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7 min
Atrapados por el hielo
Históricos |
07.09.18
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Sinopsis

Relato mitad histórico, mitad ficción.

             

         El capitán sir John Franklin había subido a cubierta. Su mirada todavía no traslucía la desesperación que tenía que irradiar al saber que su barco había quedado inevitablemente atrapado por el hielo. Las aguas navegables del paso del Noroeste en los hielos Canadienses del Ártico en dirección  hacia el Polo, se habían ido estrechando hasta que un abrazo gélido rodeó el indefenso casco del buque aprisionándolo sin remedio. Su sueño de conseguir una ruta navegable entre el Atlántico y Pacífico se esfumaba.

         Su visión, acostumbrada a lidiar con la línea del horizonte que marca con suave redondez el azul del mar distinguiéndola del cielo,  ahora se veía encorsetada por el blanco helado, monótono y monocolor de los hielos. Según los cálculos de su carta marina, la costa no podía estar en  exceso lejos, pero las derivas ocasionadas por las corrientes marinas, le sumían en profundas dudas.

        Hacía días que la situación empezaba a ser insostenible. Los enfermos aumentaban.  Ya había pasado la estación del deshielo  y los hielos no habían aflojado ni un ápice su mortecino abrazo al buque. Los marineros, a pesar de que en las bodegas había comida suficiente como para aguantar varios meses, se encontraban desesperados   y querían bajar  del buque al que veían como un sarcófago flotante. Una cuarta parte del número de los marineros se encomendaron al teniente de navío, Perry, para que intentara conducirlos en dirección a tierra.

           El capitán en la despedida de Perry, contó con el médico de abordo de nombre James. Este, al igual que el capitán también estaba muy preocupado, pues varios casos de escorbuto, tuberculosis e intoxicaciones alimentarias que él creía que habían surgido por el sellado con plomo de las latas de conserva, se daban entre los marineros, ocasionando un temor generalizado, situación que podía empeorar.

                        Franklin con la mirada triste contempló a James, de talla pequeña, con la barba y bigotes completamente emblanqueados por el frio intenso imperante. Con cierta angustia observó como parte de sus marineros se alejaban siguiendo al teniente de navío. Previamente se habían repartido los trineos con los perros y  fundiéndose en un abrazo se desearon suerte.

                       Perry, partía seguido por sus hombres y se iba empequeñeciendo a la vista del capitán difuminándose en medio de los hielos. El espectáculo era sobrecogedor, muy cerca de la impronta épica y sublime;  hielo y más hielo, más denso y a veces más líquido o humeante, llegando a variar el colorido muy moderadamente. Acumulaciones  de nieve y pocas protuberancias en un mar helado que probablemente  obedecieran a icebergs que vagaban moviéndose en  un ambiente casi excelso.

                        Pasaron dos meses, el verano estaba por terminar y el deshielo había pasado de largo. El paso del tiempo lo empeoraba todo poco a poco, así que John  Franklin lleno de dudas y temores, decidió finalmente a intentar alcanzar tierra con los hombres que le siguieran. Sentía que si se quedaba en el barco, la muerte irremediablemente llegaría de una forma u otra. Se encontraba enfermo y pensaba que la única forma de esquivar a la muerte era alcanzar tierra firme.

                      Los perros de los trineos ladraban con los nervios de saber que el viaje estaba a punto de comenzar. El capitán junto a sus marineros, estaba a pie a escasos metros del barco como contemplándolo. La caravana  de trineos era pequeña.  Esta vez se despedía del doctor James que sabía que sus enfermos no aguantarían ni una hora fuera del buque con aquellas temperaturas gélidas y por lo tanto se quedaba con ellos.

                     El capitán iba montado en uno de los trineos de madera de fresno junto con otros dos hombres. John, en esos momentos de angustia se sabía más mortal que cualquiera de los suyos. Por eso entendía perfectamente el temor como los marineros miraban lo que les rodeaba…que si ahora creían haber visto a un enorme oso polar que había muerto a varios miembros de la expedición anterior…que si ahora se imaginaban que una gran ballena rompiendo los hielos del mar, irrumpía y atacaba,...Todo imaginaciones y como tales se podía luchar contra ellas. Lo que si le daba verdadero pavor a sir John era esa sombra de angustia que se adivinaba detrás de hielos, ese miedo a no se sabía bien a qué…ese miedo indeterminado, que no sabía bien que obedecía…un miedo al que no se podía poner combatir,  eso sí era el miedo a la muerte.

                     El capitán Franklin, muy debilitado por encontrarse mal, hizo parar los trineos, coincidiendo con la noche y plantó su tienda de campaña para intentar mitigar los vientos helados del Polo. Pero una vez tumbado en el interior de la tienda, descubrió que no habían suficientes abrigos para detener el sonoro tembleque de sus dientes…estaba muy enfermo, con mucha fiebre  que le hizo entrar en ensoñaciones y delirios. Imaginó que sus compañeros del trineo, no iban bien equipados con sus prendas de lana para atajar el aire helado… “Tendríais que llevar ropas de piel de reno o foca que cortan el viento y no pierden aislamiento…”, entonces abrió los ojos con desmesura y dijo

                   -¡Así, así…con pieles de foca!

                   El marinero que estaba a su lado, zarandeándolo suavemente le dijo

                    -¡Capitán, capitán! Hace días que está soñando…lo que usted está viendo son inuit (esquimales) que si llevan pieles de foca y le han traído un puchero de carne también de foca para que se reponga…dicen también que por desgracia se toparon con las tumbas de varios hombres…que creo que corresponden a los marineros  del teniente Perry.

                   El capitán ya no tuvo  fuerzas para tomar el puchero que le ofrecían y volvió a coquetear con la muerte, cayendo en nuevos delirios de los que ya no iba a salir. Su mente para contrarrestar el impresionante frio, recordó nebulosamente una leyenda oriental que cuenta:

                     “Un patrón envía a su esclavo joven a hacerle la compra de cada día al mercado. El joven, sudando y muy agitado regresa a casa de su señor y le dice

                     -Amo, amo…por favor,  déjame el caballo para ir a la próxima ciudad, pues en el mercado he visto una figura tenebrosa vestida de negro que me miraba y venía a por mí…yo la reconocí, era sin duda la muerte, salí despavorido  corriendo…por favor amo…

                       El señor le dejó el caballo para que esclavo se alejase a la próxima ciudad…pero no se quedó conforme con que la muerte hubiese ido a incordiar al pobre muchacho, así que se encaminó hacia el mercado por si podía  censurar a la muerte.

                      El amo no tardó en divisar en medio de la multitud la malcarada figura de la muerte. Fue directo hacia ella y le dijo:

                     ¿Por qué molestas y persigues a mi joven esclavo?- A lo que la atroz silueta le contestó

                     -Ahora no me entretengas ya que me esperan con urgencia en la próxima ciudad.”

                      Fue el ultimo ensueño del capitán Sir John Franklin…el frio y el hielo se fueron adueñando de su cuerpo, la muerte  fue avanzando sin que nadie la pudiera detener. A la muerte, le había sido indiferente atrapar al capitán en el buque o en  la tienda de campaña. El capitán no volvió a despertar.

                  

                    

 

 

 

                                                                                                                                                                                                                                                                                                     

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