad porque consideraban vergonzoso que una mujer ganase el premio y le arrebataron la piel a Atalanta. Meleagro se enfadó tanto que acabó con la vida de estos dos cazadores y le entregó de nuevo la piel a la cazadora.

A partir de entonces la fama de Atalanta se extendió por toda Grecia convirtiéndose en una de las pocas mujeres que serían convertidas en mito por su valía.    

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