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6 min
Ataraxia
Drama |
26.05.09
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Sinopsis

Pequeña historia de una vida

      Ataraxia
      “... que hable ahora o caye para siempre”. Y quien fuese, cayó para siempre, puesto que nadie dijo nada. Entonces tocaba el momento del sí quiero, o el no quiero. “Deseas a … como esposa para lo bueno tanto como para lo malo hasta el fin de sus días?”... La boda era hawaiana, al aire libre. Yo observaba como una palmera se balanceaba bajo el viento. Era algo suave. Yo era esa palmera, estaba igual de suave. En ningún momento estuve nervioso.
      Seguía mirando la palmera. Las ondas viajaban de un lado para otro. Pensé en la probabilidad. En la entropía. En la mecánica cuántica. En este mismo instante estaba en Hawaii, pero también estaba en Hamburgo, y en España. Estaba casándome con una Panameña en un barquito pesquero en aguas internacionales y estaba cocinando sushi en mi famoso restaurante japonés de las afueras de Berlín.
      Todos en la boda me miraban. Lo notaba, pero no me molestaba. Solo lo sabía por algún tipo de información no directa, alguna información energética que viajaba por el aire. Algo llamado intuición.
      Hace falta ser diestro para cortar el sushi. Yo lo era. Era el mejor en eso. Cogí mi cuchillo, me era familiar, se aferraba a mi mano. Lo deslicé por el atún crudo. Hígado de bacalao. Y un pescado japonés de nombre rarísimo. Yo solo lo cortába. Otra cocinera asiática era la que los enrollaba en el arroz y en el nori, y los servía con soja.
      No tenía trabajo que hacer. Estaba limpiando de más a mi cuchillo, como si fuera una espada, cuando Buda entró por la puerta. Fué algo repentino. Sin aviso. Aún nadie le había visto, creo que yo fuí el primero. No me sorprendí, ni me extrañé. Sencillamente le miré. No es que produjera efecto alguno en mí, es más bien... como si no me importara lo más mínimo lo que pudiera pasar en ese restaurante, y por tanto podría pasar cualquier cosa, la más extraña, que jamás me extrañaría.
      Me dijo con un gesto que le siguiera, y salió por la puerta. Yo dejé mi cuchillo. Decidí seguirle. Pero al cruzar la puerta, me encontraba en una sala extraña. “Sala”, por llamarla de algún modo. El suelo era de un verde resplandeciente, y aunque al tacto era suelo, terreno firme, como asfalto, a la vista era pura luz, nada más. No parecía haber pareces, pero unas luces indicaban algo así como un camino. Era como una autopista nocturna, iluminada por miles de farolas que siguen un camino, y negro en todas las direcciones.
      Buda se sentó y me senté con él.
      La boda esperaba.
      Apareció Carl Gustav Jung.
      Y después Sartre.
      Todos fueron tomando posiciones, sin decir nada.
      Llegó Herman Hesse.
      Nietzsche.
      Y por último Ortega y Gasset.
      Todos comenzaron a hablar a la vez. ¡no podía entender nada! Hace 3 segundos iba a casarme.. Hace 2, estaba cortando sushi.. y hace 1, en una oscuridad total. Todo estos hombres hablaban a la vez, y empezaban a marearme. Intuía que todos me hablaban a mí. Pero no entendía nada. Nunca fuí un buen lector. Demasiado esfuerzo para todos ellos.
      Y entonces, un monstruo enorme apareció del subterráneo. Era como un gigante con una boina azúl, una porra y unas esposas. Era como un gran guarda jurado de 4 metros de altura. Yo estaba acojonado. Las piernas vibraban sin cesar, y mi respiración se aceleraba. Estas cosas no me preocupaban, era normal. Lo que no era normal era lo que estaba viviendo.
      El monstruo se irguió por completo. Nadie decía nada. A nadie de la reunión parecía importarle, o no parecían verle. Yo intenté correr, pero estaba como atado, como absorto, no podía moverme. Si lo pienso friamente, creo que yo no tenía miedo. Que había miedo en mi cuerpo, pero el miedo no era yo, no me afectaba como para actuar. Era solo como un nudo.
      Y el monstruo esposó a todos los miembros. Los esposó a todos, y esos fueron enmudeciendo, uno a uno, mientras los iban esposando. Al final, pude entender algo, alguna frase del último.. “Yo soy yo y mis circunstancias, y si no las salvo a ellas, no me salvo yo” dijo.. tras lo cual, ¡clack!, esposado. Ahora solo quedaba yo “libre”. El monstruo me miraba. ¿Qué hacer? Miré hacia atrás. Negrura. Miré al monstruo. Horror. Sencillamente, me quedé quieto, me dejé llevar. El monstruo, con una voz monstruosa, me dijo “¿Quieres que te espose?”.
      Hay un momento, en la vida de un hombre, en que decide luchar o decide dejarse llevar, pero toma una decisión. Hasta ese momento, puede ir bandeandose, sin tomar la decisión, vivir a ratos, pero llega un momento, en que no hay otra. En ese mismo momento, sin yo saberlo, había decidido dejarme llevar. Y cuando decides, si eres un hombre de verdad, lo entregas todo. “Si” dije. Dejé que me esposara, porque si me dejaba llevar, lo haría con todas las consecuencias. Que la vida decidiera por mí.
      “Sí, quiero”.
      Todos suspiraron aliviados.
      Ella suspiró, pero con los labios tensos. Con el carmín tenso.
      El cura era el único que no suspiró, ni sonrió. No hizo nada. Solo me miraba. Entonces la miró a ella.
      “Si, quiero”.
      Ella también quería.
      Decidir algo, sea en la dirección que sea, es algo maravilloso. Se acabaron las dudas. Era libre. Volví a mirar a la palmera. Ya no estaba. En su lugar, había una sombra. Ahora yo era la palmera mecida al viento, como las algas, como los vagabundos. Entré en un estado muy relajado, nada nocivo. Bailamos, hicimos el amor, tuvimos hijos, y todo lo hice relajado, como en un estado de ataraxia.
      A veces, cerraba los ojos y pensaba. Me imaginaba que no estábamos juntos. Y me imaginaba en el mismo estado de ataraxia, porque la vida habría sido otra, el otro extremo, pero también me habría librado de las dudas, habría tomado la otra decisión.
      A veces, la vida nos lleva al límite para que digamos “Si o no”, y no para que digamos una u otra, eso a la vida le da igual, sino, tan solo, para que digamos algo.
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