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11 min
BAJO EL MAQUILLAJE
Drama |
12.06.18
  • 4
  • 8
  • 440
Sinopsis

Cuando la esperanza se desvanece y solo queda la resignación

BAJO EL MAQUILLAJE
           Es de noche, la madrugada impera sobre su habitual trono de estrellas y penumbras, aunque tan extendido ya en el tiempo su reinado que en breve será irremediablemente destronada por las hordas de la aurora. Frente al lavabo, una mujer desliza bolas de algodón sobre su rostro; rímel y maquillaje se funden en churretes que van dejando regueros grasientos por buena parte de la cara, revelando así una edad que con su impostura pretendieron aquéllos disimular a lo largo de la noche. Las arrugas y flacideces asoman en el semblante como duendes burlones.
            Ella sale del cuarto de baño y se deja caer sobre la cama del dormitorio. Está cansada, muy cansada, por lo que durante algunos segundos se mantiene inerte, sin mover un solo músculo del fatigado cuerpo, clavada la vista en el techo, blanco y ligeramente desconchado, donde cuelga una lámpara violeta. Luego, sobreponiéndose a la flojera, lanza al aire los tacones, desajusta los ligueros que a sus muslos sujetan unas medias negras de rejilla y se desprende de ellas; en un último esfuerzo se quita el vestido rojo que lleva puesto para, ya en ropa interior, escurrirse bajo la cubierta. No apaga, sin embargo, todavía la luz.
           Sabe que el sueño tardará aún en acometerla, que ni siquiera lo hará mientras ella no vaya en su busca a través del habitual atajo químico, pero no tiene prisa. Dormir no es tampoco una prioridad. En realidad, hace tiempo que dejaron de existir prioridades en su vida, una vida que en última instancia sólo progresa por los empujes de la inercia. ¡Inercia! ¿Puede en realidad llamárselo así? Sí, ¿por qué no?, todas las rutinas participan a su modo de una inercia, la suya no iba a ser en ese sentido una excepción, por muy sórdida que resulte. Reflexiona sobre ello y admite que no siente ya asco ni escrúpulos por lo que hace, es sólo un trabajo, el modo con el que se gana el sustento, nada más. Igual que otros venden frigoríficos, conducen taxis o construyen casas, ella arrienda su cuerpo, eso es todo, y mientras lo hace sólo piensa en que el huésped de turno lo desaloje cuanto antes, pague la tarifa y entre el siguiente, así de sencillo. Todo se convierte al fin y al cabo en rutina cuando se han perdido las ilusiones, y ella hace años que las perdió, no sabe cuándo ni dónde, en algún rincón del camino, del largo camino recorrido, qué más da en cualquier caso.
           Hubo un tiempo en que todavía soñaba con príncipes azules, con redentores salidos de cualquier rincón del universo que, libres de prejuicios, la rescatarían de su noche oscura para llevarla lejos, muy lejos, allí donde el olvido impusiera su ley para borrar todo vestigio de lo que hasta entonces fuera su existencia. Un nuevo principio, una luz liberadora que iluminase un porvenir diferente, otros días y otras noches, otro mundo, un nuevo mundo donde poder ser feliz. Sentada a la barra del bar de turno, con un vaso de whisky en una mano, un cigarrillo humeante en la otra y el peso de la culpa sobre sus espaldas, sondeó muchas veces con el pensamiento esta posibilidad, pese a antojársele cada vez más remota, una entelequia en el fondo, tan utópica que no podía evitar que día tras día fuesen sus sueños engullidos por una realidad que, cada vez más acerba y cruel, se alzaba sobre ellos para hincársele en el alma como un cilicio lancinante, gritándole con sevicia que su destino sería arrostrar para siempre el mismo oficio de tinieblas.
           Ahora ya no piensa en ello, todo le da igual, hace tiempo que se rindió a la evidencia de esa realidad sañuda que no cesaba de mortificarla, y al hacerlo sintió curiosamente alivio, pues no en vano fue tras capitular de forma definitiva, sin condiciones, cuando dejó de percibir las feroces punzadas de su adversaria; la derrota le trajo de este modo paz, aunque fuese una paz fundada sobre los eriales del conformismo, y tras el armisticio dejó la realidad de hacerle daño, aletargada por la anestesia de su propio abandono, resignada finalmente a todo, a una vida sin ilusiones, sin nuevos sueños ni falsas esperanzas. Definitivamente fagocitado el futuro por una sucesión de presentes perversos, asumió al fin que ningún príncipe azul acudiría en su rescate y que el olvido sólo impondría su ley tras trasponer ella misma la última frontera, más allá de todos los horizontes conocidos.
           Sabe, no obstante, que en los páramos donde florece ese definitivo olvido no hallará tampoco la felicidad, sino a lo sumo la nada, la eterna y absurda nada, esa que ha aterrado a los hombres desde la noche de los tiempos, llevándoles a inventar dioses, infiernos y paraísos con los que atemperar su pánico. Pero a ella no le asusta dicha nada. La muerte no le provoca perturbación de ningún género, no le sorprenderá desde luego con miedo o desazón en el alma, consciente en definitiva de que la vida sólo es un sueño confuso al que por fuerza ha de suceder un sueño aún más largo y oscuro.
           No tiene de todas formas prisa por arribar a dichos páramos ineludibles, ya le llegará la hora cuando le llegue; cada noche viene a ser, por así decirlo, un anticipo de esa última noche eterna, otro paso más hacia la perenne nada, y ella lo acepta sin mayor rebeldía, como se acepta aquello contra lo que la voluntad deviene estéril; pero sin dejar entretanto de luchar por sobrevivir. Vive entre alimañas, en el seno de una selva fragosa y hostil donde no deja de ser una más, otra bestia que se alza sobre sus patas, que tensa su lomo, afila sus garras y pugna por continuar subsistiendo, y así seguirá siendo mientras tenga fuerzas para ello.
           Su corazón, huero de emociones, da fe de esa condición de bestia; nada hay dentro de él, ni siquiera rencor o resentimientos, no es más que un músculo insensible y vacío, tan vacío como lo es en realidad toda ella, una cáscara sin sustancia que cada día se abre de piernas a cambio de unos billetes.
           Pensándolo bien, ese ha venido a ser siempre su destino, el de una muñeca rota con la que todos juegan pero que nadie se quedará nunca; ahora lo sabe a ciencia cierta, sin que a estas alturas de la película merezca ya la pena tomarse la molestia de intentar siquiera alterarlo. ¿Para qué, si de sobra sabe que es inamovible? Le consta que su libre albedrío está subyugado bajo cadenas de plomo, cadenas forjadas a lo largo del tiempo en base a circunstancias que, bien provocadas por ella misma, bien por terceros, fueron sellando el acontecer de sus pasos, sólidas cadenas que, una vez aferradas a aquél, lo aprisionaron de tal forma que cualquier movimiento en aras a su liberación no conseguiría sino provocar cruentas heridas, y ella no está dispuesta a sufrir más, menos aún por utopías, sólo quiere que el tiempo pase sin imprevistos ni perturbaciones adicionales, de tal modo que a su través pueda proseguir transitando de la manera instintiva en que viene haciéndolo desde hace años, como una autómata, continuar desenvolviéndose dentro del fango que constituye su hábitat, en el que ha aprendido a manejarse con relativa facilidad, sin nada ni nadie que altere el curso de dicho devenir; no pide más, maquillaje, rímel, tacones, ligueros y ajustados vestidos de llamativos colores, eso es todo, las armas de guerra con las que luchar y sobrevivir en su sombrío tremedal.
           Apaga la luz e ingiere con un vaso de agua los dos orfidales de rigor, los que, como de costumbre, la conducirán a los confines del universo onírico. Ha sido una noche bastante parca en trabajo, apenas media docena de brazos constituyeron su acervo, brazos entre los que durante algunos minutos se contorsionaron, inconmovibles, sus trilladas formas femeninas, pasando de uno a otro como quien recorre las ventanillas de un ministerio, sin ningún tipo de agitación emocional o sensitiva, sin más alegría que la fingida mediante esa falsa sonrisa de sirena con la que aprendió a combar sus labios pintados. Unos billetes a su bolso, el imprescindible condón y luego, terminada la faena, un adiós protocolario, vacío de cualquier clase de afecto. Esa es su rutina, la rutina de la muñeca rota, del juguete con el que retoza y se divierte un público apremiante.
           Pero también ella juega a su modo; juega con ese mismo público que, ansioso, demanda instantes de apócrifo entusiasmo, juega con esa clientela ávida de goces sensoriales, de carne entregada, de furtivos ascensos al Olimpo, gente cuya lubricidad viene a ser para ella fuente de supervivencia. Juega y se sirve para el juego del deseo ajeno, de la soledad de sus amantes, hasta de su necesidad de afecto, porque incluso hay entre ellos quienes, sorprendentemente, buscan amor, migajas de amor, un soplo al menos de sentimiento, por espurio que resulte, e imaginan por un fugaz instante que es franco y amoroso el encuentro de la carne. Ella lo nota y se aprovecha de ello, alienta esa necesidad, aviva su adicción, curva los labios y les acaricia con su sonrisa fingida. Es un juego cruel, sin vencedores, un juego que se desarrolla dentro de un escenario de alcohol barato, colchones gastados y luces de colores. Es en definitiva el juego que le permite subsistir. Pero ¿hasta cuándo podrá seguir jugando?
           La edad no perdona y ella lo sabe, consciente de que el éxito en su oficio depende, tanto o más que del hecho de poseer determinadas habilidades, del aspecto externo lucido en su práctica, y que, por tanto, a la par que se vaya deteriorando éste, irán con el paso del tiempo disminuyendo también sus clientes. Llegará así el momento en que ni el maquillaje, ni los escotes pronunciados, ni la voluptuosidad de su fisonomía serán suficientes para despertar el deseo, y será entonces arrumbada y dejada de lado como un trasto viejo e inútil. Inevitable que sea así, no en vano constituye el proceso por el que necesariamente atraviesan quienes, como ella, se dedican a la venta de carnal placer, sin que haya excepciones en dicho proceso. ¿Qué hará cuando eso se produzca? Prefiere ni pensarlo, aunque sabe que ese terrible momento no está ya demasiado lejos…. En todo caso, lo que tenga que ocurrir, ocurrirá; lo único claro es que seguirán sucediéndose los presentes, cada vez más voraces, hasta el definitivo final.
           Empieza a tener sueño. Se quita el sujetador. Le gusta el contacto de las sábanas sobre sus senos desnudos, un roce suave que le hace olvidar la aspereza de las manos que cada noche los manosean. No quiere seguir reflexionando sobre nada más, sólo dormir, sumergirse en las plácidas aguas del sueño hasta que, ya avanzado el día, despierte de nuevo para comenzar otra jornada más. Dormir de día y vivir de noche, vivir para albergar entre sus muslos otras almas tan perdidas como la suya, roces de cuerpos que seguirán pasando de largo, amantes sin amor que se derramarán entre bramidos cuyos ecos resonarán en ese desolado enclave llamado corazón.
           Se duerme al fin. Los ríos por donde navegan sus sueños se extienden formando meandros, cósmicas sierpes que hienden las profundidades de un firmamento paralelo, que zigzaguean entre racimos de estrellas para, envueltos en su luz, desembocar en el alma del durmiente, en su alma marchita y sola.
                                  
 

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Parafraseando a Benedetti, puedo decir que escribo porque me resulta imposible no hacerlo. En realidad, escribir es el único medio con el que consigo exorcizar esos puñeteros demonios que se empecinan en colarse por debajo de la piel para darle bocados al alma. Serán cabrones

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