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14 min
Bollitos rellenos de dulce de leche
Históricos |
26.09.11
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Sinopsis

Uno de los últimos fusilamientos producidos en la ciudad y en el país, presentado desde una óptica distante en el tiempo pero ajustada a la idiosincracia del pueblo con toques de satira y de humor negro.

Todavía hacía mucho frio, temprano en la mañana, cuando los primeros curiosos llegaron a la plaza.

Al costado oeste, se había plantado un gran tronco que era visible no tanto por su grosor sino porque se notaba la tierra húmeda que había sido apenas removida para fijar el tétrico escenario de la ridícula obra que se estaba montando por disposición del juez.

Con cal se había marcado una línea a unos seis metros del tronco y varias señoras de oscuras prendas ya tenían varias sillas acomodadas a ambos costados de la blanca frontera.

Dos grandes pinos, uno al lado del otro, se encontraban al naciente y en lo alto se distinguían dos jóvenes que querían una posición privilegiada. Por el momento, los chicuelos se entretenían espantando a las palomas que tenían en las ramas de la conífera, sombra y refugio.

La botica, la casa de la familia Sarmiento, una lechería cerrada hace como un lustro, la panadería de  la señora von Schilling que a esa misma hora exponía para la venta su famoso pan negro apenas horneado y unos bollitos rellenos de dulce de leche, dos casas no habitadas con los vidrios rotos y el tejado en malas condiciones y la monumental Iglesia de los indios, completaban el damero en el que debía cumplirse la sentencia.

A las siete y treinta salía de la Iglesia el cura que apenas había celebrado misa. Junto a él tres monaguillos despeinados y bostezando como en coro y sin la más mínima idea de lo que en una hora más acontecería.

El cura saludó muy atentamente al señor de prominente panza que vestía negra levita con los botapíes de los pantalones empolvados del trajín en esas calles de tierra. Por la ceremonia del saludo se podía suponer la importancia del señor de la notoria barriga.

Subiendo por el costado sur de la plaza, un grupo numeroso de hombres acompañados por sus mujeres. Ellos vestidos elegantemente y ellas con velos de humo  y rosarios de textura, forma y tamaño disímiles.

Poco a poco la gente se iba acomodando en los tres frentes que apuntaban al tronco y cada vez habían más personas entre los notables del vecindario y de la ciudad; mujeres casi todas de negro con velo, algunas acompañadas de sus sirvientas, pongos, cholos, mestizos, niños, perros y hasta comerciantes que al menor aglutinamiento de personas encontraban mercado para sus productos: sombrillas, naranjas, cántaros, sillas, taquia, melcochas y hasta un vendedor de lotería.

Faltando diez minutos para las ocho de la mañana y en un coche tirado por una yegua flaca y con cierta cojera en la pata izquierda, llegó el juez acompañado por su asistente cargado de los libros de actas, del proceso y del anecdotario del juez mismo.

Justo detrás del primer coche, otro un poco más lujoso y con dos caballos criollos se acercaba levantando el rumor de la gente viendo al señor alcalde y a la señora del señor alcalde cumplir con tan importante acto que hace mucho no se veía en esta ciudad.

Todos descendieron de los coches, saludaron a los notables, al cura, al señor de levita negra y de inmediato  fueron acomodados en  las mejores sillas que para esa hora del día ya estaban cubiertas de fino polvo que se levantaba con la muchedumbre que se estaba acomodando por toda la plaza. Esas silla fueron sacadas de la sacristía como gentil gesto del cura párroco que planeaba al finalizar la ceremonia, solicitar una generosa donación de parte de la señora del alcalde para la refacción de la casa cural que había perdido el ocre de la fachada y no condecía con su dignísima.

Cinco minutos antes de las ocho de la mañana se escuchó un redoble de tambores muy próximo.

Era la macabra procesión que daba comienzo al espectáculo.

Tres soldados apenas púberes sonaban los tambores al frente de un grupo de ocho militares. Seis llevaban fusiles con bayonetas caladas que recibían los primeros rayos del sol de invierno y destellaban en todas direcciones reflejando su luz en las paredes de la botica, en el portal de la iglesia, en las ventanas de la panadería y hasta en la blanca tez de la señora von Schilling que a cierta distancia también curioseaba los hechos que se estaban produciendo y que le habían reportado un mejor rédito porque estaba apenas horneando dos órdenes más de los bollitos rellenos de dulce de leche.

Junto a los fusiles uno de los oficiales llevaba un sombrero que parecía de fiesta con escarapela de grana y verde de gigantesca dimensión y el otro vestido con uniforme militar blanco como nieve y con un sable de dorada empuñadura.

Algunas de las señoras, allí presentes, no contenían sus deseos de hacer comentario sobre el oficial de blanco que apenabas había llegado a la ciudad destinado por orden superior y a quien muchas de las solteras y de las otras ya habían puesto entre sus mejores fantasías.

Detrás venía el personaje principal.

El cabello descuidado, la barba crecida durante los últimos tres años, descalzo, camisa que un día fue blanca, pantalones de anchos botapies hechos hilacha y una chaqueta de fino material pero perforada por la polilla en los costados y en el bolsillo del pecho.

Iba detrás de todos sin peligro de fuga porque las manos y los pies estaban sujetos a una gruesa cadena oxidada y sujeto a su cintura un cinturón de metal del cual pendía una cadena más que en el extremo inferior tenía enganchada una pesada bola de acero que daba golpes en las piedras del camino y hacía de la marcha del prisionero, un esfuerzo adicional a la incomodidad de andar encadenado de manos y pies.

Más cuchicheo. Junto con las voces apagadas, dedos que señalaban en la misma dirección: el condenado.

El hombre de la barba fue el último en tomar posición en el escenario que se había dispuesto y delante del público que ya era una masa expectante del mínimo detalle porque la hora ya estaba cerca.

Ubicaron una silla rústica, casi un banquillo, delante del tronco. Quitaron la bola de acero, el cinturón metálico y las cadenas de manos y pies y en su lugar usaron una cuerda que sujetaba al hombre alrededor del madero.

Luego se supo que el último deseo se le había concedido la noche anterior con una chola de cincuenta años que por unas monedas acepto pasar una hora con el condenado. Varios años después, ella le contaría a quien fue su esposo que esa noche no había pasado nada porque clandestinamente introdujo a la celda una botella de aguardiente que el condenado se bebió en tres tragos y quedó dormido hasta que lo despertaron la mañana de la ejecución.

El asistente del juez abrió uno de los libros que cargó hasta este transitorio despacho al aire libre. Abrió el folio 83 y dio lectura a la sentencia que con bella caligrafía había redactado la noche anterior mientras el juez la dictaba con copa de coñac en la mano, sentado en suave sillón de cuero europeo en la sala de su casa ubicada a dos cuadras de la Plaza de Armas.

Debía leer como quince páginas que relataban los hechos, las pruebas, las testificaciones, los actos del juez, hasta un testigo a ruego que atinó a decir que el acusado una vez le había ofrecido una sopa de gallina y que por tal hecho creía que era una buena persona.

El asistente se tomaba el tiempo necesario para hacer alarde de su conocimiento delante de tanta gente y de la pulcritud de su pronunciación mezcla de mestizo aymara con entonación ibérica de las zetas que a más de uno le caía mal.

A las ocho y veinticuatro minutos el juez hizo una señal al asistente para que se brincara las tres últimas páginas porque caso contrario el señor cura tendría poco para confesar al reo, rezar un Padre Nuestro y echarle la bendición a los responsables del cumplimiento de lo que la ley del hombre quería para un hecho tan dramático.

El señor cura cumplió. Confesó al reo quien le dijo algo que por secreto el cura guardó hasta las fiestas de carnaval del año siguiente. Entre copa y copa, bailecito y cueca, le contó a los asistentes a la fiesta organizada por el señor alcalde lo que el reo le había confesado. En ese momento hubo un silencio sepulcral por lo que hicieron pero inmediatamente otra cueca, otro bailecito, más copas y asunto olvidado.

A las ocho y treinta y como estaba dispuesto en la sentencia el oficial de blanco levantó el sable de dorada empuñadura y con acento de la gente que viene del oriente, dio la orden de descarga.

Seis fusiles se dispararon al unísono haciendo parpadear a todos los asistentes con el estruendo que producían al martillarse las armas.

Las palomas de los pinos volaron asustadísimas. Esos ruidos no eran comunes en su plaza.

El olor a pólvora se impregnó en el aire que todos respiraban y que se confundía con el olor de los bollitos rellenos de dulce de leche que salían de la quinta horneada de la mañana; se horneaban diariamente dos veces y el día de fiesta hasta tres pero nunca como ahora.

Dos balas pegaron en el tronco, una salió por encima y perforó el ventanal de una casa vecina a tres cuadras de la plaza, una le dio a la mejilla del condenado y dos más rompieron las cuerdas que ataban al barbón dejando que su cuerpo cayera pesadamente al suelo haciendo pensar a todos que ya era finado.

Limpiándose el polvo de la chaqueta, el reo se reincorporó ante la atónita mirada de los concurrentes.

El oficial del sombrero de fiesta se acercó para acomodar nuevamente al condenado en la silla y mientras lo incorporaba la sangre de la mejilla manchó la chaqueta y la camisa del oficial.

En la muchedumbre no se disfrazaban los sollozos ante la mala suerte del condenado, el ruido de la fusilería y la tensión del momento.

Cuando todos los participantes se acomodaron nuevamente, se ordenó la recarga de los fusiles. Apuntaron y nuevamente el sable en el aire dibujo una caída al mismo tiempo que el oficial de blanco ordenaba: “Dijparen”.

Seis balas más. Otra bala al mismo ventanal de la primera descarga. Luego, la Alcaldía ante demanda de los propietarios de la casa afectada tuvo que pagar los daños de un ventanal diseñado y montado por un italiano que había venido desde Florencia, de paso a Lima donde tenía un contrato para restaurar la casa de Francisco Pizarro.

Otra bala destrozó un pedazo grande del tronco haciendo volar astillas, que cual confeti de fiesta, se levantaba en el aire.

Una bala rompió la rodilla del barbón; otra le dio en el hígado, la quinta en el antebrazo derecho y la sexta no salió nunca del fusil haciendo explotar el caño del arma y obligando a los oficiales a correr con su herido a la posta médica del cuartel porque la mano izquierda del militar sangraba profusamente y él gritaba que no podía ver.

Le llegó el turno al hombre de la levita negra.

El juez le hizo una seña. Se acercó al cuerpo que temblaba. Abrió la levita. Sacó una pistola Smith & Wesson con cacha de marfil. Apuntó  a la cabeza y percutió el gatillo.

La bala le abrió al barbón un agujero en el pabellón de la oreja.

A este punto la masa de gente estaba fuera de sus cabales. Nadie entendía lo que estaba pasando. No podía haber espectáculo tan cruel pero ante todo no podía haber nadie con tan mala suerte para acabar con su vida. A muchos les habían caído tejas en la cabeza mientras plácidamente caminaban las calles de La Paz y sin decir pío ya estaban en brazos del creador pero esta mañana, todo no era suficiente.

El enterrador y dueño de la funeraria cargó de nuevo la pistola y antes de que muchos voltearan de nuevo al escenario, porque estaba apenas comentado lo que había sucedido, disparó nuevamente y esta vez fue la última. El cuerpo quedó inmóvil.

El asistente del juez le pasó el libro de actas al  juez que firmó y se pidió al honorable alcalde que firmara como testigo de la ejecución de la pena.

El hombre de la levita tenía dos pongos que apresuradamente acercaron la caja que se había dispuesto para el entierro. Debían caminar casi dos kilómetros con la pesada carga antes de llegar a la fosa que habían excavado en la madrugada en la cercanía de la Iglesia de Chijini.

La chola de la botella de aguardiente, se aproximó al cuerpo del infortunado, le rezó un padrenuestro y entre las manos del barbón acomodó un ramito de retama que había recogido al salir de su casa esa mañana.

Poco a poco la gente se alejó comentando la ejecución, la mala suerte de algunos, el traje blanco del oficial y si ya tenían número para la lotería.

La señora von Schilling estaba de frente al escenario. Sostenía entre sus manos aún varios billetes de la gran venta que tuvo de pan negro y bollitos rellenos de dulce de leche. En una de las canastas de venta de pan quedaron dos bollitos. Los cogió y se los invito a los niños que apenas veían bajando de uno de los pinos.

Cuando la plaza quedó casi desierta porque por ahí todavía merodeaban unos cuantos perros y el vendedor de leña, Doña Astrid von Schilling se preguntaba: “¿Todo esto por un ladrón de gallinas?”.

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Términos usados:

Pongo=indio que hace (hacía) oficios de criado (DRAE)

Taquia=Bosta de llama, que suele usarse como combustible en las mesetas de los Andes y que se comercializaba en las ciudades (www.acanomas.com y propio).

Melcocha=pasta comestible hecha de miel o azúcar (DRAE) (consumida como caramelo, confite o golosina)

Plaza de Armas=plaza principal; plaza ubicada en el sector español-mestizo (propio).

Aymara=nombre propio del pueblo originario de la rivera sur del Lago Titicaca (propio).

Chola=dicho de una india que adopta usos occidentales (DRAE)

Bailecito=baile típico de la región occidental y central de Bolivia (propio).

Cueca=baile de pareja suelta con pañuelos en la mano derecha (propio).

Chijini=Barrio de la ciudad de La Paz en el sector de los indígenas durante la Colonia y en la República (1825-1995) (propio).

“Dijparen”=voz propia del habitante de los llanos orientales que sustituye el sonido de la letra s por el sonidos de la letra j (propio). 

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