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5 min
Bibliotecas
Amor |
25.04.20
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Sinopsis

Zacatraca!

En tiempos de cuarentena, quienes hablan desde su casa para la televisión o los que se sacan fotos para alguna entrevista, lo hacen mostrando sus bibliotecas. Todos. Muy pocas excepciones. ¡Cuánto valor le dan al libro! ¿Pero qué leen? Por los colores y tamaños parecen libros que no se pueden leer. De esos que están en las bibliotecas familiares y que nadie mira. Ni para sacarle el polvo. Por el tamaño, el canto y por los colores, uno más o menos se da cuenta si son libros para leer o no. Hay gente que tiene bibliotecas enteras con libros que no son para leer. Tampoco son bibliotecas enormes. Son de departamento, pequeñas. Aparte de libros, están atestadas de otras porquerías. Sí, porque esos libros que no son para leer son porquerías que juntan polvo, nada más.

Cuando habla algún “especialista de algo”, también lo hace con su biblioteca detrás. Y uno se da cuenta que son libros de la facultad, de la carrera que ejercen. Enormes. Enciclopedias que después de cursar sus estudios nunca más en su vida volvieron a mirar. Son como un diploma, significa que estudiaron.

Como no miro mucha tele no sé si hacen entrevistas a escritores. Sí leí algunas entrevistas en portales digitales. Muchos escritores prefirieron una foto en el balcón de su casa o con un fondo sin libros. Tal vez no tengan los libros a la vista del visitante. Laiseca, por ejemplo, los tenía encerrados. Sí, sus libros ocupaban toda una habitación enorme. Y estaban todos forrados con un papel blanco, y con un código que sólo él conocía. Los preservaba, incluso, de la mirada ajena. Por lo tanto, no los exponía. No le interesaba. ¿Acaso alguien iba a dudar de si Laiseca leía o no? Los tenía bien guardados, escondidos, en una de las habitaciones de su departamento. Habitación que podría haber usado para dormir. ¡Pero no! Él dormía en el comedor, con la cama a la vista de todos los que lo visitábamos. Es más, nos sentábamos en la cama, porque estaba pegada a la mesa donde formábamos la ronda de alumnos.

Y la otra casa de escritor que conozco es la de Dupont, ninguna más. Pero cuando fui a visitarlo, hace años ya, él vivía en un departamento. Ahora me consta que vive en su propia casa. Y me consta también que sus libros están en una habitación cerrada. En ese departamento que conocí, los libros estaban a la vista. No había otra habitación, era un monoambiente.

Según dicen el libro tiene que ver con el conocimiento, la imaginación, el “abrir la mente” y qué sé yo qué más. No significa nada de éso. Ni la literatura ni los libros. El ejercicio de la lectura es tan importante como cualquier otro ejercicio. Conozco mucha gente que no lee y me parecen, algunos, más interesantes que los que dicen leer. De estos últimos hay muchos tipos, pero varios son insoportables. ¿Es necesario hacer una fanfarria porque uno lee? ¿A quién le importa? ¿Leer te da estatus social? No lo sabía. Sacarse fotos abrazando libros, al borde del llanto, ¿qué es? ¡Estupidez! 

Cuando alguien entra a mi departamento, lo primero que encuentra, son libros. Tengo problemas de espacio, es cierto. Aparte, de orden. Hay libros y papeles impresos por todos lados. Libretas escritas, biromes, lápices. La mesa de la cocina, no tiene lugar. Está ocupada por libros y papeles. Los traslado. Me gusta leer un libro de principio a fin, pero también me gusta agarrar un libro cualquiera y hacer lo que hacen los pastores, que abren la Biblia al azar y se ponen a leer lo que primero sus ojos encuentran. Me gusta leer. Me quejo cuando no tengo tiempo o cuando pasaron varios días sin lectura.

Nadie sabe que leo. Sólo los que alguna vez entraron a mi casa. Cuando llegan al taller, mi trabajo, pilas enormes de libros que compro por internet, quien los recibe pregunta, “¿qué es ésto?”. “Bodoques de droga”, le contesto. Es que vienen envueltos tal cual se conocen a los ladrillos de drogas que uno ve en las películas o series. Sin abrir el paquete, así me los llevo, casi con desesperación, a mi casa. Apenas llego arranco el sucio papel amarillento y me pongo a hojearlos. El olor me marea un poco, pero me gusta. Más tarde, trato de ubicarlos en la biblioteca donde están los libros que aún no leí. Las otras bibliotecas son de los libros que ya leí. Obsesiones. Nada malo. No molesto a nadie. 

Cuando leo me río. Sí, cuando leo a tipos como Céline, Beckett, y hasta Kafka, ¡me hacen cagar de la risa! ¿Por qué la literatura tiene que ser solemne? Me aburre la solemnidad. Hay lectores que les gusta la cátedra. Que leen esperando que el escritor les enseñe, como en la facultad, o en una ronda budista. O que escriban algo de “sentido social”. Listo, ahí me fui. Prendo fuego el libro. Sí, ¿qué tiene de malo prender fuego un libro si no me gusta? "¡¡Nazi!!". Claro, siempre lo mismo. 

 

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