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5 min
Bailemos un vals
Amor |
11.01.17
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Sinopsis

Una vez leí que no hay nada mejor para subir el ánimo, que escribir algo que te haga sentir bien. Lo escribí hace un mes en un momento de inspiración y optimismo y lo rescato ahora para elevarme el espíritu y compartirlo con vosotros. Gracias.

Sonaba un melódico vals en aquella enorme y circular sala del palacio de Viena. Tú y yo bailábamos alegres al igual que la veintena de parejas que al mismo son danzaban en espiral. El techo parecía lleno de estrellas con aquellas arañas metálicas que albergaban unas lámparas doradas. Yo lucía un sedoso vestido rojo cereza y mi cabello estaba recogido en un elaborado moño del cual se escapaban un par de traviesos tirabuzones color azabache. En el cuello un precioso colgante de esmeraldas verdes que destellaban como ojos de gato. Mis labios estaban pintados de un intenso carmín a juego con el colorete de las mejillas.

Tú lucías el uniforme de gala, pantalones azul marino, casaca granate y guantes blancos que estaban un poco ásperos. Me mirabas con embeleso, me comías con la mirada y mi corazón se agitaba con las emociones que recorrían mi interior.

Notaba tus dedos enguantados tocándome los hombros pero quería, deseaba que me acariciaras todo el cuerpo. Como si me leyeras el pensamiento, tus manos acariciaron mi nuca y sentí un escalofrío de placer. Luego descendieron por el talle hasta posarse en las caderas y mi corazón saltó desbocado. Tus ojos marrones…expresaban tanto deseo. Cuando se detuvo la música, las parejas paramos a la vez y sonreímos. Tú aprovechaste para susurrarme algo al oído. Noté tu aliento tibio primero y luego tres concisas pero directas palabras: TE DESEO AHORA. Al volver a mirarnos, vislumbré fuego ardiente en tus ojos, brillaban mucho y las pupilas estaban dilatadas acentuando el color negro del centro. Sonreí y sentí un calor recorriendo mi cuerpo, sobretodo en el pecho y entre las piernas.  Subimos disimuladamente los escalones de aquella escalera de peldaños de mármol blanco. La corriente me electrizaba de la cabeza a los pies, el calor me embargaba y casi no podía respirar a causa de la tensión. Llegamos a un largo pasillo enmoquetado con una alfombra roja. Varios cuadros renacentistas colgaban de las paredes, jarrones chinos, espejos ovalados donde me miré en uno de reojo y me sorprendió el rostro de felicidad que se reflejaba en él.

Llegamos delante de una puerta robusta, de color marrón caoba, con un pomo dorado muy brillante y pulido. La habitación era grande y espaciosa. Me fijé en un enorme jarrón donde un pomposo ramo de rosas esparcía una intensa fragancia dulzona. Los colores eran cálidos, los muebles de color café con leche y sobretodo la cama de color blanco, desde el cabezal hasta el edredón que la cubría. Me agarraste de la cintura y me atrajiste hacia ti. Tu mirada era traviesa, desafiante, seductora y bravía. Te desbotonaste la casaca como si tuvieras calor y vi que debajo llevabas una camisa blanca con un cuello en forma de pico triangular. Tuve súbitos deseos de besar, morder aquel cuello donde la nuez sobresalía. Tus manos me acariciaron las mejillas que ardían ruborizadas y entrecerré los ojos. Poco después las deslizaste por mi nuca y solté mi primer suspiro. Con maestría desabrochaste la pequeña pinza que me sujetaba el moño, y el cabello cayó lacio sobre mis hombros. Tus dedos se perdieron entre aquellos bucles ondulados a la vez que tu boca pecadora avasallaba la mía. Tus labios ardían, tu aliento quemaba y tu lengua era como una llama que encendió todavía más mi cuerpo a punto de explotar como un volcán. Luego descendiste por mis pechos que a pesar del corpiño, notaron su presión y los pezones se endurecieron.

Fuiste muy hábil y a la vez delicado para dejarme completamente desnuda. Desatar el corpiño es complicado pero tú lo hiciste con maestría. Mis pechos agradecieron aquel suave masaje una vez fueron liberados de aquellos cordones que los oprimían durante horas así como los pies que respiraron aliviados cuando me descalcé aquellos zapatos bonitos pero torturadores. Sentí un millón de cosquillas, de maravilloso placer mientras las palmas de tus manos recorrían todo mi cuerpo y a la vez era sellado por tus impetuosos labios de fuego. El deseo ganó la batalla a la timidez y me lancé a besar tu pecho una vez abrí aquella camisa que debido al ligero sudor, estaba pegada como una hoja húmeda en el suelo. Tu olor…tu olor a hombre, a piel, a fuerza, a deseo…Mi olfato detecta enseguida los pestilentes olores que emiten algunos hombres aunque se perfumen con litros de colonia. Pero tú, no sé como definir aquel aroma que me enloqueció los sentidos.

A medida que fui desnudándote, el placer se incrementó intensamente. Tus ojos no dejaban de mirarme, parecía que me dijeran: Tócame, tócame, lo necesito.

(Fin primera parte)

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Me hubiera gustado ser periodista porque desde pequeña ya me gustaba crear cuentos y relatos. Escribir es mi bálsamo y mi oasis en los malos momentos y me ha ayudado a salir de muchos baches. Esta web me colma de felicidad tanto por poder escribir como que seas leída. GRACIAS A TODOS.

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