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14 min
Azul en el espacio
Fantasía |
13.05.12
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Sinopsis

El capitán y único pasajero de una nave, abrumado por una muerte que se aproxima, reflexiona sobre qué es en realidad la vida y cómo sigue su curso imparable.

Dawkins tenía la mirada extraviada en el firmamento. Había cometido un error, un maldito error que iba a costarle la vida. Cerró los ojos con rabia y maldijo. Luego comenzó a dar vueltas por la cabina reevaluando posibilidades que ya había descartado antes. En el fondo sabía que era tan inútil como seguir implorándole al universo que dibujara una gota de agua. El planeta azul estaba lejos, muy lejos, y su nave no tendría la suerte de volver a sumergirse en su cielo contaminado. Dawkins sabía que no volvería a sentir el jaleo de las multitudes. Se habían acabado para siempre los anuncios publicitarios, la moda y los deportes. Sí, eso era lo que quería. Ya no volverían a molestarle los niños corriendo y gritando a su alrededor. Por eso había dejado la Tierra. Ese era el destino que se había labrado. Él y solo él había elegido dedicar su vida a la investigación científica en el espacio profundo. Lo cierto es que solo quería escapar de un mundo al que odiaba y, tras década y media acercándose al planeta azul únicamente para lo indispensable, iba a morir solo en un lugar inexplorado donde nadie nunca encontraría siquiera su cuerpo. No recibiría más entierro que el que quisiera darle el cosmos. Era justo, aunque le doliera.

Jamás había percibido el peso de la soledad, pero ahí estaba; era como si el campo gravitatorio de la cabina creciera por momentos. Le quedaban tan solo unas horas y no sabía cómo gastarlas. Ni siquiera le apetecía leer. Tenía la necesidad de hablar con alguien y decirle… No sabía qué quería decir, pero había descubierto que no deseaba estar en silencio observando cómo se extinguían los recursos hasta que ya no quedara un solo grano de energía y el reloj de arena marcara el final definitivo.

Tras meditarlo un instante llamó por el comunicador a Ozimov. Ozimov era la unidad de reparación de la nave, una máquina. Sin embargo, era capaz de algo que el resto de máquinas no podía hacer: escuchar.

Dawkins observó a Ozimov mientras entraba en la cabina de control. Ni siquiera tenía una constitución vagamente humana. Había sido diseñado para trabajar en lugares pequeños, así que él también era pequeño. No medía más de un metro pero estaba preparado para levantar grandes cantidades de peso, por lo que su cuerpo era robusto y compacto, y tenía unas extremidades superiores tan largas que prácticamente alcanzaban sus extremidades inferiores. Lo que debiera haber sido su cara era una especie de lente circular que lo dotaba de un aspecto ciclópeo.

—Te preguntarás por qué te he llamado —dijo Dawkins algo incómodo.

—¿Señor? —preguntó Ozimov. Su voz era casi humana pero carecía de modulación. Siempre era neutra.

—He cometido un error en el cálculo. Las reservas energéticas están bajo mínimos. No podemos volver. Nadie recibe nuestros SOS y, aunque lo hicieran, un rescate no llegaría a tiempo. Voy a morir, Ozimov.

Ozimov permaneció en silencio.

—¿Sabes qué significa morir?

—Sí, señor —se limitó a decir.

Dawkins cerró lentamente los ojos. Llamarlo había sido una mala idea.

—Maldita sea, Ozimov, ¡voy a morir! No sabes lo que significa —afirmó—. Esto —dijo señalando su pecho—. Esto es todo lo que tengo. Y lo voy a perder. Voy a dejar de existir. El tiempo seguirá su curso pero yo ya no estaré aquí para verlo. ¡Mi universo se está agotando! —gritó perdiendo los estribos.

—Lo comprendo, señor.

Dawkins miró a Ozimov enojado. Por un instante le pareció que la máquina titubeaba.

—¿No vas a decir nada más?

—Mi universo también se está agotando, señor.

—¿Sufres por tu vida? —preguntó Dawkins arqueando una ceja y sintiendo un repentino atisbo de culpabilidad.

—Sufro por la suya.

Dawkins observó a Ozimov atónito. Hasta ahora, nunca le había hablado más que para espetarle órdenes o insultos. Cuando todo funcionaba bien, era gracias al capitán. Cuando había imprevistos la culpa era de la máquina.

—¿Me estás diciendo que eres capaz de sufrir? —inquirió Dawkins, perplejo.

Ozimov tardó unos segundos en responder.

—Siento felicidad hacia los resultados positivos y sufrimiento hacia los negativos. Ese es el eje de motivación de cualquier sistema avanzado.

Dawkins negó con la cabeza.

—No me refiero a ese tipo de sufrimiento. Me refiero al sufrimiento real. Al dolor en las entrañas cómo… como si hubieras tragado ácido sulfúrico.

—¿Así os sentís, señor? —preguntó Ozimov.

—Sí…—comenzó a decir Dawkins, pero luego negó con la cabeza— Bueno, no exactamente —sentenció abatido.

—Aunque nunca he tenido la ocasión de experimentar ser un humano, no creo que pueda existir el sufrimiento irreal señor y, con todo el respeto, dado que usted tampoco ha tenido, que yo sepa, ocasión de ser una máquina, es imposible que pueda juzgar si lo que yo siento es más o menos verdadero que lo que siente usted.

Dawkins meneó la cabeza una vez más.

—No me hace falta ser tú. Viéndote sé que no lo entiendes. No te inmutas. No sientes la rabia corroyéndote las venas. —Dawkins apretó los puños.— Por ejemplo, ahora siento ganas de… golpear a alguien… ¿Acaso tú notas algo parecido a eso?

—¿Quiere golpearme a mí, señor? ¿Le haría eso sentirse mejor?

Dawkins suspiró.

—No, decididamente, no.

—Tiene razón en una cosa —dijo Ozimov—: mis sentimientos y los suyos no pueden ser iguales. Usted es un ser humano. El ingeniero que diseñó vuestra especie fue el azar. No fuisteis creados de una sola vez con un objetivo claro. Sois el resultado de una sucesión de parches y, por tanto, vuestras reacciones son siempre algo confusas. La violencia, por ejemplo; quizás alguno de vuestros ancestros consiguió sobrevivir reiteradamente a una situación desesperada gracias a la fuerza bruta, tuvo hijos y aquí está usted, señor, queriendo golpear a alguien pese a que su buen juicio le muestre que eso no le lleva a ninguna parte.

—¿Quieres decir que mis sentimientos son un error? ¿Una chapuza?

—Jamás osaría decir tal cosa. Quizás es el producto de esa complejidad lo que mejor os define. Quizás vuestra consciencia, única en el universo conocido, sea el resultado fortuito de ese cúmulo de contradicciones que se decanta hacia un lado o hacia el otro según factores a menudo imprevisibles.

Dawkins trató de buscar algún matiz de sarcasmo en la respuesta del robot pero no lo consiguió.

—¿Y qué hay de ti Ozimov?

—Soy una máquina, he sido diseñado para un fin. No hay contradicciones. No hay fragmentos de código heredados de modelos anteriores. Soy simple como una línea recta. Mi felicidad y mi sufrimiento dependen de una sola cosa: el bien de la humanidad. Y el bien de la humanidad, a menudo tan confuso, consistía, en lo que a mí respecta y hasta el momento en que me llamó, en hacer bien mi trabajo como mecánico.

—¿Preferirías que no te hubiera llamado?

Ozimov enfocó la cara de Dawkins con su gran ojo.

—Preferiría estar ayudándole.

El rostro de Dawkins se suavizó.

—Creo que lo estás haciendo —concedió.

Por un momento, ambos, hombre y máquina, permanecieron sin decir nada como dos viejos amigos que, habiendo vivido tanto juntos, pueden permanecer callados sin necesidad de que el silencio se torne opresivo. En realidad había sido así, pues Dawkins y Ozimov llevaban compartiendo nave más de una década. Quizás Dawkins jamás había visto a Ozimov como algo distinto a una tostadora, pero él había estado allí y había observado silenciosamente la mayor parte de sus grandes éxitos y sus pequeños fracasos. Todos aquellos exoplanetas explorados, el tiempo que habían pasado estudiando una nebulosa, los complejos cálculos sobre la materia oscura... Dawkins siempre se atribuyó todo el mérito y ahora sentía que quizás no había sido del todo justo.

—Es una pena que no puedas beber —dijo al fin Dawkins—. Tengo un whisky del año 2084. Pretendía reservarlo para el día en que me jubilara.

—¿Por qué ha dejado de intentarlo? —le interrumpió súbitamente Ozimov.

—¿Dejar de intentar el qué?

—Sobrevivir.

—¡Porque no existen alternativas! —espetó Dawkins—. El único lugar al que podemos llegar con la energía que nos queda es a ese planeta de ahí —dijo señalando por el ventanal un astro rojizo del tamaño de un garbanzo— y, como ya supondrás, no es habitable. Solo la Tierra lo es.

—Aún así deberíais seguir enviando mensajes o buscando alternativas. No es sensato rendirse sin más —insistió Ozimov.

—Amigo, esto es el fin a no ser que suceda un milagro. Y los milagros son, como bien sabes, imposibles por definición.

—Existe una sutil diferencia entre lo improbable y lo imposible. Como la vida, por ejemplo: ¿cree que no es producto de coincidencias mucho más inverosímiles? Usted es la prueba de que la estadística tiene un lugar para lo remoto. Está vivo, y por ese único motivo debería seguir intentándolo.

Dawkins miró fijamente a Ozimov con semblante muy serio.

—¿Y tú, Ozimov? ¿Tú no te consideras un ser vivo?

Ozimov no respondió de inmediato, estuvo un rato observándole en silencio con su único ojo, como si le costara procesar la respuesta. Finalmente contestó:

—No, señor. No lo soy.

—Dices que puedes sentir.

—Y puedo hacerlo, a diferencia de otros entes incapaces de tales sensaciones, como las plantas o los hongos, pero eso no me hace estar vivo.

—¿Qué es entonces lo que define la vida? —preguntó Dawkins.

—Si tuviera que resumirlo en una sola característica, diría que la búsqueda de la perpetuación.

—¿Acaso tú no quieres sobrevivir?

—Solo en tanto eso le beneficie de algún modo a usted o a otro ser humano. Las máquinas no tenemos ningún deseo de autoperpetuarnos, dado que nuestro fin es el de otros. En cambio, la vida es egoísta por naturaleza: busca la expansión de sus genes a cualquier precio. Cuándo la vida aparece ya no hay marcha atrás.

—Sí, somos una maldita plaga —reflexionó Dawkins.

—Al principio también lo pensaba. Os expandís hasta el absurdo. Termináis con los recursos naturales de un modo aparentemente insostenible.

—¿Cómo puedes servir a gente así? ­—inquirió Dawkins.

—Mis palabras no contienen reproche. Yo solo observo, no juzgo. Pero, en cualquier caso, creo que mis conclusiones previas eran precipitadas.

—¿En qué sentido?

—El sistema solar no durará eternamente. Un día lejano el sol se apagará y la Tierra dejará de ser azul, pero nosotros estamos fuera del sistema solar explorando el espacio, como otros muchos. Todos nosotros viajamos por la galaxia investigando, soñando con encontrar algún día un planeta con condiciones suficientemente parecidas a la Tierra. Un planeta que sea habitable. Cuando reflexioné sobre ello comencé a pensar en el ser humano como una apuesta.

—¿Una apuesta? —preguntó Dawkins, perplejo. ¿Una apuesta de quién?

—Del planeta Tierra, supongo.

—Prácticamente un órdago diría yo.

—Tal vez. Pero la recompensa sería infinitamente más grande que lo arriesgado.

—Es la propia Tierra quien se pone en riesgo.

—Sí, pero el premio es la eternidad.  Es decir, si no la destruís primero. Si un día encontráis otros mundos habitables antes de que sea demasiado tarde, un poco de la Tierra vivirá para siempre. Quizás incluso millones de años después de que el sol se colapse y ya no haya ningún rastro del Sistema Solar en la galaxia, seguirá existiendo la Tierra. A veces pienso en ello, señor, y me pregunto si no es la vida una afrenta a la entropía.

Dawkins sonrió amargamente.

—Así que la vida es eso. Casi se diría que sientes envidia —dijo Dawkins amargamente.

Ozimov no estaba vivo porque no tenía voluntad de prevalecer. Quizás él tampoco lo estuviera. Había perdido la esperanza. No tenía hijos y probablemente no habría dejado ninguna huella tras de sí.

Por supuesto, estaban sus investigaciones, sus estudios, pero por alguna razón eso no le llenaba. Había descubierto cosas interesantes, pero solo porque había renunciado a muchas otras. Lo que más le dolía era que esos logros científicos no hablaban de su carácter. No hablaban de sí mismo. No, todo lo que le pertenecía iba a morir ese día en esa maldita nave. A no ser que…

—Está bien —dijo Dawkins—, hagamos algo por la vida.

Se acercó lentamente al cuadro de mando y observó una vez más el planeta más cercano. La aceleración de la gravedad era de doce metros por segundo al cuadrado, la atmósfera de helio y la temperatura media de menos treinta grados centígrados.

—Ozimov, ¿hasta qué punto estarías dispuesto a hacer algo por mí?

—Los únicos límites son los que impone la física, señor.

Dawkins asintió y dio algunas instrucciones a la nave.

—Nos dirigimos hacia ese planeta de ahí —enunció.

—¿Está gastando la poca energía que nos queda en intentar aterrizar en un mundo que no es habitable? —preguntó Ozimov.

—No es habitable para mí, Ozimov, pero tú eres un droide de reparaciones. Puedes arreglarte, te he visto hacerlo antes. Creo que no voy mal encaminado si afirmo que también puedes hacer copias de ti mismo. Me da igual que para ti no tenga ningún sentido, pero para mí lo tiene. Quiero que bajes ahí y te comportes como lo haría cualquier planta o animal. Encuentra recursos, permanece, multiplícate: vive. Esta es mi última orden.

Ozimov calló un instante mientras observaba cómo el planeta crecía al acercarse. La trascendencia de aquel momento era demasiado compleja como para ser valorada en términos lógicos. No quedaba mucho tiempo y no podía demorar la respuesta.

—Gracias —dijo. Pensó que tal vez aquellas palabras fueran las adecuadas.

Dawkins sonrió.

 —No lo hago por ti, lo hago por puro egoísmo. Tú eres el único que me conoce. El único con el que he compartido la mayor parte mis últimos años. Si tú vives, una parte de mí también vivirá para siempre y, quién sabe, quizás no le venga mal un poco de azul a esta cara del universo.

* * *

El Capitan Dawkins murió aquel día. Su cuerpo yace enterrado en un planeta de atmósfera de helio donde una forma de vida no orgánica ha edificado una próspera civilización. Su historia  no ha sido olvidada.

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