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4 min
BLANCO IMPOLUTO
Varios |
05.01.19
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Sinopsis

Historias de Duque y Martín.

“La vida es hermosa, sí, hasta que te patea los huevos.”

                                                                                          De un film gringo.

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     Duque sentado en el Gran Café. Tiene al frente, sobre la mesa, una copa de brandy y un cigarro habano sin encender, un Partagás, probablemente. Escribe a mano en un block barato de hojas rayadas. Juega a ser el Hemingway del Café Des Amateurs, París, 1923. Es indudable que algo se detuvo en su cabeza: tal vez insomnio, fatiga, desarraigo; tal vez algo menos poético: vergüenza, miedo, estupidez pura. De vez en vez los ojos se le van detrás de una hembra ricota o de un perro o de un pájaro. Algo, en este dinosaurio perdido, mueve a burla o a piedad. No es posible conciliar esta imagen con la del loco frenético de fiestas y bares.

     Deja caer el bolígrafo sobre el block y se pasa la mano por el cuello. Toma brandy y suda, suda y toma brandy. Enciende el cigarro, lo saborea, eructa, se rasca una tetilla, se hurga la nariz. Ahora levanta la cabeza y habla solo. Siempre habla solo cuando las letras lo evaden, cuando las palabras se niegan y la hoja permanece en blanco.

     Nadie advierte su inmovilidad, su cara que semeja a un idiota o a un santo extraviado: ojos fijos, manos que tiemblan, boca que murmura. No es bueno verlo así, derrotado por las palabras, ausente de cualquier cosa que no sea el humo del tabaco, el sabor del brandy, la virginidad terrible de la página irredenta, del párrafo que no aparece, del ya no puedo más, esta mierda se acabó, no sigo, me voy de putas y punto.

     Pero sigue ahí: esperando la frase que no llega, terminándose el puro y el trago, tirándose peos y tosiendo. Él sabe que hoy no es un día para lamer hembritas, ni para poemas (los poemas salen facilito, sin esfuerzo, como las mentiras o las declaraciones de amor) ni para trasegar copa tras copa hasta caer sin sentido debajo o encima de algo (barra, mesa, cama, árbol, retrete, o quién sabe qué o dónde, dependiendo de muchos factores oblicuos e inenarrables)

     Él sabe que las palabras desaparecen cuando no pueden dar forma al rostro que se mira en el espejo. Ninguna palabra puede ayudarte a doblar la esquina, o a manejar un biplano, o a evitar la navaja de barbero, o a bajarte de tu cruz. Ninguna palabra es más que ella misma: estafas que designan, controladoras alfabéticas, inaceptables profesoras de semántica, absurdos faroles rojos frente a la puerta del prostíbulo. Harto ya del prolongado desvarío etílico decide marcharse: resigna el cráneo y se levanta, se sacude los pantalones y llena el piso de cenizas, puntos, comas, corchetes, paréntesis, señales de stop y curva peligrosa, etcéteras, y una larga parodia ejecutada por comillas suspendidas y sospechosas, con la participación estelar de cíclopes y pausas. Pero ninguna letra, ni siquiera una pequeñita como la y griega o la o de o la o, nada: se resisten a dibujar los naipes que mantiene ocultos, apartan la mirada del infame póker de reyes que duerme a la sombra de la horca medieval o de la guillotina inquieta.     

     Él sabe que ha visto y hecho demasiadas cosas como para no ser culpable de algo.

 

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Un oldman alto, hosco, y feo; hastiado de cigarros, bares, y noches sin término (hembras que llegan y se van, botellas de Whisky, la vieja escuela, el último dinosaurio, y así de pendejadas una detrás de la otra) Me aburre el sexo sin caras ni compromisos (ya tuve suficiente de esas pajas modernistas) Hoy día no me gustan los bares: parecen agujeros para heridos de guerra. Me gustan las personas y los perros (“Esa misteriosa devoción de los perros”, decía Borges) Amo a mi hija y a mi nieta: mis únicas dos rosas, mis últimas palabras. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

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