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7 min
Bisturí
Drama |
13.02.17
  • 4
  • 2
  • 1993
Sinopsis

No hay justicia cuando el dinero es mayor a la moral

     No hay descanso para las manos de buenas obras; siempre trabajan, incansables, para hacer el bien mientras puedan. Ya me están volviendo a llamar, es el Director del hospital, Victor Stanford. Al parecer ha entrado un nuevo paciente a urgencias. Espero sea menos dificultosa esta intervención, la anterior duró 6 horas, después de haber ingresado a las 1:00 pm. Vaya que mis colegas cirujanos me halagaron. Cualquiera hubiera dado por muerta a mi paciente. Un aneurisma no es cosa sencilla, menos en el lugar donde tuve que operar.

 

     La señorita Baker por poco muere. Agradezco que el directivo de este hospital y todos los demás cirujanos me confíen tal responsabilidad y que no duden de mí en ningún momento. De otra manera, no sé quien sería yo. De hecho, no sólo la vida de ella estaba en juego, también lo estaba su hermosa voz. Que tragedia sería para sus admiradores y admiradoras no escuchar una nota más de su cantante favorita. Una voz de ópera singular, sobrepasa los estándares, es única. Mucha gente la conoce, que bien que pude salvarla, sino... Quizás me hubiera arruinado el prestigio que me he construido todos estos 8 años. Una artista más a mi historial.

 

     Veníamos saliendo mis colegas y yo de el quirófano, ellos venían hablando de mí, de mi habilidad y mi pulso excepcional. Entre carcajadas y palmadas en la espalda, invitaciones a brindis y a clubes, mis oídos hicieron coma y se concentraron en un sonido igual de bullicioso al que generaban mis colegas, a la distancia, pero mucho menos alegre, es más, era de terror. Un llanto inconsolable a mi derecha, por el pasillo que lleva a la sala de espera, viajó por el aire a mis tímpanos y giré el cuello a su dirección. Nadie más lo hizo. Todos siguieron caminando, yo me quedé parado, inmóvil. Ellos ni cuenta se dieron que ya ni formaba parte de aquel grupo. Tanta era su júbilo. Jaja, malditos avariciosos. Caminé recto a la sala de espera, ni idea tenía de quién lloraba, y tampoco sabía la causa; obviamente quise averiguarlo. Era un llanto estremecedor, parecía que le estuvieran desgarrando las entrañas a aquella persona. De verdad, estaba sufriendo.

 

      Busqué entre las desoladas sillas y divisé a una señora delgada de algunos 80 años, encorvada y con las manos en los ojos, sosteniendo en ellos un pañuelo empapado de lágrimas. Me le acerqué, llevaba un vestido violeta sencillo y de apariencia antigua, algo gastado, una pañoleta le recogía el pelo y un pequeño bolso de cuero ya seco y viejo colgaba de su hombro.

 

      –¿Está usted bien, señora? – Pregunté nervioso, colocándole una mano en el hombro e intentando buscarle la mirada

 

      – ¡No, claro que no lo estoy! – Gritó con voz recia pero desgastada, entre llantos, levantando la mirada y viéndome con unos ojos rojos llenos de lágrimas, brillosos y, en extremo, lastimeros y tristes.

 

      – ¿Qué le ha sucedido, puedo ayudarla? – Le pregunto yo, arrodillándome y mirándola con lástima.

 

      – No, ya no se puede hacer nada –Me mira la bata blanca– Doctor. Mi hijo... Mi único hijo, doctor, ha muerto. Hoy ya no lo volveré a ver sino en un féretro, y ya, luego, nunca jamás.– Se saca un fotografía del bolso de cuero y me la enseña– Mire, doctor, este era mi hijo. – Era un joven, esbelto y rapado. Algo militar. Se la gurda– Tenía un aneurisma. Entró hace siete horas y lo esperé. Esperé y esperé, doctor, pero nadie pudo atenderlo. Vine aquí porque me dijeron de un excelente doctor, un neurocirujano de hecho, quien según la gente hace “milagros”. Me dijeron que esperara un poco, que ya iniciaría la intervención. Pero el maldito doctor jamás atendió a mi hijo, sabe, y había llegado primero que todos. – Me levanté – Pregunté y me dijeron que el doctor estaba ocupado, que ya había entrado a cirugía... El otro paciente había sido ingresado primero por órdenes del director. ¡Maldita sea! ¡Como son estos hombres! – Se me agrandaron los ojos, y, cuando intenté dar un paso atrás, la mujer se tiró de rodillas al suelo agarrándose de mi bata – ¡Dejaron morir a mi Hijo! Por Dios, doctor, ¿que no existe la justicia? Dígame doctor...

 

      No dije nada. Me fui de allí, caminé silencioso por el pasillo de vuelta a el otro pasillo, que conducía a la oficina del director Stanford . Por mis cuencas corría solitaria una lágrima, llena de culpa y remordimiento- Poco a poco calcinaba mis huesos, la ácida furia e impotencia que sentía entre mis venas. Luego se encendió algo dentro de mí, esa lágrima vació su contenido en la balanza de mi justicia, de mi propio sentido de la justicia. Caminé mucho más rápido, llegando a la oficina del director, estaban allí todos mis colegas, los que estuvieron conmigo en el quirófano, y el director.

 

      – ¡¿Por qué no me habían dicho que había un paciente en emergencias esperando por mí?! ¿Es verdad que llegó primero que la señorita Baker? – Pregunté desconcertado, con furia en mi interior. – Me hubieran dicho y, ha esta hora, ¡podría no haber muerto!.

 

Stanford, desde su mesa, impasible me señaló con un ademán que me calmara.

 

– Para esta hora, doctor Ford, si hubiera usted intervenido a dicho paciente, el hospital no estaría en boca de los medios. Alégrese, más bien, es usted el médico más pagado del estado. – Se levanta y se coloca frente a mí, colocando su mano en mi hombro – Ahora y desde ahora, doctor Ford, somos y seremos un equipo especial, dedicado sólo a pacientes especiales... Esto nos beneficia a ambos, quite esa cara, no se comporte así. – Dice sin más.

 

      Se volteó. Mis colegas, por sus expresiones, aceptaban la posición del director frente a este asunto. Ciegos como él, cegados sólo por una cantidad numérica. Yo, en cambio, no lo aceptaba.

 

      No seré como ellos... No, esta no es la naturaleza de la medicina; es la vida del paciente la importante, no cuanto obtienes por ella. Me hierve la sangre, mis venas se llenan, mi pulso incrementa, las manos me sudan, una gota de sudor se desliza en mi cien izquierda, mis ojos están fijos en el director... justo en el cuello. En este momento ya no me domina la razón, no soporto esto...

 

      Suerte, casualidad o destino es lo que llevó a mi mano a conseguir en mi bolsillo lo que, horas antes, había guardado de la cirugía. Siempre me llevaba uno después de mis cirugías, como recuerdo de mi éxito. Pero, ahora, tendría otros fines. Ya no salvaría una vida... se llevaría dos y vengaría una.

 

 

(Historia inspirada del primer capítulo del Anime "Monster", el cual recomiendo como buena historia de suspense.)

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