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9 min
Atropellado por un tranvía
Históricos |
16.02.19
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Sinopsis

El arquitecto Antonio Gaudí, muere atropellado por un tranvía

     ¡Por Dios! ¿Cómo pretendo ejercer la confesión en la iglesia de San Felipe de Neri, si mi corazón esta carcomido por la envidia? ¿Como puedo orientar las acciones de mis feligreses, si las mías están corrompidas de origen?

       Todo viene a cuento porque desde que soy el director espiritual del arquitecto Antonio Gaudí,  me he dado cuenta de que su religiosidad me supera. He visto, en su confesión diaria, que es un hombre sin mácula, que ejerce la pobreza, la castidad, es vegetariano y frugal y que además en su profesión es sublime. Se le denomina el arquitecto de Dios… y con motivo. Con su manera de hacer en la vida, ha conseguido que sean muchas las personas cristianas que lo siguen…esto ha generado mi envidia…yo enterrado en mi sotana y mis ambiciones, no he conseguido incrementar en casi nada el cristianismo.

        Cada tarde, el arquitecto vine a tomar su confesión y a escuchar misa… con su barba y pelo blanco, su traje oscuro y gastado…parece un mendigo que no se preocupa para nada de las cosas terrenales, él esta absorto por la religiosidad cristiana y por su trabajo…tengo claro que yo no soy digno de ser su director espiritual… yo, que ambiciono puestos más altos dentro del obispado de Barcelona, que me gusta la buena mesa y el poder de la iglesia…sí, definitivamente no soy digno. Por eso iré a ver al sacerdote Gil Parés, capellán custodio de la Sagrada Familia y amigo personal de Gaudí para que me oriente y me dé a su vez la confesión.

        El templo de la Sagrada Familia, está muy retrasado. Tan solo hay una de las torres construidas…pero ya se adivina la majestuosidad y genialidad de sus formas.

        Adjunto al templo se hallan los talleres, almacenes y la vivienda particular del capellán y del propio Gaudí. Allí, rápidamente me encontré a Gil Pares. Éste me saludó muy efusivamente

         -Hombre Agustí, celebro verte, ¿A que se debe esta grata visita?

          -Mira, he venido a ver cómo van las obras del Templo y también para que me des confesión y asesoramiento.

          El padre custodio del Templo, me hizo pasar  al edificio en donde se encontraban los lugares de trabajo del propio Gaudí y su residencia, por ser el espacio más amplio y se aprestó a escucharme.

        Mientras  le iba contando mi enrevesada relación con el arquitecto, el me escuchaba atentamente y tomaba notas mentales de lo que posteriormente me diría. Entre palabra y palabra, mis ojos no se perdían detalle de todo lo que me rodeaba…el desorden era absoluto, salvo los planos, cuidadosamente enrollados en varios estantes colgados al aire. Las múltiples maquetas tridimensionales, inundaban la estancia de forma un tanto caótica y sin orden…se veía un dominio sin parangón de la geometría y los volúmenes…también se veían capiteles, bosquejos de estatuas de santos, fotos de modelos de estas estatuas, esparcidas por todas partes, arabescos y columnas varias… todo ello mezclado  sin orden aparente… pero que duda cabía de qué se trataba de un conglomerado de joyas arquitectónicas y arte desbordado.

       En el fondo Gil Pares, era un simple mortal como yo y quizás con menos experiencia que yo mismo, en confesiones y en pasiones humanas. Así que después de oírme en confesión, dijo exactamente lo que yo mismo hubiera dicho quizá de forma un tanto más limitada.

      -Mi querido Agustí…creo que en el fondo lo que tu denominas envidia por la manera de ser de Gaudí, es una pequeña reacción, ante nuestra impotencia de llevar una vida como la de él. No todos podemos ser santos ni sublimes, así que yo no me preocuparía en demasía, si un pequeño gusanillo te corroyera por dentro. Creo que ves que una persona que no lleva sotana, que no es un profesional de la religión, tiene la capacidad de atraer a mucha gente con su forma de vivir y su glorioso trabajo. No tenemos que ver al arquitecto con envidia, sino todo lo contrario, con agradecimiento por ser como es. La penitencia que te impongo es muy leve, rezar tres Ave Marías…

      Yo, casi no le escuchaba, pues nada de lo que me decía me venía de nuevo. Mi mirada iba de objeto en objeto con curiosidad… cuando mis ojos se posaron en la cama de Gaudí, austera, con las sábanas y mantas preparadas para recibir el descanso de su dueño por la noche… Sin querer dije

        -¿Y el arquitecto, por dónde anda?

       -Oh, en el templo, desde luego, supervisando el trabajo. Entonces mosén Gil Pares mirando su reloj, me dijo- Acuérdate  que cada tarde a estas horas, Gaudí sale de su trabajo para irte a ver y confesarse. Espérate un rato a que salga de la Sagrada Familia y es mejor que marches para tu iglesia.

        Salimos los dos fuera del pabellón y desde lejos vimos como la sobria figura del arquitecto empezaba a desfilar hacia mi iglesia. Esperé un buen rato a que despareciese de mi vista y me dispuse a ir a San Felipe Neri.

        Mientras andaba, pensé en que nuestra idea de Bien, siempre se ve desde nuestra conveniencia como humanos. Una cosa es buena porque nos interesa a nosotros y a nuestra tranquilididad. Es decir…”no matarás”…”no mentirás”…”no codiciciarás la mujer ajena”… Si estos preceptos los incumpliéramos, nuestra tranquilidad quedaría violentada…Si matamos al vecino, sus parientes pueden hacer lo mismo conmigo…luego no me interesa… si seduzco la mujer de mi amigo, este puede hacer lo mismo con la mía…luego, tampoco me interesa. Si todos mentimos, nadie se podría entender…menudo lio. Es decir, el Bien, sus normas, siempre son reglas que nos interesan como humanos. Siempre el hombre como pauta de todo.

        Sin embargo, este Gaudí, contempla la idea del Bien en sí, sin conveniencias humanas. Por ejemplo, de mayor, se hecho vegetariano… ha comprendido que no tenemos que tener esclavizados, torturados y tiranizados a ovejas, pollos, terneras y cerditos, por propia conveniencia nuestra. Que ellos, como primos-hermanos nuestros y como sensibilidades paralelas a nosotros no tienen porque padecer nuestra egolatría depredadora. Yo, como cura, me gusta la buena mesa…no tengo respeto por estas especies oprimidas…no me interesa este Bien en sí, sino del Bien en lo que respecta al hombre.  Me avergüenzo de esta forma de entender lo bueno que contrasta tanto con la de Gaudí.

        Veía a Gaudí como algo parecido a un santo, con propósito de pobreza, no le interesaba ningún lujo que lo alejara de de Dios y de su trabajo…se había enamorado de joven de una mujer, pero no había sido correspondido por esta y desde entonces se había dedicado a Dios y al trabajo arquitectónico de glorificar al Absoluto. Precisamente esta majestuosidad imponente es lo único que suaviza un poco mi sentimiento de envidia. Me explico, es tan grande la fastuosidad del trabajo arquitectónico del genial Gaudí…con esos capiteles siempre diferentes, esas columnas y nervios majestuosos e irregulares…esas proporciones mayestáticas… que considero que un cristiano simple no pueda llegar al recogimiento y a la comunicación interior con Dios, en medio de aquella belleza tan despampanante, no se puede concentrar uno en nada más que lo que transmite el arquitecto. En otras palabras, la belleza terrenal inspirada por un hombre, Gaudí, obligaba a nuestros sentidos a observar y embriagarse de las maravillas que transmitía el arquitecto, a la glorificación de Dios, pero quizá dificultaba la comunicación con este último, porque no podíamos contemplar ni sentir nada más salvo esta belleza terrenal  que nos proponía Gaudí.

       No sé, quizá lo digo para buscarme alguna excusa interior…para justificar mi envidia…no lo sé

        Cada vez pensaba más cosas y cada vez iba cambiando mi apreciación de Gaudí y aumentando mi respeto. De improviso vi unos pequeños corros de gente en la Gran Vía y me paré a curiosear. Me enteré que acababan de atropellar a un mendigo…un tranvía, a muy poca velocidad, lo había envestido y apartando a la persona a la acera de la calle, para que no interrumpiera el paso del tranvía, habían dejado al mendigo, estirado en la calle y esperando la muerte. Finalmente un Guardia Civil, había parado a un taxi y se lo habían llevado al Hospital de la Santa Cruz.

        Me fui a mi confesionario a esperar a D. Antonio y me harté de esperarlo pues no vino a su cita habitual. Entonces con una duda en la conciencia, salí a la calle y me fui a preguntar a un bar, testigo preferencial del accidente.

        Allí me confirmaron mis sospechas…que el mendigo tenía el pelo y barba blancos, traje oscuro muy gastado, sobriedad en el porte, setenta y pico años… no había ninguna duda… ¡Gaudí!

      Inmediatamente deshice el camino hasta la Sagrada Familia, para darle la noticia a Gil Parés y porque me daba respeto enfrentarme a Gaudí en estos momentos trascendentales. No quería ir solo al hospital, aunque ya empezaba a ver al genial arquitecto como una persona próxima y santa.

      Al día siguiente me personé en el Hospital de la Santa Cruz con mi amigo Gil Parés…Gaudí tenía muy escasos momentos de lucidez… pero solo le preocupaba que su Jesús, le acogiera en su seno que el Bien que siempre había perseguido, le acogiera. Murió a las pocas horas y poco a poco, mi percepción fue de absoluta veneración hacia él.

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