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36 min
Brétema
Suspense |
17.07.14
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Sinopsis

Una pareja comienza sus vacaciones en una remota y perdida aldea en la agreste sierra del Courel. No saben que el lugar esconde un secreto que cambiará para siempre sus vidas...

I

El automóvil parecía trazar eternamente las interminables curvas con las que aquella sinuosa carretera había sido tallada sobre las laderas de la montaña. Mario aferraba el volante mostrando la inexperiencia de quien está únicamente acostumbrado a las rectas estradas castellanas, mientras Laura consultaba un mapa albergando la esperanza de ubicar su situación en aquel paraje solitario. El maldito Navegador hacía rato que se había empeñado en señalar que el vehículo circulaba por en medio de las praderas, y si por él fuese se hubieran despeñado ya por un barranco. Al fin, tras llegar a un cruce, un cartel con varias indicaciones les recordó que en aquel lugar, contra lo que pudiera parecer, también podían hallarse atisbos de civilización. Bajo la señal de tráfico, una pequeña tabla de madera con forma de flecha apuntaba hacia su izquierda. En ella podían leerse las palabras por las que llevaban horas suspirando: Posada O Forno de Pan, y debajo un número tantas veces maldito seguido de su correspondiente unidad de distancia, 13 km. Por fin se hallaban en el buen camino.

Mientras Mario continuaba enfrascado en su particular batalla con la carretera, Laura se permitió levantar la vista y dejar que sus ojos volaran libres sobre el paisaje de la agreste Sierra del Courel, en las estribaciones Orientales de la provincia de Lugo. Ondulados montes cual turgentes senos de mujer se recortaban hasta donde alcanzaba la mirada, encerrando entre sus escarpadas laderas un valle salpicado de verdes prados y frondosos bosquecillos, por el cual serpenteaba travieso un curso de agua que reflejaba con alegría los últimos haces luminosos con que el astro rey acariciaba en esa tarde del mes de Abril aquel Edén hecho realidad. En algunos pastizales rumiaban, despreocupadas, orondas vacas cebadas con el cetrino alimento que como un maná brotaba de aquella tierra generosa. A través de la ventanilla abierta se colaba el olor de la hierba tostada por el sol del atardecer, de las flores que comenzaban a adornar de guirnaldas las cunetas y, de vez en cuando, de un rústico tufillo a bosta de vaca. Aquel paisaje idílico y la perspectiva de pasar la Semana Santa en una casa rural que parecía jugar a las escondidas con la civilización presagiaban unas vacaciones perfectas.

Tras algo menos de media hora llegaron a su destino. Estacionaron en un campo situado a pocos metros, dispuesto para hacer las veces de aparcamiento y en el que reposaban unos cuantos automóviles cual modernos bovinos rumiando las horas. Tomaron su ligero equipaje y se dirigieron hacia el caserío. Frente a él se desplegaba un pequeño jardincillo atravesado por un zigzagueante camino enlosado que conducía a la posada. El césped estaba un tanto descuidado y los hierbajos se inclinaban sobre las piedras lamiendo el calzado de quienes se internaban por el sendero. Un rústico hórreo se levantaba altivo sobre la hierba, reivindicando ante los foráneos su antiguo oficio como depositario de las doradas mazurcas de maíz.

La casa rural era una típica edificación gallega construida en grandes bloques de piedra reverdecida por el musgo, entre los cuales despuntaban pequeños ventanucos con marcos y contraventanas de madera. En el tejado grandes lascas de pizarra negra se superponían, dispuestas para sacudirse durante el crudo invierno la nieve caída, igual que un mastín libera su pelaje tras un abundante baño. A un lado de la vivienda se levantaba un pétreo cobertizo que entre sus ennegrecidas paredes cobijaba un antiguo horno para cocer pan. Era éste apéndice de la edificación un auténtico museo rural, con reivindicativas hoces y curvadas guadañas colgando de sus muros, rodeadas por grandes rastrillos de madera a los que faltaba algún diente y anchos sombreros para protegerse del sol durante la siega, y un enorme yugo de cuerpo de roble que en el pasado sin duda subyugaría alguna yunta de recios bueyes. Media docena de balas de paja apiladas contra una de las paredes hacían las veces de ambientador, regalando su carismático olor a hierba seca.

Cuando los dos jóvenes penetraron en la casa, los martilleantes ladridos de un perro enfurecido todavía resonaban en el exterior. En la planta baja se abría un amplio salón en el que varias mesas aparecían ya dispuestas para la inminente cena. Tras una barra escoltada por tintadas botellas de vino se afanaba un hombre encorvado, de cabello completamente cano. Los recibió con una sonrisa espontánea, mostrando la falta de alguna pieza dental. De verbo fácil y lengua parlanchina, mientras tomaba sus datos les contó, con una voz perlada de un marcado acento gallego, que regentaban el establecimiento él mismo y su mujer, la cual en esos momentos debía hallarse en la cocina siempre y cuando no estuviese marujeando con alguna vecina. Al cabo de un rato les tendió un llavero con el número 106 tallado en la madera y señaló la escalera por la que se subía a las habitaciones.

 

II

Laura abrió las ventanas de par en par, dejando que el prístino aire de las montañas fuese aspirado por las pétreas paredes, y de paso, por sus pulmones. Las maletas reposaban en el fondo de un armario ya vaciadas de su carga, y el vaho húmedo que tras la ducha flotaba en el ambiente perfumaba la habitación con un aroma a lavanda. Vestida únicamente con la ropa interior se tendió sobre la cama, mientras Mario terminaba de asearse. Cerró los ojos y se dejó abandonar al albedrío de sus pensamientos, al tiempo que un pequeño grupo de tenores y sopranos emplumados le regalaban un concierto tejido de trinos y gorjeos. Un beso asfixiante la despertó, y una mano descarada se tomó la libertad de bailar con sus caderas. El cuerpo fornido de Mario se sentaba sobre sus piernas, un cuerpo marcado por una vida todavía corta y sin embargo vivida en ocasiones con una intensidad a veces desmedida. Una cicatriz atravesaba su pecho musculado, recuerdo de sus no tan lejanos tiempos de pandillero en los que día si, día también, terminaba metido en alguna reyerta. Nunca podría agradecer a Laura lo suficiente el haberlo sacado de ese mundo sórdido por el cual se sentía devorado sin remedio, hasta que una morena de ojos castaños y piel trigueña lo había arrancado de las fauces de aquella existencia anodina, consiguiendo centrarlo en otros objetivos. En memoria de tal hazaña, y como expresión de la devoción que Mario le profesaba, el nombre de Laura podía leerse dibujado en letras góticas sobre el hombro izquierdo del muchacho. Las anchas manos del chaval no tuvieron que trabajar demasiado para despojar a aquel cuerpo espigado de la poca ropa que vestía, mientras en su rostro lucía una pícara sonrisa. Al coro de los alegres pajarillos que no habían dejado de obsequiar a la pareja con sus cánticos vespertinos, se acompasaron los rítmicos jadeos de dos enamorados haciéndose el amor, mientras los últimos rayos del sol al atardecer se ponían de puntillas para tratar de continuar observándolos a través de la ventana.

Llegaron tarde a cenar, la mirada traviesa de la anciana que corregentaba el local hacía suponer que habría adivinado el motivo. El salón se encontraba casi a rebosar, y el murmullo de las conversaciones se diluía en la acalorada atmósfera. Se sentaron a una mesa libre en una recóndita esquina de la estancia. Desde allí podían divisar casi sin ser vistos a los demás comensales, junto con algún paisano que en la barra se tomaba una taza de vino. Pidieron la cena, empanada gallega, tortilla de patatas y un único chorizo al infierno para compartir, no fuera a ser que aquel manjar para ellos desconocido condenase todavía más sus pecaminosas almas. El primer plato se hizo esperar, estando los cocineros tan ocupados con aquel lleno que iniciaba la temporada. Mientras tanto, Laura intentaba llamar a su familia, más la cobertura en aquel escondido lugar todavía no había establecido residencia fija. Finalmente los típicos manjares fueron desfilando uno a uno, al principio devorados con los ojos, después engullidos y saboreados por un par de paladares que dieron su aprobación a aquella rústica muestra culinaria. Llegaron los postres, tarta de santiago para ella y de la abuela con galleta y chocolate para él. Dando buena cuenta de ellos estaban cuando una voz ronca se elevó por encima del uniforme murmullo.

- ¡Preparaos, inconscientes, porque ahora coméis y bebéis sin preocupaciones, pero tal vez mañana ya no estéis aquí para seguir ocupando vuestro tiempo en banalidades!.

Un hombre harapiento, que un instante antes bebía sentado a la barra, se había levantado y profería altisonantes alaridos. En una de sus manos sostenía una cuenca de vino que salpicaba el líquido a su alrededor con cada braceada que daba. Vestía unos ropajes sucios y remendados, su pelo gris formaba una madeja enmarañada que a buen seguro no había sido peinada en mucho tiempo. El rostro estaba poblado por una descuidada barba larga y mugrienta, teñida con el violáceo color del tinto. Se apreciaba claramente en el tono de la voz que estaba ebrio.

- ¡Tú, y tú… y tú también…! – gritaba mientras su dedo índice apuntaba al azar a la sorprendida concurrencia – .¡Cualquiera puede ser el próximo, cualquiera puede ser el escogido!.

El anciano tabernero se situó junto al hombre e intentó calmarlo. Otro paisano vestido con chaqueta de lana y boina calada se acercó a ayudar. Los tres parecían conocerse, los gestos intercambiados daban a entender que no era la primera trifulca que el vagabundo escenificaba. Entre los dos lo tomaron de los brazos y fueron acercándolo hacia la salida. El mendigo, lejos de calmarse, prosiguió con su nocturno concierto de improperios.

- ¡Ella, ella vendrá y os arrebatará lo más preciado…! – sentenciaba cual profético y apocalíptico Mesías – ¡Puedo sentir su presencia, Ella está aquí de nuevo…!.

No sin dificultades consiguieron arrastrar al vagabundo fuera del local, con la colaboración de otro par de paisanos que se sumaron a tan ardua labor. Era evidente que aquel anciano andrajoso y borracho no estaba en sus cabales. Poco a poco la normalidad volvió a instalarse en el salón, y los corrillos llenaron de nuevo con sus murmullos el espacio vacío que segundos antes había ocupado el silencio. Mario y Laura hundieron otra vez las cucharillas en los postres deliciosos que a medio devorar suplicaban un poco de atención, pero el sabor de los últimos despojos ya no era el mismo. La pareja no fue consciente de ello pero, como si se hubieran puesto de acuerdo, todos los aldeanos que minutos antes bebían junto a la barra se fueron marchando, tal que si les fuera la vida en llegar cuanto antes a sus casas.

 

III

La mañana amaneció clara, un sol radiante se desperezaba estirando sus extremidades hasta acariciar la tierra, espantando las brumas que de mala gana se resistían a dejar de abrazar el valle. Tenues nubecillas deshilachadas trotaban asustadas cual ovejas descarriadas a través del cielo azul, mientras una ligera brisa del oeste silbaba alegre entre los árboles, milenarios seres erguidos sobre sus leñosos troncos ovacionando con su agitado follaje el concierto de trinos matutinos que batían el aire con alas invisibles. Los cencerros del ganado competían con los acordes de los pájaros, acompasando su metálico tintineo al corazón de los madrugadores pastores que empapaban sus pisadas con el argénteo rocío de la noche, mientras el caminar renqueante de un carro de bueyes helaba con su rechinar de tablas la savia en los robles todavía altivos, intuyendo cual podía ser su inevitable final. Un lejano aullido saludó el nuevo día, tal vez un perro, quizás un lobo solitario implorando por el destino de su raza, y un coro de ladridos desordenados respondieron sin demora, dulce sucedáneo del ahogado canto del lupus signatus que antaño reinaba sobre las verdes hondonadas.

Ese día tocaba caminar, y la pareja de enamorados se levantó con las primeras luces para acometer la ruta que tenían programada. Tras un desayuno copioso y después de hacerse con unos bocadillos y bebida fría que metieron en las mochilas junto con un cargamento de ilusiones, abandonaron la posada y se internaron por un zigzagueante sendero que se adentraba en el valle. El itinerario no presentaba excesiva dificultad, el primer tramo descendía en pronunciada pendiente desde la loma hasta el corazón de la vaguada, enlazando con una vereda que discurría junto a un río transparente perlado de torrentes cantarines que encanecían por momentos las crestas de las aguas. Tras sobrepasar una vieja casa abandonada y ruinosa se atravesaba un desnivel por un puente colgante armado de viejos tablones, y después de caminar poco más de una hora la senda ascendía de nuevo junto a un conjunto de antiguos molinos enfilados cual disciplinados soldados a lo largo de la ladera. Culminaba la ruta un hermoso mirador desde el cual se podía divisar el valle con una despejada vista de los alrededores. El recorrido les ocupó toda la mañana, y cuando llegaron a la cumbre aprovecharon para zamparse los bocadillos que habían viajado con ellos en las mochilas. Tras realizar las obligadas fotografías, como si fuesen dos alpinistas que acababan de coronar cualquiera de los ochomiles del Himalaya, emprendieron el regreso con paso sereno, disfrutando de todos los encantos que les brindaba el paisaje.

Pasaba ya de media tarde cuando una bruma espesa empezó a caer sobre el valle, escondiendo el sol a sus ojos. Era una niebla extraña, con una textura granulada y consistente, que ocultaba todo cuanto tocaba a pocos metros de distancia. Se mantenía suspendida por encima de una de las colinas circundantes como si bajase un alud desde las montañas, pero sin embargo el lecho del río se hallaba libre de su influencia, igual que si las aguas la repeliesen. La temperatura descendió bruscamente y comenzó soplar una desagradable brisa que parecía provenir de todas partes y de ninguna al mismo tiempo. Laura se puso una chaqueta, ocultando la piel de gallina que dejaba al descubierto la escasa blusa que llevaba. Frente a ellos el sendero trazaba una curva, y en su borde un reverdecido prado ascendía en ligera pendiente hasta ser coronado por una hilera de frondosos robles, que aparecían difuminados entre la niebla aparentando la portada de una terrorífica novela. La escena era hermosa y extrañamente inquietante a un mismo tiempo.

 Acuciada por un repentino impulso, Laura comenzó a correr ladera arriba hacia los circunspectos robles desdibujados, mientras su risa infantil llenaba el silencio que se dejaba oír en aquel paraje. A medio camino se detuvo y se volvió hacia Mario, con una sonrisa traviesa que le cruzaba el rostro. “Sígueme” le gritó juguetona desde la distancia, y cuando vio que su chico avanzaba hacia ella continuó la carrera. Mario observó como su silueta se diluía hasta perderse en el blanco merengado que pintaba los árboles. Ascendió por la ladera hacia donde se había esfumado, más a medida que caminaba la niebla parecía encogerse, como si hubiese cobrado  vida y escapara asustada. Cuando llegó a la cima de la loma, el esquivo fenómeno meteorológico ya lamía su base en el lado opuesto, dejando al descubierto las praderas que tapizaban la campiña. Atisbó el horizonte a su alrededor, pero no consiguió localizar a Laura. No puede haber desaparecido así como así, se dijo concentrándose nuevamente en el llano. Voceó su nombre al viento varias veces, sin éxito. Era como si el dulce amor de su vida jamás hubiera estado allí.

 

IV

Comenzaba ya a caer la noche, y el comedor de la Posada O Forno de Pan empezaba a llenarse con el habitual revuelo. Una espesa bruma cubría el valle y la temperatura fresca había impulsado a los huéspedes a recogerse antes de lo habitual. Parapetado tras la barra, el viejo tabernero se revolvía inquieto, lo invadía una sensación olvidada hacía décadas, escondida en el rincón de la memoria en el que se guardan los recuerdos tapiados con el muro del olvido. Su anciana mujer, refugiada entre cazuelas y fogones, mataba su misma ansiedad concentrándose en el estofado que se hacía a fuego lento. Ninguno de los aldeanos que habitualmente bebían a última hora de la tarde había hecho su aparición, y el posadero sabía que esa noche no vendrían. La niebla que caía al atardecer sobre el valle traía también consigo leyendas no escritas pero sin embargo grabadas a fuego en la memoria colectiva del lugar.

Cuando la puerta exterior se abrió de repente y el joven Mario hizo su entrada, el anciano suspiró aliviado. Cuando comprobó que llegaba sólo, el vaso que sostenía cayó al suelo con un sonoro estrépito, haciéndose añicos igual que sus esperanzas.

- ¡Tienen que ayudarme! – a penas pudo gritar el chaval con la respiración entrecortada – .Mi novia ha desaparecido. ¡No encuentro a Laura!.

Un murmullo recorrió la estancia, los que estaban sentados se levantaron de sus mesas y se acercaron al muchacho, interesándose por lo acontecido. Éste, algo más recuperado, les contó la extraña desaparición de la chica. Se había pasado la tarde buscándola, tratando de encontrar alguna sima, algún pozo o desnivel donde hubiera podido caer, llamándola a gritos por los prados, sin resultado alguno. Desesperado, al caer la noche se resignó a no poder hacer nada más el sólo y decidió correr a buscar ayuda. En el desorden caótico que siguió al relato del chaval todos quisieron aportar ideas, que si había que llamar a la guardia civil, que si iban a organizar una partida de búsqueda, que si deberían conseguir cuerdas y linternas, que si en la aldea tendrían canes que podrían seguir el rastro… decenas de soluciones y ninguna propuesta en firme. Entonces la voz de la mujer del tabernero, la cual se había acercado sin hacerse notar desde la cocina, sonó autoritaria por encima del barullo.

- Me temo que ninguna de esas cosas servirá de nada – dijo con severidad.

Se hizo un silencio sepulcral, los rostros se volvieron hacia ella, su anciano marido la miraba como si temiera que fuese a revelar un secreto de confesión.

- No jugamos con poderes de este mundo, y las soluciones que debemos perseguir no pueden ser tampoco las habituales – sentenció.

- ¿Qué es lo que quiere decir? – le apremió Mario, al que urgía alguna respuesta que le ayudase a entender lo ocurrido.

- Debo contarles algo, algo que llevaba muchos años sin suceder, algo que todos habíamos creído olvidado de tanto desearlo, pero que desgraciadamente ha vuelto esta noche.

- Sea lo que sea aquello que sepa, dígalo – respondió una voz dentro del grupo.

La vieja puso cara de resignación, jamás hubiera deseado tener que relatar aquella historia, pero la obligación podía más que el deseo.

- Nuestros abuelos, y a ellos sus padres, y a éstos sus antepasados… transmiten de generación en generación el oscuro secreto de éste lugar, que se remonta tanto tiempo atrás que nadie sabe cual fue su origen. Cada cierto tiempo, a veces unos pocos años, otras veces décadas enteras, la gente desaparece en el valle. Nadie puede predecir cuando ocurrirá, nadie sabe a donde van los que se fueron, nunca se han vuelto a ver. Lo único cierto es que siempre coincide con la llegada de La Niebla, esa niebla extraña, espesa como mantequilla. Los que se marchan, lo hacen siempre envueltos en Ella, para no regresar jamás.

- ¿Pero, ustedes lo sabían, sabían que iba a pasar esto? – vociferó Mario.

- No, querido joven – respondió serena la abuela – .La última vez sucedió hace más de dos décadas, hace tanto de eso que casi lo habíamos olvidado.

- ¡Tiene que haber algo que podamos hacer! – insistió el muchacho.

A su alrededor había rostros compungidos, pero la mayoría eran de incredulidad ante aquella insólita leyenda que estaban escuchando.

- Nadie sabe a donde van los desaparecidos… – interrumpió el tabernero – .Pero hay algo que quizás…

- ¿…Qué quizás que…? – dijo Mario al tiempo que fuera de sí agarraba por las solapas al anciano.

- Dicen que el viejo vagabundo, el borracho… dicen que él ha estado en La Niebla… y ha vuelto.

- ¿Dónde está? ¿Dónde puedo encontrarlo? – suplicó.

- Suele pasar la noche en la vieja casa abandonada que hay antes de llegar al puente, en la ruta de los molinos – añadió la anciana con la voz desolada.

No bien hubo terminado la mujer de pronunciar sus palabras, Mario salía por la puerta corriendo todo lo aprisa que le permitían sus piernas. Le gritaron que no se fuera, que aquello era una locura, pero nadie se atrevió a salir tras él.

 

V

El caluroso día había sido sustituido por una noche gélida. Mario jadeaba exhalando un aliento que se vaporizaba al contacto con el aire, mientras trotaba por un sendero sólo iluminado por una luna pálida como la muerte. Allá en el valle, la niebla todavía envolvía parte de su contorno, destacándose como una mancha blanquecina en medio de la negrura. Recordaba la casa que había mencionado el anciano, unas paredes de piedra ruinosas y una techumbre que a penas se aguantaba por las vigas carcomidas. Los minutos se tornaron eternos, hasta que al fin llegó a su destino. Empujó una vieja puerta de madera, que se quejó al abrirse con un crujido herrumbroso. El interior estaba oscuro, únicamente iluminado por los débiles haces que la luna dejaba caer sobre los restos del tejado. Tuvo que esperar a que los ojos se le acostumbraran a aquel espacio lóbrego, y tras unos segundos pudo percibir una luz que bailoteaba contra una de las paredes. Se adentró a tientas por un laberíntico pasillo de muros desplomados, hasta que llegó a una estancia más abierta. En el centro languidecía una tímida hoguera, suplicando con su desesperado crepitar por su leñoso alimento. Con la espalda apoyada contra un muro descansaba el mendigo, inmóvil y con la mirada perdida en el infinito. Mario se acercó pisando las irregulares piedras sembradas por el suelo, y se arrodilló frente a él. Temblaba, y sus labios se movían musitando algo como si recitase una letanía.

- Me han dicho que usted ha entrado en La Niebla. Necesito que me ayude, mi novia se ha perdido – le espetó Mario, visiblemente nervioso.

El vagabundo ni se inmutó, parecía estar en alguna especie de trance y no respondía a ningún estímulo.

  - Oiga, le he dicho que necesito saber como recuperar a mi chica, ¿es que no me ha oído? – insistió el chaval.

Era como si hablase con un difunto, el cuerpo del pordiosero estaba ante él, pero su espíritu semejaba hallarse en otra parte. Mario perdió definitivamente los estribos, no tenía tiempo ni paciencia para andarse con rodeos.

- ¡Dígame que puedo hacer, maldita sea, dígame algo! – gritó sujetando al anciano por las solapas, mientras lo sacudía con sus brazos fornidos.

El andrajoso indigente entornó la mirada y fijó sus ojos cansados en el chaval. Una burlona y casi imperceptible sonrisa se le dibujó en los labios agrietados.

- ¡Ella!. ¡Ella vendrá, y se llevará lo que más quieres! – musitó en su monótona letanía, y de nuevo su mirada se perdió en un vacío que iba mucho más allá de lo que Mario podía alcanzar.

El muchacho comprendió que desperdiciaba su tiempo, nada podía sacar de aquel viejo harapiento. Sólo le quedaba una cosa por hacer, y estaba decidido a llevarla a cabo.

 

VI

Las sombras de la locura son amargas como un trago de limón, lóbregas como la mente de un asesino, solitarias como cuando tú no estás, a veces apacibles como la mar tras la tormenta. Pero más terrible aún es la cordura cuando enciende una vela escuálida y las espanta. El viejo mendigo recordaba vagamente al joven que había estado frente a él unos segundos antes. Le había contado algo sobre una chica desaparecida, la había menciona a Ella, y después se había ido. Aquel rostro sumido en el desconcierto evocaba algo entre sus torturados recuerdos, le parecía haberlo visto con anterioridad, pero todo se entremezclaba como en una nebulosa en el interior de su cabeza, hasta que un súbito fogonazo iluminó su mente, y entonces supo lo que le inspiraba aquel muchacho desesperado, y era importante. Quizás todavía estuviera a tiempo, quizás todavía pudiera evitarlo.

 

VII

La noche se había vuelto de un azul pálido a los pies de La Niebla que burlona lamía la orilla del río. A Mario le pareció que lo miraba, desafiante, le pareció que se carcajeaba de su desdicha, que se regodeaba en su sufrimiento porque Ella le había arrebatado lo que él más quería. Si eso era lo que deseaba, si tenía que pelear por recuperar al amor de su vida, estaba dispuesto a asumir las consecuencias hasta su último extremo. Con paso firme avanzó hacia la masa blanquecina y etérea, esta vez Ella no huyó, sinó que se quedó esperándolo, hasta que el muchacho se fundió con sus entrañas y su cuerpo se difuminó en la fría noche. El vagabundo contemplaba la escena a varios metros de distancia. Había llegado tarde, como siempre. Ahora sólo quedaba una cosa por hacer, sólo quedaba un lugar a donde ir.

 

VIII

Una pequeña multitud continuaba reunida en el salón de la Posada. Esperaban, sin saber muy bien a qué. Se había servido una frugal cena que pocos se decidieron a probar. De todos los presentes, el silencio era el que más hablaba. De vez en cuando alguno se asomaba al exterior para atisbar si alguien regresaba, pero al cabo de un rato volvía a refugiarse al calor de las brasas. En ello estaban cuando algo se apoyó en la pesada puerta y la manilla comenzó a girar. Unos se apartaron, asustados, otros hicieron ademán de acercarse, cuando al fin el portón se abrió y una figura se recortó en el umbral. De las tres personas que podrían haber entrado por ella, la que vieron era a la que menos esperaban.

La esbelta silueta de la joven Laura trastabilló al poner sus pies en la sala. Tuvieron que agarrarla para que no cayese. Sus ropas y cabello se hallaban completamente empapados y se estremecía visiblemente. Parecía desorientada, y en sus bellos ojos refulgía el más absoluto terror. La levaron junto a una silla y trataron de calmarla. Tardó unos minutos en serenarse y conseguir pronunciar alguna palabra. La voz que salió de su garganta temblaba al igual que su cuerpo.

- Llevo días vagando en medio de la niebla – lloriqueó – no sabía donde estaba.

- No, mi niña – dijo la anciana posadera mientras la acariciaba el pelo – .Ha sido esta tarde cuando desapareciste. Sólo han sido unas horas.

- Le juro que llevo días caminando – aseveró la chica entre lágrimas.

- Ha perdido la noción del tiempo – insinuó alguien entre la multitud.

La anciana le agarró las manos. Estaban heladas y acartonadas por la humedad. Empezó a frotarlas con suavidad tratando de hacerlas entrar en calor, cuando algo llamó su atención. El reloj de pulsera de la joven marcaba la hora exacta, pero la fecha… la fecha era el 27 de Abril. ¡Tres días después del momento en el que se encontraban!.

 

IX

Ninguno de los presentes acertaba a comprender cuanto ocurría, todo acontecía tan deprisa que les costaba asimilarlo. Era difícil imaginar una situación más inverosímil, todavía no sabían que las sorpresas que les deparaba aquella noche no habían hecho sinó comenzar. La puerta exterior se abrió de nuevo con un estruendoso golpe. Las cabezas se giraron, algunas gargantas emitieron una exclamación ahogada, los ojos se abrieron como ensaladeras. El zarrapastroso vagabundo llegó jadeante. Dirigió una mirada a su alrededor, hasta que sus ojos se posaron sobre la joven aterida que sollozaba sentada en una silla. Se abrió paso, empujando a cuantos se interpusieron en su camino, y se arrodilló ante ella. La expresión mudó en su rostro, sus pupilas cobraron vida, los labios le temblaron tratando de hallar las palabras adecuadas. Sólo el fuego del hogar se atrevía a quebrar el silencio, hasta que el mendigo fue más valiente que las llamas.

- ¡Llevo años buscándote! – exclamó – .¡Llevo años vagando tras de ti, en La Niebla!.

Un murmullo se dejó oír en la sala. La joven interrumpió sus sollozos para levantar la vista hacia aquella faz desaseada. Entonces, ante el asombro de todos, el mendigo se despojó de su chaqueta, y quitándose la raída camisa dejó ver el torso desnudo. Una cicatriz le cruzaba el pecho. En su hombro izquierdo todavía se podía leer un nombre grabado en letras góticas, “Laura”.

 

X

La madrugada acunaba entre sus brazos el valle, La Niebla le cantaba nanas al oído. Había ascendido por la colina y casi se podía escuchar como llamaba a las puertas de la posada, ni los más viejos del lugar recordaban algo semejante. Tras la ajetreada noche, los habitantes del caserío no pudieron hacer otra cosa que irse a dormir, esperando que la mañana llegase con nuevos bríos. La anciana posadera se quedó acompañando a Laura en su habitación, y al mendigo le hicieron sitio sobre un sofá en el salón de la planta baja, junto al fuego del hogar.

Pasadas las tres, unos pasos se dejaron oír en las escaleras que bajaban de las habitaciones. Laura atravesó la estancia con andar quedo, acercándose a la lumbre. Tomó una silla y se sentó frente al anciano, que reposaba tendido con unas mantas cubriéndole el cuerpo. El viejo no dormía, abrió los ojos y se la quedó mirando, mientras la luz irregular de las llamas proyectaba claroscuros sobre su rostro sereno. Pasaron varios minutos en los que ninguno de los dos dijo nada.

- ¿Saliste a buscarme, verdad? .Saliste a buscarme y entraste tras de mi en La Niebla. – musitó por fin Laura.

- Me interné en La Niebla, si, pero nunca pude regresar – replicó el vagabundo con serenidad. El brillo desvaído de la locura parecía haber sido desterrado definitivamente de sus ojos.

- Es fría – se quejó la chica, temblando.

- Un frío que te cala el alma – confirmó el anciano.

El mendigo tomó una de las mantas que lo cubrían y la tendió por encima de los hombros de la muchacha. Ésta le dedicó una sonrisa cohibida.

- Durante mi tortuosa vida he entrado y salido varias veces de La Niebla, pero Ella nunca quiso devolverme al lugar y el momento que me pertenecían. Llegué a perder totalmente la noción de la época en la que me encontraba.

- ¿La conoces? – inquirió la muchacha con un hilo de voz que a penas se elevó por encima del chasquear de la lumbre.

- Nunca se la conoce lo suficiente, pero quizás nadie la conozca tanto como he llegado a conocerla yo.

El silencio se invitó por un momento a aquella conversación de dos. Mario la miró a los ojos, unos ojos que guardaban en sus hermosas pupilas la ternura suficiente como para llenar más de una vida.

- ¿Qué es La Niebla? – inquirió Laura, queriendo saber más.

- La Niebla es hija de Hades y Crono, vástago del infierno y heredera del tiempo – contestó el anciano, tras haberse tomado un tiempo para pensar – .La Niebla es un camino a través de los días, los minutos y los segundos, quien se adentra en Ella comienza un viaje en el que los ciclos transcurren a su propio ritmo, quien sale lo hace en una época temporal diferente a la que ha entrado.

- ¿Quieres decir que se mueve hacia delante en el tiempo? – preguntó la chica, sin comprender del todo.

- O hacia atrás, a La Niebla le es indiferente.

- En ese caso no hay esperanza – dijo ella, resignada.

- La Niebla tiene sus propias reglas – añadió el anciano negando con la cabeza – su propio mapa de carreteras para viajar de un tiempo a otro. Lo aprendí demasiado tarde, hacía ya demasiado que te habías ido.

- Quieres decir que se puede viajar a donde se quiera… – apuntó Laura.

- Se puede viajar en pos de un sentimiento. El lugar temporal a donde te guíe no es algo que esté en tu mano, irás donde ese sentimiento te lleve – sentenció el mendigo, como si estuviese impartiendo una clase magistral.

- No se me ocurre sentimiento más fuerte que el amor – dijo Laura convencida.

- Cierto – asintió el vagabundo.

Una tras otra cuatro campanadas sonaron en un viejo reloj, recitando las horas. Tras esa pausa impuesta, la voz de Laura sonó de nuevo en la estancia.

- Tengo miedo – susurró.

- Yo lo tuve durante mucho tiempo. Después dejó paso a otra clase de locura.

- No se que debo hacer.

- Lo sabes, pero te asusta – afirmó Mario – .Debes guiarte por el corazón, ese es el único secreto. Aún todo está reciente, podrás lograrlo.

- ¿Y tú? – se preocupó la chica.

- Yo ya había perdido la esperanza, el destino siempre me había negado mi único e irrealizable deseo. Hoy ese deseo se ha hecho realidad, ya puedo descansar en paz.

- No es justo que me vaya ahora, no después de todo lo que has sufrido – añadió Laura al tiempo que tomaba entre sus manos las del anciano.

- Lo que no es justo es que él pase por todo lo que he pasado yo, mi niña. Éste ya no es tu lugar, no temas, y haz lo que tengas que hacer.

Los ojos de Laura se empaparon en lágrimas, que cayeron sin disimulo por sus sonrosadas mejillas. Un mar de sentimientos alimentaba una tormenta en su corazón, el miedo se peleaba con la tristeza, la esperanza nadaba intentando asomar la cabeza entre las olas y robar una bocanada del denso aire cuyas moléculas estaban formadas de tenacidad. Miró a aquel viejo harapiento, su cuerpo había envejecido, más sus ojos seguían siendo los mismos del chaval del que se había enamorado, el maldito tiempo no había podido cambiarlos. Se inclinó hacia delante, y con toda la dulzura que cabía en su delgado cuerpo besó los labios agrietados de aquel vagabundo que un día, tiempo atrás, le había susurrado al oído palabras candentes mientras le hacía el amor. Lágrimas de dos cuerpos diferentes se fundieron en ambos rostros antes de que aquel momento mágico se diluyese en la fría noche, como si sólo hubiese existido en los recuerdos. Sin pronunciar palabra, Laura se levantó, miró por última vez el cansado rostro del anciano, y dando media vuelta caminó hacia la puerta con su andar etéreo. Tras un segundo de vacilación, atravesó el umbral para inmolarse en el insondable precipicio de La Niebla.

 

XI

No se volvió jamás a ver a Laura y Mario, tal y como predecía la leyenda acerca de cualquiera que se hubiese internado en La Niebla. El caso fue denunciado y se abrió una investigación policial, que terminó cerrándose en falso, clasificándose como una de las muchas desapariciones sin resolver. La prensa local dedicó unas cuantas líneas al suceso en los días subsiguientes, hasta que el asunto terminó olvidado en las hemerotecas. Respecto al viejo vagabundo, fue hallado muerto a penas un par de semanas más tarde, tirado sobre el fango en uno de los caminos que discurrían por el valle. Nadie reclamó su cadáver, y fue enterrado en la más absoluta soledad en una tumba anónima, en el recogido cementerio de la aldea.

 

XII

Un automóvil estacionó en el espacioso prado que hacía las veces de aparcamiento junto a la posada. A su lado pacían aletargados otros tantos vehículos, cual modernos bovinos rumiando las horas. Dos personas descendieron y se dirigieron hacia la edificación, sobre un camino enlosado enmarcado por un césped cuidadosamente cortado. Cuando entraron en la casa, un perro en el exterior no dejaba de ladrar. Tras la barra, escoltada por regias botellas de vino, se movía con agilidad una vivaracha adolescente. Era menuda y delgada, su cabello largo y moreno le caía sobre la espalda en una elaborada trenza. Vestía una camiseta clara y unos vaqueros desgastados. Los saludó con una amplia sonrisa, mostrando una hilera de dientes blancos como el azúcar. Tenía una voz hermosa y cantarina, y cada palabra que pronunciaba la adornaba con un musical acento gallego, pareciendo que quería comenzar a recitar un verso. Les tomó los datos sin dejar de sonreír, al  tiempo que se interesaba por su plan para esas vacaciones.

- Mañana teníamos pensado hacer la ruta de los molinos – le comentó Laura – .Nos han dicho que es preciosa.

- Sí, en verdad lo es – añadió la chica – .Pero mañana va a hacer un tiempo terrible en el valle, creo que haríais mejor en dejarla para otra ocasión.

- Que raro, si no se ve una nube y está un día estupendo – se extrañó Mario.

- Creedme – dijo la muchacha entre risas – .Os lo dice alguien que se ha pasado aquí toda la vida, y que conoce muy bien el clima cambiante de este lugar. Presiento cuando caerá la niebla.

- Siendo así… – dudó Laura.

- Sé de un castillo abandonado increíble, y está cerca de aquí. Puedo acompañaros, mañana tengo el día libre. Así no os perderéis, yo os serviré de guía.

Mario y Laura se miraron. El cambio de planes no parecía mala idea, y siempre podrían hacer la programada ruta cualquier otro día. La muchacha parecía agradable y no les vendría mal disponer de alguien que les enseñase el lugar.

- Muy bien, pero te advierto que nos levantamos temprano – rió Mario.

- Estoy acostumbrada – dijo alegremente la jovenzuela.

- ¿Cómo te llamas, pequeña? – se interesó Laura.

- Me llamo Brétema – respondió la niña, orgullosa.

- Suena bonito, pero no lo había oído nunca.

- Es una palabra gallega, significa bruma, niebla…

- Curioso nombre, pero acertado para este lugar, supongo – bromeó Mario – .Tus padres tiene buen gusto.

- ¿Trabajan también aquí? – inquirió Laura.

Por un momento los alegres ojos de la adolescente se ensombrecieron, pero no tardaron en recuperar su brillo habitual.

- No, ellos murieron. Hace un par de años, en un accidente de tráfico.

- Vaya, de verdad que lo siento, yo… – se disculpó Laura sin saber que más añadir.

- No tiene importancia. Lo pasado ya no tiene remedio, y estoy convencida de que la vida siempre te devuelve con creces lo que te quita – aseveró la niña como si fuese una persona adulta la que hablase.

- Es una suerte que lo hayas encajado tan bien – se alegró Mario.

- No hablemos de cosas tristes – dijo Laura cambiando de tema, al tiempo que posaba una de sus manos sobre la de la joven – .Estoy segura de que mañana los tres lo vamos a pasar estupendamente.

Brétema desplegó la más amplia de sus sonrisas, su rostro se iluminó como si el sol de media tarde no tuviese ojos más que para ella, y en sus pupilas parecieron brillar las ascuas encendidas de una hoguera.

- Lo pasaremos muy bien, claro que si…¡Mamá!.

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  • Gracias Enrique por tu comentario y valoración. La verdad es que siempre he tenido la impresión de que este relato es demasiado descriptivo para un relato corto y además choca de frente con una de las reglas de oro de este género, como es no empezar nunca un relato corto con una descripción larga. Siempre me digo que tengo que pegarle un repaso y eliminar cosas. No obstante para el lector paciente y que le guste recrearse con las descripciones y la lectura pausada puede ser un relato interesante, aunque aún así creo que necesitaría un repaso para eliminar algunas adjetivaciones reiteradas y hacer el texto menos pesado. Lo escribí hace tiempo y creo que se nota la bisoñez del escritor novato. No obstante gracias por tus apreciaciones, que siempre son útiles para mejorar. Me alegro que te haya gustado.
    Una fascinante historia de suspense y misterio, ambientada en la Galicia profunda, con unos escenarios rurales retratados con gran fuerza descriptiva y que me resultan entrañablemente familiares porque me recuerdan el paisaje de la aldea donde vivo desde hace medio siglo. La niebla, elemento recurrente en los relatos del terror se convierte en una original máquina del tiempo de doble sentido alimentando una leyenda ancestral en un terreno abonado para que éstas fructifiquen como hongos; setas, por supuesto alucinógenas, y algunas fatalmente letales. Saludos.
    Felicidades Lucio, he disfrutado enormemente paseando por los parajes de Galicia como si yo misma me encontrara allí acompañando a Mario y Laura, la trama no puede ser más interesante, además de mi género favorito misterio,las descripciones perfectas en cada situación y el final está a la altura de todo el relato.Un viaje inquietante realmente maravilloso.Un verdadero placer.
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