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8 min
Bajo la ventana
Terror |
11.04.13
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Sinopsis

La miraban. Estaba incómoda. El observador de su ventana no dejaba de acosarla. ¿Qué quiere de ella?¿Qué pretende?

Miró a través del cristal como cada día y allí estaba él otra vez, clavando los ojos en su ventana.

Empezaba a sentirse muy incómoda con la situación. Tener un acechador es algo que pone muy nervioso a cualquiera y, desde luego, estaba dispuesto a seguir en la misma situación más tiempo.

Se separó de la ventana y tomó aire, era el momento de irse de allí, tenía que enfrentarse a aquella situación pero el miedo le obligaba a quedarse. Había querido ir a decirle algo tras la primera semana de acoso pero nunca se le ocurría cómo empezar la frase, porque, a ver, igual no la estaba acosando a ella aunque sus miradas se habían cruzado desde la ventana a diario desde hacía tres meses, pero la cosa se estaba tornando un poco siniestra.

Al principio estaba allí por las tardes, cuando ella estudiaba, pero el último mes ya estaba allí por la mañana y por la tarde, clavando sus ojos en ella. Incluso estudiando sentía cómo sus ojos atravesaban el muro mirándola. Y, lo peor, desde hacía dos noches también pasaba ahí la noche hasta que ella se iba a dormir.

No estaba segura de si seguía ahí por la noche pues con la oscuridad no lo había distinguido y eso que, como era lógico, había echado un vistazo por la ventana para asegurarse.

Lo más curioso de todo es que cuando ella salía de casa, ya fuera para ir a clase, a algún recado o a alguna cita nunca se le veía.

Empezó a preguntarse por él incluso cuando no estaba en casa. ¿Dónde estaría?¿Qué haría cuando ella no estaba? Y la pregunta que la inquietaba por encima de todas era ¿por qué me observa? No tenía ni idea de quien era, por qué la miraba, ni que quería de ella pero cada día la sensación la ahogaba más. Por fin se armó de valor. Agarró el pomo de la puerta y bajó a la calle para encarar a su fiel mirón. Le diría cuatro cosas, le pediría explicaciones. Estaba segura.

Bajó y no le vio. Estaba harta, nunca le cogía a tiempo pero decidió dar un vuelta por los alrededores, desde luego no podía ir muy lejos porque no le había llevado más de cinco minutos llegar al portal. Miró en la calle, a ambos lados y nada, tras los setos y arbustos del jardín tampoco hubo suerte y, desde luego, en el lateral del edificio, junto a la salida de emergencia tampoco. ¿Cómo podía irse tan rápido?

Subió furiosa a su habitación y al mirar por la ventana se quedó atónita, no podía ser cierto, no podía estar pasándole a ella. Estaba harta. Aquello tenía que acabar. El tipo estaba allí otra vez. ¿Cómo podía él saber cuándo iba a salir a la calle?

De pronto, un escalofrío la sacudió, una idea horrible se le vino a la cabeza. ¿Y si la estaba espiando? Esa tenía que ser la explicación, el muy loco y pervertido había instalado una cámara.

Empezó a revolver su cuarto buscando cámaras de espía, miró en el techo, en los armarios, en los jarrones, dentro de sus muñecos, en todos los rincones en los que había visto en el cine que se podía esconder una cámara o un micrófono pero todo fue en vano. Allí no había nada.

Se asomó de nuevo y allí estaba él, con sus vaqueros negros, sus zapatillas "all star" y su estúpida sudadera negra. El muy tonto siempre llevaba la maldita capucha puesta de forma que nunca sabía cómo era del todo. No se le veía el pelo, sólo se distinguían aquellos ojos azules y curiosos.

Abrió la ventana y se asomó.

- ¡Eh, tú!

El espía de su intimidad dio un respingo y miró hacia ella. Luego miró a los lados y se señaló con un extraño arqueo de ojos.

- Sí, tú, no te hagas el estúpido. Espérame ahí, tengo que hablar contigo. Esto tiene que acabar.

Ella bajó a habar con él muy decidida. Esta vez el estaba abajo, esperándola. No se había movido y parecía extrañamente sorprendido.

- Llevas un maldito mes dando vueltas por aquí. Me tienes harta. Tienes que dejar esto. ¿Qué quieres? ¿Es que te gusto o algo de eso? Me pones muy nerviosa, tienes que dejar de acosarme. Estas aquí todo el maldito día y es espeluznante.

El chico no respondió. Sólo se le quedó mirando durante un buen rato. Ella parecía muy enfadada y él no estaba entendiendo nada.

- ¿Qué pasa, eres sordomudo o algo así? - preguntó ella con una falta de tacto relacionada con el estrés que le estaba causando aquella situación. 

Él no respondió y ella pensó que quizá sí que era sordomudo. Se puso colorada por su falta total de tacto y trató de disculparse.

- Lo siento, si no puedes hablar, pero de verdad, tienes que dejar de acosarme. Esto me agobia mucho y tengo que estar tranquila. Estoy de exámenes en la Universidad y tengo muchas cosas que hacer, no puedo distraerme. ¿Entiendes? Si me entiendes asiente...yo no sé lenguaje de signos.

El chico la miró sin decir nada, impasible. Era como que no entendía.

- ¿Hablo muy rápido? - preguntó ella, preocupada, igual no estaba vocalizando bien y era como hablar con una pared.

Nada, ni un músculo. Aquel tío parecía una estatua de cera.

- Estoy harta. ¿Sabes que te digo? ¡Qué te den, yo me largo! Tengo más cosas que hacer y ya puedes irte largando. - espetó ella mientras se dirigía a la calle, estaba cansada y estaba claro que aquel tío era un poco imbécil - Me importa una mierda, me voy a clase y cuando vuelva no quiere verte aquí, si te veo aquí llamaré a la policía.

Y dicho esto se decidió a cruzar la acera. En aquel momento el chico la agarró del brazo y ella sintió un suave tirón hacia atrás, oyó un claxon muy fuerte y sonido de frenazo. Un bus que pasaba y ella no había visto fue frenando poco a poco y paró un par de metros más allá de donde ella se encontraba. Los pasajeros se asomaban a la ventana perplejos.

Ella se giró y sonrió al chico. 

- Gracias, casi me atropella el autobús. - musitó, avergonzada - Oye, mira, estoy muy nerviosa y no sé qué quieres. Igual es que eres tímido. Podríamos quedar otro día y tomamos un café.

- NO.

Ella le miró perpleja. Había dicho que no quería quedar con ella. No entendía nada.

- ¿¡Pero...pero?! Entonces...¿por qué...?

Un chillido de mujer llamó su atención hacia el autobús. El conductor se bajó corriendo y se dirigió a la parte frontal del vehículo y mientras se llevaba las manos a la cara, horrorizado, musitaba: "dios mío, dios mío, no la vi, juro que no la vi...salió de la nada, dios mío".

- ¡Han atropellado a alguien! - exclamó ella, de pronto sus problemas le parecían una tontería, ella se acababa de salvar por los pelos.

- SI.

- ¿Eres todo un orador, eh? - exclamó ella, sarcástica, sin hacerle mucho caso. - Vamos a ver si está bien.

Sé algo de primeros auxilios. Se acercó a la parte delantera del bus y se giró hacia él extrañada y confusa. 

- Pero...¿tú me cogiste?

- SI.

- Pero...¿soy yo? 

- SI.

- ¿Estoy muerta?

- SI.

Ella se acercó a él sin entender casi nada. Si él la había cogido pero era su cuerpo el que estaba empotrado en la parte delantera del autobús...¿qué había pasado? Se quedó contemplando como algunos pasajeros llamaban a la ambulancia y otros trataban de reanimarla sin éxito. No entendía nada.

- ¿No me estabas acosando?

- NO.

- ¿Por qué te sorprendiste?

- NADIE PUEDE VERME HASTA QUE MUERE.

- Pero yo te vi, ¿por qué?

- PORQUE A ÉL LE PARECERÍA NECESARIO.

- ¿A Dios?

- AL DESTINO.

- Y ¿ahora qué? - preguntó ella, extrañamente tranquila por primera vez en su vida.

- VEN.

Él le tendió la mano y ambos atravesaron el autobús para ir a dónde les correspondía.

FIN

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