cerrar

Esta web utiliza cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarte publicidad relacionada con tus preferencias mediante el análisis de tus hábitos de navegación. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí

15 min
Bienvenido al Delta
Terror |
28.12.16
  • 5
  • 1
  • 96
Sinopsis

...

Me pasé varios años pensando y repensando si me convendría contar esta historia. Finalmente, y luego de una larga deliberación conmigo mismo, me decidí por hacerlo. Antes que nada, quiero aclarar que el nombre del protagonista es ficticio. Mi idea es cuidar al pobre hombre que sufrió semejante calvario. El resto de la historia es real, aunque cueste creerlo.

Al sujeto lo conocí en mi barrio, vivió durante años en la esquina de casa y me contó su experiencia una noche, pasado de copas, en un bar. Me pidió que jamás se la comente a nadie, pero créanme que es más fuerte que yo. No puedo dejar de narrar lo que le pasó a mi vecino, que voy a llamarlo: Eduardo Álvarez.

Eduardo fue un escritor bastante popular en la década del 90. Había publicado cuatro libros de cuentos, con relativo éxito y, en 2003, se animó a escribir su primera novela.

Durante los primeros meses de aquel año, su falta de concentración, debida a su obsesión por su reciente separación, le estaba jugando una mala pasada. No encontraba la forma de darle fin a su primer relato largo. Habían sido tiempos estresantes para él, y se convenció qué para concluir su novela, tendría que irse lejos de su entorno.

Una mañana de diciembre, desesperado, luego de una noche de excesos, recordó que su amigo Leonardo poseía una hermosa mansión en la Isla del Delta, que cada tanto usaba los fines de semana. Luego de pensarlo durante un rato, se acercó hasta su casa y se tiró el lance

Tomaron unas copas, recordaron viejas anécdotas y hasta miraron un partido de fútbol por televisión. Finalmente Leonardo le dio las llaves y le dijo que use el caserón todo el tiempo que considere necesario.

Al día siguiente, Eduardo tomó el tren en Retiro y viajó hasta la última estación: Tigre. Sacó boleto para la lancha colectiva y, cuarenta minutos más tarde, puso sus pies el muelle de la casa de su amigo.

Llegó alrededor de las seis de la tarde de un día soleado y muy caluroso. Solamente llevó su notebook, unas pocas remeras, dos bermudas, algo de comida y un libro de H.P. Lovecraft para leer en sus ratos libres, que, según él, iban a ser pocos. Estaba obsesionado con finalizar la novela e iba a dedicar el noventa por ciento del tiempo en aquello.    

La casa era bellísima. Se encontraba a diez metros del río y estaba tan equipada que Eduardo no comprendía como su amigo no vivía allí. Tenía tres habitaciones, una cocina amplia, living grande, un comedor impecable, televisión con equipo de DVD, varias películas a disposición y un bar cargado de bebidas blancas, la debilidad de Eduardo.

Lo primero que hizo fue buscar el lugar apropiado para sentarse a escribir durante los próximos días. Dio una pequeña recorrida y depositó su notebook en una mesa plástica, ubicada frente a una de las ventanas, con vista al río. Destapó una botella de vodka y dio rienda suelta a su preocupante alcoholismo que lo venía castigando desde hacía un tiempo.

Luego de beberse el litro entero, a las once de la noche, los ojos comenzaron a pesarles e intentó ir hacia la cama. Tarea complicada, teniendo en cuenta la borrachera que se había agarrado. Se dio un par de golpes por el camino, pero finalmente logró acostarse. Entre sueño y sueño se despertó, algo agitado, escuchando unos extraños sonidos que provenían desde el río. Era las tres. Miró por la ventana y observó que una lancha tenía intenciones de amarrar en el muelle. Prendió rápidamente la luz y se asomó aun más.  Los ocupantes del bote con motor, al percibir estos movimientos, se marcharon lentamente, mirando hacia adentro de la casa y haciendo gestos que Eduardo no llegó a descifrar. Lo que más preocupó al escritor, fue la mirada de uno de esos hombres. Una mirada fría y penetrante que le erizó cada uno de los pelos de su cuerpo.

La borrachera de a poco se le comenzó a ir. No pegó un ojo el resto de la noche y se lamentó de no haber llevado un arma entre sus pertenencias.  

Alrededor de las siete, luego de dar vueltas en la cama y de dormitar de a ratos muy cortos, se levantó. Puso la pava en el fuego y se dirigió hacia su notebook. Su idea era escribir de corrido durante cuatro horas, al menos. No se olvidaba el motivo por el cual se encontraba allí: darle fin a su novela.

La novela trataba de la misteriosa vida de un perro callejero del Barrio de Boedo. El plan de Eduardo, cuando comenzó a escribirla, era que el protagonista, en el ante último capítulo, muera atropellado por un auto. Mientras que el capítulo final iba a estar plagado de golpes bajos: “Nuestro barrio ya no es lo mismo sin nuestro callejero preferido” o “Cada vez que doblamos en la esquina tenemos la sensación que ahí va a estar, pidiéndonos algo para comer”. Pero a medida que la iba avanzando, fue tomándole cariño al perro que él mismo había creado. Le daba de pena “matarlo”. Debía dar un golpe de timón para encontrar otro final, cosa que le estaba costando por demás.

Eduardo no era un escritor amateur. Vivía de eso. Y a los muchachos de la Editorial no les iba a temblar el pulso en rechazar el borrador si nos les convencía de principio a fin. Así que toda su concentración debía estar puesta en encontrar el mejor final que le fuera posible.

Fue una mañana fallida. El escritor tomó cuatro pavas de mate pero su mente seguía en blanco. Quizás se debía a la resaca del vodka, aunque también se le aparecía en la mente la lancha que había querido amarrar en el muelle. Ni él sabía lo que le pasaba. La realidad es que estuvo un par de horas sentado frente a su notebook sin poder escribir ni dos líneas consecutivas.

A las once se dio por vencido y fue a revisar el freezer, más que nada por curiosidad. Se encontró con dos tiras de asado congeladas. Sin dudarlo, juntó un poco de leña en los alrededores y prendió el fuego en la parrilla del fondo.

Luego de comer como una bestia y de beber una botella de vino que había en la cocina, fue hacia la cama a dormir una “merecida” siesta. Lo aterrador comenzó a sucederle cuando despertó, horas más tarde.

Abrió los ojos y observó reloj: eran las 18: 15 hs. Se levantó de un salto, dirigiéndose nuevamente hacia su notebook. Hacía 24 horas que estaba en el Delta y no había avanzado en el final de su novela.

Una vez ubicado frente a su computadora, decidido y con ganas de poner sus dedos y su mente en funcionamiento, alcanzó a ver, a través de la ventana, una serie de movimientos en el río, como si fueran olas de pequeña magnitud. Puso atención en el afuera y su piel pareció helarse: Amarrada en el muelle, se encontraba la misma lancha que había visto la noche anterior.

Agarró un cuchillo de un cajón de la cocina y salió hacia afuera, asustado.

Mientras caminaba los diez metros que lo separaban del río, vio que en el suelo había dibujada, aparentemente con sal gruesa, una gigantesca cruz. Eduardo, horrorizado, apuró sus pasos hacia la lancha.

La lancha estaba amarrada pero se encontraba vacía. Nadie respondía a los llamados del escritor.

  • ¿Hay alguien? Este muelle es privado, no pueden amarrar – gritó, sin recibir respuesta – ¿Ustedes dibujaron esa cruz? Es un chiste de mal gusto – continuó, en vano.

Volvió a la casa y le echó llave a la puerta. Apagó las luces y se quedó pegado a la ventana, espiando, aterrado. La cruz no alcanzaba a verla desde donde se encontraba en ese momento, pero sabía que ahí estaba ¿Sería una amenaza? No lo sabía. Su corazón latía tan fuerte que tuvo que ir en busca de vodka para calmarse.

Después del segundo trago comenzaron a caer las primeras gotas de la tarde. El día se había nublado hacía pocas horas y la tormenta no iba a tardar en desatarse. El sonido del agua, golpeando en las chapas del techo, le daba aún más dramatismo a la situación.

A los pocos minutos la lluvia ya era una cortina que no le permitía tener una visibilidad mayor a los cuatro metros. Para colmo, había comenzado a hacerse de noche. Esto, sumado a que las nubes ocultaban el sol desde hacía un rato, le hicieron perder de vista la lancha, que todavía continuaba amarrada. ¿Dónde estarán los ocupantes? Se preguntó.

El panorama no era para nada alentador: La misteriosa lancha, la cruz de sal y la tormenta. El vodka era su único aliado. A las nueve de la noche estaba terminando la botella pero no lograba emborracharse. El miedo lo paralizaba tanto que el alcohol no le producía ningún efecto.

Cerca de las diez oyó un golpe en la puerta de entrada, un “toc toc”, como si alguien estuviese llamando. Creyó que, quizás, era el viento que habría arrastrado alguna rama, o que sería un chillido de las maderas cuando se hinchan en los días de humedad. Las tormentas en esa zona suelen traer sonidos insospechados. No le dio importancia. A los dos minutos otra vez, “toc toc”.

  • ¿Quién es? – Gritó, pero nadie respondió.

Abrió la puerta violentamente, y lo que había del otro lado lo horrorizó aún más de lo que ya estaba: Un maniquí sin brazos, con una inscripción en su pecho: “Bienvenido al Delta”.  

Un instante después de quedar cara a cara con el diabólico muñeco, sintió el ruido de un motor poniéndose en marcha. Corrió hacia el muelle, con su rostro desencajado. Faltándole pocos metros para llegar, vio a la lancha huyendo a gran velocidad. De la cruz de sal no quedaban rastros, la lluvia la había desintegrado. Al maniquí lo dejó donde estaba. Volvió a la casa, angustiado. Se dio una ducha y destapó otro vodka. ¿Qué otra sorpresa me habrán dejado estos tipos? Se preguntó.

Esa noche se fue a dormir con una borrachera aún mayor que la de la noche pasada. Descansó varias horas de corrido y se levantó a las once, con un dolor de cabeza terrible. Lo primero que hizo, ya que la tormenta se había ido por completo, fue dar una vuelta por los alrededores. El maniquí continuaba a un metro de la puerta y, como dije anteriormente, la cruz de sal ya no estaba por culpa del agua. Continuó buscando un buen rato, pero no encontró nada nuevo. Volvió y se puso a escribir.

Evidentemente, la agitada noche le había abierto la mente: en dos horas y media le pudo poner fin a su eterna novela. Leyó y releyó los cuatro capítulos que escribió casi de un tirón y le gustaron. Lo único que le quedaba por hacer, era leerla entera, unas cuantas veces más, y mandársela definitivamente a la Editorial. Luego ellos decidirían si era o no publicable.

Contento, aunque todavía atemorizado por la fea noche que había sufrido, fue a la cocina a ver que se hacía para almorzar. Una vez allí, intentó lavar las vajillas sucias que habían quedado del asado. Al abrir la canilla descubrió que el agua estaba demasiado más rojiza que lo normal. La dejó correr un rato, pero el rojo se ponía cada vez más intenso. Definitivamente, era sangre.

Cerró la canilla y salió al patio. Miró hacia arriba del techo y vio algún tipo de desorden cerca del tanque de agua. Fue en busca de una escalera que había visto en la habitación de huéspedes y subió: Dentro del tanque había un cuerpo descuartizado.

Su horror llegaba al límite. Luego de vomitar un largo rato, ya que el olor era nauseabundo y la imagen del cadáver mutilado aún peor, bajó lo más rápido que pudo por la inestable escalera y fue hacia el teléfono. Debía informarle a su amigo Leonardo lo que estaba sucediendo. Apenas comenzó a marcar, se arrepintió y colgó. “Va a pensar que el asesino soy yo” pensó.

Entonces ¿Qué le correspondía hacer? ¿Nada? ¿Dejar que el muerto se desintegre en el tanque y que lo descubra Leonardo ni bien abra alguna de las canillas? ¿Limpiar la escena como si realmente él hubiese matado a ese pobre hombre? Las dudas lo carcomían y su desesperación solo podía curarse de una manera: Vodka.

El resto de los días los pasó borracho a más no poder. No tenía el suficiente valor para mantenerse sobrio en esa casa. Tampoco quería marcharse antes de lo previsto: su amigo, el dueño de la casa, sospecharía que algo malo había sucedido.

Fueron jornadas de las que Eduardo recuerda muy poco, solo un llamado de Leonardo, preguntándole si todo marchaba bien, “de maravillas” le había contestado el escritor. Esa pequeña charla había ocurrido en su sexto día en el Delta, a las 24 horas se marchó. Pero antes de irse, volvió a dar una vuelta por el lugar.

Para su sorpresa, el maniquí ya no estaba donde él lo había visto por última vez. Caminó unos cuantos metros más, quizás el viento lo había movido de lugar.  

Recorrió cerca de 100 metros a la redonda y no había ni un solo rastro del desagradable muñeco. Tampoco había amenazas nuevas, todo parecía estar en orden. Perplejo, fue en busca de la escalera para echarle un vistazo al techo. Tampoco se encontraba el cadáver en el tanque. ¿Qué pasó? Se preguntó ¿Quién vino a limpiar este desastre? Fue la primera vez que se planteó dejar de beber. Sus lagunas mentales no le estaban gustando nada.

“Debe haber sido Leonardo, por algo me llamó ayer. Sí, fue él. Debe haber venido, me habrá encontrado borracho y no me dijo nada. Seguro que le sacó fotos al cuerpo y cuando yo vaya a devolverle las llaves, la Policía me va a estar esperando”.

Su ataque de paranoia era previsible, pero no estaba del todo seguro de que fuera su amigo quien había “limpiado” la escena. “¿Y si fueron los de la lancha? No, ¿Qué sentido tendría eso?”. Durante varias horas el escritor hizo todo tipo de conjeturas. “Que fue Leonardo, que fue la lancha, que fue un vecino…” todas elucubraciones sin fundamentos. Lo único claro era que la casa estaba tal cual él la había recibido siete días antes.

A las seis de la tarde, se marchó. Desorientado.  

Una vez en Buenos Aires, Eduardo le envió las llaves a Leonardo por correo. Ése mismo día cambió su número de teléfono. No quería tener ningún tipo de contacto con él, ya que cada vez se convencía más que lo iba a estar esperando con la policía. No volvió a tener noticias de su amigo, que seguramente le pareció descortés por parte del escritor haberle mandado las llaves de esa manera tan fría y distante.  

Eduardo siguió con su vida lo más normal que pudo, pero el alcoholismo lo estaba destrozando. A fines del 2004, comenzó con un tratamiento psicológico y poco después, lo derivaron a un psiquiatra.

La novela la publicaron y fue record de ventas en Buenos Aires y en gran parte de Sudamérica.  

Hace unos años, el día que me narró su travesía por el Delta, lo volví a ver después de mucho tiempo. Además de contarme con lujo de detalle la historia que acabo de relatar, me dijo que estaba internado en una clínica mental muy prestigiosa y que, cada tanto, lo dejaban salir a dar una vuelta por su viejo barrio.

Nunca supe si lo que le ocurrió en Tigre fueron visiones a causa de su terrible adicción al alcohol o si fue una fábula que se le ocurrió en el momento. Lo que sí reconozco es que su mirada, mientras me hablaba, se llenaba de un sincero horror que yo alcanzaba a percibir. No tenía porque no creerle. Además, ya lo dice el dicho, “los locos, los borrachos y los chicos, siempre dicen la verdad”.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 17
  • 4.85
  • 71

Soy Augusto Dipaola. Nací en la Ciudad de Campana (Provincia de Buenos Aires) en 1984. En mis horas libres suelo escribir algunos cuentos... Espero que les gusten...

Tienda

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta