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4 min
Breve viaje en un tren de provincia
Humor |
03.10.19
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Sinopsis

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Durante una de las innumerables conversas bajo el olmo, cultivando la amistad, Alfredito Alzú, Viejo Munro, Tulito Care'huevo, Marquito Care'tabla y el reto de la compañía de amigos de siempre, deciden ir a pasar algunos días al mar, y en un dos por tres ya tienen todo organizado: carpa, chuicas de vino tinto, pescados en conserva, aunque los frescos recién salidos del mar serían mejores -pero nunca se sabe con las emergencias-, tomates para la ensalada, sartenes, ollas, radio a pilas etcétera.

Lo principal, una enorme energía y entusiasmo para divertirse y escapar del calor que hacía ondular las calles en un vapor transparente.

Muy de madrugada, cuando aún brillaba intenso el lucero de la mañana y las últimas sombras de la noche comenzaban a dejar su lugar a una fría madrugada, tenemos al grupo de dicharacheros viajeros, con monos y petadas rumbo a la estación ferroviaria, distante algunas largas cuadras de sus casas. Pero cuando quema la juventud en la sangre, no hay distancias que tengan.

Ya dentro al rumoroso tren, de esos antiguos y románticos, con olor a huya y humareda hacia el cielo, la compañía busca los lugares donde acomodarse, de preferencia cerca de las reidoras muchachas que también van en busca de sol y aventuras a las playas de Dichato.

Con gran habilidad de reflejos, en cuanto se siente la voz del boletero, en el carro anterior, que está controlando los pasajes, Alzú y Munro, que habían subido al tren sin pasar por la boletería de la estación, ya estaban tapados con mantas allá arriba, donde se acumulan las maletas, mochilas, bolsas y demases.

El encargado del control pide a todos su boleto y sin mirar hacia arriba, en medio al silencio solidario de todo el vagón, que se percató de la maniobra de los jóvenes, se alejó hacia el próximo carro, gritando siempre a voz en cuello: “Los boletos, los boletos, todos los boletos”. Dando así el justo aviso a los otros amigos de los carros sucesivos.

En los viajes en esos trenes de antaño sucedían hechos y anécdotas simpáticas, porque todos los ciudadanos tenían ese espíritu de alegría que produce el viajar por muchos kilómetros y muchas horas, en santa paz. Además, la fauna humana era muy abigarrada, desde estudiantes, campesinos, obreros etcétera, todos en tercera clase. Auténtico pueblo de broma, chiste y talla siempre castiza, oportuna, alegre y sarcástica. ¡Una fiesta que nos robó el tiempo!

En el viaje que nos ocupa, mientras nuestros amigos reían y libaban los rojos vinos las rubias y morenas cervezas, para así desembarcar al mar con el espíritu allá arriba, en los altos, donde vuelan las gaviotas y la eternidad de la bohemia sana y virtuosa.

Sucedió que un anónimo viajero atravesó todo el vagón para ir al baño que se encontraba al fondo del vagón. Los baños de un tren a huya y en tercera clase eran épicos, las puertas no se cierran nunca, por desvencijadas, de modo que dejan amplios espacios de fuga a todo tipo de efluvios y emanaciones populares que el viento que sopla por todas rendijas se encarga de llevar con puntualidad a las narices de los presentes, muchos empeñados en triturar presas de pollo, pan con ají, chuletas de chancho y demases. El hecho es que la sesión de nuestro anónimo personaje se prolongaba demasiado y los miasmas superaron el umbral de la indiferencia, y se comenzaba a rumorear. Cuando finalmente el personaje salió del baño se produjo un silencio y todos lo observaban. Era el momento de la puya criolla, que llegó puntual; alguien le dice: “¡Chitas la cagaita que se echó, compadre!”.

Todo el vagón explotó en una liberadora risotada, mientras el destinatario, rojo como un tomate, atravesó todo el corredor, con una sonrisa apenas insinuada, hasta ocupar su puesto en el otro extremo del vagón.

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