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12 min
Aventura de Paso
Amor |
15.05.18
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Sinopsis

Una ligera caricia helada, de esas que invitan a meternos a la cama está soplando levemente como quien sin pedir permiso pero sigilosamente se va colando donde no ha sido invitado, donde no debe tener entrada. Una lluvia incesante se escucha fuera, de esas lluvias que no llaman a preocupación por sus efectos, es de esas lluvias que llaman a reflexión, que permiten a quienes hemos amado recordar esos amores que ya se fueron, ese que está presente o la esperanza del que deberá llegar. Una gran taza de café, fiel acompañante en mi vida, servirá para buscar el calor que mi cuerpo en estos momentos necesita.

Una ligera caricia helada, de esas que invitan a meternos a la cama está soplando levemente como quien sin pedir permiso pero sigilosamente se va colando donde no ha sido invitado, donde no debe tener entrada. Una lluvia incesante se escucha fuera, de esas lluvias que no llaman a preocupación por sus efectos, es de esas lluvias que llaman a reflexión, que permiten a quienes hemos amado recordar esos amores que ya se fueron, ese que está presente o la esperanza del que deberá llegar.

Una gran taza de café, fiel acompañante en mi vida, servirá para buscar el calor que mi cuerpo en estos momentos necesita.

Durante meses había imaginado esta primera mañana de unas vacaciones bien merecidas, lejos de la bulla del mundo y cerca del silencio de mi alma. Debía ser una mañana soleada en la cual vería el Sol salir mágicamente para hacer a un lado la sombra y llenar de luz las olas de un azul mar, calentar las arenas blancas de una playa única en su especie y yo, sentado en este mismo balcón donde estoy en estos momentos, me dejaría bañar por sus rayos para calentar mi piel y aflorar en mis sentidos, pero no ha sido así, las nubes grises se han encargado de que el Sol brille ausente, las aguas que durante gran parte de la madrugada han estado cayendo tienen las blancas arenas totalmente fría.

Así es la vida, es un imaginar, un pre diseñar cada paso a futuro, un no dejar cabos sueltos y que los hechos ocurran como se ha planeado, pero no, la vida se encarga de poner su propio ritmo. Podemos soñar una vida a merengue caribeño, pero solo ella decidirá si mejor nos lleva a bailar un tango argentino. Queremos una vida con olor de rosas, de esos olores que nos provocan éxtasis de placer, pero no, la vida misma decidirá si nos da un olor a azufre o el olor pestilente de la carne descompuesta. Podemos preparar nuestros sentido del gusto para saborear una vida dulce y ligero, pero ella, será quien decida si nos da este o pone en nuestra boca el agrio de los cítricos o el amargo del azafrán, esa es la vida, ese es el pasar de las cosas.

Y aquí estoy yo un día mas, es una mecedora de madera dura, mirando las olas que vienen y van o que van y vienen. Con  la mirada perdida en el lejano horizonte en busca de la nada, porque la mente vaga libremente por los recuerdo y no permite congelar una idea. Una figura femenina corriendo bajo la lluvia y sobre la mojada arena me trae de vuelta al mundo y recuerdo otro acontecimiento más de la vida que no estaba en el guion, que no estaba en la maqueta.

Después de un largo viaje de carretera desde mi ciudad hasta estas bellas costas y luego de instalarme en la cabaña decidí ejecutar la primera parte del guion vacacional. La primera noche manejaría de vuelta pueblo, a unos quince minutos de este lugar para conocer un poco de la vida nocturna de esta mi humilde morada de paso y conocer su gente, su forma de divertirse y así compararla con la alocada vida nocturna de una ciudad la cual se convierte en un desenfreno de música, alcohol y casería carnal cada noche del año. Ciertamente el lugar es muy tranquilo, la presencia de personas en las calles es casi nula y los lugares de esparcimiento colectivos son mínimos. Luego de transitar varias calles desoladas, como pueblo fantasma, encontré un pequeño y acogedor bar, a lo mucho puede albergar cincuenta personas pero es lo suficiente para lo que aquí se puede pedir.

Una cerveza bien fría en la barra y veo como todas las personas, pese a que soy un extraño, no me prestan importancia, cada uno sigue en su propio estar, en su propio ser. Aquí a nadie le importa quién eres o que buscas, para nadie eres alguien y para todos eres nadie, un ser sin importancia que solo es un número más en la cuenta de los esporádicos visitantes, pero como la vida no pregunta y mucho menos pide permiso ahí estaba ella, entre mesas, bandeja y cervezas, haciendo de buena anfitriona, con una sonrisa que ilumina y unas curvas que enamoran, así la vi por primera vez anoche, así estaba ella haciendo de una pueblerina más, así estaba cuando la conocí y hoy desnuda durmiendo sobre mi cama esta cuando desperté.

Sucedió como esos momentos que de magia se envuelven. Fueron cruces de miradas que nos presentaron, que conversaron de nuestras vidas y nos abrieron el camino de la confianza. Fueron cada una de las cervezas que sobre mi jarra vertió las que construyeron el camino que nos traería de vuelta a esta choza que por tres días seria mi casa, fue su sonrisa directa la que me dijo estoy dispuesta y fue el guiño de mi ojo derecho quien le confirmo mi propuesta.

Aquí empezó a cambiar todo. Mi viaje al pueblo seria de solo una hora porque debía regresar a mi cabaña a descansar y meditar, pero en el bar se fueron las horas. Primero el tiempo corrió entre cortejos, ligeras conversaciones, tan largas como la permitiera el pedir de alguna otra mesa, esperar hasta que llegara la hora de cerrar porque no podía irse antes y luego esperar paciente en mi carro a que acomodara todo en el bar y por la puerta de atrás recogerla para a mi nido esta ave hacer volar.

Podría jurar que lo que vino después fue una noche de locura, una de esas noches donde el desenfreno es quien domina y las ganas son todo un remolino, pero fue todo lo contrario, fue una noche llena de pasión y de amor, fue una noche de dos almas que se funden en el calor lento del verdadero amor y de la pasión de los compuestos. La conversación fue mínima, ella había decidido recesar del amor por uno que le había mal correspondido, yo buscaba sanar las heridas de quien amo por mucho tiempo a escondidas.

Así presentamos nuestras almas, con la simpleza de quienes no se importan, pero a la hora de presentar nuestros cuerpos la conversación sin palabras fue más duradera y profunda.

Desnudar su cuerpo como se desnuda a quien se ama y se ha esperado por mucho tiempo, parte por parte, pulgada tras pulgadas. Sacar por su cabeza la blusa primero trajo a la luz de la luna que por la ventana alumbra la belleza de su abdomen, un abdomen marcado por la siempre sensual línea casi invisible de bellos que se pierde abajo y por dentro. Sus pechos, que más podría yo decir de sus senos que se vieron en libertad desde el primer momento confirmando lo que anteriormente en el bar había imaginado, unos senos de buen tamaño, de piel limpia y clara, siendo adornados por unos pezones rosados que son como fresa sobre el helado. Ya su medio cuerpo está totalmente desnudo y no es tímida, lo demuestra cuando coloca su pecho contra el mío que también está desnudo, y su sonrisa transmite el mensaje claro; Disfrútame entera y sin miedo porque estoy más que dispuesta a ser tuya.

La abrase cubriendo su bella espalda y los primeros cambios de respiración se hicieron presente. Ella respondió mi abrazo con uno similar aunque más atrevido, cubrió con ambas manos mis nalgas y bajo un susurro a mis oídos confesó; lo que más me ha gustado de ti.

Fue como combustible sobre el fuego, el calor de mi cuerpo tomo niveles excepcionales y decidí hacerla por toda y una vez mía. Besar sus labios fue probar el cielo, pero mis labios sobre sus pezones fueron algo más que esto, fue llegar a la puerta del paraíso y recibir la bendición de San Pedro. Cada segundo sobre sus senos era una llamarada que ardía en la fogata que ahora eran nuestros cuerpos. Tumbarla sobre la cama y mirarla desde arriba por primera vez fue más que nada en el mundo y mucho más que todo en mi antiguo universo. Es limpia su piel completa, es bella como la entrada al paraíso pero es caliente para el ambiente como fogata sobre el frio.

Caminar con mis dedos su abdomen, marcar con mis manos su costado, probar con mis labios su ombligo y ver con mis ojos como su pantalón va desabrochando.

Conocer su órgano de vida mis ganas enferma de placer y mi cuerpo se termina de estremecer. La dejo por un segundo, me alejo a mirarla y no se detiene. Con su mirada sosteniendo la mía termina desnudándose al mismo tiempo que como espejo hago lo mismo, ya somos ambos desnudos, libres, sin tela entre nuestras pieles, solo las ganas que se encargaran de fundirnos en un solo ser.

Y así fue como le hice el amor primero a su piel, centímetro por centímetro la bese, sin dejar nada para mañana. Conocer todo su cuerpo fue el objetivo de mis labios, quienes se hicieron ayudar de mi húmeda lengua para que el camino fuese más liviano. Besos en la unión de sus muslos y cadera, recorridos de ganas por toda su pierna, primero la derecha más luego la izquierda, con las manos que aprietan para que sienta lo fuerte del sexo, pero con besos y chupaditas para que supiera el lado contrario del amor que es la suavidad del algodón, combinando así los dos extremos tan importantes en el sexo. Subir por la parte posterior de sus piernas y antes de llegar a su bella espalda deje unas mordidas en sus nalgas que la hicieron romper el silencio con un ahogado gemido de placer acompañado con ese dolor tan excitante del sexo.

Gozar de su espalda, tatuarle con mis besos el mapa completo de la isla llamada Ganas, esa pequeña isla en medio del mar que ha apartado nuestros sentidos del mundo y nos ha convertido en dos único humanos en este nuestro territorio. Fue placentero, fue tiempo invertido de calidad, así lo descubrí cuando en una mordida sobre su cuello levanto su espalda por un simple reflejo y desde atrás la vi dispuesta y disponible, lista para cabalgar el sendero más allá de la puerta del paraíso que más temprano nos abrió San Pedro.

La había imaginado haciéndola mía mientras la miraba a los ojos, para esto debíamos estar de frente, pero fue imposible, verla desde este ángulo, tan húmeda, tan dispuesta, fue resorte que me disparo hacia su cuerpo y sin pensarlo la termine de hacer mía. Mi sexo la descubrió ardiente en sus adentros y el choque de nuestros cuerpos trajo dos gemidos que retumbaron por toda costa, ella gimió porque la sorprendí, pero le gusto, yo gemí porque mi cuerpo ardió de placer.

Cabalgamos llenos de ganas el sendero al paraíso, cada metro recorrido era una nueva experiencia. Pasos finos, lentos y delicados en el comienzo. El ritmo se fue tomando y al mismo tiempo la velocidad de nuestras cabalgadas. Danza perfecta de ambos que hacíamos el mismo esfuerzo, pisábamos al mismo tiempo, eran una sincronización perfecta que cada segundo nos llevaba más cerca de nuestro primer objetivo, el paraíso, y sin darnos cuenta, solo siendo avisados por el sonido que de nuestro cuerpo que cada vez era más agudo y el descontrol de la respiración llegamos al paraíso, dejándonos ir por las ganas, ella apretando desde adentro hasta las puntas de sus dedos y yo muriendo dentro como quien se rinde a la muerte.

Así caímos tumbados sobre la cama y así mismo fui sacado de mis recuerdos con unos buenos días.

No sé desde que momento ella me observaba desde la puerta, pero ahí estaba ella, igual de bella que la noche anterior, ahora solo cubriendo su cuerpo con una toalla la cual debía ser usada solo por mi durante este fin de semana, pero que se había convertido en unas vacaciones de dos cuerpos en vez de ser la de un cuerpo, el mío y la de mi alma que buscaba consuelo, ahora somos dos seres que no saben que traerán las próximas horas.

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