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9 min
Bombilla Verde
Infantiles |
29.05.13
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Sinopsis

¿Tú piensas alguna vez cómo vas a morir? Seguro que no. No sabes cuál va a ser tu final, pero supongo –si perteneces al 99,99% de la población- que tampoco tienes mucho interés por saberlo. Por eso no le has dedicado un tiempo a pensar, que tal vez, hay algunos (y por supuesto, me incluyo como el que más) que tenemos que asumir la fecha de nuestra muerte.

 

Querid@ amig@:

Estás leyendo esto porque he decidido que hoy será el fin de una larga etapa de represión y silencio. Como últimamente está muy de moda eso de la “indignación pacífica”, he redactado una carta –a la que ahora mismo le estás dedicando tu tiempo- para exponer mi situación y reclamar justicia ante  el mundo:

Tengo muchos nombres, como supongo que tiene cualquier persona. Mi profesora me llama Chiquitín, porque parece que todavía no ha asumido que he crecido y que casi soy más alto que ella; entre mis amigos, me conocen como el Bombilla Verde, porque asegura que cuando me pongo nervioso parece que mi piel brillara con un tono verdoso.  Creo que un día se le ocurrió a alguno, y me tocó a mí el bautizo de semejante nombre.

Pero la mayoría de la población de este mundo me conoce con mi nombre de pila; así que de momento, amig@, llámame Serafín.

Mi madre me  preparó para ese momento casi, casi desde que gateaba, hasta que, en cuanto fui autónomo, me llevó interno a la escuela donde todos los jóvenes estudian hasta que se gradúan, diseñan su vida, y se marchan al mundo exterior.

Que si me enamoraría, que si encontraría a la ella, perfecta, que si con lo majo y guapo que soy… Lo de siempre, supongo. Yo no le había hecho mucho caso, y ciertamente; pasaba bastante de las féminas. Hasta que Isabelita se encontró conmigo  aquel luminoso día de mayo en el Tercer Camino.

Iba caminando, desgarbado, y con la mirada perdida, como siempre. Pero algo me hizo  girar mi cabeza en aquella dirección. Su radiante sonrisa me deslumbró, y me detuve a un lado para contemplar semejante ejemplar. Entrecerré los ojos para vislumbrar algo entre el potente foco de luz del mediodía, y la vi cerca, tanto que  encontré sus enormes pupilas irisadas de color miel parpadeando frente a mi rostro.

Por lo visto había decidido ahorrarme la dificultad de pronunciar la primera palabra a un desconocido, y murmuró con una voz melodiosa:

-Soy Isabelita.-Anunció tendiéndome una mano.- ¿Y tú eres…?

Tardé en contestar, fascinado, y cuando me decidí a abrir la boca lo hice vacilante y tartamudeando:

-Bombi…Digo… Serafín.

En ese momento me acordé de mi madre, y me entraron los siete males. ¿Y si con mi torpeza estaba perdiendo la oportunidad de mi vida? Todos insistían en que debía encontrar mi alma gemela para pasar lo que me quedara de vida con ella, aunque nadie me había explicado la razón ante tanta urgencia.

Pero ella volvió a sonreír, risueña. Y a aquellas palabras sucedieron otras. Por nuestras conversaciones supe que estaba en la misma escuela que yo y que dormía en la residencia para féminas. Por eso quedamos al día siguiente, y al otro, y al otro, hasta que casi sin querer, comenzamos a ser novios. Nunca  había tenido una relación, así que no sé si realmente me enamoré de ella. Pero según los síntomas que he escuchado por ahí, mi estado coincidía bastante. Hasta que, oficialmente, anunciamos nuestro enlace.

A partir de ese momento, las cosas cambiaron. Ya no coincidíamos con el significado de “pareja”; todos le daban la enhorabuena a Isabelita como si le hubiera tocado la bonoloto, y a mí me palmeaban la espalda y casi me miraban con lástima. Recuerdo una visita que realmente me llamó la atención; una compañera de Isabelita, que vino a felicitarnos: se lanzó a sus brazos chillando como una histérica de felicidad, como si  fuese ella la que fuera a casarse, y cuando se tranquilizó, me miró con esa compasión a la que ya me estaba acostumbrando y comentó:

-Es una pena que vayas a durar tan poco tiempo”.

Desde entonces, cada vez que ocurría una situación parecida, me volvían aquellas inquietantes e incomprensibles palabras.

Pero yo amaba a Isabelita. Por eso sonreía cortésmente en las visitas, y después disfrutaba del tiempo a solas con la persona que compartiría el resto de mi vida. Por eso no dije nada.

CAPÍTULO 2

Al poco tiempo nos graduamos en la escuela, así que nos dirigimos hacia nuestro nuevo hogar, un  pequeño lugar que nuestras madres habían acondicionado para nosotros.

“¿Nuestras madres?”, te preguntarás. Sí, porque era algo que, desgraciadamente teníamos en común. La mayoría de los padres habían fallecido en una guerra: una tremenda fumigación masiva, justo después de que naciéramos, y si no, por una gran inundación que había tenido lugar en la zona. El caso es que me sentí un poco raro viviendo allí porque era el único macho adulto. Aunque yo no puse ningún inconveniente, mientras estuviera con Isabelita…

Como todos en este mundo, decidimos tener hijos. Y a los pocos días, recibimos la mejor noticia que podríamos tener; que pronto crearíamos una familia.

Seis días después de la maravillosa noticia, tras nuestra sesión diaria de rezos nocturnos, Isabelita parecía taciturna, lúgubre y pensativa, y me aventuré a preguntarle la razón.

-Beli… Te pasa algo. Cuéntame.-Pedí con voz amable mientras le acariciaba el delgado tórax dulcemente.

Ella me miró con esos ojos que me gustaban tanto, y no pude evitar suspirar al ver que no tenía ninguna intención de soltar prenda. Entonces se me disparó la mente; ¿Había conocido a alguien? ¿Ya no me querría?

Desde luego la infinidad de desgracias formaban una lista casi interminable, así que decidí no insistir y, tomándola en brazos la conduje a la habitación. Se dejó hacer, y cayó suavemente sobre la cama, con los labios apretados. Apagué la luz, y me tumbé cuan largo era tras darle las buenas noches con el beso más tierno que pude brindarle.

Llamadme paranoico, pero a los pocos segundos comencé a escuchar ruidos extraños y luces en la habitación, y empecé a ponerme nervioso sin saber por qué. Algo me dijo que mis espaldas no estaban seguras, a pesar de que sólo estuviera Isabelita tras ellas. Por eso me giré para ver qué ocurría.

El grito me salió del fondo del alma.

Isabelita había alargado una pata hacia mí y la tenía abierta alrededor de mi cuello, y con la otra se cubría los ojos de los que brotaban lágrimas silenciosas. Al escuchar el escándalo, dirigió el rostro hacia mí y me miró destrozada, culpable y desesperada.

Tras recuperarme de la taquicardia que amenazó mi salud momentáneamente y de la respiración acelerada a causa del asma calmada gracias al vaso de agua que me trajo Isabelita y las respiraciones pausadas que hice contando mentalmente, Isabelita se sentó a mi lado para proceder a las explicaciones.

Así me enteré de la ley de vida oculta para la población de mantis religiosas masculinas (o sea, para nosotros, y más concretamente, para mí) que nos condenaba a morir a manos de nuestras esposas/novias tras haberles brindado la descendencia de la familia.

Isabelita me juró que no me lo había contado por no preocuparme y que pudiera disfrutar del tiempo que me quedaba, y que mientras, había tratado de rebelarse pero que la presión social era muy grande y que por tanto, era imposible que sobreviviera al haber hecho público el nacimiento de los huevos de nuestra descendencia. Mi vida carecía de sentido en una ciudad de hembras con pequeños que pronto crecerían, en un lugar en el que no éramos aceptados por una ley más antigua que la sálica.

Ya iba a darme por vencido, cuando Isabelita me agarró una pata y me miró suplicante:

-Vámonos lejos de aquí, donde vivamos hasta que la barba blanca te llegue hasta el suelo, y yo tenga tantas arrugas que ya no me reconozcas. Pero donde estemos juntos. Para siempre.

Me asomó una sonrisa de esperanza por el rostro, y tras besarla apasionadamente, nos dispusimos a prepararlo todo para huir de allí.

Llevamos ya un tiempo aquí, instalados en un pequeño recoveco en alto cercano a un arroyo; es un paisaje de ensueño, prácticamente perfecto. Vivimos al margen de la comunidad mantista, y no estamos del todo solos, ya que algunas parejas de libélulas surcan el cielo y nos visitan de vez en cuando, y un grupo de mariposas que suelen hacer excursiones cerca de nuestra casa por el exquisito polen –palabras textuales- único en el mundo.

Pero siempre he tenido esa inquietud y malestar en mi interior, esas ganas de que el mundo sepa que estoy vivo, que es posible que vivamos como iguales hasta el final, con plena libertad de elección. Me gustaría que os dierais cuenta, queridos compañeros y compañeras mantis, de que las cosas cambian, y que no tenemos por qué sentirnos sujetos a una tradición que nuestra especie ha prolongado a lo largo de la historia y que es realmente injusta con nosotros que crecemos convencidos y dando por hecho debemos someternos a ese terrible fin.

Por eso, hago un llamamiento a todo el que quiera escapar de los prototipos de nuestra comunidad y desee, como yo, envejecer junto a la Isabelita de su vida.

 

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  • Jajajajajajajajaja J.M. Boy, ¡¡muchas gracias por leerme de nuevo!! Lo escribí hace tiempo, y lo encontré por casualidad escondido en una carpeta del ordenador, ya cubierto de polvo. ¡Gracias de nuevo!
    Muy bonito, original! Hasta bien entrado el cap. 2 no me he dado cuenta de que no eran humanos, aunque no sabía qué eran, pensaba: se están metamorfoseando delante de mis narices...; insectos urbanitas humanizados al estilo disney. Isabelita dio una prueba de amor y generosidad extraordinaria. Por cierto, Serafín es un ángel de seis alas, ángel de ángeles -mucho más feo que una mantis-. Felicidades.
  • Nada como las tardes de domingo

    En la calle de los exámenes finales de junio, Internado de la Santísima Esperanza, a 4 de junio de 2013.

    ¿Tú piensas alguna vez cómo vas a morir? Seguro que no. No sabes cuál va a ser tu final, pero supongo –si perteneces al 99,99% de la población- que tampoco tienes mucho interés por saberlo. Por eso no le has dedicado un tiempo a pensar, que tal vez, hay algunos (y por supuesto, me incluyo como el que más) que tenemos que asumir la fecha de nuestra muerte.

    Tal vez algún día lo comprendiera.

    Era un día gris, brumoso.

    Ella le mira con curiosidad, mientras que los ojos de él buscan algún punto lejano, tal vez donde las montañas se besan con el lago.

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Escritora en vías de desarrollo, buscadora innata de la suerte. Del club de los soñadores.

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