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3 min
Bajo la lluvia
Amor |
22.11.13
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Sinopsis

La de cosas que se nos escapan por no dar un simple paso.

Bajo la lluvia, un hombre con un paraguas se acercó lentamente al bordillo. Brillaba, pero no fue eso lo que le atrajo. Resbalaba, pero tampoco le desalentó. Se acercó, simplemente.

Y junto al bordillo, ajeno al ruido del tráfico de la calle, al chapoteo de los coches, a las prisas de los peatones, miraba. Miraba el agua que, por la parte de la calzada pegada a la acera, bajaba arrastrando desperdicios que en su día fueron útiles: envoltorios de comida y latas arrugadas, alguna bolsa de plástico, papeles rotos, colillas deshechas, condones retorcidos… Objetos inservibles que en algún momento saciaron el hambre, calmaron la sed, satisficieron la curiosidad, aplacaron el deseo. 

Arreciaba. El hilo de agua junto al bordillo se había convertido ya en un arroyo infranqueable para saltarlo de una zancada. Ahora habría de mojarse para cruzar. Y seguía corriendo, sin parar, sin dejar de arrastrar en su marcha objetos, siempre los mismos, siempre distintos. Y él, impertérrito bajo su paraguas, seguía con la mirada baja viendo pasar las cosas, los coches, las personas, inmóvil junto al bordillo. Mirando.

Cansado de los objetos que arrastraba el agua, de las estelas que los coches dejaban en el asfalto, levantó el paraguas, alzó la vista, y la vio. Allí, refugiada bajo el estrecho techado de una tienda de moda con luces matizadas por la cortina de lluvia que descomponía las formas y los colores, haciéndolos irreales, oníricos, casi fantasmagóricos, la vio. Se resguardaba del chaparrón, esperando que cesara. La lluvia debía de haberla sorprendido porque no llevaba paraguas, ni gabardina, ni nada que la protegiera. Así que estaba bajo el techado, a un lado del escaparate, aferrada a su bolso… esperando.

La vio tan perfecta como siempre: alta, firme, sonriente. Con el pelo enrollado, suponía que sujeto con una pinza en un moño bajo como solía hacer; sus perennes pantalones de colorines, su chaqueta negra, su bolso enorme. Las luces del escaparate la llenaban de colores. Estaba realmente preciosa. Y él la miraba. No podía dejar de mirarla. Pensó en ir a saludarla, invitarla a un café, charlar de lo que había ocurrido desde que habían perdido el contacto. Pensó en cómo sería volver a caminar a su lado, darle la mano, tomarla de la cintura. Pensó en si seguiría besando con la misma fuerza, si amaría con la misma pasión. Pensó…

Fue el silencio quien lo sacó de su ensimismamiento. La lluvia había cesado, ya no sonaban los claxon de los coches, las sirenas habían callado y la calle quedó envuelta en el silencio de lo corriente, ese sordo rumor habitual que dice que no ocurre nada. Como al despertar, necesitó de un tiempo para tomar conciencia de dónde estaba, un tiempo para situarse. Buscó con la mirada un lugar más cómodo, sin charcos, para salvar la calzada y cuando, tras encontrarlo unos metros a la izquierda, volvió a levantar la vista buscándola, ya era tarde. La vio alejarse, caminando segura, sin prisa pero ligera, imposible de alcanzar. Al menos para él.

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Comentarios
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  • Gracias, de nuevo, por vuestros comentarios. :))
    Bonita imagen la de este relato. Construye una atmósfera profundamente metafórica. Me quedo pensando en ese final, en la imposibilidad de alcanzarla. Creo que la situación puede interpretarse de muchas formas. Un gusto!
    Preciosa narración de un instante perdido. Saludos.
    me gustó, me dejó pensando en las cosas que perdemos por el tiempo que que usamos en desearlas
    Gracias por vuestros comentarios. :)
    El tren del destino que a veces dejamos escapar por nuestra inseguridad...pensamos demasiado en lugar de actuar. Precioso relato Mayte. Un abrazo.
    Tienes la habilidad para armar toda una historia con emociones bien enfocadas y recuerdos fugaces atrapados en una escena simple y cotidiana. No me gustó mucho la última frase del cuarto párrafo, puntos suspensivos incluídos: me parece un lugar común. Lo mejor, a mi gusto, son las enumeraciones, están muy bien logradas. Saludos!
    mayte, tres cosas. Gracias por tu comentario, y por leerme. Hasta hoy no habia tenido el placer de leerte, y que sorpresa, pero es que el aluvión diario de relatos se hace a veces inabarcable y corre el riesgo uno de perder entre la marea perder algo como lo tuyo. Tercero, y lo mas importante, y es algo sorprendente, es que noto en muchos momentos de tu relato una increible parecido a lo que creo que es mi estilo. En las descripciones, en lo sombrio del personaje, en la lluvia, en ese caer lento y melancólico hacia el final del cuento, que me he quedado un poco de piedra. En "sabado" o en "el escritor" para seguir la pista te seguiré leyendo. Eso me encanta.Un abrazo
  • Cuando proyectamos nuestras expectativas de una persona sobre ella, estamos llamando a la puerta del fracaso.

    Demasiado a menudo nos damos cuenta de lo que tenemos cuando lo hemos perdido. Entonces, sólo nos queda vivir con ello.

    ¿Acaso es menos eterno ese amor al que la rutina no horada hasta abrir un hueco por el que se escapa?

    ¿Hasta dónde puede llegar la venganza?

    Medidas radicales.

    El padre.

    Descubrimiento.

    Vuela el tiempo

    Puede que el tiempo no sea una barrera insuperable. Primera parte.

    Una historia que podría ser tan real como cualquiera que esté pasado en este mismo momento en cualquier lugar de África.

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¿Qué decir sobre una misma? Mejor no decir nada: si alguien quiere saber de mí, no tiene más que leerme.

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