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5 min
Azucena marchita
Reales |
11.02.13
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Sinopsis

Cuando la muerte no se suelta, la fetidez de esta se vuelve cegadora en los sentidos.

 

 

Nos dirigíamos a la casa de mi madre. Decidimos ir por un sendero boscoso que hacía más corto el trayecto. La tierra era crocante para los oídos. El viento traía los rumores de un día desolado. Los insectos adornaban el silencio con sus bulliciosos sonidos. El cuerpo fatigado de Azul sólo demostraba que pesaba, cuando sus pasos rozaban las hojas que reposaban en el suelo. Sus manos de colores fríos congelaban los colores cálidos de las mías. Y mi mirada se perdía en las palabras que en la mañana el doctor me había dado.

 Recuerdo cada uno de los detalles del consultorio: cada cuadro acomodado en las paredes con rigidez, las gotas estáticas en la ventana como si estuviesen levitando y el resto de objetos que intentaban brindarme un lugar para esconderme de aquellas palabras.

 “Le quedan pocos días”, decía el doctor con voz piadosa,  mientras lo escuchaba con mis oídos rotos. No podía entender el porqué de aquella noticia. Y no podía decirle que iba a morir porque eso le podría ocasionar un infarto. El doctor me dijo que la viviera sin matarla con mi tristeza y así decidí hacerlo.

Cada paso que daba por el sendero era precavido y atento; tenía que analizar cada movimiento de Azul para asegurarme que estaba bien y que no era ése el día de su muerte. Si suspiraba, me asustaba y ella me miraba como si yo tuviese en la cara un circo. Sentía que era necesario relajarme, pero la ansiedad era insoportable y más porque no había podido comentarle a nadie aquel horrible suceso.

En el sendero reposaba en la tierra una banca que había sido adornada por los años, ella quería sentarse, así que decidí quedarme parado porque nuestros pesos acabarían con la figura de la madera desgastada. Se veía paciente, con el espíritu tranquilo como el baile de las hojas con el viento. Recuerdo que disfrutábamos los colores otoñales de las hojas y su calidez a la vista. Y veíamos cómo las ardillas escurridizas se quedaban tranquilas.  Era una tarde tranquilamente ametralladora; yo sólo deseaba cerrar los ojos.

 Seguimos avanzando. En el camino encontramos un perro malherido, ella quería llevarlo y yo no tenía por qué evitarlo. Ya no estaba sólo intranquilo, con los pasos temerosos y pesados, por Azul, sino también por el peso del perro. Me sentía en la pesadilla que hace tiempo había tenido. Recuerdo que había una mujer de pelo largo y leonado, trenzado con flores blancas y amarillas, luchando con la espuma carnívora marina. Yo intentaba agarrarla, dar todo de mí para que el mar no se la tragara. Cuando la sacaba, la espuma marina se extendía y volvía por ella… fue una pesadilla agotadora.

Se veía feliz, no podía discutirlo. Verla me daba alivio, pero luego me aterrorizaba pensar en su cuerpo muerto, en el día en que su parpadeo dejara de ser ciclo. Qué extraño era sentir que el tiempo se había eternizado y que la sentía viva, muy viva y a mí muy muerto.

Ya estábamos cerca de la casa de mi madre. Podíamos observar los palos de mango, las azucenas adornando la entrada. Podía ver a mi Azul en esas cálidas flores, tan blancas como su piel de vía láctea, tan vivas como su presente. Era su flor favorita, porque llevaba su nombre y porque su madre, que había muerto, se llamaba Jimena. Parecía que su vida era una de esas flores, gozaba de armonía física y mental igual que la espiral de aquellas flores. “¿Podría encontrarla, cuando se fuera, en los colores cálidos de las azucenas?”, pensé en ese momento, erizándome por completo.

Tocamos, mi madre abrió y nos recibió con un gesto cálido y con ojos de querer servirnos el plato especial que había preparado con esmero. Vio el perro que llevaba en mis brazos y le hizo un espacio para que descansara y comiera un poco. Nos sentamos deseosos de comida en la mesa. Hablamos de los días con mi madre, hablamos de la comida exquisita. Y no dije nada de Azul, me quedé con ese bullicioso pensamiento en la mente. Después de tanta calidez maternal, ella decidió ir a la casa, que quedaba a unos árboles de la casa de mi madre. Quería descansar un rato en la cama, y ésa fue mi oportunidad para escapar en los sueños, pero no sin antes abrazarla y quedarme así mientras dormíamos.

Tuve un sueño tranquilo, me sentía liviano y lúcido. Podía controlar cada paso, parecía despierto. Cuando de un momento a otro, las paredes empezaron a incendiarse, y ella, se quemaba, ardía en las llamas y yo gritaba: “no te dejaré ir, mañana te veré a mi lado”. Me sentía ansioso, no podía abrir los ojos, de pronto mi cuerpo estaba empapado de sudor por la situación. Era consciente de mi vigilia casi onírica, pero por qué no podía abrir los ojos era mi mayor desesperación. Cuando por fin pude despertar, Azul estaba a mi lado; fue un momento muy sinestésico: mis sentidos perturbados por los olores fétidos, el sonido de las moscas comiéndose la muerte y la imagen de una carne consumida me hicieron decirle, a ella, al cielo que tenía a mi lado: buenos días, Azul. 

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Comentarios
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  • Sí, en esa parte tengo un error de cacofonía. Muchas gracias por la sugerencia.
    Comparto la opinión de beckett. Se desliza uno por el relato en una especie de trayecto onírico lleno de matices que despiertan los sentidos, Un apunte: cuando dices tranquilas (las ardillas) y a continuación tranquilamente, utiliza un sinónimo para uno de los vocablos, sugiero. El drama que se narra se suaviza en la atmósfera que envuelve el relato, me gustó mucho.
    Triste. Tienes una prosa sugerente. Me gustó mucho.
  • Manuel, un hombre sumergido en las rutinarias actividades de los días, decide emerger observando a una mujer que siempre está a la misma hora y en el mismo café que él.

    Cuando la muerte no se suelta, la fetidez de esta se vuelve cegadora en los sentidos.

    Ana, una mujer tímida que decide sumergirse en los placeres eróticos en las lejanías con su amigo quien reencarna un personaje anónimo. Anonadada por la libertad de su cuerpo pierde el sentido de su mente derramándose cerca de la laguna.

Tengo el cuerpo cubierto de tierras de sabores y gustos literarios. Tierras impregnadas de experiencias sensoriales que se tiñen de vientos solares. Tierras que se estremecen al contacto con el cosmos.

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