cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

14 min
Brebaje de felicidad
Fantasía |
20.09.16
  • 2
  • 4
  • 740
Sinopsis

Hasta qué punto un hombre puede amargar sus momentos más felices cuando se encuentra angustiado y deprimido... ¿Volverá Goyo a ser el mismo hombre tras su encuentro "casual" con una desconocida?...

Me llamo Goyo y a diferencia de todos vosotros, compañeros anónimos, lo reconozco: he empezado a beber hace muy poco. Por favor, no penséis que me considero distinto… ¡no es así…! Estoy seguro de que yo he ingerido mucho más alcohol que todos vosotros. Me refiero a que ahora sólo bebo para ser feliz… bebo mi propio brebaje, éste que veis encima de la mesa…

Mi afición por el alcohol empezó como un simple juego, una sencilla apuesta por resistir al tequila. Pasaba gran parte de las noches en un oscuro y mugriento bar. Entre risas, vasitos de tequila y rodeado de personas de las que no recuerdo ni su nombre, escapaba de mi monótona vida diaria a la que me había acostumbrado después de cumplir con mi deber como soldado profesional. Las apuestas a mi favor aumentaban cada noche… me animaba ver gente a mi alrededor para jalear mi nombre. Llegó un momento en que no hacía distinciones: cuando no apostábamos con tequila era con vasos cortos de whisky; cuando notaban que con ello tampoco podían ganarme lo intentaban con vodka… Mi gruesa constitución ayudaba a ganar las apuestas pero, además, mi cuerpo se acostumbró tanto al alcohol que era muy difícil tumbarme.

Esas noches agitadas, daban paso a unas mañanas vacías. Mi cuerpo quedaba destrozado por la fiesta nocturna pues apenas dormía un par de horas antes de levantarme con el estruendo del tráfico. Permanecía en mi casa esperando a que alguien me llamase para darme un simple trabajo… mi única compañía era la televisión y la ginebra que solía comprar un par de veces por semana… las horas caían lentamente como las últimas gotas de una botella de vino… para colmo, a final de cada mes, tenía que soportar las amenazas de mi inflexible casero al que siempre debía varios meses de alquiler...

Y así transcurrían mis días: entre unos cuantos tragos nocturnos rodeado de gente extraña y unas mañanas eternas en compañía de la ginebra…

Sin embargo, todo cambió una tarde de otoño cuando me alarmé al comprobar que tan sólo me quedaban unos tragos en la única botella que guardaba en la cocina. Aproveché para coger todas las botellas vacías que se encontraban dispersas por casa, meterlas en tres bolsas de plástico y bajarlas al contenedor de reciclaje.

Justo antes de empezar a tirarlas, una voz femenina a mi espalda me pidió que no continuase. Al volverme, una mujer gruesa de raza negra, con el pelo alborotado, me esperaba junto a un carrito metálico, de los utilizados en los supermercados, del que colgaba un antiguo radiocasete que murmuraba notas musicales apenas audibles.

Sus negras manos sobresalían en exceso de las mangas de un abrigo largo de color beige estampado con cuadros. Bajo el abrigo, un jersey de cuello vuelto granate, al que le habían crecido bolas, destacaba sobre unos pantalones rosa claro cuya pernera, algo sucia, arrastraba por el suelo. A pesar de su robusta apariencia, sus carrillos rechonchos no ocultaban lo que parecía una sonrisa continuada bajo la cual destacaba su dentadura perfectamente blanca…

- ¡Déjame que las mire… ponlas ahí! -me ordenó señalándome su carrito que se encontraba vacío.

Decidí colocarlas donde me había indicado con mucho cuidado de no romperlas. Antes de regresar a casa, me intrigó lo que haría con ellas así que me quedé unos minutos prestándola atención…

Ejecutaba con rapidez una especie de ritual: sacaba una de las botellas de cristal de la bolsa y examinaba su interior vertiendo en la acera las últimas gotas; después, miraba su contenido con una especie de monóculo multicolor que tenía sujeto en la solapa del abrigo; finalmente, con un amargo gesto de desagrado, lanzaba al interior del contenedor la botella para comenzar de nuevo con otra. El curioso ritual cambió una sola vez cuando, sin hacer ningún gesto, se llevó la botella hacia su nariz para olfatearla antes de dejarla dentro del carrito.

- Diría que no estás pasando una buena época… ¡Esas botellas tenían mucha amargura dentro…! -me dijo volviéndose hacia mí.

- ¿A qué te refieres? -pregunté asombrado por su certero diagnóstico.

-  Un simple vistazo con el monóculo basta para verlo… Pero a mi selecto olfato tampoco se le escapa...

- ¿Acaso eres una especie de sommelier o algo por el estilo?

- ¡Eso me gusta…! -exclamó con una gran carcajada- Sí, puede decirse que soy una sommelier de emociones… Te contaré un secreto que pocos conocen: cuando bebemos dejamos rastro de lo que sentimos… algunas botellas contienen una especie de humillo blanco: nuestros momentos felices… en otras dejamos humo de color oscuro: los momentos tristes. Yo busco botellas vacías, botellas limpias, aquellas que no conservan ninguna emoción… de todas las que ibas a tirar, de momento, solamente me puedo quedar con esta botellita…

- ¿Y con esa lente puedes distinguirlas?

- ¡Claro! ¿Quieres probar? ¡Míralo tú mismo! ¡Toma esta lente que me sobra… te la regalo!

Por un momento pensé que aquella mujer estaba desvariando, pero empecé a cambiar de opinión cuando acerqué la lente a varias botellas de las que quedaban. Aunque a simple vista no se apreciaba nada, al mirar por el monóculo se distinguía una especie de nube flotando de tono muy oscuro.

-  ¿Por qué están medio vacías? -le pregunté mientras seguía escudriñando el interior de las botellas.

- ¡Vaya, así que tú eres de esos…! Primera lección: es casi imposible tener un momento pleno de felicidad o de tristeza… cualquier instante, por pequeño que sea, tiene varios minutos normales… ¡Toma nota! ¡Vamos a tirar todo esto y luego te vienes conmigo… te enseñaré mi bodeguita! Por cierto, me puedes llamar Aura.

Me animó con la cabeza a unirme a ella para lanzar al interior del contenedor las botellas que quedaban. No me terminaba de convencer que el dolor y la angustia se conservara allí dentro. Aun así, tiré con rabia las botellas para que quedasen hechas añicos…

Mientras nos dirigíamos a lo que ella había denominado como bodeguita, subió el volumen del radiocasete que colgaba del carrito. Una alegre melodía de acordeón, a modo de vals, nos acompañó durante todo el trayecto relajando también mis pensamientos… Me hizo gracia ver a una mujer tan grandona acompasando sus anchas caderas a la música.

- Esta caminata me está dando hambre… ¡Toma un trocito de esto! -me comentó mientras de uno de los bolsillos del abrigo sacaba con cuidado un pañuelo de papel que contenía un trozo de bizcocho.

- Te lo agradezco, Aura… Al menos deja que yo te invite a un café en ese bar de enfrente -la contesté mientras le animé a entrar a la cafetería por la que estábamos pasando- Yo soy Goyo.

Dejando el carrito en un lateral de la cafetería, nos aproximamos a la barra en la que dejamos cuidadosamente el trozo de bizcocho y pedimos un par de cafés. Cuando nos sirvieron dos enormes tazones de café con leche con algo de nata por encima, observé los grandes ojos que puso Aura, tan sorprendida como yo, de los recipientes.

Probé el bizcocho que, según me confesó, le habían preparado en una pastelería cercana con una receta que ella misma les había dado. ¡Estaba delicioso! El primer bocado junto con el sorbo de café fue bien recibido por mi estómago que agradecía tomar algo distinto al alcohol al que estaba habituado. Por un breve instante disfruté con la dulzura de aquel bizcocho que mezclaba la suavidad de la masa, ligeramente tostada, con pequeñas virutas de chocolate negro. Volví a abrirlos cuando escuché una gran carcajada de Aura. Me señalaba mi nariz diciéndome con la voz entrecortada que la tenía pringada con nata. Mientras me limpiaba con una servilleta de papel, no pude evitar reírme porque a ella le había ocurrido lo mismo, solo que yo no se lo dije y continuó el resto del camino con la nariz manchada…

Continuamos el trayecto hasta llegar a un banco situado en una calle céntrica de Madrid… Comprendí que aquel simple asiento, con su estructura de hierro y sus listones de madera, era nuestro destino…

Mi cara de sorpresa debió ser percibida por mi acompañante que contestó, con una frase contundente, la pregunta que mentalmente tenía en mi cabeza: “Prefiero vivir aquí que encerrada entre cuatro paredes… libre para acompañarme del ambiente que desee…

Debajo del banco se encontraba, por fin, lo que tan intrigado me tenía: su curiosa bodega… Se trataba de una maleta de piel de color marrón claro, algo descolorida, con arañazos y con sus bordes metálicos levantados. A pesar de su apariencia, conservaba casi intactas dos pequeñas correas en sus laterales que la mantenían bien cerrada.

Apoyó la maleta en el banco para abrirla descubriendo en su interior una gran cantidad de botellas, de diversas formas, un embudo y una mascarilla de color blanco similar a las que utilizan en los quirófanos. Como temía, las botellas parecían estar vacías pero alguna parte en mi interior necesitaba seguir confiando en que realmente conservasen los momentos felices a los que ella se había referido… De alguna forma quería creer que todo aquello no era una absurdez inventada por los desvaríos de una mujer…

- ¡Aquí están todos mis momentos felices! -me dijo orgullosa- Como verás, todas tienen una pequeña etiqueta para que pueda recordar a qué instante de mi vida pertenecen. De esa forma, cuando quiero revivir uno concreto tan sólo tengo que coger la botella, ponerme la mascarilla y relajarme mientras aspiro su interior.

- ¡Vaya, qué simple! Pero algo tan valioso para ti, ¿lo dejas aquí afuera? ¿no temes que nadie te lo robe?

- Escucha bien esto Goyo -me dijo mirándome seriamente- Puede que olvides tus momentos o que hayas perdido la posibilidad de tenerlos, pero nadie puede robarte la felicidad… Lección número dos: no pueden quitarte los instantes alegres que has vivido… ni siquiera las personas que los han compartido contigo pueden arrebatártelos…

Me quedé impresionado por lo que me dijo… Había supuesto que los instantes, alegres y tristes, sólo quedaban impregnados en las botellas cuando consumíamos su contenido…. Pero con lo que me acaba de decir, aún tenía posibilidades… No estaba seguro si todo aquello era una locura, pero necesitaba creer… necesitaba confiar en todo lo que me estaba contado aquella mujer… necesitaba recuperar esos momentos que yo había dado como totalmente perdidos…

- Entonces… ¿quieres decir que puedo llenar botellas con los momentos felices que haya tenido en el pasado?

- ¡Claro que puedes, Goyo! -exclamó sonriéndome con ternura- Túmbate en el banco y presta atención…

Me acomodé en el banco mientras ella introducía el embudo en el interior de la única botella que había salvado de las que le entregué. Lo acercó a mi barbilla, me pidió que tomase aire profundamente varias veces y lo expulsase despacio. Poco a poco mi mente se fue quedando vacía de cualquier imagen; la cara sonriente de Aura se fue difuminando; mi cuerpo se relajó hasta que lo noté prácticamente inerte… Apenas recuerdo los últimos detalles pero cuando estaba a punto de quedarme dormido, expulsé una última bocanada de aire a través del embudo…

Al despertarme, habían transcurrido doce horas y acababa de amanecer. A pesar de seguir tumbado en el banco, noté que mi cuerpo estaba totalmente sereno y descansado. No recordaba esa sensación desde hacía varios meses…

Miré a mi alrededor… no encontré ni la maleta ni el carrito… tampoco estaba Aura. Pero cuando me incorporé para sentarme en el banco me di cuenta que, justamente debajo, había una mascarilla, una lente similar a la que había usado y la botellita vacía que horas antes había estado bajo mi barbilla… Me precipité a mirar con la lente en su interior… comprobé que, ahora sí, contenía una especie de humo de color blanco… con mis manos temblorosas me coloqué la mascarilla en la boca… estaba nervioso por conocer qué contenía, ansioso por saber si era realidad todo lo que me había dicho aquella extraña… así que cerré los ojos y comencé a beber, a inhalar de la botellita…

Por unos instantes aprecié una profunda oscuridad, pero enseguida empezaron a formarse imágenes algo borrosas, fragmentos de mi vida, sabores olvidados hacía mucho tiempo…

Apareció un niño delgado encandilando al resto de sus compañeros de clase… con su puño cerrado creaba la ilusión de que era una manzana que, en su interior, alojaba un gusano juguetón con apariencia de dedo pulgar. La imagen se volvía difusa dando paso a un joven soldado en la última noche de un lejano año… se reía junto a otros compañeros en el interior de una garita que estaban adornando con luces, serpentinas y perifollos. Finalmente, tras otra transición, el joven se había hecho adulto… aplaudía eufórico y con lágrimas en sus ojos a su pequeña sobrina que, disfrazada de payasita, le saludaba alegremente desde encima de un escenario…

Esos tres detalles fueron suficientes para convencerme del todo… tan sólo esos tres momentos bastaron para decidirme a dejar el alcohol y engancharme a otro tipo de bebida… revivir esas tres nítidas imágenes de mi pasado me valieron para empezar a consumir mi propio brebaje de felicidad…

Desde aquel día, dejé de frecuentar el tugurio para, en su lugar, rodearme de la poquita gente que, de verdad, me anima cada día… incluso encontré trabajo como vigilante de un museo, evitando así que mi casero tuviese que aporrear la puerta de mi casa para cobrar el alquiler… tiré por el wáter la ginebra de la única botella que aún tenía por casa y comencé a comprar botellitas decorativas para preparar mi propia bodega…

Esta botellita que veis encima de la mesa forma parte de ella… ¡siempre la llevo conmigo…! Si os acercáis a mirar por esta lente podréis ver una humareda de color blanco… Pero os invito a tomar un trago… poneros la mascarilla y veréis dentro a dos personas caminando tranquilamente con una alegre música de acordeón; a dos desconocidos saboreando una gran taza de café; y escucharéis las risas de esas dos mismas personas mirándose mutuamente su nariz…

En cuanto a Aura, paseo muy a menudo por el banco a distintas horas del día pero no la he vuelto a ver… quizás esté ayudando a alguien que, como yo, perdió en algún momento de su vida esos instantes que nos mantienen vivos; o simplemente siga ampliando su bodeguita en su largo caminar… no lo sé… A veces tengo la impresión de escuchar, entre la brisa del viento, una gran carcajada muy parecida a la suya… puede que esté cerca comprobando que mi bodega no vuelva a quedarse vacía, pero me gusta más pensar que, desde la distancia, sigue abriendo alguna de sus botellas para compartir esos tragos felices conmigo...

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • ¡¡Gracias por tu animo Azote!! Un saludo.
    ¡No desfallezcas!
    Pues gracias de nuevo fénix por tu comentario... Espero que te gusten las cosas que vaya publicando, en especial mis relatos más largos que son los que más me gusta escribir (te pediría que leyeses si tienes unos minutos "La ilusión de Rushill" para que me dijeras)... Gracias de nuevo... Un saludo
    ¡¡Muchisimas gracias fénix!! Creo que tus elogios quizás son un poco exagerados pero los acepto con agrado, jejejeje.... Si pudieras decirme algo que mejorar o algo que no te haya gustado del relato será bien recibido por mi parte... Un saludo y gracias de nuevo...
  • Cuando alguien busca la soledad para compartirla con quien quiere no se siente solo...

    Hasta un pequeño objeto tiene su corazoncito... y se merece su propia historia...

    Hasta qué punto un hombre puede amargar sus momentos más felices cuando se encuentra angustiado y deprimido... ¿Volverá Goyo a ser el mismo hombre tras su encuentro "casual" con una desconocida?...

    Cuando te sientes mal contigo mismo, es bueno tener a alguien cerca que te haga sonreir...

    ¿Por qué el mundo que nos rodea poco a poco se va extinguiendo?...

    Después de treinta años, Justo viaja para dar una gran sorpresa a su madre... pero, ¿será capaz de cumplir su macabro plan?...

    Después de sentirte decepcionado con la gente que más aprecias, ¿volverás a confiar en alguien?...

Desde pequeñito me gustaba escribir redacciones y me encantaban los libros de aventuras (y hoy me siguen fascinando). Para mí escribir supone trasladar las emociones que llevas dentro...

Tienda

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta