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5 min
Blvd nights
Fantasía |
01.06.09
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Sinopsis

Pequeña historia de la ganancia y la pérdida de un bien de un hombre cualquiera.

      Blvd nights
      Una vez, mi cerebro huyó por patas. Me abandonó.
      Hasta entonces, fuimos íntimos amigos. Pero parece que su concepto de amistad difiere bastante del mío.
      La verdad es que le debo la vida. Me la salvó en varias ocasiones, cuando más le necesitaba. Cuando iba a suspender los exámenes de la facultad, ahí estaba él. Cuando me acercaba tímidamente a una chica desconocida, a mi espalda, él me susurraba todas sus ocurrencias. Cuando tuve aquel accidente de coche, si no hubiera sido por él, quizás hubiera estado en la cárcel, y ahora no sería el mismo.
      Me ayudó desde el principio. Fue por la adolescencia. Yo andaba convaleciente, buscando un refugio en cualquier esquina del mundo. Había terminado el curso final de secundaria, y aún no sabía hacia donde dirigir mi vida. Me acababa de mudar, y me había quedado sin amigos. Mi novia me había dejado por otro...
      Yo me arrastraba por la ciudad. Era una noche cálida de verano, de esas que se usan para ir a tomar algo a un bar con los amigos, al aire libre, y surgen conversaciones de colores. Era una noche densa, donde las farolas hacían ruidos y los grillos iluminaban una calle solitaria. Miré al cielo, al vacío, y me puse a pensar. “¿Por qué yo?”, me pregunté. Y entonces algo llamó a mi puerta.
      -Toc, toc.
      -¿Quién es? -pregunté. Y me respondieron:
      -¡Ya basta!
      Y esa noche encontré, en mi mente, una razón para existir. Dejé de vagar entre los bares y comencé a leer y a escribir. A seguir los dictados de mi razón. Eran tiempos bellos. Una ristra de colores iluminaban las callejas de mi azotea, y yo era feliz con ello. Empecé a esculpir mi persona con ideas de todo tipo. La fenomenología del espíritu, la psicomagia, el budismo. Todo entraba en mí y dejaba huella. Para mí, la creatividad era lo más importante. Entre tanto, olvidé lo que es vivir.
      Entonces apareció ella.
      Ese día la vi aparecer por mi universidad, y me enamoré al instante. Las clases comenzaron a aburrirme, y empecé a querer estar con ella.
      Una mañana, me levanté para ir a clase, y mi cerebro me dijo: “No vayas”. Yo me levanté. Y él, me ordenó: “Vuelve a acostarte”. Entonces comenzó una auténtica batalla diaria con mi cerebro, día sí, y día también.
      Luego fue la comida. La chica me atraía con una fuerza similar a la gravitación lunar sobre la tierra. Y al igual que ella, yo no me acercaba para nada, sino que giraba alrededor. Quería tener mejor físico para gustarle, antes de lanzarme a hablar con ella. Empecé una dieta. Y mi cerebro me decía “Come”. Yo no quería, y él me daba razones. “Sólo hoy, es el último día. Mañana empiezas de verdad. Pero hoy come. Por un día no pasa nada. Lo necesitas, te sentirás mejor”. Pero lo cierto es que siempre me sentía débil, falto de voluntad, algo fracasado. Como por mí mismo no podía hacer nada, me apunté a un gimnasio. Fue mi error creer que así todo sería fácil. Tras la primera semana, mi cerebro comenzó a decirme “¿Para qué sufrir? Esto es estúpido. ¡Aun encima pagas por ello! Lárgate de aquí, deja esto. Lo importante soy yo, confía en mí”.
      Pero lo cierto es que dejé de confiar en él. ¡Yo quería impresionarla! Seguí yendo al gimnasio hasta que mi cerebro se cayó.
      Hacía tiempo que había dejado de ir a clase. Con ello, había dejado de ver a la chica de la que estaba enamorado. Volví a clase, y de nuevo tuve que vencer a mi cerebro. Yo notaba como algo en él se cansaba y se enfadaba cada vez que iba en su contra, pero era por la chica.
      Entonces, un día, tumbado en la cama, mi cerebro me dijo, de repente: “Esa chica te hará daño”. En ese momento me dí cuenta de que mi cerebro lo único que hacía era protegerme, pensaba y decidía lo mejor para mí en cada momento. Pero hay veces en que uno no quiere lo mejor para él, sino que tan solo quiere a la chica. Algo se decepcionó en mi interior.
      Al día siguiente, me levanté con fuerzas renovadas y fui a hablarle a la chica. Me acerqué en el pasillo y me presenté. Los primeros días, mi cerebro me dio la espalda, y no tuve de qué hablar. Estaba demasiado acostumbrado a depender de él, y ahora que pasaba de mí, no sabía cómo aviármelas con una chica. Pero ella me ayudó. Resultó que yo también le gustaba. Se había fijado en mí.
      Ahora ha pasado el tiempo, y vivo con ella. Esta es la tercera noche en la que vivimos bajo el mismo techo.
      La primera, mi cerebro me dijo:
      -No podrás.
      La segunda, pensó:
      -¿Quizás sí?
      Y esta noche, la tercera, mi cerebro huyó mientras dormía. Lo noté en mi cabeza. Algo se había ido.
      Si alguien lo ve, que me avise por favor. Es rosado, está enrollado sobre sí mismo. Es algo arrogante y siempre está hablando y contando cosas.
      Aunque pensándolo bien... Me va mejor sin él.
      No... No me aviséis mejor.
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