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5 min
Ausente
Suspense |
04.02.16
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Sinopsis

Nuevo relato

 

Ausente

 

La profesora me ignoraba. No sabía por qué, solo era una niña de diez años. Había levantado la mano durante toda la clase, y esta siempre elegía a otro, sin siquiera mirarme. Cuando nadie más levantaba la mano, ella daba la respuesta. En el recreo también me evitaban mis compañeros, si bien no era de tener muchas amigas, formaba parte de un grupo tres chicas que siempre andábamos juntas. Simplemente me quedé sola en un rincón, sin interactuar con nadie, como si estuviera ausente. Todos reían, aunque mis amigas estaban un poco más tristes que los demás.

Llegó la hora de irse a casa. A mí me llevaba un transporte. Subí última, aunque por poco la conductora me golpea con la puerta. Ya en la trafic, todo siguió tal como había transcurrido durante todo el día. No pararon en mi casa como siempre solían hacerlo. Aquello no me sorprendió, en realidad, era lo que esperaba que sucediera. Bajé junto con un chico, mi casa estaba a tres cuadras. Caminé en las veredas con prisa, todos me ignoraban, pero al fin y al cabo, en la calle siempre te ignoran. Me asombré mucho cuando pasé cerca de un perro y este se me acercó, amistosamente. Los animales no miraban para otro lado, al contrario, ellos notaban mi presencia más que lo normal. Algunos reaccionaban cariñosamente, otros ladraban ferozmente.

Llegué a casa. No había nadie. Me senté a esperar en la puerta, rogando que apareciera mi mamá, y así abrazarla por un largo rato. Habré estado una media hora. El sol estaba alto y me daba directo a los ojos, impidiendo que los abriera completamente. Ya estaba bastante aburrida. De repente aparecieron mis padres. Estaban malhumorados, y entraron rápidamente, casi pisándome, con algunas bolsas del supermercado. Yo, ya conociendo el mecanismo, alcancé a entrar junto con ellos. Una vez adentro mi papá se echó a mirar televisión. Mi mamá se encargaba de la comida, una sopa con escasos condimentos. Aun tenía esperanzas de que advirtieran mi presencia, pero solo pusieron dos platos a la mesa. Comieron sin ganas y sin apenas cruzar palabra. Luego siguieron cada uno en su vida. Yo estaba aburrida, pero la idea de llegar a ser invisible me cautivó. Fui a diversos lugares, en ninguno de los sitios se enteraron que existiera. Al rato, ya me sentía cómoda con mi invisibilidad.

Fui a una biblioteca. Hojeé numerosos libros. Al final me llevé dos, me sentía rara, porque en cierta forma estaba robando, pero tampoco podía hacer nada para evitarlo. Saqué “La vuelta al mundo en 80 días” de Julio Verne y “El hombre invisible” de H.G. Wells. A lo mejor podría aprender a cómo vivir con ese libro.

Volví a casa. Tuve que esperar nuevamente a que abran la puerta, esta vez la abrió mi mamá, que parecía apurada. Yo, ya con una gran experiencia, entré hábilmente. Me puse a leer en mi habitación. La cama estaba fría y parecía haber sido tendida hace años, sin que nadie la toque. Me recosté y empecé con la lectura de “El hombre invisible”. Aquel libro me aburrió y no tardé en pasar al otro, esperando que me guste más.

“La vuelta al mundo en 80 días” me pareció un poco más entretenido. Era más aventuresco y a mí gustaba mucho viajar, aunque no lo hacía con frecuencia. Lo leí de principio a fin, casi sin parar. Nunca había contemplado la idea de leer un libro en una sola sesión, tal como se mira una película. Una vez terminé la lectura me quedé meditando sin saber bien qué. Cuando reaccioné, me di cuenta que estaba muy cansada, ya era de noche. Además no había comido nada en todo el día.

Bajé a la cocina para buscar cereales o algo por el estilo. Mi papá seguía mirando la televisión, parecía un zombie. Aquella escena me entristeció mucho. Busqué los cereales y subí casi corriendo, sin contemplar a mi padre. Los cereales estaban extremadamente secos, incomibles. Comí unos pocos ya que tenía mucha hambre.

Finalmente me acosté. Me costó mucho trabajo dormirme, divagaba sobre muchas cosas sin poder conciliar el sueño. Me encontré otra vez en clase. Era difícil de distinguir si acababa de soñar o, por el contrario, me encontraba en un sueño. Igual que antes levanté la mano. Esta vez la maestra me eligió y yo respondí, alegre y enérgicamente. Aquello me había dado la pauta que me encontraba en la realidad y no había tenido más que una pesadilla. Todo transcurrió normalmente. No le comenté a nadie el sueño que había tenido, me parecía que era algo íntimo. Me subí al transporte. Otra vez bajé con el chico con el cual había bajado en mis sueños. Esto me volvió a poner en duda con respecto a la realidad. Caminé las cuadras que me separaban de mi casa. Evité observar las reacciones de las personas y los perros. Cuando estaba cruzando la última calle escucho que un colectivo viene a toda velocidad directo hacia mí.

Desperté en mi cama, no había sentido la colisión, pero supe que no había forma de escapar de ella. Me paré todavía medio inconsciente. Desconocía mi pasado, sin saber qué fue lo que había pasado. Lo más desolador era que no sabía que era peor, estar ausente en muerte o en vida.  

 

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