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7 min
Auto cinema Paradise: cuna de talentos y la amenaza de Kleinz
Humor |
17.10.18
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Sinopsis

Inicio una serie de cuentos con humor sobre el Auto cine de un pueblito perdido. Personajes, lugares y hechos ficticios. Muchas gracias Osvaldo Soriano

 

El Paradise seguía cosechando éxitos. Igor era un administrador férreo. No se le escapaba detalle.

Elegía las películas que se proyectaban. No deseaba, ni permitía, conflictos de ningún tipo.

Ya había tenido que lidiar con los sindicalistas  durante la proyección del film “Desnuda en la Arena” con Isabel “Coca” Sarli. El Sindicato de Areneros aducía que la actriz, no estaba afiliada.  

El trámite había costado a Proyectoric la compra de varios cartones para el Bingo de fin de año.

Cuando se proyectó la primera película de Bruce Lee, la queja de toda la comunidad asiática se hizo sentir con rigor. Coincidía con el Año Nuevo Chino y los jóvenes que bailaban la coreografía del Dragón habían adquirido anticipadas. En este caso, era enemistarse con las Triadas Chinas o hacer una función en día y horario más conveniente. Lógicamente privó el sentido común. El propietario del Paradise, se comprometió a realizar una matinée, los chinos a no dar vueltos en caramelos por tres meses.

Sabía que no podía agradar a todo el mundo pero trataba de mantener el equilibrio.

Monitoreaba a los jóvenes que hacían el amor en los asientos traseros de sus coches, para evitarse problemas legales mayores. A instancias de Iván, el terrible, había contratado a Otto Flieger, piloto de la Luftwaffe en la segunda guerra mundial. Otto había desertado en combate tras un episodio confuso. Fue alcanzado por proyectiles de los Spitfire ingleses. Decidió perder peso para poder luchar en igualdad de condiciones. Soltó entonces, 6 toneladas de bombas con tanta mala suerte, que cayeron sobre el tren que Hitler y sus secuaces utilizaban para mandar oro y botines de guerra rumbo a Suiza. Persuadido que no sería bien recibido a su regreso, decidió seguir volando cual golondrina en primavera y emigrar a España, para tomar el primer buque que zarpara rumbo a América.

Curriculums mediante, ahora se encargaba de la vigilancia aérea del predio. Sabiendo el ruso, que no era totalmente de fiar en vuelo, el alemán operaba cámaras colocadas estratégicamente en barriletes japoneses. Después de varias semanas a prueba, se lo autorizó a comprar un avión a control remoto.

La inteligencia desplegada sobre quienes eran clientes habituales, fotografías de mujeres hermosas, cruces de datos personales, cortos de alto voltaje, grabaciones con textos eróticos y románticos, había despertado en el ex director serbio la vieja pasión por los Sets de filmación.  Aconsejaba y entusiasmaba a los noveles actores y actrices sobre perfiles, posturas y hasta vestimenta. Se había convertido en consultor y asesor de imagen, de varias jovencitas que habían viajado a Hollywood en busca de una oportunidad en la industria del cine. No faltaron las que buscaron su horizonte en revistas como Playboy o Hotgirl´s o llegaron a las mismísimas puertas de Broadway.

Algunos jóvenes, también desembarcaron en la Meca del Cine. Un puñado, ingresaron al casting de la revista Macho-Men's. Los menos, figuraron fugazmente en el libro Guiness, hasta el arribo de los africanos.

 El Autocine Paradise, era una fuente de talentos y bellezas abierta al mundo.

Una mañana en que el balcánico tomaba café con el teutón y el camarada de Stalin, recibió correspondencia.

El dueño del granero cuya pared se utilizaba como pantalla, el suizo Kleinz, intimaba al pago de un canon por alquiler y una participación en las ganancias de la empresa.

El cosaco dio un salto hacia el maletín donde guardaba las pistolas de duelo y salió a paso firme hacia la casa del vecino. Estaba dispuesto a retarlo a disparar desde los once pasos. Igor lo detuvo, en seco, eso no era la distancia de un duelo de pistolas, sino de un penal en el futbol.

El teutón parado sobre un banquito, gesticulaba, explicaba y hacia cálculos hipotéticos en el aire. Sostenía, que un avión teledirigido por él, sería capaz de entrar al gallinero cuando el Helvético daba de comer a las aves, volarlo con dinamita y enterrarlo bajo un manto de plumas y huevos fritos.

El hijo de la vieja Yugoslavia puso el grito en el cielo, los tres se sentaron y continuaron con el desayuno.

El jorobado era un estratega, ya había tenido la visión que algo de eso podía ocurrir. Adelantándose a los hechos, había encargado una pantalla inflable.  Blanca, inmaculada, gigante, a un descendiente de Ferdinand Graf Von Zeppelín.

En ese momento, arribó al portón, un camión camuflado con una estrella roja en la puerta del conductor. Éste, era el rumano Anastaff Rascosic, ex mano derecha de Rojosov Ceranescu, el Opresor del pueblo Rumano. Hasta la noche en que regresó antes de una reunión del Partido. El Dictador, se encontró con su mano derecha debajo de la falda de su mujer.

Así que tuvo que enfrentarse a un gran problema de autoestima y doble personalidad. Mientras una de sus manos derechas lo hacía cornudo, la otra, lo  trasformaba en asesino, pues empuñaba una Magnum 365 que disparaba sin cesar a todos los presentes en la habitación.

En esa época, estaba prohibida la  energía eléctrica tras la áspera cortina del Este. Anastaff aprovechó la confusión, se dio por despedido y se fugó en un camión del ejército.

Los rumanos terminaron el ensamble en un par de horas. La pantalla era imponente, le daba una imagen futurista y de gran nivel, al Autocine.

Era noche de estreno, se rodaba: “Django. El pistolero de los ojos azules”. Un western violento, plagado de tiroteos, riñas y trifulcas.

El protagonista estaba a punto de ser asesinado a traición por un desertor de las huestes de Pancho Villa. Titino Maracuzza,  fiel seguidor de las películas del lejano oeste y del carilindo actor en particular, se paró sobre el techo de su Ford Mustang bicolor y a la voz de -…yo te salvaré Django…- arrojó con certera puntería, la llave cruz a la cabeza del agresor mejicano.

La pantalla comenzó a agonizar, a convulsionar, a resoplar, por esa gran herida negra y enorme que le perpetrara el irracional Titino.

A los esfuerzos de los rumanos que inyectaban aire al gigante blanco con un inflador de bicicletas, un fuelle y varias boquillas de cigarrillos, se sumó el tuerto soviético, que montado sobre el avión a control remoto que operaba el piloto del Tercer Reich, intentaba remendar la pantalla con cinta adhesiva y curitas.

Todo fue en vano, el armatoste fue perdiendo compostura hasta caer al suelo, informe.

Fue la primera derrota del Team.

Igor Rasputín Proyectoric, parado en la puerta del Paradise, devolviendo el dinero a los asistentes, se había transformado en la imagen vívida de un Dios griego de odio, ira y venganza.

Vio con el rabillo del ojo a la distancia, sobre el borde de la pared del granero, el resplandor de un fosforo que encendía una pipa. Era el suizo, su cara sonriente se ilumino una décima de segundo.

Esa noche, el camarada Rocapetresku, obtuvo libertad de acción. Urdió el plan más diabólico que pueda pergeñar el cerebro humano. En pleno sueño, lo asaltaron tan oscuras pesadillas, que el alba lo sorprendió bebiendo vodka y fumando  tabaco turco en papel egipcio. 

Esa historia no es para contar de noche, dejémosla para más adelante, de mañana, siempre me provoca escalofríos.

Se acercaba el invierno, la licitación para techar el Autocine o hacerlo subterráneo estaba en marcha. Había Compañías canadienses, norteamericanas, chinas, holandesas, del congo belga y por supuesto, una argentina.

Whisky de por medio, sale esa historia, on the rock´s. Es demasiado densa y tengo una sed espantosa.

                                                         

 

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  • Son muy obvios Raphael y Vengador.
    Muy bueno.
    Grande, Roluma. Continúa, por favor.
    Texto entretenido y gracioso. Bien narrado Roluma. Saludos
    Es todo un placer seguir leyendo esta entretenida y agradable historia. Saludos querido Roluma :-*
    Es todo un placer seguir leyendo esta entretenida y agradable historia. Saludos querido Roluma :-*
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Soy águila. De las que vuelan alto. De las que ven sin proponérselo. Tengo maestros de los que no acepto palabras. Tengo lapices que dicen lo que siento. Cuando vuelo mi vuelo, cuando respiro mi cielo.

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